viernes, 24 de marzo de 2017

Decurtación



Decurtación

Mi amiga Eva colecciona palabras. El otro día me pidió que le regalara alguna para poder lucirla en sus mensajes de Twitter. Palabras sonoras, hermosas de cuerpo o concepto, con alcurnia, preferiblemente en desuso, desnudas de presente para poder vestirlas con definiciones ajustadas a una intención emocional o lírica en sus propósitos poéticos. Por alguna razón de la que aun no la he logrado disuadir, me cree una persona culta e informada. Me llama poeta cuando en mi expediente como tal apenas hay veintitantos sonetos de amor y alguna que otra coplilla desesperada. Ya he desistido de llevarle la contraria. Tampoco conviene. Es la única amiga que me queda y tampoco es que la trate especialmente bien. Hablamos muy poco, casi siempre por iniciativa suya, y los canales de comunicación son cada vez más intermitentes y angostos. Eva es lo único que me separa del silencio, y aunque me estoy acostumbrando a su timbre de voz, aun no he decidido dar ese último paso. Convengamos que tiene su aquel que mi amiga me pida precisamente palabras como regalo.

Pensé en el aserto de Confucio y traté de enseñarle a pescar. Le señalé además un gran caladero en alta mar: Los vocabularios técnicos. En especial los de las ciencias naturales con un alto componente en rutinas clasificadoras y con necesidades descriptivas. "La botánica es un auténtico filón repleto de vetas auríferas. La panacea para quien busque palabras hermosas y que parecen recién horneadas", le dije. Y le indiqué algunos ejemplos. Sin ir más lejos, yo adoro la palabra "inerme", y como es una de mis más apreciadas posesiones se la regalé envuelta en papel de regalo. Inerme es aquello que está indefenso, la cualidad, como se diría en los diccionarios, de carecer de armas de defensa. En botánica una hoja inerme es aquella que carece de medios para protegerse de los mordiscos de los defoliadores. Eva, que es gallega y está acostumbrada a lidiar con aulagas, tojos y rosas silvestres en sus paseos por prados y forestas, enseguida entendió el concepto. En Galicia es imposible adentrarse en el bosque sin recelar en cada paso. Las plantas espinosas se te enredan en los pies y parece que te agreden y que tratan de derribarte. A las rosas silvestres les gusta ahorcar a los paseantes de su jardín por los tobillos..

