viernes, 13 de octubre de 2017

¡Gloria a los almendros!




¡Gloria a los almendros!

El almendro, como el cerezo, florece de un día para otro, como en una explosión cuya onda expansiva no es sonora sino visual, un inmaculado blanco de contorno esférico que percute sobre la mirada y sublima nuestra sensibilidad, que hasta ese momento permanecía en suspenso desde el otoño. Florece y lo hace antes de que le salgan las hojas, acrecentando el factor sorpresa. Un día el árbol parece muerto tras el paso del invierno, todo lo más dormido, hibernando, y al siguiente es una bola que arde al blanco incandescente. Pero las flores apenas permanecen intactas el tiempo suficiente para que nos acostumbremos a su belleza. Sus pétalos comienzan a desprenderse casi desde el mismo instante en que se despliegan. Al observarlo desde la distancia, la copa del almendro que ha florecido unos días antes parece tremolar por la miríada de esquirlas de flor que se precipitan al vacío agitadas por la brisa, su contorno es un temblor que se difumina en el aire como una ventisca cargada de nieve. Es evidente que ha de existir un mecanismo que dispara esta floración en emboscada. Un grano de maíz estalla para convertirse en una palomita cuando el aceite en el que lo hemos bañado y lo recubre alcanza una determinada temperatura -Ay, ese cómico afán de explicar los misterios del mundo-. Del mismo modo, la copa de un cerezo debe disparar su floración cuando una determinada variable, por demás mensurable, climatológica o astronómica, adopta un determinado valor. Nunca he sabido con certeza cuál es esa incógnita que al ser despejada ubica en la derecha del signo de equivalencia la expresión matemática de la belleza, quizá la duración de la noche, como en otras especies vegetales, quizás la temperatura media del día. No lo he sabido nunca, pero he de reconocer que tengo mis sospechas.

Justo tras pasar la verja en la entrada sur de la Escuela de Montes, había un almendro, y yo siempre sabía qué mañana al ir a clase iba a encontrármelo cuajado de flores. Año tras año me recriminaba no haber hecho partícipe a nadie de mis sospechas el día anterior. Pero, claro, saber cuándo van a florecer los almendros tampoco es uno de esos súper poderes que te convierten en un héroe Marvel. Además, estamos hablando de una capacidad cuya efectividad abarca tan pocos días de todo el año, que más que poder parece debilidad o castigo, una gripe de 24 horas. Dígale usted a uno de sus compinches de facultad, a uno de esos tipos que solo piensan en impresionar a las compañeras de clase con su recién estrenada hombría, algo tan cursi como que mañana cuando vuelvan camino de las aulas van a encontrarse los almendros floridos y ya veremos qué cara le pone. Y si se equivoca, mejor que le pille a usted en un bunker en la cima de la colina, porque la rechifla puede ser fenomenal. Un día de demora en la predicción puede ser como una temporada en el infierno con vocación de eternidad, si acaso usted encaja mal las bromas. En realidad sé de lo que hablo, no conjeturo. Cierta vez, solo una, me fui de la lengua. Había una chica a la que quería impresionar con mi hipersensibilidad botánica. El caso es que al día siguiente nevó y el resultado fue que el resto de machos de la manada, hasta el más gañán, me dejó muy atrás en la carrera por el apareamiento. Ya no importó que justo tras derretirse la nieve el almendro tuviera a bien darme su aquiescencia. El mal ya estaba hecho. Sobre todo en mi raquítica autoestima. Cuando escampó le regalé a la chica una ramita florida como desagravio, como burdo intento de hacer ver que estaba por encima del cachondeo de mis rivales. La puse sobre su pupitre al inicio de la primera clase. En el mismo momento en que la vio le dije: “Verás como las flores del almendro huelen a miel”. La acercó a su nariz pecosa y, al comprobar mi apunte, y en ese mismo instante me convertí en su amigo más entrañable, en un aspirante a confidente, aunque ya nunca pude ser para ella un macho creíble.

Todo era más fácil en primaria, cuando la relación entre sexos era menos compleja, con muchísimas menos expectativas en juego. Entonces yo ya era capaz de predecir la lluvia. Horas antes de arreciar, porque solo podía anticipar las tormentas, sentía una sensación en las articulaciones que no llegaba a la categoría de dolor, que ni se le acercaba, que era casi placentera, además de inconfundible. No la podías confundir ni con las ganas de orinar, ni con el hambre, ni con la rabia de haber perdido un partidillo de fútbol. En el momento en que la sentía le decía a mis amigos: “Se va a poner a jarrear” mientras saltaba a la pata coja fingiendo que me acababan de amputar una pierna de rodilla para abajo, o ilustrando la advertencia con alguna otra broma autoparódica parecida -Reírse de uno mismo es un conocimiento que no adquieres sino que desaprendes según te haces más adulto y más serio y la sed de reconocimiento lo contamina todo-. Ellos, avisados de mi don -que todos asumíamos más propio de los personajes de los tebeos de la editorial Bruguera que de los de la Marvel, aunque sin problemas. ¿A quién a esas edades no le molaba ser Mortadelo disfrazado de Mariano Medina?-, se reían de mí patochada, y si acertaba, como tantas veces ocurría, me convertía por un día en el rey del recreo. Cuántos momentos de gloria en mi infancia no le deberé a mis chivatas articulaciones. Ahora ya no tiene gracia. Predigo los cambios bruscos de clima, el advenimiento de frentes fríos o cálidos, hasta cuatro días antes de su llegada, pero casi nunca le hago caso a los timbres corporales y abro la puerta. Soy el satisfecho propietario de un paraguas, también para las emociones. Además, a nadie le sorprende que a cierta edad uno acabe teniendo un barómetro en vez de esqueleto. A casi todos nos lo acaba instalando en alguna parte de la anatomía ese chapuzas a domicilio que es el paso del tiempo. No hay posibilidad de lucirse, que es a lo que en realidad se reduce todo, porque, seamos sinceros, ¿a quién que no haya sembrado en la era o venga de la peluquería le importa de verdad que llueva? Más bien puede ser un motivo de desdoro: “Hay que ver que pocho estás. Pareces un pastor con los huesos resabiados. Cuida esa artritis, viejo”, te dirán los compañeros de partida de mus del hogar del jubilado.

