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sábado, 6 de octubre de 2018

Rescates de Twitter (53) - La gansa Martina

La gansa Martina

1.- Nunca he estado en Viena ni creo que vaya a estarlo, pero siento una enorme curiosidad por esta ciudad. Quizá porque allí está el Museo de Historia del Arte (Kunsthistorisches Museum), el que más se parece al Prado por temperamento.

2.- Quizá porque es una de las obsesiones de John Irving, uno de mis novelistas preferidos. En todas sus historias algún personaje practica la lucha libre, aparece un oso o alguien que se disfraza de tal y algún capítulo se desarrolla en Viena.


3.- Parece una apuesta con su editor, porque a menudo algunos de estos tres elementos, sino todos, han de ser introducidos en la trama con calzador. Rarezas que comporta la creatividad. Excrecencias de la imaginación.

4.- El caso es que todo lo que tiene que ver con Viena lo más seguro es que tarde o temprano me acabe gustando: La música de Mozart; el cine de Billy Wilder y Max Ophüls; la pintura de Klimt; la literatura de Stefan Zweig.

5.- “Hablaba con las bestias, los peces y los pájaros”. Estaba claro que me iba a gustar el libro de Konrad Lorenz que me regaló mi padre para sobrellevar una larga convalecencia. ¿Fueron unas paperas? No recuerdo.


6.- ¿Qué le condujo a aquel cierto pleno? Él no sabía nada de biología, era abogado. Es uno de esos enigmas gozosos que jalonan la vida y que uno casi prefiere que no se develen por si la respuesta no está a la altura.

7.- ¿Se dejó aconsejar por la dependencia de la librería? (Si me la imagino mujer la riqueza del misterio de multiplica varias veces) ¿Dejó trabajar a su intuición? ¿Nada es bello sin el azar, como asegura Artur Ramón?

8.- Lo leí con fiebre, que es como mi alma entra en disposición de amar a las cosas y a las personas, en una de esas tardes largas en que la soledad y la ausencia de horizontes de un dormitorio de enfermo te abocan a la lectura.

9.- Por cierto que “El tercer hombre”, que se desarrolla en la Viena de la posguerra, fue durante mucho tiempo mi película preferida porque la vi por primera vez ardiendo por unas anginas y pude empatizar con el relato.

10.- La filosofía de Lorenz se advierte claramente ya en el primer epígrafe dl ensayo, el dedicado a los acuarios. Mejor llenarlos con agua extraída de una charca cercana y poblada con la fauna y vegetación que allí medre.

11.- Las larvas subacuáticas de los coleópteros del género Dysticus son más fascinantes, voraces y temibles que los tiburones. Se lo hubiese sabido Spielberg se podría haber ahorrado construir una maqueta tan grande.


12.- Si los imagos de los caballitos del diablo son expertos en el vuelo acrobático, sus larvas lo son en el buceo a lo Navy Seals. Ante una pecera naturalizada diversión y acción está asegurados sin necesidad de tener que comprar peces tropicales.


13.- Lorenz fue al ámbito de la zoología lo que Mancuso es hoy día al de la botánica. Si este último ha dado a conocer la neurobiología vegetal, aquel fue quien inventó la etología, la ciencia que estudia el comportamiento animal.

14.- Lo maravilloso de Lorenz, lo que hay de enseñanza en su actitud, es que supo buscar la maravilla en lo que tenía cerca. Sus estudios se refieren a animales de su entorno inmediato: su casa, los alrededores de su finca en Altenberg.

15.- Los animales pululaban libres por su casa para escarnio de su esposa. En su residencia nunca hubo jaulas. En todo caso las cunas de sus hijos hubieron de ser protegidas con alambradas de animales potencialmente peligrosos.

16.- El truco con el que padre de Indiana Jones (Sean Connery) provoca el vuelo de las gaviotas de una playa para lograr que un Stuka se estrelle, bien pudo aprenderlo de la mujer de Lorenz, que así apartaba los gansos de sus macizos de flores.


17.- Era la única forma que tenía la buena mujer para lograr mantener a raya a unos animales acostumbrados a la convivencia con personas, abrir y cerrar frenéticamente un paraguas con un atrevido estampado de colores.

18.- Una de estos gansos impertinentes, Martina, es la protagonista indiscutible del libro, la que me hizo adorarlo y propició posteriores relecturas, la que ha permitido que la memoria de aquella primera lectura perdurara hasta hoy día.


19.- Un buen día Lorenz decidió emprender un estudio del comportamiento grupal de los gansos grises. Cogió 10 huevos viables de la especie y se los confió a una oca oronda para que los incubara. Le pudo la impaciencia.

20.- Para quemar etapas más rápidamente, el mismo supervisó la incubación del huevo que parecía más próximo a eclosionar (ya se oía el tímido picoteo de la cría contra la cáscara interior) con una incubadora artificial.

21.- Del huevo emergió Martina (aclarar que sobre sexación de pollos no aporta dato alguno). Al principio distraída, absorta en lo que la rodeaba, no fue hasta que él dijo algo para sí mismo, que la minúscula gansa le miró y supo que era su madre.
22.- El primer truco, de los varios que describe con Martina como ayudante del mago, está el convertir la feísima pero entrañable criatura en un adorable peluche mientras la sostiene en la palma de su mano con solo frotarla con un poco de algodón.

23.- Los pollos de ganso, imagino que los de las anátidas en general, presentan mientras están dentro del huevo una tenue vaina protectora que recubre las plumas y las preserva de la humedad. Esta se deshace sola cuando emergen.

24.- La primera noche de Martina fue ardua. Cada poco rato la criatura graznaba desconsolada “¿Vivivivivi?”. “Yo estoy aquí, ¿dónde estás tú?” en la traducción de la Nóbel Selma Lagerlöf, que Lorenz acepta como buena.


25.- Fueron unos días de dormir poco hasta que Lorenz se resignó a compartir cama y aprendió a pronunciar “Gan-gan-gang” (“Aquí mismo”) hasta en sueños. “Vir”, remataba aliviada ella. “Ahora mismito me duermo”.

26.- Los 9 hermanos no dependían tanto de Lorenz, pero necesitaban sentir el barullo del grupo a su alrededor, sino gemían apesadumbrados. Martina era la única capaz de una vida independiente. Salvo de su madre.

27.- Cuando fue posible iniciar la investigación en el entorno de Altenberg, en especial en las proximidades del Danubio, hubo de llevarse a los 10. Si uno o dos, incluso la mitad, se quedaba en casa, el día se convertía en un drama.


28.- Dice Lorenz que le ayudó mucho en el experimento su paciencia y su temperamento holgazán. Los gansos usan la mitad del tiempo en comer y tres cuartas partes del restante en digerir. Solo durante un octavo del día hacen cosas reseñables.

29.- En el lenguaje de los gansos es de vital importancia la palabra “Gang-guín-gang”, el toque de corneta a reunión cuando la madre advierte un peligro y todos los polluelos se arremolinan alrededor de sus patas en un santiamén.

30.- Lorenz aprendió a pronunciar “Mar-ti-na” con la misma cadencia y acentuando también la “i”. Al oírle acudía rauda. Las visitas se quedaban extasiadas. Sobre todo los cazadores. Sus lebreles no estaban tan bien enseñados.

31.- Ya adolescente, una mañana Martina apareció en la ventana del dormitorio de Lorenz, que estaba aún en la cama. Traía como compañía un congénere macho. El buen doctor tardó un rato en caer en la cuenta de que le estaban presentando a su yerno.

32.- Al hijo político lo llamó Martín, haciendo gala de la típica falta de imaginación teutona. Todo un héroe el chaval, capaz de adentrarse en territorio para el hostil y aterrador, una casa humana, con tal de seguir a su compañera.

33.- Una puerta que se cerró dando un portazo a sus espaldas por una corriente de aire, y que seguramente hizo reír a sus nueve cuñados, le provocó un susto morrocotudo. Echó a volar, se chocó con una lámpara y se dañó un ala.

34.- A partir de entonces Lorenz advertía sin problemas si en una bandada que volaba lejana en el cielo estaba integrada Martina cuando divisaba en la formación un ganso sin una pluma remera principal en una de su ala izquierda.


35.- Tras toda una vida de retozar, a menudo sin salir de casa, con toda clase de primates, aves, canes, roedores y demás bestias, Konrad Lorenz acabó obteniendo el Premio Nóbel de medicina en 1973.

36.- Compartió el galardón con el danés Nilo Timbergen, un observador de las avispas y las gaviotas de acantilado, y con el alemán Karl von Frisch, experto en abejas. Son los tres padres fundadores de la etología.


37.- Dos enseñanzas importantes, al menos, dejan estos señores: 1) Que no es preciso viajar a las sabanas africanas o al alto Amazonas para conocer la maravilla de los animales, que está en todas partes.

38.- ¿Por qué será que los urbanitas nos llevamos tan mal con la fauna con al que convivimos y queremos exterminarla? ¿Por qué en realidad no nos gusta compartir? ¿Por qué nos hemos vuelto ciegos a esa maravilla?

39.- 2) Para hacer ciencia no es preciso realizar siempre grandes inversiones. Tampoco sabemos que Leonardo da Vinci tuviera laboratorio. El de Lorenz solía ser cualquier habitación de su casa, cuando no un pardo cercano.

40.- Acaba aquí el segundo hilo, de la serie que pretende ser de cinco en un futuro impreciso, dedicado al amor por los animales, siguiendo la petición formulada por @EmmaFogg7. Ahora quedo a la espera de su visto bueno.

viernes, 13 de octubre de 2017

¡Gloria a los almendros!




¡Gloria a los almendros!

El almendro, como el cerezo, florece de un día para otro, como en una explosión cuya onda expansiva no es sonora sino visual, un inmaculado blanco de contorno esférico que percute sobre la mirada y sublima nuestra sensibilidad, que hasta ese momento permanecía en suspenso desde el otoño. Florece y lo hace antes de que le salgan las hojas, acrecentando el factor sorpresa. Un día el árbol parece muerto tras el paso del invierno, todo lo más dormido, hibernando, y al siguiente es una bola que arde al blanco incandescente. Pero las flores apenas permanecen intactas el tiempo suficiente para que nos acostumbremos a su belleza. Sus pétalos comienzan a desprenderse casi desde el mismo instante en que se despliegan. Al observarlo desde la distancia, la copa del almendro que ha florecido unos días antes parece tremolar por la miríada de esquirlas de flor que se precipitan al vacío agitadas por la brisa, su contorno es un temblor que se difumina en el aire como una ventisca cargada de nieve. Es evidente que ha de existir un mecanismo que dispara esta floración en emboscada. Un grano de maíz estalla para convertirse en una palomita cuando el aceite en el que lo hemos bañado y lo recubre alcanza una determinada temperatura -Ay, ese cómico afán de explicar los misterios del mundo-. Del mismo modo, la copa de un cerezo debe disparar su floración cuando una determinada variable, por demás mensurable, climatológica o astronómica, adopta un determinado valor. Nunca he sabido con certeza cuál es esa incógnita que al ser despejada ubica en la derecha del signo de equivalencia la expresión matemática de la belleza, quizá la duración de la noche, como en otras especies vegetales, quizás la temperatura media del día. No lo he sabido nunca, pero he de reconocer que tengo mis sospechas.