Quien haya tenido un pajarillo cogido dentro de su puño, quizá un canario o un jilguero, sabrá lo que significa inerme también. Sentir su calor en la palma de la mano y verlo tan indefenso e inocente, a merced de tu clemencia. Recuerdo aquella guardia que hice en el Museo Naval durante la mili. Algo golpeó mi gorra de plato e instintivamente, tras descubrirme la cabeza para buscar algún posible chichón bajo el cuero cabelludo rapado al uno, miré hacia arriba, a las ventanas del edificio de la comandancia de Marina, en la fachada que da al Paseo del Prado, cerca de la fuente de Apolo. Alguien se asomó en ese momento y no recuerdo si le increpé. Supongo que no porque al teniente lo tenía a muy escasos metros, a tiro de oreja. Pensé que alguien me había arrojado algo desde segundo o tercer piso. La mili era ciertamente aburrida y mortificar al soldado en el punto era uno de los pasatiempos más celebrados. Miré con odio a quien se asomó y acto seguido miré la acera para buscar el proyectil balístico. Era una bala de carne y hueso: Un gorrión, que parecía dormitar a mis pies, inerme, sobre las frías losetas de la acera. Enseguida todo cobró sentido: El frío glacial de enero en aquel año, las acacias plantadas en el bulevar de la avenida, al otro lado de la calzada lateral, el pajarillo que se había precipitado al suelo desde algún alfeizar, una rama o puede que hasta en pleno vuelo, incapaz de procurarse siquiera una llamita de calor para su cuerpo por el escaso alimento. Recogí el gorrión con la mano enguantada y me desplacé a donde parecía haber, ya que no algún rayo de sol, al menos menor corriente de aire. Aquel cielo lechoso parecía congelado. No eran nubes, era un firmamento petrificado por el frío. El pajarillo tenía los ojos cerrados, el cuerpo flácido. Estaba inerte, que es lo que suele desembocar aquello que es inerme y se enfrenta a los peligros de la vida. La cabeza se le vencía hacia atrás o hacia adelante por la falta de tensión en el cuello cuando movía sin querer mi mano. Parecía muerto. Llevaba casi una hora de guardia en la que había estado rumiando mi enfado contra todo y contra todos. Venía de una riña en el cuerpo de guardia y de ahí mi mal humor absoluto. Llevaba dos o tres turnos sin hablar con nadie, aguantando novatadas y abusos, permitidos todos ellos por el cabo comandante, que seguía la máxima establecida de que los a los nuevos les toca apechugar con todo. Máxima que, por mi parte, no había querido seguir ni dejar que se pusiera en práctica en los destacamentos que yo mismo había comandado durante meses, lo que había propiciado a la larga mi petición de traslado ante la imposibilidad de erradicar tan extendidas aficiones entre los soldados veteranos. A mis nuevos compañeros no les impresionaba en lo más mínimo que yo fuera un "bisa", esto es, un bisabuelo, un recluta perteneciente al siguiente reemplazo en licenciarse. Llevaba unos pocos días en mi nuevo destino y me tocaba aguantar lo mismo que los pelusos, los soldados procedentes del campamento de instrucción, con el rapado al cero aun reciente. Que estúpido y fatuo parecía en aquel momento el arrebato ético que había experimentado unas semanas atrás, cuando me había hartado del ambiente sórdido de los destacamentos de guardia en las bases de telecomunicaciones de la Marina dispersas por los alrededores de Madrid. San Torcaz, La Bermeja y San Sebastián de los Reyes habían sido todo mi universo durante los diez meses precedentes. Había pensado que en la ciudad la atmósfera sería otra, menos cainita, menos agresiva, más compasiva con quien en realidad comparte tu suerte. Si algo me enseñó la mili es que cuando las condiciones de vida se deterioran y lo esencial escasea -las horas de sueño, el alimento y la amabilidad con el prójimo en lo que al ambiente cuartelario se refiere-, el ser humano en vez de compartir lo que le resta prefiere asilvestrarse y guerrear con el que tiene al lado para tratar de acaparar lo máximo posible, incluso lo que no necesita. Soplé dentro del cofrecillo que había formado con mis dedos para calentar el aire dentro de la burbuja de verano que había creado para mi nuevo amigo. El plumón del gorrión se esponjó con la minúscula corriente caldeada que surgía de mis labios amoratados. Insistí. No tenía otra cosa mejor que hacer durante la próxima hora. Bien sabe quien le ha tocado hacer alguna guardia que quien está en el punto no tiene otra misión durante el turno de guardia que asesinar los minutos uno a uno en un frenesí homicida que transcurre a cámara lenta como en las escena clímax de las películas de Brian de Palma. Sentí un latido contra la palma de mi mano bajo aquel plumón que se alborotaba y el gorrión abrió los ojos. Solo una ranura, pero suficiente para demostrarme que aun estaba vivo.
 

Pero me estoy dispersando. A mí también me gustan las palabras, más bien frases, exóticas, sugestivas y completas. Hubo un tiempo que me dediqué a coleccionar denominaciones de enfermedades singulares, tanto de seres animados como inanimados. Las dos primeras piezas de mi colección fueron:

1.- "El corazón rojo del haya". una forma hermosa y poética de nombrar una enfermedad mortal que deja un rastro deslumbrante tras de sí. El corazón rojo del haya nombra en realidad el principal síntoma de una enfermedad o, si se prefiere, de un delito, que no al culpable. Se trata de una pudrición causada por hongos que mata la parte viva del árbol, la que está en su centro, su médula, su columna vertebral, y que tiñe la madera hasta entonces viva de color púrpura. Si se efectúa la autopsia del individuo, en el corte transversal del tronco puede apreciarse una coloración intensa en la zona central, que a algún patólogo forestal del pasado con espíritu poético le inspiró el nombre común de la enfermedad.

