martes, 23 de octubre de 2018

Carta a Emma (9) - Coda

Carta a Emma (9) - Coda

En mi anterior carta digo que a falta de unos pocos capítulos para terminar “El Paraíso en la otra esquina”, tres en el momento de redactarla, estaba casi todo el pescado vendido. Y no podía estar más equivocado. El último de la semi-novela protagonizada por Flora Tristán quizá sea el mejor. Al menos de su saga. Esto deberías leerlo, si aún te apetece aguantar mis digresiones, cuando acabes la novela, para no destripártela. Y es que pienso que lo que le ocurre es muy significativo de lo que es el personaje, de su talante. Dijiste que te habías casi rebelado cuando en un momento dado de la narración ella descarta la idea de asistir a un recital de Franz Liszt por juzgarlo un entretenimiento burgués inapropiado para alguien de sus ideas y aspiraciones, que te daba rabia que se negase a si mismo algo de placer y diversión, y pienso que es un reproche que cuadra con la idea que tengo de ti. Hay cosas que enriquecen el espíritu y es absurdo, y hasta contraproducente, negárselas a uno mismo, porque te impiden gozar en la medida que nos es posible en esta vida y crecer como personas. Pues bien, eso hace cuando llega a Burdeos en su gira, acudir a una audición ofrecida por Liszt, quiero decir, darse un poco de cuartelillo, ponerse de puntillas, y es ahí donde comienza el último acto de su historia, cargado de las contradicciones que acompañan al personaje a lo largo de toda su biografía. Tiene un desmayo en mitad del concierto y cuando despierta, varias horas después, está en un dormitorio que no es el suyo, sino uno mucho más lujoso que el que le espera en su hotelito de tercera. Un matrimonio al que conoce. de sansimonianos, como si se tratara de una burla del destino, a los que, para más inri, ha desairado meses antes, la rescatan en el teatro donde tiene lugar el recital y se hacen cargo de su cuidado de forma desinteresada. Ella había rechazado su ayuda en el pasado en razón de la pobre opinión que tiene de su movimiento y por constituir la pareja un típico ejemplo de hogar burgués. Y, sin embargo, van a ser los que la permitan tener una muerte hasta cierto punto dulce. Nadie rechaza unas sábanas de hilo limpias cuando hay fiebre. Le contratan enfermeras para que la cuiden, le traen tantos eminentísimos doctores como puede procurar el dinero, la atienden hasta en las más mínimas necesidades con devoción, y todo en razón del respeto que le profesan, aunque ya sepamos que no es correspondido. Cuando le preguntan si quiere que avisen a alguien para que este con ella durante su convalecencia, descarta enseguida la idea de ver a Aline y se decanta por su discípula Eléonore. Olympia ni siquiera llega a ser en ningún momento una alternativa. Ni el amor filial ni el amor carnal y/o espiritual, es su discípula y principal colaboradora a quien quiere ver en su lecho de muerte. Ni el amor ni la pasión, solo la causa le importa.

El pasaje de la agonía lo aprovecha Vargas Llosa para narrar una anécdota muy jugosa que Flora recuerda entre las nieblas de la fiebre, su encuentro con Karl Marx. Encontronazo más bien, digno de ambos temperamentos. Está en una imprenta de París supervisando la impresión de la primera edición de su libro “La Unión Obrera” cuando el filósofo irrumpe en el taller hecho una furia. ¿Cómo es que han postergado la impresión de la revista que edita para dar prioridad al panfleto de una advenediza con ínfulas literarias? Ella le llama gallo capón, por sus voces destempladas. El alega en un mal francés con excesivo acento alemán no entender el insulto. Ella le recomienda que acuda a un diccionario para adquirir cultura, y más o menos de esta forma tan bufa es como sucede el encuentro entre estos dos personajes con tanta relevancia histórica (vale, sí, uno de ellos prácticamente desconocido por ser mujer), que hubieran debido entenderse y convertirse en aliados, que estaban casi obligados a hacerlo. Ay, la soberbia. La humildad no es una condición sine quanon para convertirse en un verdadero revolucionario. Se trata en realidad de una cualidad que se convierte en estorbo.