Justo tras pasar la verja en la entrada sur de la Escuela de Montes, había un almendro, y yo siempre sabía qué mañana al ir a clase iba a encontrármelo cuajado de flores. Año tras año me recriminaba no haber hecho partícipe a nadie de mis sospechas el día anterior. Pero, claro, saber cuándo van a florecer los almendros tampoco es uno de esos súper poderes que te convierten en un héroe Marvel. Además, estamos hablando de una capacidad cuya efectividad abarca tan pocos días de todo el año, que más que poder parece debilidad o castigo, una gripe de 24 horas. Dígale usted a uno de sus compinches de facultad, a uno de esos tipos que solo piensan en impresionar a las compañeras de clase con su recién estrenada hombría, algo tan cursi como que mañana cuando vuelvan camino de las aulas van a encontrarse los almendros floridos y ya veremos qué cara le pone. Y si se equivoca, mejor que le pille a usted en un bunker en la cima de la colina, porque la rechifla puede ser fenomenal. Un día de demora en la predicción puede ser como una temporada en el infierno con vocación de eternidad, si acaso usted encaja mal las bromas. En realidad sé de lo que hablo, no conjeturo. Cierta vez, solo una, me fui de la lengua. Había una chica a la que quería impresionar con mi hipersensibilidad botánica. El caso es que al día siguiente nevó y el resultado fue que el resto de machos de la manada, hasta el más gañán, me dejó muy atrás en la carrera por el apareamiento. Ya no importó que justo tras derretirse la nieve el almendro tuviera a bien darme su aquiescencia. El mal ya estaba hecho. Sobre todo en mi raquítica autoestima. Cuando escampó le regalé a la chica una ramita florida como desagravio, como burdo intento de hacer ver que estaba por encima del cachondeo de mis rivales. La puse sobre su pupitre al inicio de la primera clase. En el mismo momento en que la vio le dije: “Verás como las flores del almendro huelen a miel”. La acercó a su nariz pecosa y, al comprobar mi apunte, y en ese mismo instante me convertí en su amigo más entrañable, en un aspirante a confidente, aunque ya nunca pude ser para ella un macho creíble.

Todo era más fácil en primaria, cuando la relación entre sexos era menos compleja, con muchísimas menos expectativas en juego. Entonces yo ya era capaz de predecir la lluvia. Horas antes de arreciar, porque solo podía anticipar las tormentas, sentía una sensación en las articulaciones que no llegaba a la categoría de dolor, que ni se le acercaba, que era casi placentera, además de inconfundible. No la podías confundir ni con las ganas de orinar, ni con el hambre, ni con la rabia de haber perdido un partidillo de fútbol. En el momento en que la sentía le decía a mis amigos: “Se va a poner a jarrear” mientras saltaba a la pata coja fingiendo que me acababan de amputar una pierna de rodilla para abajo, o ilustrando la advertencia con alguna otra broma autoparódica parecida -Reírse de uno mismo es un conocimiento que no adquieres sino que desaprendes según te haces más adulto y más serio y la sed de reconocimiento lo contamina todo-. Ellos, avisados de mi don -que todos asumíamos más propio de los personajes de los tebeos de la editorial Bruguera que de los de la Marvel, aunque sin problemas. ¿A quién a esas edades no le molaba ser Mortadelo disfrazado de Mariano Medina?-, se reían de mí patochada, y si acertaba, como tantas veces ocurría, me convertía por un día en el rey del recreo. Cuántos momentos de gloria en mi infancia no le deberé a mis chivatas articulaciones. Ahora ya no tiene gracia. Predigo los cambios bruscos de clima, el advenimiento de frentes fríos o cálidos, hasta cuatro días antes de su llegada, pero casi nunca le hago caso a los timbres corporales y abro la puerta. Soy el satisfecho propietario de un paraguas, también para las emociones. Además, a nadie le sorprende que a cierta edad uno acabe teniendo un barómetro en vez de esqueleto. A casi todos nos lo acaba instalando en alguna parte de la anatomía ese chapuzas a domicilio que es el paso del tiempo. No hay posibilidad de lucirse, que es a lo que en realidad se reduce todo, porque, seamos sinceros, ¿a quién que no haya sembrado en la era o venga de la peluquería le importa de verdad que llueva? Más bien puede ser un motivo de desdoro: “Hay que ver que pocho estás. Pareces un pastor con los huesos resabiados. Cuida esa artritis, viejo”, te dirán los compañeros de partida de mus del hogar del jubilado.

Al contrario que los almendros, los madroños tienen la deferencia de florecer en una época mucho menos problemática, en una que no da lugar a equívocos. En otoño. Todo lo más en invierno. En el arboreto de la escuela había un pequeño rodal cuya provisión de frutos esquilmábamos todos los años Susana, Enrique y yo. Fue una tradición en los primeros cursos de la carrera. El catedrático de Botánica nos había contado en clase una curiosa anécdota de Linneo, el padre de la taxonomía. El egregio naturalista había catado el fruto de un madroño que el mismo había arrancado de un arbusto, ignoro si en uno de sus viajes a la piel de toro, porque no me imagino madroños en su Suecia natal, y había exclamado: “No está mal del todo, aunque tampoco es que sea para convertirlo en la base de un banquete. Se deja comer. Uno por vez, si acaso, porque aquello de que hay que probarlo todo, pero no más”. Y por eso le puso al arbolillo el nombre científico de Arbutus unedo. Sus flores son carnosas, un tanto translúcidas, aovadas, de color blanco moteado de carmines y fucsias, como medusas diminutas, como chopitos antes de ser rebozados en harina y fritos. Cuando sus frutos maduran dice el tópico que fermentan y adquieren cierto contenido en alcohol. Comer en exceso puede provocar ebriedad. Enrique, al que le gustaban tanto que se comía también los que rescataban entre la hojarasca del suelo, hubo que velarle una o dos borracheras por sendos atracones otoñales.

Pero si había flor que me gustaba en aquel bosquecillo de hadas, era la de los arces. Tres especies de este género había entre la foresta: arces de Montpellier, de hojas trilobuladas, como los dígitos palmeados de una anátida; arces reales, de hojas anchas, parecidas a las del plátano de sombra, que tanto abunda en Madrid; y sicomoros, de hojas también enormes, pero de contornos festoneados. Todas ellas daban en otoño unas flores rusticas, para nada conspicuas, diría que recatadas, tímidas, de pétalos tan verdes que parecen sépalos, con algo de bozo y texturas tan textiles, que creo que eran los retales con los que Campanilla, la novieta de Peter Pan antes de la irrupción de la cursi Wendy, se confeccionaba sus minifaldas.

Pero son los almendros los que me ponen a prueba con su ejemplo. Hay un momento del año en que el aire, probablemente por el efecto del calor, se aligera lo suficiente como para que al rozar las mejillas transmita una sensación distinta a la del día precedente. De repente hay indicios de algo nuevo en la brisa. La densidad es distinta, la forma de fluir por el contorno del rostro, la temperatura que transmite a la piel del alma. No es un truco de magia, estoy convencido de que es mera fisiología botánica. Y cuando llega ese momento impreciso en que la primavera se despereza, cuando aun está completamente en entredicho, camuflada de invierno, esperanza más que certeza, serán solo los almendros los que se atrevan a recorrer al galope tendido el peligroso trecho entre la gelidez del sueño y la tibieza de la vida. Una vez leí que cuando la Wehrmacht alemana invadió Polonia, en el 39, con sus riadas de divisiones acorazadas, nada ni remotamente comparable en cuanto a poder militar pudo enfrentársele. El ejército polaco era de otro siglo, apto para enfrentarse en todo caso a los cosacos de antes de la Rusia prerrevolucionaria. En su desesperación la caballería polaca cargaba de forma suicida contra los tanques del general Guderian, tratando de herir con sus sables la insensible piel de acero del monstruo llegado del futuro. Siempre he creído que aquel hecho histórico, sea cierto o no, con la leyenda me vale para explicar esta historia, es una metáfora perfecta del florecer de los almendros. Una lección de coraje, de fe en la vida, en la victoria de los valientes, de quienes se atreven a cruzar el páramo para ganar la otra vertiente del angosto valle. Una carga que acabara en desastre por las heladas tardías o en una bella pero efímera victoria, en una estampa magnífica que se deshará al poco tiempo en una lluvia de sables o de pétalos, tal como en un festival romano. Supongo que esa es la actitud correcta, la forma que hay que vivir la vida, sin aspiraciones de acceder al instante de después en que se hace balance. Pero yo nunca me vi capaz de ser jinete, de seguir tan audaz ejemplo. No obstante, ese es mi don y mi carga, tengo asiento de primera fila para el glorioso espectáculo, para ver evolucionar a las brigadas de húsares sobre el campo de batalla. Solo me queda gritar a pleno pulmón: “¡Gloria a los almendros!”. Cómo les habría gustado a mis compinches de recreo este grito de guerra. Estoy seguro.



















domingo, 8 de octubre de 2017

Quinto Horacio Flaco vs. The Police. Recusatio de la elegía amorosa




Quinto Horacio Flaco vs. The Police. Recusatio de la elegía amorosa

Pasos de gigante son los que das cuando caminas por la Luna”, dice Sting, mientras trato de inspirarme en su canto, y al menos la geografía me cuadra. Un horizonte muy próximo, el mismo paisaje desolado, el polvo que levita sobre un aire sin brisas. Me siento a escribir a orillas del Mare Serenitatis, con un claro de Tierra en el firmamento estrellado. Y de repente soy Albio, merecedor de los reproches de Horacio:
Albio, no sufras más de la cuenta recordando a Glícera, la arisca; y no cantes sin parar llorosas elegías, preguntando porque brilla más que tú otro más joven, una vez que la fe jurada se ha quebrado".
Pero ni ella es de natural dulce ni nunca fue arisca conmigo. El desdén es herida más dolorosa. Tampoco me propongo cantar llorosas elegías ni se ha quebrado ningún voto dado. Entonces, ¿por qué me doy por aludido? ¿Porque él es más joven y también tiene más brillo? Vaya, eso sí. Sabía que había un razón caminando con pasos de gigante, a lo Pepito Grillo, por mi desértica conciencia.
A licóride, tan bella por su breve frente, la tiene en ascuas el amor de Ciro, y Ciro se inclina por la dura Fóloe, pero los corzos se han de ayuntar con los lobos de la Apulia antes de que Fóloe caiga en manos de tan feo amante. Así lo ha querido Venus, que gusta del juego cruel de someter a su broncíneo yugo dispares cuerpos y dispares almas
A vueltas con el dramatis personae de la oda trigésimo tercera del libro primero. Glicérida y Folóe son nombres que Horacio usaba mucho en su lírica amorosa, habituales entre las meretrices. Sabemos cómo se las gastaba. Glicérida significa dulce, y por eso, en un juego de opuestos, calificarla de arisca. Licóride, nombre que emborracha, es el pseudónimo que Cornelio Galo empleaba en las romanzas para su amante, Volumnia, amante también de Marco Antonio, luego o mientras, desconozco los pormenores de la historia, la mujer más deslumbrante de su época, modelo de cortesana: hermosa, distinguida, culta y ocurrente. La brevedad de su frente no alude a su corteza mental si no a la longitud de su coqueto flequillo. Solo Ciro me concierne. Es el apodo genérico que los poetas griegos daban a los zoquetes, quizá por aquello de que era el nombre del rey bárbaro que quiso someter a la Hélade.

