sábado, 9 de octubre de 2010

El Fútbol y sus aledaños (2) - Que inventen ellos

Rokko tenía un blog que le abrió su amigo Angelc
Miér Ago 25, 2010 9:32 am

Re: EL BLOG DE ROKKO. Contenido: Cualquier tema es bueno. Depende del día.
Miér Ago 04, 2010 7:27 pm

Que inventen ellos


Pocas frases han hecho tanta fortuna como esta. Pocas frases tan mal utilizadas, tan poco comprendidas. Hay quien piensa que es un buen resumen de la idiosincrasia española, quien se duele al pronuciarla como una queja esgrimida contra sí mismo o al escucharla cuando alguien se la formula como un reproche a quemarropa. ¿A qué se refería Unamuno cuando la dijo de forma airada, que ya se sabe que los españoles casi siempre piensan desde el enojo? A nada de lo que hoy en día se le atribuye. Ramiro de Maeztu lo explica muy bien en su “Elogio de la Hispanidad”. Vasco de origen, como Unamuno. Defensor de lo hispano, como Unamuno. Su asesinato en Paracuellos vino a certificar la muerte que creía tener escrita en el alma. Olvidado por sus contemporáneos, dedicó sus últimos años a explorar lo Hispano desde lo emotivo, pero indagando como un ingeniero en su urdimbre, su estructura y su cimiento. La tradición. Aquellos que no la tengan que la inventen en un intento desesperado de huir de la nada. Por que sin la tradición nada somos como colectivo.

Por que tradición es el saber colectivo, los modos que nos son comunes, el patrimonio de la tribu, el punto de partida del individuo desde su grupo. Quienes carezcan de ella que la inventen, que tal vez con suerte logren engañar al futuro. Pero quienes la hayan atesorado a lo largo de generaciones no renuncien a ella, por que lo que nos espera depende en buena medida de nuestro pasado. Y no por lealtad a los que nos precedieron, que también, sino por que sin tradición no hay vanguardia.

En pleno renacimiento europeo la pintura española carecía de una tradición propia y hubo de salir a buscarla fuera. Tanto Da Vinci como Bounaroti tuvieron discípulos españoles. Parece ser que Yánez de la Almedina aprendió a imprimir esa aura de dulzura a sus retratados en el taller de Leonardo. ¿O fue en su cama? Da igual. En su madurez, ya de vuelta en España, tanto él como Pedro Machuca, el arquitecto del Palacio de Carlos V, que luce su universo de piedra redondo junto al Palacio Rojo de Granada, eran ya maestros consagrados, que podían exhibir un sus curriculos devaneos artísticos y amorosos con lo más granado del mundo del arte. Con El Greco se puede hablar ya de una tradición española. El pintor de Candia no tuvo ni maestros ni discípulos, pero dejo su impronta en la pintura española. Casi diría su herida. Nadie mejor que él supo entender el alma española de su tiempo. Alma que arde, que es llama y por eso tiende hacia la verticalidad, ondula y se eleva sumida en el delirio. Con Velázquez la pintura española se vuelve robusta. Dos veces viajo a Italia. En la primera fue a aprender. En la segunda a enseñar. A su muerte tenían taller en Madrid, la indiscutible capital de la pintura en el siglo barroco, no menos de 30 grandes maestros. Todos convenientemente olvidados, por que nadie pone más afán en olvidar, nadie más capacitado para borrar su pasado, que los españoles. En los últimos años, sin embargo, y gracias a cierto grado de euforia como colectivo, se han empezado a exhumar algunos cadáveres de nuestro exquisito Siglo de Oro. Van der Hamen, Sánchez Cotán, Mateo Cerezo, Diego de Zurbarán, mejor pintor sin asomo de dudas que su padre, han empezado a ser reconidos. Sobre todo en las subasta del extranjero. Picasso, el creador de la pintura moderna, el rey de Sothebys, no podía ser más que español, por que sin tradición no hay vanguardia. Quien no la tenga que la invente. Que inventen ellos, que nosotros tenemos la nuestra.

Por aquellos mismos días en que Abascal enloquecía en el Estadio de Los Ángeles y decidía atacar a la flota británica de frente para darles la espalda, ocurría algo casi igual de sorprendente. Insólito, pero solo para los desavisados, por que muchos habíamos sido los que habíamos madrugado aquel verano para ver los partidos de la selección española del Mundial de Puertorico. Pero en aquella olimpiada, el mejor equipo universitario que los EE.UU. haya tendido nunca se las veía tiesas para mantener el ritmo de unos tipos venidos supuestamente del sur de su continente. Joder con estos manuelitos, con estos espaldas mojadas. Jugaban bien esos condenados. Tan bien que solo una genialidad del tipo que jugaba al baloncesto con la lengua fuera pudo evitar que se llegara al descanso con un empate. Aquel tiro desde la mitad del campo, realizado instantes antes de que sonara la bocina, fue como el nacimiento de un Dios. Un Dios disfrazado de baloncestista, según la expresión que luego acuñó el “Pajarraco”. Si Boticelli hubiera estado presente aquella mañana, en vez de a Venus saliendo de la concha tapándose las partes pudendas hubiera pintado a Jordan en plena suspensión, con la lenga floja sobresaliendo entre los labios.

Tanto el 1.500 como el baloncesto español pueden presumir de una tradición que abarca varias generaciones. Abascal fue quien cruzó el Rubicón y marcó la senda que luego transitaran Cacho, Reyes, Higuero y en los últimos tiempos Casado. El baloncesto español jamás hubo de vadear ningún río. De los tiempos de Emiliano, Luyk y Buscató a los de Martín, Epi y Corbalán hay una línea continua ascendente sin solución de continuidad que progresa y no se detiene. Después los chicos de Oro, que fueron los primeros en derrotar a los EE.UU. en un mundial junior. Tan buenos eran que Gasol era tan solo pívot suplente en aquel equipo. Tan buenos llegaron a ser cuando maduraron que se permitieron el lujo de ganar la final de un mundial con el mejor jugador europeo de todos los tiempos sentado en el banquillo con no recuerdo que miembro escayolado. Ese que apuntan algunos de los que leen por supuesto que no, que necesitamos que la tradición continúe.

Si en la tradición del fútbol español está el espíritu de “Jaimito” o el bocata de chópez a media tarde juzgo una descortesía hacia nosotros mismos, y hasta una insensatez, hacer chanzas de ello y tratar de arrojar ese patrimonio a la basura. Cuando un tercio español lograba la excelencia como grupo bélico lo habitual era disolverlo y repartir los veteranos entre otros tercios recién creados con reclutas. Eso fue lo que hizo posible que durante 150 años no hubiera derrotas en ninguno de los teatros de operaciones. De Ceriñola a Rocroi fueron siglo y medio de prodigios bélicos. Perfectamente olvidados, por supuesto. Una tradición perfecta aprovechada al máximo. Solo aquellos que nos imitaron hasta donde supieron pudieron mantener las formas y sobrellevar la derrota con dignidad.

Desde luego, estoy con don Miguel: Que inventen ellos, si tienen capacidad creativa. Por que plagiar sabemos todos.

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