2.- "El pandeo del alma". El núcleo de una viga de metal sometida a un esfuerzo progresivo en la dirección de su eje longitudinal acaba colapsando sin previo aviso. Un instante antes parece aguantar el peso de aquello que se le ha encomendado sostener y al siguiente colapsa estrepitosamente ante el siguiente incremento infinitesimal de la fuerza de compresión a la que se ve sometida. Por esta razón las vigas de sujeción, por ejemplo, las de los puentes, se fabrican de hormigón y nunca de metal. Esta extraña y poética debilidad del acero me la enseñó el que muy probablemente fuera el menos lírico de mis profesores en la universidad, el señor Ramón Argüelles, eminencia del cálculo de estructuras.


Contraviniendo mis prácticas habituales, pues soy de natural conformista con mi suerte, sea del signo que sea, fuí en una ocasión a su despacho a protestar -así se denominaba el lance, no es que hubiera beligerancia en la discusión-, la nota que me había concedido en un examen final de febrero de su asignatura. Muy pocas décimas, no recuerdo si dos o tres, me separaban del aprobado, y había varías preguntas donde buscarlas. Hasta el admitía que cabía la discusión en la validez de mis respuestas en dos de las preguntas. Pero en ninguna de la dos quiso mostrarse siquiera mínimamente generoso. Discutí con él muy largo rato y no logré arañar un mínimo gesto de simpatía, siquiera de fair play. Nuestra discusión entró en bucle. Recuerdo aun con enorme desagrado su gesto cuando aburrido con mi machacona insistencia me dijo “No soy sordo. No es necesario que se repita tanto”, al tiempo que agitaba su mano junto al oído como si tratase de agitar su oreja, como quien zarandea un cacharro que no funciona bien por tener un mal contacto. Emití un sonoro suspiro, le di las gracias, di media vuelta y salí de su despacho. Según traspasaba el umbral de la puerta note que la fiebre se asomaba a mis sienes. Al día siguiente tenía la faringe inflamada. Don Ramón tenía el corazón de hormigón armado y se mantuve firme, sin ceder un ápice en su postura ante la tensión de mis súplicas. Aquel año me había matriculado en nueve asignaturas, algo así como en un curso y medio completo, y de haber aprobado en esa convocatoria de febrero la asignatura de don Ramón, me habría matriculado de alguna otra asignatura más, para tratar de recuperar alguno de los muchos años perdidos repitiendo los dos primeros cursos de la carrera. En mi descargo diré que no aprendí de mi error y al año siguiente me matriculé de trece asignaturas para reincidir él. Debí encontrar más metal que cemento en las discusiones correspondientes a los exámenes de aquel año porque llegado septiembre había aprobado once de ellas.

3.- “El golpe de ariete” es una sobrepresión en la columna de fluido que se produce cuando se corta el caudal en una tubería al accionar una válvula de cierre de forma abrupta, incremento que puede ocasionar la rotura del conducto. Más que de un mal orgánico estaríamos hablando en este caso de un traumatismo. El agua que se detiene sin previo aviso es como las hordas de Aníbal percutiendo contra las puertas de Roma. La moraleja es que conviene cerrar los grifos poco a poco, sin prisa, pero tampoco sin pausa para no malgastar recursos naturales. La Hidráulica es otro filón de palabras peculiares, no necesariamente todas ellas males de seres animados e inanimados, si bien la famosa mariposa que es capaz de provocar un cataclismo en el otro extremo del globo con su batir de alas, lo es, capaz quiero decir, por mor de las leyes de la hidráulica que se aplican a los fluidos atmosféricos. La Hidráulica tiene sus misterios y sus arcanos. Entre ellos sus palabras de argot.