El juego de Venus ya no es posible porque Ciro y mi Licóride se corresponden. Sobran las Foloes y las Glicéridas. Sobro yo que no tengo siquiera nombre. He ahí el drama que me hace lloriquear por las esquinas. Quiero callar y, sin embargo, escribo, elegías camufladas de palabras sin remite. Horacio y los dioses me perdonen:

Walking on the Moon”, canta Sting, y yo escribo elegías amorosas, aunque enerven a Horacio. Y los acordes repetitivos de guitarra de Andy Summers, “Rum-tu-rúm, plaun, Rum-tu-rúm, Rum-tu-rúm, plaun, Rum-tu-rúm”, tienen el sonido del choque de un casco de cedro contra las olas, y mi Naxos es un cráter de impacto, y tu Egeo un mar de silencio, y el ovillo de lana ensangrentado yace olvidado en el núcleo del laberinto. ¡Cáspita!, por no decir ¡cojones!, qué manera tan pobre y ridículo de plagiar a Catulo. Mi musa parece sacada de un cuadro de Rubens. Con tanto exceso de carnes las manos se le hacen chicas para tapar sus vergüenzas.

Keep it up. Keep it up. Rum-tu-rúm, plaun, Rum-tu-rúm, Rum-tu-rúm, plaun, Rumturúm”… «Nunca más acertado que para tí esa máxima de que la ausencia de noticias es siempre una buena noticia. Siempre que te pierdes del mundanal ruido, que te olvidas de mi existencia, es porque andas navegando en amores, en singladura con vientos favorables. Ahora que leo a Horacio -me he vuelto culto desde que no me tratas-, te diré aquello de “Carpe diem, quam minimum credula postero”. A gozarlo que nunca se sabe a qué hora cerrarán la discoteca. Así que despliega todo el trapo y no mires por la popa hacia el puerto de partida. Yo te escribo tranquilo desde la orilla, aunque reconozco que es ésta una realidad que me sabe agridulce. Dulce, porque, a pesar de lo que digas, te conocí quejosa, herida, escéptica en cuestión de amores, a pesar de haberlo buscado siempre con ahínco, y saberte ahora enamorada y correspondida es una dicha, pequeña pero que llena toda la estancia, como una rosa en su jarrón a pesar de sus espinas. Doblemente agria, porque una parte de mí, la más utópica, la más insensata y, oh cielos, la más cobarde, te quería para mí. Y porque, no nos llevemos a engaño, tu novio es memo con avaricia, un cretino de manual y hasta con certificado de garantía. No obstante, seamos sinceros, nada hay que objetar: A nosotros nos gustan las furcias, las que enseñan cacha porque pueden y porque les renta, y a vosotras sus hijos, esto es, los hijos de puta. Ese siempre ha sido tu perfil preferido, el formato que siempre has buscado. Los novios que te he conocido, más bien de los que me has hablado, porque cuando estás en pareja no quieres saber de mí y olvidas algún dígito de la cifra, han sido casi siempre de ese tenor, y los que no lo han sido aun te han servido menos. Te va la doma, tirar del bocado con la brida, fustigar los flancos de la montura para volverla obediente. Eres buena amazona. Y si no lo fueras por esta vez, si te descabalgan, aquí estaré cuando tu memoria complete mi número de teléfono, cuando se acuerde de mi nick en las redes sociales, de mi careto de pánfilo. Aunque, Dios no lo quiera, porque si ya con mis tristezas no alcanzo, se me agota la logística, como para tratar de hacerme cargo de las de la gente que de verdad me importa»… “Keep it up. Keep it up. Rum-tu-rúm, plaun, Rum-tu-rúm, Rum-tu-rúm, plaun, Rumturúm”…


sábado, 30 de septiembre de 2017

Aere perennis. Quinto Horacio Flaco vs. Bruce Sprignsteen




Aere perennis. Quinto Horacio Flaco vs. Bruce Sprignsteen

En mi librería particular hay dos novelas del escritor húngaro Laszlo Passuth, ambas de la editorial Luis de Caralt. Libros generosos con el lector en cuanto al número de páginas, compactos y voluminosos, incluso el editado en cartoné, “Señor natural”, una biografía de don Juan de Austria, el bastardo de Carlos V, de Jeromín, como le llamaban durante su infancia en Leganés. Era el perfecto caudillo porque a sus dotes innatas para el mando unía su regio linaje, ser hijo de quien lo era. El otro, editado en tapa dura con forro de tela, como queriendo hacer honor a su título, es “Más perenne que el bronce”, una biografía del pintor Velázquez. Ahí sigue, en el estante superior de mi librería, gravitando sobre mi cabeza mientras escribo esto, tan lozano como el día que lo adquirí en la sede de Espasa Calpe en la Gran Vía. En mis tiempos de cazador de letra impresa, los libros que compraba hacían, como norma impuesta, un pacto con el diablo para mantenerse ya por siempre jóvenes. Quería discípulos de Dorian Gray. La codiciada pieza que hubiera completado la trilogía de frescos sobre la historia de España es “El dios de la lluvia llora sobre Méjico”, la biografía de Hernán Cortés, pero nunca llegué a encontrarla. Don Passuth si que sabía escoger títulos para sus libros.

¡El tono de la novela casa tan bien con el título! Es solemne, al tiempo que ensimismado, sonámbulo, hipnótico, como el parlamento del fantasma del rey asesinado a su hijo Hamlet. ¡Y el título es tan atinado!, porque Velázquez pintó para que su obra perdurara, y lo hizo desde el virtuosismo -Es asombroso como sus pinceladas, que parecen exactas a la media distancia del lienzo, se desdibujan en borrones incomprensibles en la corta-, pero también desde la reflexión profunda. El que hay autorretratado en “Las Meninas”, es un Velázquez que medita con sumo detenimiento cual va a ser su próxima pincelada, como si fuese un filósofo en la oficina. El bronce es un material apreciado por los artistas porque perdura, porque resiste las inclemencias del tiempo, tanto del meteorológico como del cronológico, y es sabido que todos los artistas trabajan con la intención de ser apreciados a través de su legado en futuros remotos. ¿Qué hay más perenne que el bronce? Supongo que lo inmortal, como los cuadros de Velázquez. Pero el bronce también tiene cualidades musicales, una sonoridad especial que le hizo ser en seguida muy apreciado por los luthiers –perdón por el “palabro”- en cuanto se supo como manipularlo y se empezaron a fabricar con él instrumentos musicales. La frase que da título a la novela de Passuth también parece fabricada en bronce, por su sonoridad, por el alcance de sus intenciones. Durante años resonó en mi cerebro fascinado con su musicalidad cuando la recitaba en voz baja, como el tañer de una campana catedralicia.

¿Qué he sabido de Quinto Horacio Flaco todos estos años? Apenas nada: Que era romano; tal vez griego; de la época clásica seguro; y escribía versos; o algo parecido. Y ni siquiera estoy seguro de haber sabido eso. Y, sin embargo, Horacio ha estado en mi entorno desde siempre o, para ser más preciso, he sido yo el que ha estado inmerso en su obra desde mis inicios como persona, inadvertidamente, siendo parte fundamental de la atmósfera cultural que respiraba. Porque, oh sorpresa, ayer mismo me topé de bruces con el arranque de su Oda trigésima del tercer libro, la última, y con esa expresión en ella contenida: “Aere perennis”, que podemos traducir como “Más perenne que el bronce”. ¡Gotcha! ¡Qué gracia!, Resulta que la frase también era suya. Empiezo a pensar que lo son todas las que molan de las que por primera vez se formularon en Latín, al menos las que percuten en el oído como los címbalos.

Horacio publicó sus tres primeros libros de odas de forma conjunta, como una obra unitaria, de la que la oda trigésima del tercer libro hacía las veces de epílogo, de colofón a la que creía que iba a ser su creación magna. Así es como arranca:
He dado cima a un monumento más perenne que el bronce y más alto que el regio sepulcro de las pirámides; tal que ni la lluvia voraz ni el aquilón desatado podrán derribarlo; ni la incontable sucesión de los años, ni el veloz correr de los tiempos”.

Cierto que a Horacio no le faltaba abuela, pero tampoco razón. Su poesía ha perdurado, ha atravesado océanos de tiempo y áridos desiertos culturales. Como el periodo de la caída del Imperio Romano, y ahora es parte integral en lo que alimenta nuestro espíritu aunque no nos demos cuenta. Ni Atila y sus huestes ni el Aquilón, el frío e intempestivo viento procedente del septentrión, como nos apunta él mismo, ni la desidia actual por todo lo que huela a pasado, han logrado derribarla de la memoria colectiva.

Y, sin embargo, Horacio creyó notar tibieza en el grado de aceptación de su colección de odas entre los lectores y críticos contemporáneos suyos. Escuchaba pocos elogios. En menor cantidad, al menos, de los que creía merecerse. Quería que le hicieran más la pelota, como Vivian en “Pretty Woman”, y pensaba que su tomo de poemas iba a ser su Edward Lewis particular que le permitiría ir de paseo triunfal por el Rodeo Drive del Monte Palatino. La rabieta le hizo abandonar el género lírico durante mucho tiempo y retomar el de las epístolas, una suerte de reflexiones de andar por casa, aunque escritas también en verso, aunque en uno de un tipo menos preciosista, el hexámetro. Reflexiones entre las que incluyó también no pocos latinajos memorables. Años después editaría un cuarto libro de odas cuando el emperador Augusto le pidió que compusiese sendos poemas para glosasen las proezas de sus dos hijastros, los hijos de su mujer Livia, la víbora áspid de “Yo, Claudio”, habidos en su primer matrimonio: Druso y Tiberio. El segundo quien luego heredaría la púrpura imperial.