Al contrario que los almendros, los madroños tienen la deferencia de florecer en una época mucho menos problemática, en una que no da lugar a equívocos. En otoño. Todo lo más en invierno. En el arboreto de la escuela había un pequeño rodal cuya provisión de frutos esquilmábamos todos los años Susana, Enrique y yo. Fue una tradición en los primeros cursos de la carrera. El catedrático de Botánica nos había contado en clase una curiosa anécdota de Linneo, el padre de la taxonomía. El egregio naturalista había catado el fruto de un madroño que el mismo había arrancado de un arbusto, ignoro si en uno de sus viajes a la piel de toro, porque no me imagino madroños en su Suecia natal, y había exclamado: “No está mal del todo, aunque tampoco es que sea para convertirlo en la base de un banquete. Se deja comer. Uno por vez, si acaso, porque aquello de que hay que probarlo todo, pero no más”. Y por eso le puso al arbolillo el nombre científico de Arbutus unedo. Sus flores son carnosas, un tanto translúcidas, aovadas, de color blanco moteado de carmines y fucsias, como medusas diminutas, como chopitos antes de ser rebozados en harina y fritos. Cuando sus frutos maduran dice el tópico que fermentan y adquieren cierto contenido en alcohol. Comer en exceso puede provocar ebriedad. Enrique, al que le gustaban tanto que se comía también los que rescataban entre la hojarasca del suelo, hubo que velarle una o dos borracheras por sendos atracones otoñales.

Pero si había flor que me gustaba en aquel bosquecillo de hadas, era la de los arces. Tres especies de este género había entre la foresta: arces de Montpellier, de hojas trilobuladas, como los dígitos palmeados de una anátida; arces reales, de hojas anchas, parecidas a las del plátano de sombra, que tanto abunda en Madrid; y sicomoros, de hojas también enormes, pero de contornos festoneados. Todas ellas daban en otoño unas flores rusticas, para nada conspicuas, diría que recatadas, tímidas, de pétalos tan verdes que parecen sépalos, con algo de bozo y texturas tan textiles, que creo que eran los retales con los que Campanilla, la novieta de Peter Pan antes de la irrupción de la cursi Wendy, se confeccionaba sus minifaldas.

Pero son los almendros los que me ponen a prueba con su ejemplo. Hay un momento del año en que el aire, probablemente por el efecto del calor, se aligera lo suficiente como para que al rozar las mejillas transmita una sensación distinta a la del día precedente. De repente hay indicios de algo nuevo en la brisa. La densidad es distinta, la forma de fluir por el contorno del rostro, la temperatura que transmite a la piel del alma. No es un truco de magia, estoy convencido de que es mera fisiología botánica. Y cuando llega ese momento impreciso en que la primavera se despereza, cuando aun está completamente en entredicho, camuflada de invierno, esperanza más que certeza, serán solo los almendros los que se atrevan a recorrer al galope tendido el peligroso trecho entre la gelidez del sueño y la tibieza de la vida. Una vez leí que cuando la Wehrmacht alemana invadió Polonia, en el 39, con sus riadas de divisiones acorazadas, nada ni remotamente comparable en cuanto a poder militar pudo enfrentársele. El ejército polaco era de otro siglo, apto para enfrentarse en todo caso a los cosacos de antes de la Rusia prerrevolucionaria. En su desesperación la caballería polaca cargaba de forma suicida contra los tanques del general Guderian, tratando de herir con sus sables la insensible piel de acero del monstruo llegado del futuro. Siempre he creído que aquel hecho histórico, sea cierto o no, con la leyenda me vale para explicar esta historia, es una metáfora perfecta del florecer de los almendros. Una lección de coraje, de fe en la vida, en la victoria de los valientes, de quienes se atreven a cruzar el páramo para ganar la otra vertiente del angosto valle. Una carga que acabara en desastre por las heladas tardías o en una bella pero efímera victoria, en una estampa magnífica que se deshará al poco tiempo en una lluvia de sables o de pétalos, tal como en un festival romano. Supongo que esa es la actitud correcta, la forma que hay que vivir la vida, sin aspiraciones de acceder al instante de después en que se hace balance. Pero yo nunca me vi capaz de ser jinete, de seguir tan audaz ejemplo. No obstante, ese es mi don y mi carga, tengo asiento de primera fila para el glorioso espectáculo, para ver evolucionar a las brigadas de húsares sobre el campo de batalla. Solo me queda gritar a pleno pulmón: “¡Gloria a los almendros!”. Cómo les habría gustado a mis compinches de recreo este grito de guerra. Estoy seguro.



















lunes, 9 de octubre de 2017

Lecturas en cadena (1) - “Lesbia mía” de Antonio Priante




Lecturas en cadena (1) - “Lesbia mía” de Antonio Priante

El deslumbramiento por el descubrimiento de la obra de Catulo me llevó a indagar sobre el poeta. Como ya expliqué en alguna otra ocasión, Catulo vivió en la que quizá es mi época histórica preferida, la del paso de Roma de república a imperio. Son unas tres generaciones llenas de acontecimientos convulsos y personajes fascinantes. Supongo que no soy el único que suele marginar la componente cultural a la bélica a la hora de elegir lecturas para informarse sobre una determinada época del pasado. Buena parte del atractivo de ese proceso que menciono son sus célebres batallas. Farsalia, el célebre enfrentamiento final entre César y Pompeyo, y Accio, una de las tres batallas navales de mayor envergadura de toda la Historia, por poner dos ejemplos, estarían incluidas en la lista. Quizás por eso, a pesar de haberme tropezado con Catulo en infinidad de lecturas, no había llamado nunca especialmente mi atención, porque era un elemento meramente cultural, todo lo más sociológico, en el gran mosaico que ha dejado la Historia. Nunca empuñó la espada, lo cual, en el momento que le tocó vivir, resulta hasta raro para alguien cuyo nombre ha trascendido. Hasta Cicerón, que era más de palabras que de hechos, tuvo que hacerlo para sofocar la conjura de Catilina cuando era cónsul de Roma. Catulo ni siquiera desempeñó cargo o papel político alguno. A un escritor lo recuerdas si has leído su obra y la poesía grecorromana, como para casi nadie, nunca ha sido una de mis prioridades. Haber tenido que sumergirme en el “Carmen 64” para documentar el cuadro “Baco y Ariadna” de Tiziano es lo que me abrió los ojos, y también el apetito de conocimiento. Indagué en los archivos de las bibliotecas públicas y descubrí la existencia de dos novelas sobre los amores de Catulo y Clodia. Siempre es más suave el aterrizaje en la pista de la narrativa que en al del ensayo, aunque esta última ha de ser necesariamente la escala final del viaje si lo que realmente se busca es conocimiento. Las dos novelas eran: “Lesbia mía”, de Antonio Priante, un filólogo, traductor habitual de textos clásicos, que en su madurez se decidió a intentar la escritura de novelas, a verter sus amplios conocimientos en el formato de la ficción; Y “La muchacha de Catulo”, de Isabel Barceló Chico. Tenía más a mano la primera, en una biblioteca del Barrio de Salamanca, y me decidí por ella. Pospuse la lectura de la segunda para más adelante, porque la biblioteca que la tiene está cerca de Puente de Vallecas, que me pilla más lejos. Además, la sinopsis despierta mis recelos. Una cosa es tratar de dar árnica a un personaje histórico al que se le ha etiquetado desde siempre como malvado, como es el de Clodia/Lesbia, suavizando los hechos para hacérnoslo más amable, o buscando otros puntos de vista para hacer sus actos más comprensibles, y otra bien distinta es tratar de convertirlo en un modelo a seguir, como parece que intenta Isabel Barceló Chico, según se desprende de la sinopsis que he leído. Estamos, parece, ante un ejemplo más de esa estrategia tan socorrida de echar la culpa a los otros, en este caso a los hombres. No es que Clodia fuera mala, es que la historia es profundamente machista y carga las tintas sobre todo sobre las mujeres que destacan. Ni con el comprensible punto de vista actual se puede pasar por alto, no ya que Clodia fuera promiscua, sino que fuera incestuosa y probable homicida. Cuanto mal ha hecho la bandera del feminismo en algunos campos.