En mi último curso de la carrera aprendí el nombre de otra “enfermedad” singular que es la que le propuse a mi amiga Eva como regalo ante su peculiar petición. “Decurtación”. Estamos en pleno territorio de la foresta, en el universo del arbolado. Decurtación es la cualidad de algunas especies arbóreas para deshacerse de las ramas incipientes, antes de que éstas adquieran excesivo grosor y su eliminación suponga un trauma excesivo en el punto de escisión. La decurtación es la poda natural, la amputación natural si se prefiere, que permite a algunas especies de arbolado que viven en espesura desarrollar fustes limpios de ramaje, capaces de apuntan al cielo de forma certera y rápida. Si la vida en comunidad para un integrante de un bosque es la lucha con sus coetáneos por los nutrientes del suelo y la luz del cielo, una copa recatada circunscrita al ápice del tronco puede ser una gran ventaja. No tiene sentido malgastar energías haciendo que prolifere ramaje en zonas sujetas a la sombra de la fronda. Por eso, deshacerse de forma temprana de las ramas que van quedando por debajo de la línea de flotación de la luz solar es una buena táctica. Nuestros profesores de la asignatura de ordenación forestal nos mostraban en los montes de Cercedilla una de las especies dotadas con la cualidad de la decurtación: el pino silvestre. La masa vegetal verdiroja del pinar de silvestre es característica de la Sierra de Guadarrama. Con su fuste delgado con corteza color salmón y una copas mínima de intenso esmeralda, al pino silvestre, a pesar de vivir rodeado de congéneres o, quizás, por eso mismo, no le gusta tener que tocarse con sus vecinos. Antes prefiere amputarse de forma voluntaria las manos que tener que vivir en sometido al imperio del tacto. Donde el espacio personal es mínimo supongo que se añora la soledad perfecta que permite el silencio de los sentidos. “Si tus ojos te escandalizan, arráncatelos”. Recuerdo que este pasaje bíblico, recitado de forma machacona por un coro formado por los integrantes de una secta, le inspiraba a Ray Millan, el protagonista de la película de Roger Corman “El hombre con rayos X en los ojos”, la solución para poder desembarazarse de un don que no había pedido y que había llegado a asquearle. Donde la intimidad de los demás no es posible y nos vemos avocados al espectáculo de la podredumbre humana que nos rodea, la ceguera puede convertirse en un alivio. Del mismo modo amputarse las manos puede ser una forma de evitar el contacto allí donde la proximidad con el otro puede llegar a ser extrema. Vivir en comunidad a veces se convierte en una imposición insoportable si se tiene la certeza de que la convivencia jamás dará frutos.

Recuerdo la tensión en la palma de mi mano causada por el cuerpo del gorrión una vez se desembarazó de su letargo. ¿Pugnaba por escaparse a mi control o aquella ubicación le era grata? Tal vez supiera que el mundo era gélido y despiadado más allá de mi puño. Tal vez amara su prisión en aquellos instantes. Pero yo sabía que los gorriones no pueden vivir enjaulados, que la libertad es su principal sustento. Con la perspectiva que solo dan los años, puedo asegurar que abrir mi mano para dejarlo libre ha sido una de las cosas más difíciles que he hecho en mi vida. Cuando echó a volar me maldije a mi mismo por no tener vocación de carcelero. Aun me quedaba una hora en el punto. Entonces aun era joven y ansiaba vivir en espesura. Ansiaba el tacto de los otros, sentir su presencia justo al otro lado de mis límites. Luego volví al cuerpo de guardia a seguir aguantando las judiadas de mis compañeros. En aquellos días no habría entendido el concepto de decurtación por más que su significado me estuviera deletreando mis circunstancias personales. El lento gotear de los años y su aprendizaje deja su poso calcáreo que acaba formar estalactitas en la caverna de nuestros recuerdos.