Dice Horacio en la segunda estrofa:
No moriré yo del todo y gran parte de mi escapará a Libitina. Sin cesar creceré renovado por la celebridad que me espera, mientras al Capitolio suba el pontífice con la callada virgen”.
Cree Horacio que sobrevivirá a la muerte, que escapará a la necesidad de ampararse en Libitina, una diosa del inframundo encargada de cerciorarse de que los vivos cumpliesen sus obligaciones para con los muertos, esto es, la líder patronal del gremio de pompas fúnebres. Cree, también, que su fama no hará más que incrementarse con el correr de los siglos, que pervivirá en la celebridad mientras dure Roma, tal como la concebían sus habitantes en aquel entonces, esto es, invicta y con vocación de ser eterna. Mientras el sumo pontífice y la decana de las vestales subieran la cuesta para cumplir con los ritos en el templo de Júpiter capitolino, mientras Roma siguiera siendo Roma, el tendría un sitial asegurado en el Parnaso. Lego Roma pasó a ser otra cosa, y más tarde otra distinta, y ahí seguía Horacio.
De mí se dirá -allá por donde violento el Áufido retumba y Dauno, escaso de agua, reinó sobre pueblos montaraces- que, poderoso a pesar de mi origen humilde, fui el primero en llevar el canto eolio a las cadencias itálicas”.
Horacio se jactaba de haber rescatado los ritmos arcaicos griegos del olvido, los que debieron su origen a la tradición instaurada por Safo de Lesbos y sus contemporáneos, y haberlos injertado en la lengua latina. También de haber alcanzado altas metas a pesar de su origen humilde, siendo como era hijo de un liberto, aunque esto hay quien lo pone en duda. En su biografía destaca un periodo juvenil de formación en Atenas, algo no al alcance de cualquier bolsillo. Fue allí donde Cayo Bruto, fugitivo de Roma tras haber asesino a Julio césar, le reclutó para su causa, que en aquel momento sonaba románticamente revolucionaria. La derrota en Filipos del ejército de Bruto y Casio le dio una lección de pragmatismo que ya nunca olvidaría. A partir de entonces prefirió arrimarse al árbol de mayor porte, al mejor plantado y que mayor sombra diera.
Acepta este orgullo debido a tus méritos, y con el laurel de Delfos, Malpómene, cíñeme de buen grado los cabellos”.
Pero, a ver, ¿estaba borracho, o qué, Horacio cuando escribió esto? Ya sabemos que le gustaba pimplar y que creía en la cualidad del vino para hacer creerse mejores a sus consumidores. ¿No va y dice que no sería él el honrado si le coronase de laurel la musa de la tragedia, sino la propia diosa al serle concedido el poder distinguirle? Pero, calla, que la verdad es que casi le envidio la insolencia, su capacidad de autoestima, la confianza en el más allá de sus fuerzas. Otros, como yo, solo hemos nacido para correr, como el protagonista de la canción de Bruce Springsteen, y nos contentaríamos solo con que no nos estrelláramos de bruces con el muro del kilómetro 30 en nuestra maratón solitaria. Por supuesto sin público alguno.


viernes, 29 de septiembre de 2017

Hispanofobia


Hispanofobia

Ayer, en la tertulia política matinal del programa de Ana Rosa Quintana, Arcadi Espada ha vuelto a salirse. Ante el discurso “progre” de Montserrat Domingo no ha podido refrenarse y se lo ha dejado muy claro: “Se dice mucho que por cada minuto que habla Rajoy o alguien del PP se crea un independentista, y es rotundamente falso. Quien crea un independentista por cada minuto de alocución es gente como tú, con tu discurso, que después de la que se ha montado, de los desmanes que hemos tenido que soportar, de los desplantes a la ley de los separatista, quiere premiarles con diálogo”. La discusión no ha degenerado en gritos ni descalificaciones porque ambos son personas educadas y de buen talante, pero se notaba que la andanada había dado en el blanco y que había dolido. Estoy con Espada, el de Cataluña no es un problema de ideas sino de xenofobia, en la variante de hispanofobia, para ser más precisos. Y contra eso no hay diálogo que valga, solo educación y desmontar fronteras, no crearlas, que la gente viaje, se mezcle y se contamine con lo que le han enseñado su mayores que son una lacra.

No. No es un problema de ahora. Hablando de viajar. Hace muchos años, así como 20, en mis tiempos de universitario, un amigo mío pasó unas vacaciones en Egipto. A la vuelta traía regalos para nosotros, y para él una novia. A la sombra de las pirámides había cuajado un romance entre dos de los integrantes del grupo organizado. Lo curioso es que él, mi amigo, era de Madrid, y ella de Barcelona. Es como si solo se hubieran podido conocer en el extranjero. Y no parecía haber mayor problema que el de la logística. El romance progresó tras el retorno a España, y hubo de hacerlo por vía telefónica y ferroviaria. Pensemos que entonces no había alta velocidad. Trenes rigurosamente vigilados por el reloj, el tiempo apremiaba, partían cada viernes por la tarde de la Ciudad Condal con destino a Madrid, o al contrario, para que los amantes tuvieran unas cuantas horas de encuentro. La situación se hizo tan insoportable que acabaron casándose. Pero me estoy precipitando. Varios fines de semana después de iniciarse el asunto, una de las veces que a la catalana le tocó visitar los madriles, fue oficialmente presentada en sociedad. No éramos un grupo excesivamente lucido. Baste decir, para que se acepte lo que afirmo, que yo era una parte sustancial de aquella comandita. Pero rebozábamos en cariño. Éramos los allegados, los que tenían que aceptar tácitamente esa relación.

Seamos justos, En ese primer encuentro hubo mucha rechifla, pero dirigida íntegramente contra mi amigo. Quizás ella se dio por aludida por nuestras risas o simplemente le molestara que nos riéramos de su futuro marido. En cualquiera de los dos casos no se explicaría en parte lo que luego vendría. Al ver tan formal a mi amigo, tan campanudo, tan defensor de los valores tradicionales, como un Cicerón o un Catón en el senado romano, yo le insistía mientras le daba con el codo: “Cuéntale a tu novia el chiste de los elefantes”. Y luego, dirigiéndome a ella, añadía: “¿No te lo ha contado todavía? Ah, que no. Pues es buenísimo. Nosotros estuvimos toda una fiesta Noche Vieja descojonándonos vivos”. Es lo que tiene la ingesta masiva de ginebra, que adelgaza el muro de contención de la risa hasta convertirlo en papel de fumar. Además mojado. En alcohol, por supuesto. Los amigos comunes, reunidos alrededor de la mesa en la que estábamos tomando el aperitivo no podían parar de reír al ver el envaramiento de nuestro amigo ante una situación que le desbordaba. Y como notaba que sudaba la gota gorda, yo insistía en que se lo contara.

Dos de los de aquel grupo, yo uno de ellos, teníamos ínfulas de poetas. El tiempo acabaría demostrando que aquel de los dos que no era yo no se equivocaba, porque acabaría publicando. El domingo firma libros en una feria. El caso es que nuestro amigo común, el del puente ferroviario, se burlaba de nosotros siempre que podía. Cierto día íbamos caminando por la calle en comandita y, de repente, se detuvo. El resto se freno dos pasos más adelante y se giró para ver qué pasaba “Atención, un poema”, dijo de forma solemne. Y tras un minuto de silencio dramático para crear expectación entre la callada audiencia soltó un sonoro cuesco. Con esta anécdota trato de decir que donde las daban las tomaban, y que quizá, y sin el quizá también, quien más daba era mi amigo. El caso es que aquella tarde se le veía vulnerable y mí me apetecía cobrarme venganza. El famosísimo chiste de los elefantes en realidad era una tontería. Se reducía a un simple acertijo: ¿Cómo se sabe que ha habido una orgía de elefantes? Respuesta: Porque a la mañana siguiente la selva está llena de bolsas de basura. Dependiendo de la cantidad de alcohol consumida se tarda más o menos en caer en la cuenta una vez te dan la solución. A alguno aquella Nochevieja hubo que explicárselo con un croquis. Una pista: El meollo está en las connotaciones sexuales.

Mi amigo quería mostrar ante su novia una imagen blanca y neutra, lavada con Perlán, prolongar la vigencia de la imagen impoluta que había logrado crearse ante sus ojos. Las palabrotas, las procacidades y las blasfemias estaban prohibidas. No digamos ya los pedos. La situación era gozosa, como siempre que alguien sufre en sus dignidades fatuas. La otra chica del grupo, la mujer de uno de nosotros, le decía entre risas, cuando le veía ponerse digno: “Anda. Recítale un soneto”. Y a ella: “¿No sabes que compone? ¿No te lo ha dicho?”. Y todos estallábamos en carcajadas, como las palomitas en una sartén sobre el fuego, ante la perplejidad de la catalana.

¿Nos tomó manía a los madrileños aquella misma tarde? ¿Nunca antes había tenido contacto con gente del foro? ¿Había puesto el listón muy alto la imagen censurada de su novio? Yo creo que no. Al correr del tiempo quedó patente que no soportaba la capital. Ya casada con mi amigo, su monotema en todas las quedadas que hacíamos era lo desagradable que era vivir en Madrid y cuanto perjudicaba sus nervios. Cierta tarde que paseábamos junto al Retiro por la acera de Menéndez Pelayo le propuse mostrarle el parque en un intento sincero de acercamiento. Ante mi insistencia, casi literalmente se agarró a la verja perimetral del parque para no tener que entrar y conocer tal vez algo que pudiera gustarle. Era de esas personas que gozan saboreando la opinión negativa que tienen de algo o de alguien, en este caso mi ciudad y mis convecinos. Compréndase que me molestara aquella madrileñofobia. Pero lo soporté como un hombrecito. La fractura llegó un año más tarde, una noche que alguien cometió el error de introducir la política en nuestras charlas. Pronto quedó clara la opinión de ella: Nos toleraba a los españoles, pero le molestaba que las facturas las pagase siempre Cataluña. “España nos roba” y todo lo que rima con ese verso para hacer pareados. Como la cosa se desmabraba, intentando contemporizar, intentó regalarnos el oído a quienes allí estábamos. No, no tenía nada contra nosotros. Nos dijo: “A quienes no aguanto es los andaluces y a los extremeños, porque son unos vagos redomados”. Y, que pena, ahí pinchó en hueso. Yo le repliqué: “Pues que sepas que mi padre era de Badajoz y que ya quisiera el tuyo ser la mitad de trabajador de lo que él lo era”. El cisma estaba servido. Se me empezó a marginar de las quedadas. Yo tampoco hacía nada por romper el cerco. Los amigos comunes me decían que estaba siendo injusto, que la chica no era separatista, que ni siquiera era del Barça. Como si ese fuera el problema. Lo que sí lo era es que tenía una hispanofobia de caballo, supongo que mamada en la escuela y en la calle, que le rezumaba por todos los poros de la piel cuando hablaba. Ni que decir tiene que acabaría alejando a mi amigo de Madrid.