El remate final de la pieza es un verdadero broche de oro. Acabar en todo lo alto solo está al alcance de los grandes narradores. Una buena primera frase, como las que se le elogian a García Márquez, te incita a seguir leyendo, pero una gran frase final a lo que te incita es a recordar ya desde que cierras el libro, a regurgitarlo para volverlo a paladear en la boca, valga el símil vacuno. Alguien suplanta la personalidad de un conocido de Flora durante su agonía para poder acudir a su lecho de muerte junto con un cura. El matrimonio de sansimonianos le protesta al desconocido: Saben con absoluta certeza que ella está en contra de la religión, que de estar consciente no habría querido que la suministraran la extrema unción. El visitante alega que se trata de una disposición tomada en los últimos tiempos de la que él es conocedor. A regañadientes acceden. ¿Qué mal pueden hacer unos sortilegios de mago de feria, unos cuantos abracadabras? Todo el suceso es extraño. Sospechan que hay un engaño detrás de todo aquello pero lo dejan correr. Intuición que parece confirmarse cuando tras el deceso por la ciudad se extiende el bulo, al que ayudan a darle eco algunos periódicos, de que Madame, La Colère, en trance de pasar al otro mundo, ha preferido hacerlo a bien con Dios a pesar de haberse pasado la vida jactándose de su hostilidad a la religión. Todo parece obedecer a un intento de desacreditarla de forma póstuma, cuando ya no hay posibilidad de réplica. Cuando durante el entierro ven al supuesto estafador apartado del gentío llorando a lágrima viva se le acercan en busca de una explicación. Éste les confiesa que lo ha hecho por amor. No quería que ella, la persona que más había amado en su vida, muriese en pecado. ¿Qué quién es? Ella le conocía por un apodo. Cuando se dé la vuelta podrán reírse de él todo lo que quieran a sus espaldas, cuando ya no los vea, pero no antes. Ella le conocía como el Eunuco Divino. A eso lo llamo yo acabar a lo grande, en plan Beethoven, con la orquesta sonando a todo trapo, las sección de cuerda, las de viento, y los timbales subrayando el crescendo.

Es dudoso que Flora hubiera querido alguna vez a alguien aparte de a sí misma, dado el escaso respeto que le merecía su prójimo. Quizá ahí radique su elección de Eléonore como compañera en el último trecho del camino, en ser la única persona por la que siente un mínimo de admiración, mezclada con cierto atractivo sexual, me malicio yo. Sin embargo, queda claro el enorme cariño que supo despertar en tanta gente. Cariño desperdiciado en lo humano, aunque se convierta en munición literaria. Los numerosos pretendientes a los que rechazó, y la amante a la que apartó de sí, permiten mantener cierta tensión emocional, y hasta algo de lírica en algunos momentos, a lo largo del denso relato de sus peripecias como luchadora social. La mayor tragedia de Flora estriba en no haber sabido que hacer con todo ese caudal de afecto, esterilizada como estaba en lo afectivo por un desgraciado matrimonio, al que la ley y la religión le obligaban atarse de por vida. Haber elegido cualquier otro personaje de los muchos posibles para la declaración de amor en el lecho de muerte habría tenido menos sentido y bastante menos efecto dramático. Hacía falta un personaje que asumiese el rechazo de antemano. Se le puede perdonar la traición. Su amor es tanto que asume el presumible enfado de la amada desde el más allá, en el que él, no lo olvidemos, él si cree, ante un acto que sabe que está en las antípodas de las creencias y los deseos de su amada. Por ser patético y erróneo, hasta torpe, es precisamente por lo que su gesto inspira tanta ternura y resulta tan comprensible y perdonable. Además, hay coherencia en su acto, es consecuente con sus convicciones. Algo que no ocurre siempre con lo que hace Flora.