jueves, 8 de septiembre de 2016

El fútbol y sus aledaños (195) - In Pintus



In Pintus

La idea era titular este escrito "InPictus", así, en plan etiqueta de Twitter, comenzando cada palabra con mayúscula, pero escrito todo junto. Y todo porque padezco la misma pulsión que los redactores de Marca y de AS, sobre todo estos últimos, de demostrar lo ingenioso que soy ya desde el arranque. Me parecía un juego de palabras divertido y que además me daba juego. Pintus tiene algo de druida celta -aquello de los pictos escoceses-, de Panoramix removiendo con una enorme cuchara de palo el contenido de una marmita puesta al fuego. Y es que, tal como ha comenzado alguno la temporada, se diría que se ha cayo dentro siendo chico. Ya pueden bautizar sus haters a Marcelo como Obélix, que con ese mote si me avengo. Además, podría haber ligado el texto al reportaje novelado de John Carlin, que narra cómo Nelson Mandela consiguió que Sudáfrica ganase su primer mundial de rugby, como anfirión, con un equipo integrado en su totalidad por boers blancos y, sin embargo, convertió el evento deportivo en el ariete con el que poder derribar las últimas barreras entre razas en su país. Un milagro solo al alcance de un premio Nóbel, supongo. Invicto está el real madrid desde no se sabe cuantas jornadas de liga y encuentros oficiales de competición. Pero me faltaba una ce y sobraba una ene para poder hacer el juego de manos. Pero, ¿quien renuncia una idea que considera brillante, auqnue se tenga que contentar con su versión ramplona?

Antonio Pintus es de la misma quinta que Mourinho y que yo. Si añadimos a Tom Cruise al grupo tenemos un póquer de ases o, al menos, un trío respaldado con un dos de picas. Buesuqen otro mindundi como yo y estaremos "a full". Mira que es casualidad esto de las edades. Aunque más que de casualidades yo quería hablar de causalidades, de porque el Real Madrid de Zidane permanece invictus tras variso meses ene l cargo. El equipo inicia la temporada igual de bien que como acabó la anterior, si no es que mejor incluso. De estar deshauciado allá por la fiesta de Halloween, con Benítez disfrazado de último de Filipinas en alguna rueda de prensa, el Real Madrid pasó a luchar por la liga hasta la última jornada y a apretarla como un vagón de metro en hora punta. Hasta logró desalojar al Atleti al andén por la ventanilla. Solvencia en la Champions, que si que se pudo echar al zurrón tras alguna remontada muy cristiana y tras amaestrar algunos partidos recurriendo de forma sorprendente al tiqui-taca. A pesar de lo ajustado del maracor durante los 180 minutos de la eliminatria contar el City, nunca hubo auténtica sensación de peligro. Zidane parecía tener controlado el enfrentamiento. Y ahora nos hayamos en un arranque de ejercicio esta temporada que parece más que prometedor y que invita al optimismo. ¿Qué es lo que ha pasó para que en plena taiga invernal haya salido un sol que parece el de Benidorm en agosto? Está más que claro: Ha pasado Zidane, que ha sorpendido, y para bien, hasta a sus más acérrimos defensores. Empezando por Floper, que si por él fuera aun lo tendría estudiando en algún internado de Suiza para entrenadores bien. Este Real Madrid es como ver el mar tumbado en al toalla desde primera línea de playa, apenas se le adivinan los horizontes.