Es inevitable que al leer “Lesbia mía” uno recuerde “Los idus de marzo” de Thornton Wilder, incluso aunque la hayas leído hace media vida, como es mi caso. Ya de entrada, una novela que evoque la de Wilder, considerada como una de las obras maestras de la novela histórica, y que, además, resista con dignidad las comparaciones, lo que en mi opinión es algo que ocurre, creo que merece ser elogiada. Los paralelismos son evidentes muy probablemente porque Priante haya utilizado a Wilder como modelo y como referente. Además de coincidir en la narración de algunos hechos, al encuadrarse ambas novelas en mismo marco histórico, el periodo que se precipita hacia la muerte de Julio César, y compartir algunos personajes, ya que ambas novelas se centran en personajes reales en aras de la verosimilitud, también comparten el formato narrativo y la estructura cronológica. Ambas son novelas epistolares. En ambas el tiempo avanza trazando círculos.

Al igual que su referente, “Lesbia mía” es una novela epistolar. Cuatro amigos se cartean entre sí, uno de ellos es Cayo Valerio Catulo. Las cartas están ordenadas de forma cronológica, en ciclos de tres, entre los que se intercalan diálogos, a modo de entremeses teatrales, en los que Catulo y Clodia son los únicos personajes sobre las tablas. Cada capítulo, ya sea carta o breve teatral, transcurre un año después del anterior, y en el que se extracta lo más notable de lo acontecido en el marco histórico, mezclado con las reflexiones y vicisitudes personales de los cuatro amigos. Catulo escribe una carta a Manlio Torcuato. A renglón seguido Manlio Torcuato lo hace a Licinio Calvo. Y una carta de Licinio Calvo a Helvio Cinna cierra cada ciclo de tres. El cuarto de los amigos no le escribe a nadie, es destinatario pero no remitente, si bien Priante incluye, a modo de epílogo, un cuaderno de notas de este personaje que recorre otra vez todo el arco cronológico descrito por la novela.

Indro Montanelli reseña en su “Historia de Roma”, al grupo de los neoteroi, corriente poética en la que se encuadrarían Catulo y sus amigos Calvo y Cinna, de la siguiente forma, no demasiado favorable, pero sí muy interesante:
Los gustos literarios de aquella sociedad rica y frívola no se orientaron hacia el más gran poeta de la época, Lucrecio. El autor de De rerum natura fue, probablemente, un aristócrata, más vivió retirado también por razones de salud: parece ser que estaba afligido por una forma cíclica d manía depresiva y su inspiración era demasiado elevada, trágica y profunda para estar de moda. El que hacía furor era Catulo, poeta fácil y sentimental, algo entre Gozzano y Géraldy. Era un burgués de Verona, acomodado y avaro, quejumbroso siempre de su pobreza, pero que poseía una casa en Roma, una villa en Tívoli y otra a orillas del Garda. Gustaba a las señoras porque hablaba solamente de amor y había convertido en flexible y elegante una lengua que parecía hecha tan sólo para códigos de leyes y proclamas de victoria. Con el iban frecuentemente Marco Celio, un aristócrata desdinerado, simpatizante con las ideas comunistas; Licinio Calvo, un diletante de poesía y oratoria no carente de ingenio, y Helvio Cinna, quien, después de la muerte de César, fue confundido con uno de los asesinos y muerto por la multitud. Eran todos «intelectuales de izquierda», que se oponían a la dictadura sin hacer nada para defender la democracia. Pero ejercieron una influencia tal vez superior a sus méritos, porque entonces tenían a su disposición, además de los salones y las mujeres, una verdadera editorial para propagar sus propias obras.
Ático había introducido el pergamino y hacía «volúmenes» (que quiere decir rollos) con páginas compuestas de dos o tres «columnas» de manuscrito. Dedicados a llenarlos a mano estaban los esclavos especializados, a los que se pagaba solamente su manutención. Tampoco los autores eran retribuidos más que con algún donativo ocasional, por lo que, prácticamente, solo los ricos podían dedicarse a la literatura. Una edición alcanzaba casi siempre el millar de ejemplares que se distribuían entre los libreros en cuyas tiendas iban a comprarlos los aficionados. Fue uno de éstos, Cayo Asinio Polión, quien instituyó la primera biblioteca pública de Roma”.
Catulo, Calvo y Cinna podrían asimilarse a los jóvenes actuales de ciertas izquierdas, que se enfrentan a los poderes establecidos más desde la algarada callejera que desde el terreno de la acción política. A todos ellos les gustaba escribir pasquines, así como líbelos y sátiras contra los actores políticos, aunque sin proponer actuaciones alternativas a las emprendidas por las instituciones.