Si este hubiera sido el final del libro creo que habría sido un colofón perfecto, pero Vargas Llosa eligió para la vida de Gauguin los capítulos pares, y la longitud de la novela alcanza los dos patitos. Tras señalarnos la putrefacción física y moral completa a la que llega Guaguin explicándonos sus abusos con las niñas del colegio de religiosas. Ciego como está, vienen a verlo a su casa para poder contemplar su colección de postales pornográficas, que cuelgan de las paredes de su estudio. Ya no le tienen miedo porque por más que corra tras ellas su vista deficiente no le permite agarrarlas, todo lo más manosearlas sin recato y al tuntún, por así decir, poniendo la manos donde puede y rezando para que sea en una zona gozosa. Imagino que esta escena te indignará cuando la leas. No obstante, Vargas Llosa deja morir a su personaje de una forma dulce, casi con dignidad, a sorbitos, sin agonía. Poco a poco va perdiendo la consciencia, el sentido de sí mismo y su unidad. Yo me imagino que la muerte es algo así. No sé si mi simulacro cuando el ictus me sirve de confirmación, pero recuerdo la experiencia sin ninguna angustia. No había dolor ni miedo, solo un plácido diluirse en al nada estando plenamente enterado de lo que ocurría. Siempre he pensado que esa ausencia de sufrimiento, esa placentera despreocupación solo podía obedecer a que la avería afectó a lo que sea que procese las emociones en el cerebro. Al cacharrito que administra la ansiedad se le había fundido un fusible o aflojado un cable. Mi psiquiatra no me dijo que no fuera posible, aunque tampoco pareció muy interesada en mi teoría. ¿Ha de ser la muerte el final de toda historia? Cronológicamente sí, pero no desde el punto de vista dramático. Si fuera así todo relato de ficción debería acabar necesariamente con su protagonista “palmando”. Después de una muerte quedan aún capítulos por escribir. Sino ahí está la coda de la que yo estoy disfrutando para confirmarlo. Un poco larga quizá a mi parecer.

domingo, 21 de octubre de 2018

Carta a Emma (8) - "El Paraíso en la otra esquina" de Mario Vargas Llosa


Carta a Emma (8) - "El Paraíso en la otra esquina" de Mario Vargas Llosa

Reconozco que la primera tarea que me autoimpuse al empezar a leer esta novela de Vargas Llosa tras empezar a hacer pie dentro de ella, fue decidir cuál de los dos protagonistas me gustaba más y, sobre todo, cual me parecía superior al otro, ya fuera en humanidad, interés, atractivo, enseñanza, fuerza. A punto de acabar el libro y, como se suele decir, con casi todo el pescado vendido, creo que puedo ir anticipando sin temor a equivocarme que el duelo acabará en empaté. El resultado es en cierto modo es bastante lógico, a pesar de la amplia desventaja aparente con la que parte Gauguin, el pintor, frente a Flora, la activista social. Ni los fuertes prejuicios que tenía hacia el primero lograron mantener el desequilibrio por mucho tiempo. Siempre ha sido Gauguin el paradigma del artista egoísta que lo supedita todo a su obra, empezando por sus seres queridos. Visto desde la posteridad, cuando el tiempo parece haber cauterizado todas las heridas, podrá parecer justificado que un hombre abandone a su propia familia para perseguir un sueño que ahora sabemos que se hizo realidad, aunque no en vida, ni siquiera para esos a los que sacrificó, pero ¿qué puede haber más reprochable que la renuncia al amor, que su inmolación en aras de la fama? No obstante si algo distingue a un buen escritor de ficción, incluso de ensayo histórico cuando se trata de describir y explicar personajes y no tanto sucesos del pasado, es su capacidad para sentir afinidad o, al menos, respeto por sus propios personajes, aún cuando sea honesto con el lector y no le mienta respecto a la verdadera naturaleza de sus criaturas y los errores que comete. Es inevitable no acabar sintiendo simpatía, algo cercano a la ternura, por el Gauguin de Vargas Llosa, a pesar de su supremo egoísmo, de su búsqueda incansable de su propio placer personal, de su absoluta falta de empatía hacia quienes tiene más cerca, incluso con su propia madre y su tutor, su padre adoptivo. Muchos cadáveres son los que va dejando en el camino en su huída hacia un paraíso inventado, que en realidad nos enteramos hacia el final que fue más una fantasía y un anhelo de van Gogh que suyo propio. Ni siquiera se trata de una meta personal sino de una meta tomada prestada, de alguien a quien también dejó en la cuneta del sendero. Con todo y con eso, uno se descubre hacia el final tratando de alentar a un cada vez más apagado y cabizbajo Gauguin mientras se suceden las páginas, en primer lugar porque, como dice el adagio, en su propio pecado tuvo la penitencia. En segundo lugar porque no hay mayor tragedia que un artista cuya creatividad se agota. Es puro egoísmo, en este caso no del artista sino de los destinatarios de su arte: ¿Y si a Velázquez no le hubiera engullido la burocracia de palacio y hubiera podido pintar el doble de obras? ¿Y si Rafael y Caravaggio no hubieran muerto más jóvenes? ¿Y si Guaguin hubiera tenido una vejez más misericordiosa? Yo creo que el mundo estaría más colmado de belleza, aunque contendría exactamente la misma dosis de sufrimiento. Si es que alguna vez pudo engañarse a sí mismo al respecto, ya al disponerse a emprender su última etapa, la que le lleva a las islas Marquesas, Paul tenía claro que las decisiones que ido tomando a lo largo de su vida para poder encaminarse hacia unos objetivos, por otra parte bastante inciertos, le encaminaban hacia una irremisible soledad, siendo además alguien cada vez más necesitado de apoyo y cuidados, de esa compañía que siempre había considerado superflua. Una mala vejez solo es soportable y superable entre quienes te quieren.