Cuesta creerlo, pero empieza a ser una evidencia: El Real Madrid de Benítez estaba mal preparado físicamente. Nos habían vendido que el madrileño era un sargento de hierro en el campo de entrenamiento, que si Simeone convierte los campos de los Ángeles de San Rafael en una pista americana, Benítez haría lo rpiopio con lso de valdebebas. Por eso la última explicación que se nos hubiera ocurrido para los pobres resultados del equipo es que tuviera un deficiente estado físico. Fue llegar Zidane, planificar una pretemporada de invierno y empezar a cosecharse los resultados, como trigo cargado de espiga. Así de fácil. Vini, vidi, vinci y desde entonces invictus. O casi, que ahora mismo no recuerdo si alguno de los pocos tropiezos que ha habido con el marsellés fue derrota o solo ha habido empates. Y es un suma y sigue: Este año se ha traído a su antiguo preparador físico de cuando militaba en la Juventus. Ha habido que fichárselo al Olympic de Marsella y, a la larga, se ha convertido en el único fichaje del verano. Pero parece un acierto. Empieza a vérsenos sobrados, incluso cuando toca jugar con suplentes, que más bien ha sido siempre por ahora. El primer partido de liga se puso de cara desde el arranque y se pudieron desplegar todas las virtudes tácticas y técnicas de la plantilla. Pero en el segundo hubo que apretar los dientes, acabarlo arrinconando al celta en su área en los últimos 20 minutos, cuando se supone que las fuerzas ya flaquean. Más en un inicio de temporada, cuando los encuentros más largos se hacen. El aspecto físico del equipo es inmejorable, y lo mismo se le ve capacitado para ganar al sprint, a lo Usain Bolt, pongamos que en Atocha, que marcando un fuerte ritmo en las últimas vueltas a la pista tras una carrera rompepiernas en el propio Bernabéu, como Mo Farah. ¿Hay que recordar que la Supercopa de Europa se ganó al Sevilla cambiando el tranco de la zancada en la prórroga?

Pero, ¿es solo eso? ¿Zidane los ha puesto en forma y ya está? No es que sea poco. Al jugador del Real Madrid la calidad se le supone. Como el valor a los reclutas en la mili, nos decía nuestro sargento instructor. Si además esta en forma todo se pone cuesta abajo. Pero aun hay más, como diría Superratón. Hace falta compromiso, esprit du corps, perdóneseme la cursilada. Ganas de correr para beneficio del grupo. Y esto se lo vemos hacer hasta a Bale y a Marcelo, algo que nos hubiera costado creer en el pasado. El despeje en plancha a córner del brasileño cuando ya se cantaba un gol del Celta es un perfecto indicativo de que hay un sheriff en la ciudad, un tipo al que hay que rendir cuentas y al que apetece ir a hablar con los deberes hechos. Y ese sheriff no es otro que Zidane. Cuando todo va bien en un grupo, como poco, o es que hay buena tropa, la autogestión y todos esos tópicos, aquello de que buen vasallo fuera si hubiera buen señor, como puede leerse en el poema del Mio Cid, o es que hay un buen líder. Y claro, oiga, como estamos aburridos de escuchar, o más bien leer, en twitter que el vestuario blanco es un cesto repleto de manzanas podridas, de egoístas primas donas y urgen las limpias con lejía, va a tener que ser necesariamente lo segundo. En definitiva: parece que hay líder. Y es ese tipo que sonríe con timidez continuamente y al que no le hemos visto todavía un mal gesto o le hemos oído una palabra más alta que otra. ¿Se puede ser líder siendo educado y cariñoso? Por lo visto sí.

¿Y ese liderazgo donde lo ha adquirido Zidane? ¿Lo traía de fábrica? Prafraseando la pregunta de Mariano Rajoy a Pablo Iglesias: ¿Es líder de nacimiento, siemrpe lo ha sido, o ha adquirido esa cualidad con el paso del tiempo? Si es lo primero, nadie se lo había advertido antes de entrenar al Real Madrid. Ni siquiera cuando dirigía al Castilla. Es más, los pobres resultados en el filial eran un indicativo para los más agoreros de que se avecinaba el desastre con él en el banquillo. No, vamos a ver, a lo mejor todo es más fácil de lo que parece. Puede que los modos de Zidane sea una sabia mezcla de los modos de los dos entrenadores que le precedieron en el cargo. Me refiero a los que tuvieron éxito. Vamos a obviar a Benítez por mera caridad cristiana. Zidane tiene el mando en tropa que exhibía Mou, aunque con otro estilo y por otros motivos, además de un ascendente humano sobre el grupo, capacidad de diálogo, trato cercano, y con todos, no sólo con los creyentes. Con Mou querer ser acólito y ser aceptado como tal era ganarse el paraíso en la tierra, esto es, en el vestuario. De lo contrario venían mal dadas. Con Ancelotti todo eran sonrisas, trato paternal, vivir a cuerpo de rey, a favor de capricho, auqnue dentro de un orden, algo que a muchos aficionados les repele observar desde lejos que ocurra en su equipo, pero que desde luego no siempre tiene porque dar malos resultados. Los mejores momentos en el Real Madrid de Ronaldo, el verdadero, como diría Mourinho, los vivimos cuando lo entrenaba su abuelo Del Bosque. Las cosas que funcionan con unos no tienen porque hacerlo con otros y saber que conviene en cada caso es una buena cualidad de líder. Firmeza pero sin rigidez, elasticidad sin ceder un ápice, como las varas de sauce, eso es lo que tiene Zidane. Y una falta absoluta de complejos a la hora de tomar decisiones. No tiene ningún reparo en saltarse a la torera supuestas jerarquías a la hora de confeccionar un once. Porque si se trata de jerarquía el la tiene absolutamente toda. En eso pugna con ventaja sobre casi todos sus compañeros de profesión, no digamos ya con sus subordinados en el vestuario que tienen el curriculum aun a medio sofreir.

