viernes, 15 de febrero de 2019

La belleza

La belleza

La belleza. Esa cualidad de la que dices que careces, perdona que me sonría, es un concepto complejo, elusivo, a menudo contradictorio, frustrante porque se escurre entre los dedos cuando crees haberlo aprehendido, que lo has atrapado  en una definición para cuya aceptación podría haber cierto consenso.

¿En qué consiste la belleza?¿Cuál es su territorio y su momento? Contemplo tu rostro, el atardecer de tu mirada de iris oscuro, el almuerzo frugal de tus labios, el paisaje estival de tus pómulos y, aunque encuentro inspiración no hallo coherencia, aunque mi corazón se vuelve cantor soy incapaz de componer un estribillo que explique la melodía.

Y es que quizá no concierna al ámbito de las ciencias exactas, tal vez no se trate de la armonía en las formas, sino de desgarbadas emociones, de temblar y dudar en vez de cimentar certezas, de preferir las brasas a habitar en el cortafuegos, la promesa a su cumplimiento, la perplejidad a la fe y su credo.

Solo sé que cada vez que te miro mientras me insistes una y otra vez en lo fea que eres, se demuestra la supervivencia de la belleza, o su emoción equivalente, en este árido y estéril universo por reducción al absurdo, se hace posible que el gorrión siga posado sobre la verja de la mi ventana mientras avanzo otro paso hacia su encuentro en la esperanza de poder atraparlo, distraído como está en la negación de la evidencia de su colorida existencia.

miércoles, 13 de febrero de 2019

El Fútbol y sus aledaños (203) - Vae Victis



Vae Victis

Oí hablar por primera vez de las ocas capitolinas en una serie de espías de la BBC de los años 80s, o por ahí. El protagonista, era un ex agente del MI6, veterano del Vietnam. Bueno, de alguno de los vietnames británicos. Qué se yo, digamos que de la rebelión de los Mau-Mau en Kenia o de las guerra de las Malvinas. Hace mucho que la ví y ya no recuerdo los detalle de la trama. Sólo la anécdota de las ocas, que es lo que viene a colación, lo pertinente. El caso es que el prota, un émulo de James Bond en “Nunca digas nunca jamás”, esto es, un héroe legendario -para los que tienen acceso a los informes top secret, se entiende-, venido a menos por causa de los años, vive sólo, en una especie de retiro monacal, en una casa en mitad de la campiña. Sabe que le acechan los enemigos, los fantasmas de su pasado, que nunca dejarán de hacerlo, que cualquier noche vendrá alguien que tratara de colarse en su hogar, pistola con silenciador en mano a tratar de saldarle las cuentas. Y, sin embargo, vive ajeno al estrés en su idílico Shangui-La en mitad del agro británico, con la sola compañía de una bandada de ocas a las que siempre se las ve todas juntas, bien avenidas, la imagen de la familia unida, caminando de aquí para allá sin rumbo fijo por los prados que rodean la casa, con su característico andar vacilante, inestable, trufado de un cómico bamboleo, individual y colectivo, como si estuvieran a punto de caerse arrastrando en su caída las unas a las otras, como un grupo de bolos en el que acaba de impactar la bola arrojada con efecto. Un compañero le pregunta cómo es que vive tan tranquilo, tan despreocupado, con tanto desapego a sus demonios interiores, aun sabiendo que tiene una cita segura con su pasado. Entonces él le habla de las ocas capitolinas. A saber: Tras derrotar al ejército de la república que había salido a su encuentro junto al río Alia, los galos saquearon Roma en el 390 a. de C. Sin embargo, las ocas de la colina capitolina dieron la voz de alarma a los habitantes de escasas viviendas asentadas en aquel cerro y estos pudieron evitar la suerte de sus conciudadanos, refugiarse tras la antigua empalizada que rodeaba el contorno de la coronación de la colina, tras parchearla con lo que más a mano tenían. Sobrevivir en precario no deja de ser poder aspirar a ver la luz de un nuevo día.