Frente a esto, un hombre que sacrifica a todos en beneficio de su gloria personal, tenemos una mujer que aspira a convertir el mundo en un lugar más justo, más habitable y solidario. Nada más y nada menos. Y lo hace porque comprende la verdadera enseñanza que se esconde detrás de toda tragedia personal: No hagas a los demás lo que no te gusta que te hagan a tí. Siempre me ha extrañado, incluso irritado, esa manía de algunos de explicar y, a veces, también justificar, las atrocidades que cometen algunos monstruos humanos, señalando que también las padecieron ellos. La génesis de un pederasta, por poner el ejemplo más crudo, tendría su explicación, incluso el derecho a la redención, en el hecho de haber sido previamente víctima de ese mismo delito. Para mi ese razonamiento tendría sentido sólo si lo hubiera disfrutado. Si alguien conoce íntimamente el mal y el dolor que acarrean para los demás llevar a cabo un determinado acto por haberlo sufrido en sus propias carnes, me parece de una crueldad inconcebible que se consienta a sí mismo llevarlo a cabo también, perpetuar la cadena de atrocidades. Flora es víctima de un marido cruel y violento, se siente hambrienta de libertad en una sociedad que cree que cercena sus alas por ser mujer, y, en vez de volcar su resentimiento en terceros, trata de que nadie más tenga que sufrir lo que ella ha padecido, de sembrar de libertad la sociedad en la que vive para que germine una realidad más justa y humana. Y, sin embargo, la senda que elige para recorrer la vida también sacrifica a quienes la rodean. ¿Cómo se explica que se capaz de dejar tras de sí sola a su hija, a la que sabe rota por dentro, para viajar al otro lado del mundo en busca de nos e sabe exactamente qué? Quizá esa sea una de las cosas que menos entienda del personaje. ¿Viaja al Perú para solucionar definitivamente su situación económica? Se ve deslumbrada por la riqueza de sus parientes y la anhela para sí y, no obstante, trata de convencernos de que ese viaje le sirvió a la postre para entender las injusticias del mundo en que le había tocado vivir, que fue su despertar social.