Lucio Manlio Torcuato llegó a ser cónsul, el cargo político más importante durante la República Romana, en el año 65 a. de C. Pertenecía a un linaje muy ilustre: el de los Manlios. El apodo de Torcuato se lo ganó, para sí y para sus descendientes, uno de sus antepasados, que también llegó a ser consul, hasta en tres ocasiones en su caso, algo muy poco habitual. La anécdota es narrada por Tito Livio en un pasaje del séptimo libro de su “Historia de Roma” (“Ab Urbe Condita”. ¡Qué elegante suena en Latín!). Corría el año 361 a. de C. y Roma andaba inmersa en una guerra de pura supervivencia contra los galos. Hasta las mismas puertas de la ciudad habían llegado los bárbaros, estableciendo su campamento a orillas del río Anio, un afluente del Tíber, a un tiro de piedra de las murallas de la ciudad. Se decretó la movilización general de todos los ciudadanos capaces de empuñar las armas y el ejército romano salió de la urbe para enfrentarse con los invasores. Establecieron la línea de defensa en la orilla opuesta a la ocupada por el enemigo. Un estrecho puente separaba ambos ejércitos. Hubo escaramuzas para tratar de ocuparlo sin que se llegase a un desenlace claro. Entonces, en mitad de la calma establecida en un periodo de tregua no pactado, un gigantesco galo se adelantó de entre los suyos y retó a los romanos. A gritos, con palabras llenas de desprecio, exigió un combate singular con aquel que los suyos consideraran el mejor de los romanos. Se produjo un tenso silencio, lleno de tensión, vergüenza y miedo, que Tito Manlio Imperioso fue el único que se atrevió a romper aceptando el desafío. De forma protocolaria, los Manlios eran famosos por su fidelidad a las normas, pidió permiso a su superior para poder abandonar las líneas y batirse en duelo con el ogro vociferante. Aunque empequeñecido por el tamaño de su oponente, como David frente a Goliath, sin embargo logró vencerle gracias a su mayor disciplina y pericia en la lucha con espada cuerpo a cuerpo. Mientras el galo trataba de lucirse ante propios y extraños con gestos y bravuconadas, Tito Manlio puso en práctica el abecé de la esgrima marcial aprendida en el cuartel, sin mayores alardes, economizando al máximo las palabras. Una vez muerto y caído por tierra el gigante, Tito Manlio le arrancó un collar (Torques en Latín) que portaba al cuello, aun chorreante de sangre, y se lo colgó en el suyo. Este gesto, casi displicente, en el que no puso énfasis alguno y que realizó en completo silencio, en claro contraste con su parlanchín oponente, le valió el sobrenombre de Torquatus (el que luce collar) entre sus entusiastas camaradas, en las canciones de cuartel que, a partir de entonces, empezaron a rememorar la hazaña. El apodo tuvo éxito inmediato y acabó incorporándose a los apellidos del linaje. Casi tres siglos después aun lo lucía el Manlio de la novela de Antonio Priante.

Otro Manlio Torcuato, probablemente de una generación posterior al de la novela, es el destinatario de la epístola de Horacio en la que incluye su conocido elogio a las borracheras: “¿Qué no destapa la ebriedad? Descerraja secretos, confirma esperanzas, empuja al cobarde al combate, exime de carga a espíritus angustiados, adiestra en artes. ¿A quién unos cálices fecundos no hicieron elocuente, a quién no aliviaron su estrecha pobreza?”. En definitiva, un hombre bebido, aparte de un ser una persona sin pudores, es alguien que se gusta mucho más a sí mismo y que, por tanto, se atreve a más, que es más capaz de sacarle el jugo al presente, ideas que están muy en línea con la celebérrima sentencia, también de Horacio: “Carpe diem, quam minimum credula postero”. Vive el presente, que tal vez pronto no tengas un futuro al que poder apelar. Por el contenido de la epístola a Torcuato, colegimos que el destinatario de la misma es abogado. En ella Horacio le exhorta a dejar sus responsabilidades a un lado por una noche, a darse un respiro y a vivir el momento, a ir a su casa a cenar con él y unos cuantos amigos. Le promete que habrá buen vino y grata conversación. ¿Qué mejor forma de extraerle el jugo al instante presente?

Entre el cuarteto de amigos que se cartean en la novela de Priante hay también un abogado, pero no es Manlio Torcuato sino Licinio Calvo, que en una de las cartas que le dirige a Helvio Cinna, el destinatario fijo que le asigna Priante, le explica como estuvo presente en los tribunales la mañana en que Cicerón pronunció su famoso discurso contra Clodia, en el juicio que enfrentaba a ésta con su ex amante Rufo, con su tablilla de cera sobre las rodillas para poder tomar notas y recoger ideas que luego poder utilizar en los litigios en los que le tocara ejercer como letrado. La diferencia de treinta años que media entre el momento en que se transcurren los hechos que narra la novela de Priante y el momento en que suponemos que Horacio escribió su epístola, sugiere que los Manlios Torcuatos de ambas obras no son la misma persona, que pertenecen a generaciones contiguas pero distintas.