La colina capitolina fue el germen de Roma. En su cénit se improvisó el primer fuerte defensivo. La ciudad creció en torno a ella, se desparramó por las vaguadas y las otras seis colinas que había cerca. En recuerdo de aquella terrible derrota, a la que sin embargo pudieron sobrevivir para contarlo, los romanos erigieron un templo dedicado a Juno, la esposa de Júpiter, custodiado ya por siempre por las ocas sagradas. Juno Moneta, la advocación de la diosa, la más antipática, y mira que lo son todas, pero providencial, esa que amonesta cuando ve que nos equivocamos, que advierte del peligro que entraña el error, la vulnerabilidad frente a la inconsciencia. Nuestro amigo del MI6 le explicaba en cierto episodio a su compañero que las ocas son mejores guardianes aun que los perros, porque son hipersensibles a la presencia de desconocidos, porque siempre graznan a coro cuando alguien que no conocen se les acerca. Y en ese momento sabemos cómo acabará el relato de la serie, con una silueta furtiva entrando a hurtadillas en una casa a oscuras en mitad de una noche, para ser emboscado por aquel a quien pretende pillar desprevenido.

Para el madridismo la derrota siempre ha sido una completa desconocida. Jamás se acostumbraron a los rasgos de su geta. ¿Cómo se llama esa enfermedad que padece Brad Pitt, esa que explica el título del primer bestseller que escribiera Oliver Sacks (“El hombre que confundió a su mujer con un sombrero”)? Prosopagnosia, me apunta Google. Algunos viven tan ricamente casados con el fracaso. Su memoria hasta es capaz de inventarse un romántico noviazgo. El Atleti, por ejemplo. Si al Madrid le rondase la derrota con intenciones matrimoniales lo más seguro es que la colgase en el perchero más cercano. No por nada, sino por causa de una prosopagnosia diagnosticada por House durante un diferencial en una redacción de periódico. Las ocas capitolinas graznaron cuando vieron aproximarse el peligro durante la era Lopetegui. Por eso se oían graznidos cada vez que el entrenador navarro se empeñaba en no convocar a Vinicius, que si no tiene nombre de personaje de una historieta de romanos, que venga Júpiter y lo vea. O Tutatis, porque el asunto en realidad va de galos. Hemos sobrevivido a su saqueo apelando a los antiguos muros, a los rancios valores: compromiso, sacrificio, esfuerzo, y gracias sobre todo a un tipo llamado Pintus, que nadie me puede negar que también tiene nombre de personaje inventado por Gosciny para ser dibujado por Uderzo.

Cierto, si te acuerdas de Karim Benzemá, o de Fabian Causeur en el equipo de basket, incluso de Zizou y Raymond Kopa si nos ponemos en plan nostálgico o en modo NO-DO, ya no se sabe si somos romanos o somos galos. Bueno, entre los cuatro que cito como ejemplo más que galos abundan los magrebíes, pero creo que se entiende lo que quiero decir. Además, es una batalla que doy por perdida: A la selección francesa la denominan como el equipo galo los speakers de la tele y de la radio por más que esté repleta de africanos sub y supra saharianos, de hispanos y hasta de indonesios. Tampoco hay contradicción alguna: El emperador Caracalla extendió la ciudadanía romana a todos los habitantes libres del imperio y de eso hace ya casi diecinueve siglos. Además, quién gozando de libre albedrío, no siendo esclavo de las modas o las mentiras que graznan las ocas, querría ser de otro equipo. El Real Madrid es el club de los hombres libres, de los ciudadanos del imperio del futbol, que actualmente abarca desde el Pacífico al Mediterráneo y que amenaza con extenderse otra vez hasta el océano que bautizara Vasco de Gama, pero aproximándose esta vez por la otra orilla.

Alguien tan taimado como Benzemá debió de ser el caudillo de los galos, Breno, quien en el 390 hizo capitular a Roma. Sus huestes sometieron a asedio la empalizada de la colina capitolina durante días, hasta que los supervivientes cayeron en la cuenta de que nadie vendría en su socorro, que sin suministros resistir era inútil. Trataron de negociar una rendición honrosa, una que permitiera a la Urb asistir al inicio de una nueva era. Se fijó un precio en oro para el rescate del futuro, que fue pesado con balanza a la vista de todos, en la explanada del foro, cerca de la Rostra, esa especie de púlpito, adornado con los espolones de las naves enemigas capturadas en batalla, donde hablaban los oradores al vulgo. Los romanos se quejaron del uso poco escrupuloso, más bien fraudulento, por parte de Breno de las pesas de plomo en el plato que hacía de contrapeso. Protestaron de forma airada ante el intento de robo, pero en vez de la ira o la crueldad hicieron aflorar en el caudillo galo su cinismo y su vena didáctica, una lección de vida para el futuro. “Vae Victus”, exclamó éste, al tiempo que arrojaba su enorme espada de metal sobre el platillo de las pesas. Las reglas las establecen los vencedores, y por lo que respecta a aquellas leyes que son anteriores al conflicto, tienen la potestad de vulnerarlas.