El nexo común a ambos personaje, la raíz que nutre ambos perfiles psicológicos, es la desmesura en sus reacciones, su arrolladora capacidad para obrar, a pesar de los obstáculos o los inconvenientes que puedan interponerse entre ellos y sus metas o matizar los logros, su envidiable capacidad para arrostrar las fatigas, las enfermedades, el descrédito, la marginación y la pobreza, el aislamiento o la hostilidad de los otros, para hacer lo que desean o que creen que es lo correcto a pesar de todo, para seguir sus instintos y sus códigos hasta las últimas consecuencias. Más que de credos o ideas habría que hablar de pasiones. Gauguin es pura energía vital, y lo mismo que ésta le crea un voraz apetito sexual le vale también para pintar sin descanso durante días. Es más, mientras van Gogh reconoce que practicar el sexo le resta fuerzas a la hora de crear delante del caballete, Gauguin asegura que en su caso es todo lo contrario, que solo pensar en practicar sexo le permite adquirir la templanza necesaria para ponerse a pintar. Su problema es el exceso, del que puede purgarse follando con su prójimo, y uso un vocablo masculino porque llega un momento en que ya ni siquiera le hace ascos a su propio género en aras de achicar unas ansias que amenazan con hacer naufragar su barco. Además, ha sido la propia pintura la que le ha puesto en contacto con esa energía que guardaba dentro, que luego la canaliza hacia el arte o hacia la fornicación desinhibida, nunca hacia la ternura, hacia la génesis de sentimientos. Sólo de forma retrospectiva es capaz de conectar emocionalmente con su madre, con su hija Aline o con su esposa legítima, la vikinga Mette, y apelando más a la razón, al análisis de datos, que a lo emotivo, analizando esas relaciones desde una distancia que le permite limar las aristas. Una vez descubre el arte a través de su amigo Schuff se desentiende de todo lo demás, se desconecta de quienes le rodean y de las cuestiones materiales que antes le angustiaban, pierde toda capacidad empática con su prójimo, si es que alguna vez al tuvo, todo afán de lucro, y solo piensa en huir, cada vez más lejos, planeando y ejecutando viajes a lugares situados cada vez a mayor distancia geográfica y más enterrados en el pasado, en lo primitivo.

Tampoco Flora es capaz de establecer conexiones empáticas con sus semejantes. Desprecia y apenas soporta a aquellos que dice querer salvar de la pobreza y la falta de libertades: Mujeres sumisas y obreros incultos. En su afán redentor del mundo hay a veces más rabia que compasión, una cólera soterrada que a menudo dirige hacia quienes pretende proteger y hacia quienes podrían ser sus aliados estratégicos (fourieristas, sansimonianos, icarianos). Su propia tragedia es lo que la salva del egoísmo. Incapaz de dirigir el exceso de energía hacia el sexo, como hace Gauguin, ya que un infortunado matrimonio le ha hecho aborrecerlo y hasta sentir por él asco, solo le es posible canalizarlo hacia su meta personal, mucho más noble en su caso, pero bastante menos creíble. Querer cambiar el mundo para hacerlo más justo es una quimera. Precisamente el arte es una de las pocas cosas capaces de lograr transformar las cosas. Si bien los motivos de Gauguin son mucho menos generosos, a la postre serán más afectivos, aunque los logros solo serán visibles de forma póstuma. Aunque tampoco debemos entristecernos mucho. No es el reconocimiento lo que busca el pintor, aunque su soberbia a veces haga que lo parezca, sino poder convertir su pasión pro el arte en un modo de vida pleno de libertad, sin ataduras, sin más obligaciones que la de estar atento a escuchar a su yo creativo y darle rienda suelta.