Zidane está tocado con la gracia. No solo ganó un mundial con su selección, además a la todo poderosa Brasil de aquel entonces, sino que marcó los dos goles de la final. Ambos de cabeza, algo que no parecía ser su fuerte. No solo ganó una Champions con el Real Madrid, la Novena, sino que el gol de la victoria fue también suyo. Gol que ha pasado a la historia como el más hermoso y trascendente de todos los que se hayan visto sobre un terreno de juego. Tiene que ser muy difícil siendo jugador a sus ódenes hacerle un feo, replicarle a una orden, hacerse el remolón cuando te exige algo. Sin necesidad de poner malas caras, de exhibir un mal genio adquirido en las selvas de Vietnam. Y no es que Zidane no haya estado. Es veterano de esa y de muchas otras guerras, pero regreso de todas ellas sin una mancha en el smoking. Su imagen es impoluta. Todo lo más aquel abollón en la calva por culpa del topetazo con Materazzi. Su sonrisa desarma a cualquiera, si es que hay quien quisiera hacerle frente. Asimismo, se percibe un tipo ajeno a las manías, a los ataques de entrenador, a los caprichos. Sus jugadores perciben en él ecuanimidad. Imagino que es por eso por lo que Isco y JJJames han preferido quedarse, porque intuyen que si se lo ganan acabarán jugando. A Zidane no le duelen prendas a la hora de jugarse una final con un imberbe muchacho de 20 años (Supercopa de Europa), o sentar a uno de sus titulares indicutibles para refrescar el medio campo y permitir que continúe al presión sobre el rival (partido de liga contra el Celta). Nunca hace alarde de lo que no tiene sino que sabe poner en valor los recursos de que dispone y eso supongo que eleva la moral de los menos habituales sobre el césped. Habrá que recordar que Benzemá y Ronaldo, el falso, ni siquieran han debutado aun en esta temporada.

A mi me parece que nos hemos topado de bruces, quizá por mera casualidad, con un gran entrenador y, sobre todo, con un gran gestor de grupos. Algo esto último imprescindible para triunfar como entrenador en nuestro equipo. Habrá sido suerte, casualidad tal vez, pero todos convendrán conmigo que el Real Madrid es el destino manifiesto de Zidane, que si había veta de entrenador en el francés la tenía que explotar aquí. Y si la Champions es el destino manifiesto del Real Madrid, el resultado del silogismo es claro: Zidane ya ha ganado una Copa de Europa para el club blanco como jugador (Novena), como segundo (Décima) y como entrenador (Undécima), y hasta ha perdido como rival (Séptima). Imagino que la Octava la disfrutó como hincha merengue, no me cabe duda. todo eso recién aterrizado, como quien dice. Entretando, para que no todo sea cuestión de azar en futuros éxitos, Zidane hace sudar la gota gorda a sus jugadores en los entrenamientos para que sigan in Pintus. Esto es, invictus.