A Manlio Torcuato está dirigida también la que muchos consideran la reina de sus odas de Horacio, la séptima del libro cuarto. Y el dato viene a colación porque en ella insiste en uno de sus ideas preferidas: el carácter cíclico del tiempo, idea que casa muy bien con la estructura narrativa de la novela de Priante. Horacio trata de poner en evidencia el contraste existente entre el carácter cíclico de la naturaleza y el lineal e irreversible de la vida humana. Terrible paradoja: Todo seguirá aparentemente igual cuando ya no estemos, aunque nuestra ausencia debería modificarlo todo, como sugiere un punto de vista subjetivo.
Se han disipado las nieves, ya les vuelve la hierba a los prados y a los árboles su cabellera. Pasa la tierra a una nueva estación y los ríos, menguando, discurren sin rebasar sus orillas. La Gracia desnuda se atreve a guiar sus cortejos, unida a las ninfas y a sus hermanas gemelas.
Este primer párrafo recoge una de las estampas preferidas por Horacio, y por todos, claro está: la irrupción de la primavera. Que los ríos mengüen en Italia en primavera puede chocarnos, pero hemos de achacarlo a las diferencias climáticas, a que no en todos los sitios es cierto el rezo de que “en abril, aguas mil”. Las Gracias (Charites en Griego) eran tres divinidades menores, hermanas entre sí, que simbolizaban la belleza y la alegría de la vida. Se las solía representar desnudas, danzando cogidas de las manos, como cortejo de los dioses principales, ya fuera participando como musas o como ninfas.
Que no esperes que haya nada inmortal te aconsejan el curso del año y las horas que nos arrebatan el día vital. Los céfiros templan los fríos, a la primavera atropella el verano, que ha de morir una vez que el pomífero otoño derrame sus frutos; y luego viene de nuevo la inerte invernada. Pese a todo, los quebrantos del cielo los repara el correr de las lunas; en cambio nosotros, tan pronto caemos donde el piadoso Eneas, el rico Tulo y Anco cayeron, no somos más que polvo y sombra.
La trágica fragilidad y brevedad de la vida humana, que camina de forma lineal hacia un desenlace sabido, en comparación con la aparente eternidad e imperturbabilidad de la naturaleza, en la que las cosas retornan constantemente a los inicios en un ciclo sin fin. Los fenómenos aparentemente singulares, lo que Horacio denomina quebrantos, y que podríamos interpretar de forma literal como fenómenos atmosféricos extraordinarios, en nada quedan con el correr de los meses, esto es, de las lunas. Y nada importa que hayas sido piadoso como Eneas, hayas traído riqueza para ti y para los tuyos, como Tulo, uno de los primeros reyes de Roma, que amplió notablemente los territorios dominados de la ciudad, u honrado y bondadoso como su sucesor Anco, acabarás dónde todo el mundo: en el hoyo. Estamos en una vanitas en toda regla, como las del Barroco. Pero, seamos sinceros, si ante la brevedad de la vida Horacio exclama Carpe diem, que nos quiten lo “bailao”, que apechugue el que venga detrás, los pensadores del Barroco trataban de buscar una solución centrándose en aquello que puede trascender a la muerte: en los cuidados del alma.
¿Quién sabe si a la cuenta de hoy le van a añadir el tiempo de un mañana los dioses del cielo? Escapará a las ávidas manos del que haya de heredarte cuanto en ti mismo te gastes, como con un buen amigo. Una vez que hayas muerto y Minos pronuncie sobre ti su sentencia, por favorable que sea, Torcuato, no te han de volver a la vida linaje, elocuencia o piedad. Pues tampoco al púdico Hipólito libra Diana de las infernales tinieblas, ni tiene fuerza Teseo para romper las cadenas de su amigo Piritoo, tan querido”.
Minos, el famoso rey de Creta, era uno de los jueces que decidían en función de los méritos contraídos durante la vida en qué lugar del reino de Hades merecían morarlos difuntos, ya fueran los Campos Elíseos o el Averno. Nada escapa a la muerte una vez Minos dicta sentencia, nos dice Horacio. Lo prueba que ni Teseo pudo rescatar del Averno a su amigo muerto, aunque fuera uno de los héroes más capaces. Hipólito era hijo de Teseo, al que su madrastra Fedra acusó falsamente de intentar violarla. Teseo la creyó y pidió a los dioses que acabaran con la vida de su hijo, ya que él no era capaz de castigarle por su propia mano. Poseidón hizo oídos a su súplica y envió un monstruo marino. Este asustó a los caballos que tiraban del carro del muchacho, desbocándolos y causando su muerte al caer por tierra y ser arrastrado por los animales. Luego ya nada importó que se destapase el engaño y que se hiciera pequeña justicia con el suicidio de la mentirosa Fedra.

Después de Lesbia, quien, lógicamente, es la primera en esa particular lista, Licinio Calvo es la persona más veces mencionada por Catulo en su poemario. Aparece por primera vez en el “Carmen 14”, un poema de corte satírico en el que Catulo se burla de los malos poetas coetáneos suyos, con el pretexto de un librito de poemas que le ha regalado su amigo. “Si no te quisiera más que a mis propios ojos, simpatiquísimo Calvo, por ese regalo te odiaría con el odio de Vatinio”, así comienza el poema. Su discurso contra Publio Vitinio, uno de los peones políticos de Julio César, había sido el mayor éxito de Licinio Calvo como orador en los tribunales, según opinión incluso del mismísimo Ciceron, el number one entre los leguleyos en aquel momento, por lo que ya nos podemos suponer cual era el odio feroz que Vatinio profesaba hacia Calvo. “Pues, ¿qué he podido hacer yo para que me mates con tan malos poetas?”, continúa quejándose Catulo, y añade: “¡A ese cliente tuyo los dioses le otorguen toda clase de males, a ese que te ha enviado de regalo tal cúmulo de herejías!”. Según parece, se trata de un libro que ha llegado hasta las manos de Catulo de rebote, el día de las Saturnales, una fiesta en la que era costumbre que los amigos se hicieran presentes. Las Saturnales eran las mejores fiestas del año. Duraban varios días, desde el 17 hasta el 23 de diciembre, y, salvando las distancias, eran algo así como una mezcla de las Navidades y el Carnaval, en las que la gente se disfrazaba y a los esclavos se les concedían ciertas libertades de las que no gozaban el resto del año. El despepite que significaban las Saturnales era algo a lo que los primeros cristianos quisieron ponerle coto eliminándolas del calendario. Al final hubieron de transigir con una solución de compromiso, unas fiestas de carácter más piadoso y comedido: Las Pascuas. Catulo se queja de que Calvo le haya arruinado un día tan propicio para la felicidad: “¡Grandes dioses!, ¡horrible y condenado librito! ¡Por cierto, se lo enviaste a tu querido Catulo en el mejor de los días, el de las Saturnales!”. Tamaña ofensa, dice Catulo, exige venganza. Piensa aplicar la ley del talión, vengarse de forma proporcional al daño recibido: “¡No, no, falso; esto no va a quedar así, pues en cuanto amanezca acudiré corriendo a las estanterías de los libreros, cogeré los Cesios, los Aquinos, el Sufeno, todos esos venenos y con ellos como tormento te devolveré el regalo”. El uso del plural para nombrar a sus contemporáneos poetas es claramente despectivo. Con Sufeno no lo usa, pero en un poema posterior, el 22, se despacha a gusto con él. Dicen, a mí se me escapa porque no sé griego, que el “Carmen 14” en el idioma original en que fue escrito imita el mal estilo de estos poetastros que denuncia Catulo. El final del poema lo deja bien claro, por si aún persisten las dudas en alguien: “Vosotros, por el momento, adiós, idos de aquí, volved allí de donde habéis salido con pie maldito, castigos de mi generación, pésimos poetas”.