Flora Tristán es una víctima de la misma forma que Gauguin es un verdugo, y ambos recorren la misma trocha aunque en sentidos contrarios. Paul trata de encontrar el salvaje que lleva dentro, crear un mundo sin reglas en el que el hombre pueda abandonarse a su propia naturaleza, que juzga pura si no ha sido contaminada por el progreso. Flora, por el contrario, quiere eliminar lo que de salvaje hay en el ser humano, crear una sociedad reglada, armónica, con múltiples ejes de simetría, donde lo de arriba sea igual a lo que hay abajo, y los instintos más primarios puedan embridarse para protección de los débiles. No sé hasta qué punto este afán por eliminar los instintos está en la explicación de su renuncia a Olimpia, la única persona a la que le es dado amar. No me creo del todo su renuncia en beneficio de la causa. Flora solo piensa en erradicar el disfrute por juzgarlo pecaminoso. Su búsqueda por quienes tienen más poder en detrimento de quienes tienen menos, es a su juicio la verdadera raíz del mal. Del mismo modo que Paul no piensa en otra cosa, en ese disfrute sin remordimientos, por entender que nada más te acerca a la verdad, a lo que importa, aunque para arribar a ella haya que alejarse de todo. Sorprende como dos rumbos personales tan diametralmente opuestos, la generosidad extrema y el egoísmo absoluto en este caso, pueden llevar a un mismo sitio, a la soledad absoluta y al autoengaño. Quizá porque el orbe de las ideas y la moral, es tan esférico como el geográfico.

Me ha decepcionado un tanto el escaso protagonismo de Olympia en la novela, a la que Vargas Llosa despacha en unas pocas páginas, después de haber estado cebando nuestro interés por el personaje durante tres cuartas partes de la novela. Hubiera querido ver más el lado emotivo y vulnerable de Flora, y Olympia es la única llave que abre la puerta que conduce hacia esa estancia. Ni siquiera su hija, la madre de Paul, tiene acceso a ese lugar. He aquí otro nexo de unión entre ambos personajes: Aline Gauguin, cuyo sufrimiento apenas despierta la ternura en ninguno de los dos. La incapacidad de ambos para aliviar su sufrimiento o compensarlo, para lo que únicamente hubiera hecho falta un poco de amor, es su mayor derrota, pero a uno le puede la vergüenza y el resentimiento, y a la otra la necesidad de huir de sus propios sentimientos. Es significativo el odio que Paul siente por su tutor, la única persona positiva en la vida de Aline. ¿Qué sentido tiene querer embellecer el mundo o tratar de hacerlo más justo si renunciamos de antemano a que esas ventajas las disfruten en primer lugar quienes se supone que están más cerca de nuestros afectos?

Me ha gustado mucho, aunque es una vertiente que abandona Vargas Llosa a mitad de novela, la explicación de la génesis de los cuadros de Gauguin. Ignoro si sus análisis de “Manao Tupapao”, “Pape Moe” y otros cuadros, se basan en intuiciones personales o en la lectura de libros de expertos en la trayectoria del pintor, en todo caso le anima a uno a dejarse llevar y proponer también sus propias ideas. Es algo que cuesta. Da pudor exponer lo que te dice la intuición cuando te enfrentas a un cuadro. Toda la información veraz disponible siempre es poca, yo llevo media vida recabando datos sobre “Las Meninas”, pero llega un momento en que hay que volar a solas con tus propias alas, que hay que desengancharse del avión que nos ha remolcado por el cielo para poder ganar altura y hacer vuelo sin motor en absoluta soledad. Una vez ahí arriba, ninguna idea vale más que otra, ninguna está más cerca del cénit que cualquier otra. Es algo que me digo a menudo, pero que luego no suelo llevar a la práctica. Solo el ver que aquellos más informados y preparados que yo, a la hora de la verdad se encuentran igual de desarmados ante lo inefable (el arte, el amor, Dios), me anima a creer en mis propias conclusiones. Es curioso como ante las cosas verdaderamente importantes nuestro lenguaje se vuelve infantil. Nada más pueril que alguien hablando de religión, amor o arte. Algo que solo se capta si te han educado en otras creencias distintas a las de quienes escuchas pontificar sobre estos temas.