Hace bastantes menos años, comencé a viajar a la tierra de la mujer de mi examigo. He visitado Barcelona aproximadamente una docena de veces y otras tantas el resto del territorio de la región. No me tengo por un experto en la materia, Dios me libre, pero algo he aprendido. Nunca olvidaré una comida en un hotel de carretera, junto a la A-2. La carta estaba escrita en Catalán, en Inglés y en Francés. El camarero al dirigirse a mí obviaba el Castellano, entiendo que de forma deliberada porque yo solo le interpelaba en se idioma, no por nada, sino porque estaba seguro de que era el único en cuyo conocimiento coincidíamos. Aun así me pude hacer entender señalando con el dedo lo que quería, como si yo fuera sordomudo o aquello el aula de un parvulario. Y es que justo al lado del nombre de cada plato había un dibujito ilustrativo. Sospechoso, pero conveniente. No, el problema no son las ideas sino la hispanofobia, y ese es un problema general de los catalanes, incluso de los españolistas. Tampoco es algo de hoy sino de hace mucho, ni algo que vaya arreglarse en un fin de semana, en el que hoy comienza. Ni en un par de docenas. Mi amigo no pudo.

jueves, 28 de septiembre de 2017

Quinto Horacio Flaco vs. Roxy Music




Quinto Horacio Flaco vs. Roxy Music

Escuchar música en bucle es en mí una costumbre, repetir una y otra vez una determinada pieza, hasta que todo acaba abruptamente, el chapuzón musical, me refiero, porque no queda tiempo para otro bis. Aunque con la sensación, a veces, también es verdad, de que en ese acabarse todo podría ir implícito el final de la propia vida. Porque instalado en el núcleo acogedor de algunas canciones, en ese vientre maternal y sonoro, la sensación que me abruma es la de no querer emerger ya nunca a la superficie, la de no querer romper su yugo, con su influencia anímica. Porque se trata de eso, de que determinadas canciones hacen que mi alma entre en resonancia con determinados estados de ánimo, cuya amplitud de vibración en mí se incrementa notablemente, volviéndose adictivos, necesarios, suficientes, convirtiéndose en la consecuencia que es su propia causa, en el sumidero que nunca se sacia pero nunca rebosa y que no para de absorberlo todo, en la máquina del movimiento perpetuo, fabricada con sentimientos y emociones en vez de tuercas y rodamientos.

Por si no hubiera sido suficiente que mi una iniciación en el pop se produjera justamente en los ochenta, década en la que eclosionó la banda Roxy Music, antes solo escuchaba música clásica, en la que la repetición sin variaciones de corte hipnótico está proscrita, “More than this” quedó indeleblemente tatuada en de mi psique gracias a algunos bizarros fotogramas de “Lost in traslation”, película en cuya banda sonora estaba incluida. Inevitable ver a Scarlett Johansson, sentada en el alfeizar de la ventana del hotel, sola y en silencio mientras contempla la ciudad de Tokio a vista de pájaro -no sé si mencionar que solo viste una bragas y una camiseta en la escena es relevante para lo que digo-, y no querer ser ese poco más que anhela, lo leemos en su mirada, y que tal vez pueda darle sentido a la árida vida del personaje que interpreta... Perdón, un momento, que tengo que poner otra vez la canción en marcha... ¿Por dónde iba? Ah, sí, por esa sensación de que las raciones que nos proporciona la vida son como las de un comedor en la mili, quien la haya hecho entenderá el símil, que siempre parecen exiguas, como denunciaba Woody Allen en no recuerdo cual de sus comedias. Y por malo que sea el chef, no es el paladar quien se queja, sino el estómago. Dame más de esto aunque me cueste trasegarlo. A todo esto, ¿de qué se queja Bryan Ferry al recitar la letra de “More than this” como si estuviera declamando una elegía, de las cantidades o de las calidades? Es algo que me pregunto cada vez que la oigo. Y ya va la media docena veces solo en esta tacada.

Había algo decadente en la imagen de los Roxy Music. Eso que luego llamaron look. Esos tipos nos parecían demasiado mayores a los chicos de entonces -que inconscientes éramos, como si la edad no acabase siendo un asunto de todos-, maduritos disfrazados de poperos para tratar de parecer más jóvenes, pero que no podían renunciar a los refinamientos que solo se adquieren cuando ya tienes nómina. Gomina en el pelo y tendencia a la ropa de marca. Representaban el melancólico resplandor del ocaso, al que ponían la justa melodía sus canciones, ese fuego que arde en el cielo cuando el día toca a su término, el dorado de la fronda cuando regresa el otoño a la foresta... (Nueva pausa para pinchar de nuevo el vinilo)... Me releo y me sorprendo a mi mismo plagiando con descaro a Quinto Horacio Flaco, la actual lectura que descansa sobre mi mesita de noche: El carácter cíclico del tiempo; El que redacta pasando lista a las estaciones como si estuviésemos al comienzo de la clase de meteorología; La muerte leyendo por encima de mi hombro aquello que escribo. Ya es curioso que en todo lo que componía Horacio la muerte acabara asomando sus orejas de lobo tarde o temprano. Que ya daba lo mismo que hablara de la primavera y de la danza de las Gracias entre las flores, de su queridísima villa en Las Sabinas a las afueras de Roma o de banquetes de buen yantar y mejor compaña, que al final siempre acababa asomando las narices en sus poemas la puerca de la guadaña. Normal que fuera un obseso sexual, como cotilleaba Suetonio en su biografía sobre el poeta romano. Las paredes de su alcoba, aseguraba, estaban forradas de espejos para poder mirarse mientras surfeaba sobre la cresta de la ola. Y las prostitutas eran invitadas permanentes en su morada. Eros y Tanatos van siempre cogidos de la mano. No hay nada como acordarse de que un día moriremos para que acto seguido nos entren unas ganas irresistibles de bajarle esas feas bragas a Scarlett -la belleza de la Johansson se mide por su capacidad para lucir unas bragas tan desafortunadas- y hacer algo Homérico sobre la cama que hay en el mismo encuadre, en el sentido de la expresión que le daba Michaeleen Oge Flynn en el “El hombre tranquilo”, aunque ya haya pasado la camarera del hotel por la habitación, aunque ya se la haya pedido el bueno de Bill Murray.

Escucho la canción de Roxy Music, y vamos por los tres cuartos de docena en cuanto al número de audiciones, mientras trato de descifrar la prosa de Horacio y me pregunto si no estaré incurriendo en una contradicción en los términos. “Aura mediocritas”, clama el escritor romano en su oda décima del libro segundo. “No desees más de lo que quiera ofrecerte la Fortuna”, podríamos parafrasearlo así, me aconsejan desde el teto escrito. Confórmate, practica la virtud del término medio, como un equilibrista sobre el alambre. Y, mientras tanto, como banda sonora, un Brian Ferry plañidero me pregunta por los auriculares si no hay algo más que esto que vemos, si eso era todo al fin y al cabo, este danzar en el viento de las hojas caídas (ahora quienes plagian son los Roxy Music) y ese subir y bajar la marea, rotando como un derviche, sin un mayor propósito. Y la pregunta es pertinente. No con la lectura, con los recuerdos. Tan solo un poquito de ella aquella vez y las raciones habrían parecido, no digo ya suficientes, abundantes incluso. Hasta sabrosas, si me apuras. Yo creo que por ahí van los tiros de lo canta Brian, de que aquel amor al que no menciona pero al que alude en cada estrofa, mi alma lo escucha claramente aunque con otro nombre, al final quedó solo en agua de borrajas. Y vale que Horacio no quiera darse por enterado, a él con sus putas le basta y le sobra, pero ni Scarlett ni ella, la ella de Brian y mi ella tampoco, se podrán considerar nunca como términos medios, como medianías estadísticas. En el amor se aspira a todo y es por eso que casi siempre la ganancia es cero…

… Venga a repetir que nos contentemos con la verdurita, o con unas habas rehogadas, si es que no hay otra cosa en la despensa, que una cena frugal ayuda a mantener en forma el cuerpo y el espíritu, y luego te enteras de que era un Sancho Panza en toda regla. Suetonio vuelve a ser el chivato. Nos cuenta que en una carta en agradecimiento por un libro que le acababa de dedicar y regalar Horacio, el emperador Augusto bromeaba con su poeta de cabecera acerca del contraste entre lo minúsculo del librito y las dimensiones humanas de quien lo había redactado. “La próxima vez”, le aconseja, “escríbelo en papiro basto para que abulte más y esté de acorde con el tamaño de tu barriga”. Y, sin embargo, por hipócrita que sea, cuan hermosa es su oda: “Mejor vivirás, Licinio, si no buscas siempre el mar abierto ni, por prudente temor a la borrasca, te arrimas demasiado a la insegura orilla. Quien prefiere el término medio, que vale lo que el oro [aurea mediocritas], se libra, seguro, de las miserias de una casa arruinada; y se libra, sobrio, de un palacio que le valga envidias”. Hermoso y sabio: “En la desgracia mantiene la esperanza y teme en la prosperidad la suerte adversa el ánimo que está bien prevenido”. Y qué emocionante, aunque incompresible, es la canción de los Roxy Music. Me la pongo un par de veces más y luego me hago la cena. Ensalada de lechuga, tomate y zanahoria. Por si al destino le da de repente por funcionar por sumas ponderadas y me proporciona más adelante también un poquitito de ella. Si como pasto tal vez Apolo me amenice con la citara en vez de amenazarme con el arco, como diría Horacio. Bueno, acabaré estás líneas y cenaré si es que logro salir del vientre materno. Que esa es otra. Lo mismo acabo alimentándome de placenta, como los cienciólogos.


sábado, 16 de septiembre de 2017




A mis años he empezado a frecuentar las bibliotecas públicas. Han sido todo un descubrimiento. Almacén de libros olvidados y de personas prescindibles. Nunca he creído en la superioridad de la persona que lee. Quizá sí si es mujer, pero esa es otra historia. La lectura ha sido en muchos casos un refugio para cobardes, para aquellos que no se atrevían a leer la vida, la de verdad, no la novelada o ensayada en un discurso prolongado. En las clases de los colegios, al menos por los que yo anduve, el marginado era casi siempre alguien que leía mucho. No le quedaba otra si quería acceder a una realidad soportable.