Que existía una enorme camaradería, un cariño fraternal y una gran complicidad entre Calvo y Catulo es algo que ya se intuye leyendo el “Carmen 14”. Pero, ¿qué opinión le merecía a Catulo como poeta su amigo?”. Es difícil responder a esta pegunta. Y se ha intentado mucho. El “Carmen 50” es un poema enteramente dedicado a Calvo, en el que le expresa su admiración y su cariño, aunque hay quien ve incluso más: una declaración de amor homosexual en toda regla.
Ayer, Licinio, desocupados nos divertíamos mucho con las tablillas de escritura, como convenía a unos jóvenes refinados: Los dos jugábamos escribiendo versos, ya en un ritmo, ya en otro, con respuesta alternativas en medio de las bromas del vino. Y de allí me marché excitado por tu gracia, Licinio, y por tus golpes de ingenio, de forma que, desdichado de mí, ni el alimento me agradaba, ni el sueño cubría con su tranquilidad mis ojos. Al contrario, presa de un loco delirio, me agitaba por la cama, deseoso de ver amanecer para hablar contigo y estar juntos. Una vez que mis miembros agotados por la fatiga yacían medio muertos en la cama, te hice, mi dulce amigo, este poema, por el que puedes dar cuenta de mi dolor. Ahora, guárdate de ser soberbio, y te pido que no desprecies mis súplicas, niña de mis ojos, no sea que Némesis se vengue de ti. Es una diosa apasionada: guárdate de ofenderla”.
Conociendo el carácter burlón e irónico de Catulo, es difícil interpretar esa comparación de Calvo con la niña de sus ojos. Tal vez sea una frase que haya que interpretarse de forma literal y no figurada. Tal vez pura ironía. Tal vez hasta autoparodia. Aclarar que Némesis era la diosa de la venganza.
El “Carmen 53”, un poema muy breve y que narra una supuesta anécdota ocurrida a Catulo mientras asistía al juicio en el que Calvo hizo su famoso discurso en contra de Vatinio. Contiene una de las expresiones que más han dado que hablar del poemario de Catulo:
Me he reído hace poco con no sé quién del público, qué, como mi querido Calvo hubiera explicado maravillosamente sus acusaciones contra Vatinio, con admiración y las manos en alto, gritó: ¡Grandes dioses, elocuente pito!”.
El vecino de Catulo entre el público del tribunal bien puede ser una invención, un recurso literario de Catulo para hacer el chiste del final del poema, que es su meollo, y ponerlo en boca de otro, dándole así un carácter más universal a las virtudes de Calvo que la proclama declara. “No es que lo piense yo”, es lo que viene a decir Catulo, “es que lo gritan en las gradas de los tribunales”. La palabra que trae la controversia, cuyo significado exacto nadie conoce, menos aun el sentido que quiere darle Catulo, es salaputium, que podría significar renacuajo, dando lugar a que se haya dicho de Calvo que era un hombre de baja estatura. Porque la idea es esa, que el espontáneo entre el público del tribunal habría dicho algo así como: “chiquito, pero matón”, alabando su contundente oratoria. Hay quien apuesta por pito, como el traductor de la edición de la Editorial Gredos, que conserva la alusión al pequeño tamaño. También pichabrava. Una vez más es imposible saber cuánto de sincero elogio, aunque expresado en forma de chascarrillo, y cuanto de sarcasmo hay en el breve poema. En esta línea, hay quien ha apuntado la posibilidad de que la alusión a la pequeñez de Calvo no sea una referencia a sus particulares características anatómicas, ya sea la estatura o el volumen de los genitales, sino a su talla como literato. En una versión bastante más benigna de esta idea, hay quien ha apuntado que en lo que trata de hacer hincapié Catulo con la broma de marras es en la enorme fuerza que tenía la poesía de Calvo a pesar de la poca extensión que solían tener sus poemas y sus libros.

Lástima que nunca podremos formarnos una opinión propia sobre la calidad de la poesía de Calvo, sobre si su talla como poeta era comparable a la de Catulo, porque casi toda su obra se ha perdido irremisiblemente para siempre, solo quedan fragmentos de poemas menores, ninguna de sus elegías amorosas que tan elogiadas fueron por sus contemporáneos y los poetas de la generación siguiente (Propercio, Cicerón, Plinio, Ovidio, etc.). En todo caso, Priante sabiamente elude las dos incógnitas que se plantean, el de los posibles celos artísticos entre los dos amigos y el de la posible componente sexual o sentimental de su relación personal haciendo que Catulo le escriba cartas, de entre los tres amigos incluidos en la trama, al único que no mencionó nunca en su poemario.

El último de los poemas dedicados por Catulo a Calvo es el “Carmen 96”, una consolatio, con el que trata de consolar a su amigo tras la pérdida de su esposa Quintilia. Aquí suponemos que bromas hubo pocas o, más bien, ninguna:
Si un poco de alivio y satisfacción, Calvo, puede llegar a los mudos sepulcros con nuestro dolor, cuando es tal la añoranza con la que hacemos revivir los antiguos amores y lloramos las perdidas amistades, sin duda Quintilia no experimentará tanto dolor por su temprana muerte como disfruta como dichosa se siente por tu amor”.
De Helvio Cinna hay muchos menos datos que de Licinio Calvo. No siquiera escarbando en Google se haya gran cosa. Es aludido muy de pasada en dos poemas de Catulo, el 10 y el 113, y es el protagonista de un tercero, el “Carmen 95”, en el que Catulo comenta su poema “Esmirna”, que debió de ser algo así como el parto de los montes, porque le llevo nada menos que nueve años redactarlo.
La Esmirna de mi querido Cinna, después de nueve veranos y de nueve inviernos de haberla empezado, al fin ha sido publicada, mientras tanto Hortensio quinientos mil versos en un solo año. La Esmirrna será enviada hasta lo más remoto de las cóncavas aguas del Sátraco; los siglos encanecerán leyendo atentamente la Esmirna. En cambio, los Anales de Volusio irán a morir hasta las mismas márgenes del Po y muchas veces ofrecerán holgadas envolturas a las caballas. Séanme queridas las pequeñas obras maestras de mi amigo, pero goce el vulgo con el hinchado Antímaco”.
Sin embargo la anécdota mencionada por Cátulo en su “Carmen 10”, con indirecta participación de Cinna, es explicada in extenso en una de las cartas que Catulo le dirige a Manlio Torcuato en la novela de Priante. Cuenta el poema como una ramerilla de Roma, cierto día que había sido invitado por su amante a la casa que compartía con ella, le preguntó por su peculio, intuimos que para evaluarle como posible cliente, que eso es lo que insinúa Catulo con malicia y bien poco tacto, el de Verona le respondió con sinceridad que era más bien escaso.
Mi amigo Varo, habiéndome encontrado en el foro desocupado, me había llevado a visitar a su amada, una putilla, según me pareció a primera vista, no rpivada , en verdad, de encanto ni de gracia. Al oco de llegar a su casa entablamos conversación sobre diferentes temas; entre otros, cual era actualmente la situación de Bitinia, en qué circunstancias se encontraba; ¿había hecho yo algún capital?. Respondí la pura verdad: que ni los propios pretores, ni su séquito sacaban con qué perfumarse mejor la cabeza a su regreso, sobre todo los que tenían por pretor a un desvergonzado a quien su séquito no le importaba un bledo, «Pero, al menos -arguyen ellos- habrás adquirido lo que, según cuentan, es el producto típico del país: hombres para tu litera». Yo, para dármelas de un poco más afortunado que todos los otros a los ojos de aquella jovencita, respondo: «no me fue tan mal, a pesar de la mísera provincia que me tocó en suerte, como para que no pudiera adquirir ocho mozos bien plantados». Aunque en realidad yo no le tenido ni aquí ni allí uno solo que pudiera cargar sobre su espalda la pata rota de un mísero lecho).
Entonces, aquella, como cuadraba a una grandísima desvergonzada, me dice: «por favor, mi querido Catulo, préstamelos un poquito, pues deseo que me lleven al templo de Serapis». «Espere un poco -respondí a la muchacha-, no sé dónde tengo la cabeza. Te acabo de decir que eran míos; mi compañero Cayo Cinna... fue él quien los compró. Pero, en verdad sean de él, o míos, ¿a mí que más me da? Me sirvo de ellos como si los hubiese comprado yo. Pero tú eres tremendamente sosa y antipática, y por culpa tuya no se puede ser distraido»”.
A pesar de la rechifla, primero, y la irritación, después, la pregunta de la chica parece en cierto modo pertinente porque Catulo acababa de regresar de un viaje a Bitinia. Había formado parte del séquito del gobernador de la provincia. El viaje había tenido como primer objetivo, o como pretexto si se quiere, dar correcta sepultura a su hermano, muerto cerca de Troya y enterrado sin las adecuadas pompas fúnebres, y como segundo, o como razón principal, si nos creemos el personaje que se inventa Catulo para dar más dramatismo a su vida y un contenido romántico a su corpus poético, alejarse de Roma y de la influencia de Lesbia, perniciosa para su salud anímica. Era norma que los gobernadores provinciales fueran escogidos entre los cónsules y pretores que acababan mandato, en una práctica muy parecida a lo que hoy día denominamos de “puertas giratorias”. Durante sus mandatos los gobernadores tenían la oportunidad de enriquecerse ejerciendo un saqueo sistemático y tolerado de las poblaciones autóctonas. Julio César logró saldar todas las deudas contraídas en su juventud, que eran astronómicas, ejerciendo el gobierno de la Galia, que el mismo había conquistado. A fin de cuentas, salir elegido exigía un elevado dispendio en sobornos y pago de chantajes, y era justo, a los ojos de la élite que ejercía la política, resarcirse de esos gastos. Quien más se enriquecía era, lógicamente, el titular del proconsulado, pero formar parte de su séquito ofrecía amplias oportunidades de “pillar” algo. Sin embargo, Catulo afirma en su poema que la actitud avariciosa de su jefe le privó de esas oportunidades. Había vuelto tan pobre como se había ido. Pero para impresionar a la chica que dice despreciar, bromea acerca de que ha adquirido porteadores para su litera, el principal producto de exportación de Bitinia.