He de confesar que a mitad de algunos párrafos de la novela a veces me he dado cuenta de que me encontraba en un tiempo narrativo diferente al que creía en el momento de iniciarlo. Vargas Llosa pasa de unos momentos narrativos a otros encadenando continuamente fladhbacks y fulminantes retornos al presente narrativo con una brusquedad y prodigalidad que a veces desconciertan. En este aparente caos de piezas temporales aparentemente inconexas todo va encajando poco a poco como un todo coherente, como si se tratase de un puzle. El resultado final son dos retratos que conmueven, como ocurre siempre que lo humano asoma y es perceptible en los rasgos del retratado, por más que nos puedan desagradar algunos aspectos concretos o podamos discrepar de algunos hechos o sentires de los efigiados. Si es verdad que una imagen vale más que mil palabras, pintura versus literatura, habrá que elogiar el logro del novelista y comprender además quizá el exceso de páginas que presenta el libro, que en realidad son dos novelas en una, con una delgada membrana que las separa, a través de la cual los personajes, los sucesos y temas de debate irrumpen desde una narración a la otra por simple ósmosis, siguiendo ese flujo que la química nos indica que siempre intenta disminuir la densidad de la solución a priori menos diluida. Por otro lado, si es verdad, como creo, que todo buen libro para serlo ah de sugerir y alentar nuevas lecturas, he de reconocer que esta novela lo cumple. Me ha despertado el interés tanto por la obra de Gauguin como por los comienzos del socialismo. Y, por supuesto, también por el escritor peruano, cuyo descubrimiento como novelista a ti te debo, ya que solo lo conocía en su vertiente de analista de prensa, de cuando se dedicaba a viajar por el mundo como corresponsal político para el ABC. Maravillosas aquellas crónicas sobre la Nicaragua sandinista.

Del viaje de Flora a las cloacas de la sociedad que le tocó vivir se me ha quedado grabada una palabra que no conocía: Enmelar, untar con miel una superficie, en sentido figurado, con cualquier sustancia pringosa y/o viscosa. Mejor paso de puntillas sobre el asunto que la trae a colación en las páginas de Vargas Llosa. La mayor depravación posible reside en la práctica del sexo que no solo olvida los anhelos del otro si no que los pisotea por ser un ingrediente imprescindible para el disfrute. No me extraña que Flora se vuelva lesbiana. Te diré algo, que quizá no te sorprenda porque es muy lógico: El lesbianismo es algo muy habitual entre las prostitutas. Acostumbradas a ver lo peor de los hombres desde su flanco menos favorable los acaban cogiendo asco. Normal que busquen la ternura en aquellas que piensan que son las únicas capaces de proporcionársela, al tiempo que podrán comprenderlas. Los amores de burdel entre compañeras de fatigas, he aquí un tema que siempre me provoca tristeza y vergüenza. Vergüenza porque llega un momento en que, por más que proteste contra el feminismo radical, y lo hago a menudo porque pocas cosas me provocan tanto disgusto, me he llegado a creer parte de su ideario. Y tristeza porque el lesbianismo siempre me hace sentir como un desterrado del paraíso, ese que Vargas Llosa dice que está en otra esquina. No concibo un amor más tierno, un sexo más limpio, que el que surge entre dos mujeres. La imagen de dos féminas en la cama dándose placer la una a la otra más que excitarme me conmueve. Por más que el tópico señale lo contrario, con los años se va haciendo más difícil excitar el corazón que los genitales. Si alguna vez te enamoras de otra mujer hazme un huequito en tu romance. Pero, ¿qué digo?, si ya lo estás. Anda, hazme sitio bajo las sábanas, prometo estorbar lo menos posible.

Rokokó parrafero
21 de octubre de 2018

Posdata: Soy incapaz de encontrar un solo libro en mi biblioteca a poco escondido que esté. Voy a tener que solicitar “La insoportable levedad del ser” a alguna biblioteca de la red. Eso sí, la búsqueda me ha recordado una ingente cantidad de libros interesantes que están esperando todavía que les haga caso desde cuando los compré, a veces lustros o décadas. Lo mismo cuando me vuelva a tocar proponer lectura. Así mato dos o tres pájaros de un tiro: cumplir turno, proponer un libro que realmente me interese y rebajar mi sentimiento de culpa por las inversiones de dinero y espacio en el pasado sin fruto alguno.