Siempre he sido más de librerías que de bibliotecas, del olor a página recién impresa que del olor a papel manoseado por otros. Detesto los libros viejos. Por eso, aceptando la doctrina que Pérez Reverte expone en “El Club Dumas”, no me considero un bibliófilo, por mucho que haya leído, por mucho que mi nicho ecológico sea el imperio de los libros, que se agolpan junto y bajo mi cama, sobre la mesa en la que ahora escribo, en la estantería que se cierne sobre mí, hasta en el armario ropero y en los cajones de la cómoda tan escasos en lo que debería de ser su contenido. La seducción de un libro recién editado es tan poderosa como la de una mujer hermosa a la que ves por primera vez y en su mejor momento. Ava Gardner en “Mogambo”, Halle Berry en “El último Boy Scout”, Audrey Hepburn en “Desayuno con diamantes”. Es inevitable amar las flores que recién se abren, al día cuando el sol despunta. Pero hay que hacer de la necesidad virtud y si entrara un libro más en mi casa muy probablemente tendría que salir yo por la ventana acto seguido. Y hablamos en un séptimo piso. Hace tiempo que se acabaron los safaris en la Casa del Libro, en los VIPS, en las librerías de mi barrio, en la del Corte-Inglés de castellana que, a lo tonto a lo tonto, es la mejor de España. O lo era cuando aun manejaba el rifle y calzaba el salacot. Ya no hay dinero en mi bolsillo para caprichos ni paciencia para ver mermado su espacio vital en quienes conviven conmigo. Además, aun hay mucho pro leer en la jungla que habito. Así que, a mis años, empiezo a frecuentar las bibliotecas públicas. Y el ritual es justamente el contrario. Antes me lavaba las manos previamente a abrir un libro, para no macharlo. Debían estar inmaculadas para poder tocar el material. Ahora lo hago tras la lectura, para quitarme de los dedos, que siento polvorientos, el invasivo olor de los otros.

Es cuestión de documentación, me digo. Necesito bucear en los textos de Filostrato el Viejo, Ovidio y Cátulo para entender a Tiziano, para saber por qué pintó la leyenda de Narciso y Eco en “La bacanal de los andrios”, o por qué a Dioniso nos lo muestra como si fuera un discóbolo que acaba de arrojar el disco en su “Baco y Ariadna”. Y todo eso está al alcance de la mano en las bibliotecas públicas. He tenido que esperar a peinar canas para descubrir el encanto de los cementerios de palabras. Ese silencio solemne que respetan y cultivan quienes contigo comparten la tierra sagrada de nuestros ancestros. Los estantes con los libros son como los nichos de los cementerios, tras las losas hay oculta una historia personal y colectiva que se diluye en el polvo a ojos vista. Solicitar el préstamo de las poesías de Cátulo y descubrir que hace más de un año que no había sido solicitado por nadie, que apenas interesa. Y tiene su lógica. Hasta hace apenas unas semanas yo apenas sabía quién era, apenas el recuerdo de un personaje secundario en una de las novelas de Gordiano el Sabueso, el detective de época de Steven Saylor. Tan analfabeto he sido. Tan analfabeto con seguridad sigo siendo. Pero me di de bruces con el “Carmen 64”, si poema más famoso, por culpa de un cuadro de Tiziano que andaba desentrañando. Y ahora me las doy de experto. Cuando acabe la novela que tengo entre manos “Maratón” de Andrea Frediani, du título no engaña, solicitaré una novela sobre los amores de Cátulo con Clodia en la Roma de César, Cicerón y Marco Antonio. “Lesbia mía” de Antonio Priante (Editorial Seix-Barral. 1992). Una novela por vez y cinco libros de ensayo. Sé quién es Cátulo por culpa de Tiziano y de Mario Equícola, su guionista, por así decir, quien le dictaba las pautas a seguir en la ejecución de los cuadros que debía pintar para el Camerino de Alabastro de Alfonso I de Este. Lo mejor de un buen libro es las lecturas adicionales que te sugiere. Si no te sugiere ninguna, si no te provoca hambre de conocimiento en asuntos tangenciales, no se puede considerar en absoluto un buen libro. Todo funciona como una cadena. Comienzas investigando sobre “La vieja friendo huevos” de Velázquez -obra de la que algún día escribiré porque está en Edimburgo en vez de en la calle Recoletos y, por tanto, es perfecta candidata para “El Prado en el exilio”-, en un libro editado por la Fundación de Amigos del Museo del Prado y acabas indagando sobre quien era Tiresias en un manual de mitología del impagable Carlos García Gual para Editorial Siglo XXI. En un mundo en el que los libros ya no valen nada, intenté hace poco vender la mitad de los que tenía, y ni regalados querían buena parte de ellos. Muchos ejemplares acabaron en el contenedor para papel y cartón de la esquina de mi calle. Entonces se me ocurrió donarlos a alguna biblioteca pública. Y ese fue el germen de todo. Ahora paso las tardes en la “Selva esmeralda”, reconvertido de urbanita cazador en pedestre naturalista, como el protagonista de aquella maravillosa película de John Boorman. Si indagar en librerías es caza mayor, o menor, porque lo de menos es la entidad de la pieza cobrada, cual es su peso, su peligrosidad o su rareza, husmear en las bibliotecas es puro senderismo, naturalismo de la vieja escuela. Nunca codiciarás aquello que veas y te llame la atención, por mucho que te tiente Anibal Lecter. O, mejor, podrás codiciarlo, pero un grueso cristal separará y aislara tus instintos consumistas del desabrido exterior. Si por casualidad descubro un libro sobre Garci que no conocía, “Garci. Entrevistas” (Notorius ediciones. 2010), pongo por caso, aunque sea un ejemplo real, puedo disfrutarlo unos momentos, como quien ve una puesta de sol junto a la trocha por la que discurre, pero no pensaré en colgarlo como un trofeo en algún estante de la librería de mi alcoba.

Le pregunta Oti Rodríguez Marchante, el crítico cinematográfico de ABC, a Garci en una de las entrevistas que recopila el libro acerca de su pasión por los periódicos, y su respuesta no solo me parece antológica, sino que siento además que me en parte me retreta: “Desde niño leo periódicos. [Yo también. En mi casa el ABC era uno más de la familia, y siempre digo que ingresó en ella antes que yo, que era como un hermano mayor] Me fascinan esos periódicos viejos que descubres en una casa a la que te invitan a pasar unos días de vacaciones. [A mí en absoluto. Los periódicos envejecen incluso peor que los libros] Mi periódico de toda la vida ha sido el ABC. En mi familia, que era de clase media baja, siempre nos permitíamos tres lujos: tener radio (una Eco que compró mi padre cuando se casó y con la que yo escuché ya el mundial de Brasil del 50), comer y cenar con vino todos los días (mi madre estaba enferma del corazón, Y Marañón, como lo oyes, don Gregorio Marañón, le recomendó vino en las comidas y las cenas, porque, dijo, que el tanino le iba a sentar muy bien. Tuvo razón don Gregorio. Mi madre resistió hasta los 65 años; murió en 1987), y el tercer lujo fue el “ABC”. Mi padre, cuando iba a trabajar, a eso de las ocho de la mañana, compraba en el puesto, luego kiosco, que había, y hay, en Narváez esquina a Ibiza, el periódico de la grapa mágica. Yo lo leía por las noches, después de hacer los deberes. Empezaba por la información deportiva, luego seguía con el cine y el teatro y, por último, con los artículos. Azorín, Ruano, toda aquella galaxia Gutenberg. En “ABC” siempre han escrito los mejores novelistas, dramaturgos, articulistas, filósofos, etcétera. Y confieso que la primera vez que me publicaron una tercerita, que decía Fernández Almagro, fue para mí algo fabuloso [¡Qué cabrón! El si que pudo] Escribir en “ABC” de fútbol es una de las cosas que más me gustan en esta vida. Ah, el “ABC” que traía mi padre del Palace, trabajaba en la peluquería del hotel, olía a Floyd”. Luego, en una pregunta posterior le cuestiona sobre el parque del Retiro y le contesta: “Algún día me gustaría ser corresponsal de ABC en el Retiro”. A mi alma de cazador le duele saber que jamás será mío este libro.

Tiresias, Garci, Orfeo, Tiziano, Esquilo. Llevo dos novelas seguidas sobre las Guerras Médicas en las que el dramaturgo griego es el protagonista. Que peleó en Maratón, Salamina y Platea y que murió descalabrado por un águila que le arrojó en pleno vuelo una tortuga sobre la calva cuando vivía en Sicilia son los dos lugares comunes sobre el personaje. Todo se amalgama en mi cabeza las tardes entre semana. Hasta me impaciento los findes en espera de que llegue el lunes. Este viernes copié para mi artículo sobre “La bacanal de los andrios” la leyenda de “Narciso y Eco” que se incluye en las “Metamorfosis”. Cuenta Ovidio que Liríope, la madre de Narciso, preguntó a Tiresias, el famoso adivino de Tebas, acerca del futuro de su hijo, si viviría feliz y por muchos años. Lo había tenido tras ser violada por el dios-río Céfiso, una vez que quiso refrescarse en su corriente. El oráculo ciego le contestó que la vida de su hijo sería larga, siempre y cuando no llegase a conocerse a sí mismo. Los expertos señalan, hasta en dos ediciones distintas de “Metamorfosis”, la de editorial Gredos y la de Cátedra, aparte del manual de García Gual, he captado este mismo comentario, que se trata de una ironía de Ovidio, un chiste a costa de la leyenda que, dicen, podía leerse sobre el portal de entrada al Oráculo de Delfos: “Conócete a ti mismo”. Ovidio no respetaba casi nada: los dioses, la fidelidad del matrimonio, el decoro público. Por eso lo desterró el emperador Octavio Augusto a los confines del imperio, al país de los getas, en Rumanía, y no es un juego de palabras. Al menos intencionado. Por eso y porque tal vez se acostara con su hija. No recuerdo que decía al respecto Robert Graves en “Yo, Claudio”. Y la profecía se cumplió. Una tarde que hacía mucho sofoco, Narciso se acercó a beber a una fuente que había en un claro del bosque, vió su reflejo en las aguas, se conoció a sí mismo, se enamoró y murió de amores no correspondidos. Y todo empieza con Tiresias, se mezcla con Orfeo, aunque no recuerdo como, discurre hacia Tiziano, que es la meta de todo esto, transcurre en paralelo a Esquilo, que escribió sobre estos temas y otros afines, y se contamina con Garci en un ratito de descanso en que brujuleo en la sección de cina. Todo se amalgama en mi cabeza, y si no lo suelto aquí, en completo desorden, tal como coexiste habitualmente en mi cabeza, ésta lo mismo me estalla. Y si lo hago en Facebook y no en Twitter es porque es como una Biblioteca Pública, un reino donde gobierna el silencio, donde nadie va a querer interpelarme, preguntarme esto o aquello. Cada uno a lo suyo en su sitio de lectura.