Priante aprovecha esta anécdota narrada por Catulo en el “Carmen 10” para explicarnos que en ese viaje había sido acompañado por Helvio Cinna, que el gobernador ingrato con su subordinados era un tal Memmio, poeta también, y la persona a la que Lucano dedicó su poema “De rerum natura”. A pesar de su supuesto maltrato, Memmio pide a Catulo y Cinna su opinión sobre la obra de Lucano, a la que acaba de tener acceso. El comentario sobre el poema reflejado por Catulo en la carta a Manlio Torcuato es bastante negativo. Unos se pregunta si existía alguien que mereciese su beneplácito.

Cinna murió joven, el mismo día que Julio César. Y no fue una coincidencia sino una desgraciada consecuencia. A pesar de contarse entre sus partidarios, el populacho le confundió con uno de sus asesinos y fue despedazado por una turba enloquecida.

El arranque de la novela de Antonio Priante rima con el inicio del libro de poemas de Catulo. En su primera carta a Manlio Torcuato, Catulo narra su primer encuentro con Clodia. Se conocen un día en Verona, la ciudad natal del poeta, cuando el pajarillo amaestrado que es propiedad de Lesbia elude por un momento su compañía y va a posarse en el pretil del pozo que hay en el jardín de la casa familiar de Catulo. Él está dormido, pero le despierta una voz. Cuando abre los ojos ve a una joven que le habla, asomando la cabeza por encima del seto que bordea el recinto. La muchacha le pide que le devuelva su pájaro. Él lo localiza junto al pozo y trata de agarrarlo sin éxito. Ella se enfada por su torpeza y exige que le deje pasar para recuperarlo. Cuando accede al jardín el pájaro echa a volar, se posa sobre el dedo extendido de Clodia y comienza a picotearle la yema. Es un inicio encantador para una relación, lleno de ternura e inocencia, y que tiene su reflejo en los dos primeros poemas del Carmina de Catulo, dedicados a esta avecilla, quien sabe si regalada por el propio Valerio, ya que tanta consideración parece tenerle.
Carmen 2: Himno al pájaro de Lesbia”.
Pajarillo, objeto de las delicias de mi niña, con quien suele jugar y retenerlo en su regazo, a quien, en su agresividad, acostumbra a ofrecer la yema del dedo e incitar sus duros picotazos, cuando a mi radiante amor le gusta entregarse a no sé qué apacible pasatiempo, pequeño consuelo a su dolor, para calmar, supongo, su ardiente pasión. Pudiera yo, como ella, jugar contigo y aliviar los tristes cuidados de mi alma”.
En el original en latín del “Carmen 2”, Catulo utiliza el vocablo passer, que significa pájaro, pero que también es el nombre científico del gorrión (Passer domesticus). Es por eso, y por tratarse quizás del ave de pequeñas dimensiones más común en el ámbito urbano, por lo que en la edición de la Editorial Gredos se traduce passer con la palabra gorrión, cuando los traductores de otros sellos editoriales (Aguilar, Hiperión y Cátedra, de las que yo haya consultado) emplean el término “pajarillo”, que no compromete. Tiene sentido colegir que el pajarillo de marras se trata de un gorrión. Es la especie que, por defecto, se nos viene a la cabeza cuando pensamos en genérico en aves pequeñitas, esto es, en pajarillos. Además, inspira una ternura instantánea en quien tiene la suerte de poder observarlo de cerca. Pero sabemos lo difícil que es amaestrar a un gorrión, que aquellos que son enjaulados lo normal es que acaben muriendo en cautividad víctimas de la tristeza. Extraña que el pajarillo de Lesbia, si es que es un gorrión, se avenga a quedarse quieto en el regazo de su ama. Otras especies son mucho más proclives a la obediencia. En mi casa se criaban canarios, y alguno hubo que tras nacer se comportó como una cariñosa mascota. Hubo uno en particular, un canario con flequillo, al que dejábamos libre y que se iba a posar en las cabezas de la gente. Y, feliz, se ufanaba en picotear los cráneos, quien sabe si para librarnos de parásitos, como hacen los picabueyes (Buphanus africanus) con los búfalos en las sabanas africanas, porque los cabellos le parecían gusanitos con los que saciar el hambre o, simplemente, por amargar la vida del prójimo con lo que creía una broma divertida.