¡Ay, de los vencidos! No cabe tener clemencia con ellos. No a tuvo Roma con Corinto, a la que arraso hasta hacer aflorar sus raíces, los cimientos de sus edificios. Ni con Cartago, cuyos campos de labor sembró con sal para que sus futuros moradores no pudieran encontrar sustento en su patria. Ni con Numancia, a la que borró de la historia. Ni polvillo de tiza le quedó entre los dedos después de usar el borrador. No la ha de tener, por lo tanto, el Madrid ni con el Ajar ni con el Barça en los múltiples frentes abiertos. Si la vuelta de la semifinal de Copa nos e va a afrontar con una clara ventaja es por un exceso de confianza. Ni una sola vez se oyó graznar a las ocas capitolinas. Ni siquiera cuando Messi entro en la liza como recurso de urgencia blaugrana. Todo parecía tan controlado y en calma. Noche cerrada en Barcelona. Ramos dejó pasar el balón del empate en un gesto de suficiencia No hagas caso, chaval, y dale un morreo en el Hormiguero a Pilar Rubio. Ande usted caliente, ríase la gente. Quizá porque creía que Navas llegaría a tiempo de interceptar su trayectoria. Y éste no se apresuró al ver a una falange completa de gurreros custodiando el poste. Juno Moneta se mantuvo muda durante todo el lance. Ramos abrió los brazos y los puso en cruz en un gesto típico de descreimiento del peligro. Una postura corporal habitual en quien desconoce el lenguaje de las ocas. Apenas tres días después. La hinchada atlética, tan nutrida en el ámbito periodístico, apeló de forma airada a las reglas del vídeo arbitraje, que haberlas haylas, dicen, aunque es cosa que empiezo a poner en duda, porque sus autodenominados intérpretes, sus relatores en el lenguaje monclovita, no hacen otra cosa que rebatirse los unos a los otros. En todo caso, nada sustancial pueden añadir al relato de vencedores y vencidos. La victoria madridista no se explica ni con huevos de oca ni de central uruguayo. Protestaron los rojiblancos antes y después del partido, porque tener por parienta a la derrota es algo que sin duda agria el carácter. En el durante la única respuesta de Solari fue arrojar su espada britana sobre el césped para desnivelar por completo la balanza ante cualquier espejismo de equilibrio. Un 1-2 era poco botín. Había mayor apetencia de oro. Vae Victis.

Courtois, que no es galo, pero casi, que ya sabemos que las tribus que combatió César en Alesia provenían de Bélgica y Helvetia, dice en su entrevista en ABC que el gran error de sus rivales ha sido dar por muerto al Madrid. Lo sabían sus enemigos, y por eso la temían, que la gran virtud de Roma residía en su capacidad de recomponerse desde sus pedazos su ánimo quebrado, que su estrategia más efectiva era su capacidad para poner un nuevo ejército sobre el campo de batalla tras cada desastrosa derrota. Zama es una consecuencia lógica de lo ocurrido en Trebia, Trasimeno y Cannas. Si Breno dejó su tarjeta de visita en las laderas de la colina Capitolina durante su breve verano romano, César devolvió a gentileza cuando recorrió los robledales de las landas para erradicar a los druidas. Fue muchos siglos después, bien es verdad, pero es que sobre los tiempos nada dictaminan los protocolos de la guerra. 37 años tardó el Madrid en descolgar el sombrero tras la derrota del 81. Y fue nuevamente la espada britana la que deshizo el equilibrio. Excalibur se forjó con acero galés en las aguas del Manzanares, que ya no es vega colchonera. Tres veces, al menos, arrojaron los caudillos galos a Excalibur sobre el fiel de la balanza: Sobre la pizarra de Simeone con su mezquino planteamiento lisboeta, locura de Di maría mediante; Sobre los isquiotibiales de Marca Bartra; Sobre la atropellada cabeza de Karius -no echéis la culpa sobre Ramos, que el muchacho ya venía atropellado de casa-. El Real Madrid se permite tener memoria, la atesora como oro en paño porque sabe convertir las derrotas parciales en victorias definitivas.