Orfeo es mi penúltimo descubrimiento. Sobrevivió a la travesía del estrecho donde habitaban las sirenas, pero sin necesidad de atarse al mástil del barco, como hizo Odiseo. Venció su hipnótico cantó tañendo su lira y entonando poemas. Así salvo a sus compañeros de singladura, a los celebérrimos argonautas. Era digno hijo de Apolo, en lo artístico al menos, aunque mucho más consecuente y constante en el amor. Enamorado de la bella Eurídice, la siguió hasta los dominios de Hades cuando murió víctima de una picadura de serpiente. Al dios del inframundo y a su mujer Perséfone les emocionó su devoción y les deleitó su arte. Consintieron en que se la llevase de vuelta a la superficie, pero con una sola condición, que no mirase hacia atrás hasta cruzar el umbral de los infiernos. Si recuerda a la parábola de Lot supongo que no es asunto casual. Hay que decir que si fracasó en la prueba fue porque iba delante y le preocupaba la seguridad de su amada. Orfeo murió descuartizado por las servidoras de Dioniso, nadie sabe dar una razón, porque es un dios al que favoreció en su Tracia natal al extender su culto. Existe cierto consenso entre los filólogos en que tal vez fuese envidia mezclada con celos. Orfeo fue fiel a su mujer el resto del tiempo que le tocó vivir entre los vivos y rechazó a cuantas se le acercaron con la intención de intimar con él. Me parece una parábola muy actual en estos tiempos en que los hombres carecemos según la doctrina de lo políticamente correcto. Las Musas, no en balde Calíope era su madre, la más bella de todas, le organizaron un emocionante funeral. Le enterraron al pie del Monte Olimpo, salvo su cabeza y su lira, que arrojaron al río Hebro, con hache. Lástima, porque la historia es cojonuda y dan ganas de apropiársela. Y mientras eran arrastradas por la corriente camino del mar podía escucharse en los parajes que atravesaban gritos de llamada a su amada Eurídice. Después llegaron al Egeo, cuyas corrientes permitieron que recorrieran de punta a punta, hasta arribar a Lesbos. Allí se dieron por fin sepultura a sus últimos restos. Dejo que García Gual remate la historia: “Por eso renació con muy potente ímpetu en Lesbos la poesía lírica y allí, en la isla de Safo y Alceo quedó guardada la cabeza y la lira del poeta tracio. Allí, en torno a la tumba santa de la cabeza de Orfeo, acudían a cantar melodiosos lamentos los mejores ruiseñores del mundo griego”. Y no era para menos, era justo honrar la memoria del hombre que había vencido con su arte al horror y con su amor a la muerte. Cierto que en ambos casos solo en primera instancia. Pero es que ninguna victoria de un mortal es definitiva. Solo el triunfo de los dioses es para siempre. Ocho siglos después de todo aquello retomarían la tradición unos joven romanos movilizados en torno a Cátulo que miraban al futuro con los ojos puestos en el pasado, dando lugar a la poesía elegiaca en idioma latino. Nada es para siempre pero todo renace tarde o temprano o, como dijo no recuerdo quien, todo está interconectado de tan sutil aunque tan recia, que es imposible destrozar una flor sin trastornar una estrella. Ni que decir tiene que ando peinando las bases de datos de la biblioteca de Madrid en busca de libros sobre todo este asunto.


viernes, 15 de septiembre de 2017

Carpe diem




Carpe diem

A principios de este verano mi hermano sufrió un cólico nefrítico. Era fin de semana y la ciudad estaba completamente vacía. Me despertó de madrugada y me pidió que le acompañase a urgencias. Con los años te acostumbras a este tipo de emergencias sanitarias a horas intempestivas. En la anterior nuestra madre casi se nos va. En la anterior a la antepenúltima fui yo mismo quien acabó en la UVI del hospital de La Paz. Claro que yo tuve al menos la deferencia de pedir socorro cuando aun estábamos dentro del horario laboral. Solicitud que debí de hacer por gestos, no recuerdo bien, porque una de las primeras cosas que me hurtó el ictus fue la facultad del habla. El caso es que tras encontrar un taxi a solo dos manzanas de casa, suerte que era el momento en que empezaban a cerrar las discotecas y mi barrio está cuajadito de ellas, fuimos juntos a las urgencias habituales, las del Sanatorio San Francisco de Asís, con orden y concierto, sin tener que mediar palabra con el mundo, mi hermano vomitando entre los coches aparcados y yo adelantándome para encontrar transporte en única avenida transitada a aquella hora, la de Orense. Mi hermano ya es todo un veterano en lo que a la minería renal se refiere y yo, con los años, me he convertido en algo así como un personaje sin frase de una película de Woody Allen. Nadie sabe nunca por qué herida respiro porque soy una tumba. Pienso que esta impasibilidad, esta falta de necesidad de dar mi parecer en cualquier debate que me ronde, sobre todo si soy yo el asunto que se discute, es una secuela del derrame cerebral que sufrí. Cierta psicóloga me advirtió que suelen acarrear cambios bruscos de personalidad. El alma muta y a veces lo hace meramente por causas fisiológicas. O puede que esa sea la única causa posible, que House tenga razón y nadie cambie a sabiendas. El caso es que la relativa prisa con la que salimos de casa, de la cama al ascensor en menos de diez minutos, sin siquiera un café entre medias para espabilar de cara a lo que se nos venía encima, sobre todo a mí, porque mi hermano iba a estar perfectamente entretenido con sus dolores, no me impidió acordarme de llevar un libro conmigo: “Carmina” de Catulo. En la edición de la Editorial Gredos. Sello que durante el tiempo que sobrevivió a la adversidad de ocupar un nicho ecológico escaso en clientela, el de la literatura clásica griega y romana, estuvo suministrando a las librerías bellísimas ediciones, en lo físico y en lo espiritual. Libros llenos de notas a pie de página, que nunca he entendido por qué le molestan tanto a la gente. Todas las cosas realmente trascendentes en la vida nos las perderíamos, nos pasarían desapercibidas, si el corazón no anotase su parecer, si no escribiese un apunte aclaratorio a pie de texto. En el libro que yo portaba aquella noche llamaba la atención su cuidada encuadernación en cuero azul oscuro, tan característica de la editorial Gredos, que le daba una gran prestancia, aun a pesar de tratarse de un ejemplar solicitado en préstamo a una biblioteca pública, viejo y con evidentes muestras de haber pasado por infinidad de manos –Bueno, en realidad no tantas, como delataba la hojita pegada en el interior de la tapa con las fechas para las devoluciones-. Supongo que lo lógico es editar los libros de los autores cuyo recuerdo ha atravesado el océano del tiempo de una forma que se simule cierta sensación de perpetuidad. No, el “Carmina” de Catulo no es precisamente un título de rabiosa actualidad, una obra que una ola del presente haya depositado en la orilla del tiempo, a nuestros pies sobre la arena de la playa, para ponerla a nuestro alcance. Forma parte, más bien, de los restos de un naufragio ocurrido en altamar, lejos de la costa. Imagino que al médico de guardia le llamó la atención ver a alguien tan enfrascado en la lectura mientras tenía un pariente atiborrado de calmantes en la habitación contigua. Ni siquiera me di cuenta cuando se acercó a donde estaba sentado. “¿Me permites el atrevimiento de hacerte una pregunta?”, me dijo y, sin esperar a tener la venia, añadió: “¿Qué estás leyendo?”. “Las obras completas de Catulo”, le contesté, y como vi por la expresión de su rostro que no se agotaban ahí sus interrogantes, añadí: “Un poeta contemporáneo de Julio César”. Se dibujó una sonrisa traviesa en su rostro. “Algo así me imaginaba. ¿Y lo lees por obligación o por gusto?”. Me pareció una magnífica pregunta. Además muy pertinente. Dudé unos instantes la respuesta, dejé que madurara porque ni yo mismo la tenía clara. Supongo que en la madrugada uno lee o bien para conciliar un sueño que le es esquivo o bien por mero gusto, para llenar el espacio baldío del insomnio con las palabras de otro, harto ya de escuchar los pensamientos propios. Quizá, como tercera alternativa, y con ella se agotan las posibilidades, creo yo, para preparar un examen, pero mis canas parecían descartarla rotundamente. “Se trata del análisis de un cuadro. Hay cierta obra de Tiziano que se basa en un poema de Catulo. Por eso lo estoy leyendo, para poder entender mejor el lienzo”. No sé si soné convincente, pero el caso es que las preguntas cesaron. ¿Leer a los clásicos por obligación o por gusto? Me temo que este es uno de esos muchos casos en que la verdad no nos hace más guapos. Que se lo digan sino a la Editorial Gredos, a la cabra montés que berrea exultante desde su logotipo, como si no tuviera rivales dignos en su reinado, y que a la larga ha tenido que transigir y dejarse absorber por una filial de la Editorial Plantea, para subsistir en un país abarrotado de lerdos siendo pasto en los coleccionables de los quioscos. Si Tolstoi, Conrad y Goethe, pongo por caso, ya nos parecen gente de la prehistoria, sin más interés, desde nuestro marcado chovinismo del presente, que el meramente paleontológico, que el referencias solo útiles en el caso de que alguien desentierre por accidente un hueso de dinosaurio, que decir entonces de un tipo, como Catulo, que departió con Cayo Julio César desde el triclinio contiguo en muchos simposios. Peor, Gredos se atrevió a editar en su día a gente como Herodoto, Homero y Apolodoro, anteriores con mucho al inicio de nuestra era. Hay que ver cuánto asusta la abreviatura a. C. Pero, seamos sinceros. Para qué mentir estando solos en la madrugada. No está bien que me ponga medallas que no me corresponden, yo jamás habría sabido de Catulo si el bueno de Tiziano no me lo hubiera restregado por las narices. A lo largo de los años he sabido de él por muchas lecturas -“Los idus de marzo” de Thorton Wilder; “La suerte de Venus” de Steven Saylor; “Rubicón” de Tom Holland-, me he dado cuenta ahora, pero su nombre no llegó a captar nunca mi interés. Soy un lerdo más del rebaño que quizá necesita también del pasto que crece en los quioscos para cultivarse. Sin embargo, había genuino deleite en mi lectura aquella madrugada, sentado en el pasillo de un hospital, sin apenas nadie a mi alrededor: un celador en el otro extremo y un médico, un enfermero y un pariente doliente, en la habitación de al lado. El resto seres literarios. Ariadna en la playa de Naxos tras ser abandonada a su suerte por el pérfido Teseo. Ariadna colérica por las promesas incumplidas de su amante, solicitando un castigo de las Furias por su flaca memoria. Teseo víctima de otra desmemoria, infringida en este caso por las Erinias y no por su egoísmo, y que es la causa indirecta de la muerte de su padre Egeo. Ariadna perpleja ante la llegada de Dioniso, su redentor, en un carro tirado por dos fieros leopardos. Aunque esto Catulo no lo cuente exactamente así en su poema. Lo de los felinos al menos. Por mucho que Tiziano lo pintara tal cual en su cuadro. Esa pequeña discrepancia, y algunas otras, me obligaron en su momento a beber en otras fuentes escritas para entender al veneciano: En la de Nonno de Panópolis y sus “Dionisíacas”; en La de Ovidio y su “Arte de amar”; en la de Filostrato el Viejo y sus “Imágenes”. Aunque en realidad ninguno de los dos primeros hablen de leopardos sino de tigres, y el tercero incluso creo recordar que no menciona en ningún momento carro alguno. Aunque cito de memoria. Releer ahora sería como hacer trampa. Y todas esas viñetas de comic estampadas en una colcha, en un nórdico diríamos ahora, el del lecho nupcial en el que van a fornicar Tetis y Peleo durante su noche de bodas para engendrar a Aquiles. Quien no disfrutaría con estas pequeñas cosas. A la octava o novena lectura del Carmen 64 mi hermano ya estaba en perfecto estado de revista. Había superado la crisis, le habían atiborrado de suero para reequilibrar su descompensada química corporal y nos podíamos ir a casa con todas las bendiciones del escéptico médico. “Vini, vidi, vinci”. Y en mi caso no tuve ni que echar una ojeada a los galos, me bastó con leer un libro.