Se me ocurre que tal vez el gorrión, considerado como ave de difícil domesticación, sea una metáfora del tipo de relación que exige Lesbia a quienes se aproximan a su corazón. Yendo más allá en esta línea de argumentación, tal vez Catulo se vea reflejado en el gorrión. Solo se puede acercar a Clodia si muestra total sumisión, si acepta todos sus caprichos. La agrede con sus poemas y eso, al menos al principio, causa excitación en Clodia. Pero Catulo, al contrario que el resto de sus amantes, es un gorrión, incapaz de medrar en cautividad. Su tóxica relación con Lesbia acabará minando su salud y, si hacemos caso a su poesía, terminará muriendo muy joven víctima del desamor. Recuerdo el impactante inicio de cierta película, creo recordar que inglesa, en el que se narraba la historia de un personaje histórico femenino. “A lo largo de la historia, son muy pocas las personas que se sepa a ciencia cierta que murieron de amor”, decía una voz en off. “La protagonista de esta historia es una de ellas”. Pocos han muerto de amor. En la actualidad nadie. Catulo sería uno de esos pocos, y antes de cumplir la edad de Cristo. También el pajarillo de sus poemas se nos va pronto, apenas en el poema siguiente al de su debut, en el “Carmen 3”, que es un treno, es decir, un lamento fúnebre destinado a ser ejecutado por un coro con acompañamiento musical.
Carmen 3: Treno por la muerte del pájaro”.
Llorad, ¿oh Venus y Cupidos!, y vosotros, cuántos hombres hay sensibles al amor. El pájaro de mi niña ha muerto; el pájaro, objeto de las delicias de mi niña, a quien ella amaba más que a sus propios ojos, pues era como de miel y la conocía tan bien como a una hija a su madre y no se apartaba de su regazo, sino que, dando saltos de un lado para otro, solo a su dueña piaba siempre. Ahora avanza por aquel camino cubierto de tinieblas, de donde dicen que no vuelve nadie. Pero os maldigo, malditas tinieblas del Orco, que todo lo bello devoráis. Tan bonito pájaro me habéis robado. ¡Oh maldito crimen! ¡Oh gorrioncillo, digno de lástima! Ahora, por tu causa, los ojitos de mi niña enrojecen hinchados de llanto”.
¿Cuánto duro el idilio de amor entre Catulo y Lesbia? Parece que bien poco. Muy pocos versos del poemario del poeta que aluden a Lesbia parecen haberse escrito desde la felicidad. Siquiera desde el sosiego. Sabemos que no están ordenados de forma cronológica, pero ya es curioso, que esos pocos estén situados al principio de la antología. Es como si el editor de la obra, muy probablemente el propio Catulo, hubiera querido despacharlos cuanto antes para poder centrarse en lo mollar del amor inspirado por Clodia: El extrañamiento y el tormento. Entre esos pocos positivos destacan los dos de la serie denominada “De los besos” en los que Lesbia es la destinataria. Hay otros en esta serie, pero quien recibe los besos es algún muchachito del que se ha encaprichado el poeta. El primero de los dos, el “Carmen 5”, suele considerarse en la línea de la máxima Carpe diem de Horacio.
Carmen 5: Primer poema de los besos”.
¡Vivamos, lesbia mía, y amemos, y todos los rumores de los viejos, demasiado severos, valorémoslos en un solo céntimo! Los soles pueden morir y renacer; nosotros, cuando haya muerto de una vez para siempre la breve luz de la vida, debemos dormir una sola noche eterna. Dame mil besos, luego cien, después otros mil, y por segunda vez ciento, luego hasta otros mil, y otros ciento después. Y cuando sumemos ya muchos miles, los borraremos para olvidarnos de su número o para que ningún maligno pueda echarnos mal de ojo cuando sepa que fueron tantos nuestros besos”.
En el original del poema la moneda con cuyo valor tasa Catulo las opiniones de los demás es el As, de muy escaso valor. Besémonos mientras haya pulso en nuestras venas y no nos importe lo que diga el prójimo, viene a decir, algo con lo que habría coincidido Horacio, aunque sepamos que para él el amor era una quimera. No así el sexo.

Desmesura, obcecación, fiebre, son los sinónimos que se nos ocurren para el amor que sentía Catulo por Lesbia. ¿Era ella realmente tan malvada? ¿Realmente él la quería tanto como afirma? Preguntas apasionantes para las que, quizá afortunadamente, el suspenso bien puede durar otros veinte siglos para deleite de todos, no hay posible respuesta. En todo caso, son carne de novela, como demuestra el magnífico relato de Antonio Priante.

Es especialmente evocadora la última escena narrada en la novela, en la que Catulo visita a César en su domicilio. Mantienen una agradable conversación, con un tercer personaje en segundo plano, oculto en la penumbra de una esquina de la estancia. Se trata de la madre de César, o eso es lo que supone Catulo cuando al llegar primero al lugar, y mientras espera a César, conoce a la mujer y charla brevemente con ella mientras ella teje con la ayuda de una rueca. Su descripción física: una anciana extremadamente delgada y con un ralo pelo cano que apenas cubre su cráneo, la hace parecer una de las parcas que hacia el final del “Carmen 64”, el celebérrimo canto nupcial -epitalamio denominaban los griegos a este tipo de composiciones líricas para ser cantadas para exaltar el amor de los contrayentes- de Catulo, leen el provenir a los amantes que se casan: la ninfa Tetis y el héroe Peleo. Lo que en principio solo es una intuición, se confirma al recordar un detalle: La madre de César ya había muerto en la fecha del supuesto encuentro entre el poeta y el estadista. Las parcas eran las diosas que regían el destino de los hombres, urdiendo su presente en un tapiz en el que cada hilo era una vida, decidiendo para cada uno cual es el momento propicio para que sea cortado. La anciana teje en su rincón y de esa manera urde el inmediato futuro de los allí presentes, mientras cavila cual es el momento adecuado para morder con su boca desdentada la fibra que significa la vida de cada uno de ellos. En todo caso pronto para Catulo. A no mucho tardar también el de César.

Tras completar la novela tuve la certeza de que era imperativo releer a Thornton Wilder. Si, como creo, la principal misión de un libro es propiciar en el lector la necesidad de realizar nuevas lecturas de algún modo relacionadas, está claro para mí que la novela de Priante cumple con creces su cometido.