Si de beneficios extra en la aplicación del VAR, de réditos arbitrales espúrios en definitiva, es de lo que estamos hablando, a nosotros ya nos pueden ir registrando. Que si tiene pelotas que no nos concedieran el penalti que Rauli cometió sobre Vinicius en el partido contar a Real, no hubo güebos para no pitar el que sufrió en el Wanda Metropolitano, o lo que hubo es un exceso de los mismos, pernicioso y obsceno. Es como si el discurso predominante variase a conveniencia, como si fuese maleable cuando del Madrid se trata. Estamos cansados de oír que si a falta es continuada y esta acaba produciéndose también dentro del área, entonces es penalti sin discusión posible. Una verdad diáfana y escueta, perfectamente perfilada, irrompible como el diamante, tan incontrovertible que se diría que hubiera sido dictada por la zarza ardiente para ser añadida como corolario en las Tablas de La Ley, pero que cuando ha de aplicársele al Madrid nos pilla a todos agnósticos. Cuando as criadillas de Jiménez entran en contacto con el actual talón de Aquiles de los anti-madridistas, Vinicius ya se ha adentrado en el territorio vedado para hacer faltas. Es más, si alguien tiene motivos para la queja es precisamente el Club Blanco. Ni la falta sobre Bale antes de la entrada de Casemiro a Griezmann, ni a de Correa sobre Vinicius en el prólogo al gol del francés, son tenidas en cuenta siquiera en el debate. Por no sé qué disquisiciones filosóficas relativas a la forma de aplicar el VAR. Tócate los mondongos, pero no toques a nadie con ellos, sobre todo si son uruguayos. Lo dicho, los arcanos del VAR, por lo que parce, siempre se pueden amoldar a conveniencia para que vayan en detrimento de los intereses de los inquilinos del número 1 de la Avenida de Concha Espina. Mira que el chaval es joven, me refiero al brasileño, a Vinicius Junior, y apenas un recién llegado, pues ya tiene una lista de agravios tan larga que no le cabría a Rain Man en su libreta de espiral con tapas rojas. Y en lo que se refiere al gol de Morata, se trata de mero dibujo técnico, de diédrica, esto es, de abatir planos, trazar paralelas y buscar las intersecciones con las secantes. Por cierto, muy mal Petón al apelar a esa máxima, ahora obsoleta, de que en caso de duda no debe levantarse el banderín. ¿Por qué no cuando el linier del VAR va también provisto de escuadra y cartabón. Te has quedado anticuado, querido. Este señor pierde el oremus cuando el Madrid está involucrado en los temas que trata. Y ya es pena, porque es una analista de fútbol a menudo acertado y por momentos excelso. Pero tiene un problema serio. Es como ser crítico de cine y odiar a John Ford, cómo ser incapaz de decir algo coherente de la obra del director irlandés sin que las fobias le arruinen los argumentos. Óigame es que son 114 largometrajes, un porcentaje significativo de ellos obra maestras y el resto joyería de alta gama. Escuche, es que son 116 años de historia, un porcentaje significativo de ellos como campeón de Europa y el resto campañas en la élite. Puedes clamar contra cualquier cosa, hay barra libre, pero hacerlo contra la geometría o las matemáticas es, además de una imbecilidad, de una insensatez, esfuerzo estéril. Es como predicar en el desierto. Ya puedes ir provisto de megáfono y de un ejército de tertulianos atléticos que no por ello tu discurso se va a ir de modo más nítido, va a sonar más plausible. En todo caso, si no les ha gustado a los Relaños y Petones de este mundo como ha tramitado diligencias el tribunal arbitral, cual ha sido el sesgo en la sentencia, solo me cabe decir, Vae Victis. ¡Ay, de los vencidos! Viven en una luna de miel interminable.

Postcriptum: Lo habéis acertado, las ocas capitolinas son los chicos de la redacción de As. Un final previsible para la serie de la BBC: El Barça entra a hurtadillas en el Wanda, pistola en mano. Ha atornillado el silenciador porque prefiere obrara oscuras. La muchachada de Relaño grazna, el Madrid se alerta y le pone un par. De goles y de lo otro. Luego, cuando llega el amago de reacción, Breno Solari arroja a Excalibur sobre el platillo de los méritos, que ya habrán empezado a racanear los enviados especiales de la prensa deportiva madrileña en el arranque de sus crónicas -da tanto miedito ofender los catalanes-, que habrán empezado a escribir cuando aún no ha llegado el ocaso del partido y las cenizas del rival aún no están frías. Luego es tan fácil como echar la culpa de la derrota a los modos de Ramos.