Qué tendrá el latín, me pregunto, que todo lo que está escrito en esta lengua parecen sentencias que no requieren ser demostradas, siquiera argumentadas, que parecen escritas en relieve sobre mármol pantélico, incontrovertibles, incuestionables e imperecederas. “Conócete a ti mismo”, podía leerse a la entrada del templo a Apolo en Delfos en tiempos de Pericles, y la frase aun sigue haciendo fortuna, aunque casi nadie la entienda del todo y sean aun menos quienes la ponga en práctica. Cierto que me estoy equivocando, aunque a posta: Aquella frase estaba escrita en griego. Pero la idea es el misma, no altera mi discurso. Es más, lo refuerza. Muchas sentencias de origen griego han hecho fortuna al ser traducidas y/o reformuladas por los romanos, como aquella de “Mens sana in corpore sano” de Juvenal. De hecho, “conócete a ti mismo”, dicha en esos términos, suena más bien a frase de hippies o de libro de autoayuda. Cómo envidiaba a los que estudiaban derecho porque tenían que aprender tantas frases en latín. A mi padre, que era abogado, le oí decir una vez aquello de “in dubio pro reo” cierta vez que se ventilaba si yo era merecedor de un castigo por mi comportamiento y, aparte de agradecido, me sentí fascinado por su oratoria. La sabiduría expresada en latín parece más y mejor. Nosotros en la escuela de ingenieros de montes nos teníamos que contentar con la fórmula de “Conditio sine quanon” del enunciado de algunos teoremas de Álgebra. Y bien poco más. Si me gustó el “Club Dumas” de Arturo Pérez-Reverte, para que nos vamos a engañar, fue sobre todo porque me reveló la existencia de epatante frase que adornaba los relojes de sol en los tiempos de Pilatos: “Omnia vulnerant, postuma necat”, en referencia a las horas, aunque también vale para la pasión del Señor. Todas hieren y la última mata. Luego vendría el conocimiento de aquella otra, la que hay escrita en una filacteria que un ángel despliega tras el caballero en el cuadro de Antonio Pereda: “Aeterna pungit, cito volat et occidit” -pronúnciese la “c” de cito como si fuera una “q”, con su “u” correspondiente, por supuesto, como si se estuviera mentando la capital de Ecuador, para que ningún enteradillo nos corrija-, tan emparentada en cuanto a significado, y casi llegué al éxtasis. Eternamente hiere, vuela veloz y mata. Es como el enunciado de un acertijo cuyo resultado es, que nadie se devane los sesos, el tiempo. El caballero sueña con las beneficios que puede traer la vida: fama, dinero, honores, y el ángel le advierte, o más bien a nosotros, porque el caballero parece más allá de cualquier enseñanza, sumido como está en su sueño de gloria, que cualquier bien de este mundo es pasajero, que solo los bienes del alma pueden ser acarreados a la otra vida.

Estaba claro que en este revival personal de los clásicos, no siempre voluntario, tarde o temprano iba a acabar arribando a la literatura de Horacio. Si el haber tenido que investigar sobre el cuadro “Baco y Ariadna”, el tercero de la serie del Camerino de Alabastro, me deparó la sorpresa del descubrimiento de Cayo Valerio Catulo, “La bacanal de los andrios”, el último de la serie, cuyo análisis inicio estos días, me ha obligado a darme por enterado también de la poesía de Quinto Horacio Flaco. Resulta que uno de los personajes del lienzo, que muchos consideran un retrato de la amante del pintor, Violante, por las flores con ese mismo nombre que luce en el pelo, tiene junto a sí un papelillo con una canciocilla cuyas estrofas son un elogio a las cualidades del vino, a su capacidad para infundir en los hombres la creencia de que son mejores de lo que en realidad son. Según leí en un artículo la letra de la composición está inspirada en una sátira de Horacio. Se trata de una carta que el poeta envía a un amigo, un tal Torcuato, a modo de invitación para un banquete que piensa celebrar en su casa. El amigo es abogado. Desciende de un linaje de hombres concienzudos, entregados al deber y marciales en sus actos: Los Manlios, cuya severidad les ha forjado una reputación a lo largo de los siglos. El primero en destacarse en este linaje se hizo célebre tras sentenciar a muerte a su propio hijo por desobedecer una orden suya. Y eso que el resultado había sido positivo: Una victoria contundente sobre el enemigo cuando se había dado orden expresa de no atacarlo. Otro posterior había declinado el asistir al funeral de un allegado, también un hijo -parece que éstos, los hijos, son siempre los peor parados en anecdotario de los Manlios-, para poder atender a sus obligaciones como patrono, que juzga ineludibles. Horacio trata de engatusar a su amigo para que acuda al fiestorro que quiere montar, donde sobre todo correrá el vino, que alaba sin medida: “¿Qué no destapa la ebriedad? Descerraja secretos, confirma esperanzas, empuja al cobarde al combate, exime de carga a espíritus angustiados, adiestra en artes. ¿A quién unos cálices fecundos no hicieron elocuente, a quién no aliviaron su estrecha pobreza?”. Normal que estos versos de Horacio ilustren un cuadro dedicado a Dioniso. Horacio le dice a Torcuato que deje el cumplimiento de sus obligaciones para otro momento, que olvide el ridículo proceder habitual de los Manlios y se desentienda de clientes, que se avenga a gozar con él de la velada que está preparando. Y tras esta conclusión es inevitable acordarse de la famosa sentencia: “Carpe diem, quam minimum credula postero” que, mire usted por dónde, tendría que haberlo sospechado desde un principio, también es de Horacio. “Atrapa el día”, nos aconseja Horacio en una de sus odas, “no otorgues ningún crédito al futuro”. Apostar por él es despilfarro. Si juegas al parchís no te guardes para luego las cuentas de diez, esas con las que se te premia por llevar las fichas hasta la meta, materialízalas cuanto antes, vive el momento presente, porque no puede saberse que nos deparara el futuro, siquiera si tendremos alguno esperándonos a la vuelta de la esquina. Escucho el consejo de Horacio, me dejo convencer plenamente por él al serme formulado en latín, además del bueno, y luego caigo en la cuenta de que si hay una enseñanza a la que he hecho menos caso a lo largo de mi vida ha sido a esa. La que llevaba las fichas a la meta a las primeras de cambio cuando jugaba con ella al parchís era mi madre, mi rival más encarnizada. Yo era más de dejar ese plus para el último apuro y, a menudo, me tenía que comer con patatas las cuentas de diez porque cuando llegaban ya no podían ser aprovechadas por ficha alguna. Tantas veces le quise decir a la adorable Paula: “Es conditio sine quanon que me sonrías para que fluya en mí la felicidad”, mientras el profesor Cerillo nos explicaba los teoremas de Poincaré que preludiaron las teorías de Einstein, y nunca fui capaz de agarrar el momento por las solapas, a pesar de lo mucho que me gustaba. Cuánto donaire y cuanta peca. Y no fue por ninguna estrategia de ahorro ni por altruismo, para no supeditar las metas de los demás a las mías propias, que es lo que yo creo que esconde el reverso de exhortación de Horacio. Fue sencillamente por cobardía. La sentencia “Carpe diem” no fue acuñada para los cobardes, ni para los que se dejan convencer solo por su tristeza. Horacio le dice a Torcuato que la cena se celebrará la víspera de la fiesta del natalicio del César Augusto, que podrán pasar la resaca en cama si así les place, y nos imaginamos que acabará convenciéndolo. Conmigo no habría forma. Soy completamente inmiscible en la alegría ajena. Rehúyo las fiestas como a la peste. Y eso que había señales. En el asunto de Paula me refiero. Ella y su amiga llegaban siempre después de mí, que era uno de los primeros en entrar en el aula, y se junto a mí, habiendo tantos otros sitios disponibles. Entiéndaseme: Las dos se sentaban a mi vera. Esto es: Una a cada lado, conmigo entre medias. Y no paraban de hablar durante toda la clase, en cuchicheos que quedaban siempre en la trayectoria de mi oído, de pelearse en broma utilizándome como campo de batalla. Si se trataba de una contienda de bolas de papel yo acaba siendo la mesa de ping-pong. Si se pasaban notitas con bromas yo ejercía de involuntaria estafeta. Aquello significaba algo, pero a mí me aterraba sacar mis propias conclusiones. Aun hoy, tantos años después, desconfío de las apariencias, no me atrevo a alargar la mano para agarrar un futuro retrospectivo que podría moldear a mi antojo. Quizá es que me enamoré del ángel andrógino de Pereda con su promesa de muerte.