jueves, 8 de septiembre de 2016

El fútbol y sus aledaños (195) - In Pintus



In Pintus

La idea era titular este escrito "InPictus", así, en plan etiqueta de Twitter, comenzando cada palabra con mayúscula, pero escrito todo junto. Y todo porque padezco la misma pulsión que los redactores de Marca y de AS, sobre todo estos últimos, de demostrar lo ingenioso que soy ya desde el arranque. Me parecía un juego de palabras divertido y que además me daba juego. Pintus tiene algo de druida celta -aquello de los pictos escoceses-, de Panoramix removiendo con una enorme cuchara de palo el contenido de una marmita puesta al fuego. Y es que, tal como ha comenzado alguno la temporada, se diría que se ha cayo dentro siendo chico. Ya pueden bautizar sus haters a Marcelo como Obélix, que con ese mote si me avengo. Además, podría haber ligado el texto al reportaje novelado de John Carlin, que narra cómo Nelson Mandela consiguió que Sudáfrica ganase su primer mundial de rugby, como anfirión, con un equipo integrado en su totalidad por boers blancos y, sin embargo, convertió el evento deportivo en el ariete con el que poder derribar las últimas barreras entre razas en su país. Un milagro solo al alcance de un premio Nóbel, supongo. Invicto está el real madrid desde no se sabe cuantas jornadas de liga y encuentros oficiales de competición. Pero me faltaba una ce y sobraba una ene para poder hacer el juego de manos. Pero, ¿quien renuncia una idea que considera brillante, auqnue se tenga que contentar con su versión ramplona?

Antonio Pintus es de la misma quinta que Mourinho y que yo. Si añadimos a Tom Cruise al grupo tenemos un póquer de ases o, al menos, un trío respaldado con un dos de picas. Buesuqen otro mindundi como yo y estaremos "a full". Mira que es casualidad esto de las edades. Aunque más que de casualidades yo quería hablar de causalidades, de porque el Real Madrid de Zidane permanece invictus tras variso meses ene l cargo. El equipo inicia la temporada igual de bien que como acabó la anterior, si no es que mejor incluso. De estar deshauciado allá por la fiesta de Halloween, con Benítez disfrazado de último de Filipinas en alguna rueda de prensa, el Real Madrid pasó a luchar por la liga hasta la última jornada y a apretarla como un vagón de metro en hora punta. Hasta logró desalojar al Atleti al andén por la ventanilla. Solvencia en la Champions, que si que se pudo echar al zurrón tras alguna remontada muy cristiana y tras amaestrar algunos partidos recurriendo de forma sorprendente al tiqui-taca. A pesar de lo ajustado del maracor durante los 180 minutos de la eliminatria contar el City, nunca hubo auténtica sensación de peligro. Zidane parecía tener controlado el enfrentamiento. Y ahora nos hayamos en un arranque de ejercicio esta temporada que parece más que prometedor y que invita al optimismo. ¿Qué es lo que ha pasó para que en plena taiga invernal haya salido un sol que parece el de Benidorm en agosto? Está más que claro: Ha pasado Zidane, que ha sorpendido, y para bien, hasta a sus más acérrimos defensores. Empezando por Floper, que si por él fuera aun lo tendría estudiando en algún internado de Suiza para entrenadores bien. Este Real Madrid es como ver el mar tumbado en al toalla desde primera línea de playa, apenas se le adivinan los horizontes.

Cuesta creerlo, pero empieza a ser una evidencia: El Real Madrid de Benítez estaba mal preparado físicamente. Nos habían vendido que el madrileño era un sargento de hierro en el campo de entrenamiento, que si Simeone convierte los campos de los Ángeles de San Rafael en una pista americana, Benítez haría lo rpiopio con lso de valdebebas. Por eso la última explicación que se nos hubiera ocurrido para los pobres resultados del equipo es que tuviera un deficiente estado físico. Fue llegar Zidane, planificar una pretemporada de invierno y empezar a cosecharse los resultados, como trigo cargado de espiga. Así de fácil. Vini, vidi, vinci y desde entonces invictus. O casi, que ahora mismo no recuerdo si alguno de los pocos tropiezos que ha habido con el marsellés fue derrota o solo ha habido empates. Y es un suma y sigue: Este año se ha traído a su antiguo preparador físico de cuando militaba en la Juventus. Ha habido que fichárselo al Olympic de Marsella y, a la larga, se ha convertido en el único fichaje del verano. Pero parece un acierto. Empieza a vérsenos sobrados, incluso cuando toca jugar con suplentes, que más bien ha sido siempre por ahora. El primer partido de liga se puso de cara desde el arranque y se pudieron desplegar todas las virtudes tácticas y técnicas de la plantilla. Pero en el segundo hubo que apretar los dientes, acabarlo arrinconando al celta en su área en los últimos 20 minutos, cuando se supone que las fuerzas ya flaquean. Más en un inicio de temporada, cuando los encuentros más largos se hacen. El aspecto físico del equipo es inmejorable, y lo mismo se le ve capacitado para ganar al sprint, a lo Usain Bolt, pongamos que en Atocha, que marcando un fuerte ritmo en las últimas vueltas a la pista tras una carrera rompepiernas en el propio Bernabéu, como Mo Farah. ¿Hay que recordar que la Supercopa de Europa se ganó al Sevilla cambiando el tranco de la zancada en la prórroga?

Pero, ¿es solo eso? ¿Zidane los ha puesto en forma y ya está? No es que sea poco. Al jugador del Real Madrid la calidad se le supone. Como el valor a los reclutas en la mili, nos decía nuestro sargento instructor. Si además esta en forma todo se pone cuesta abajo. Pero aun hay más, como diría Superratón. Hace falta compromiso, esprit du corps, perdóneseme la cursilada. Ganas de correr para beneficio del grupo. Y esto se lo vemos hacer hasta a Bale y a Marcelo, algo que nos hubiera costado creer en el pasado. El despeje en plancha a córner del brasileño cuando ya se cantaba un gol del Celta es un perfecto indicativo de que hay un sheriff en la ciudad, un tipo al que hay que rendir cuentas y al que apetece ir a hablar con los deberes hechos. Y ese sheriff no es otro que Zidane. Cuando todo va bien en un grupo, como poco, o es que hay buena tropa, la autogestión y todos esos tópicos, aquello de que buen vasallo fuera si hubiera buen señor, como puede leerse en el poema del Mio Cid, o es que hay un buen líder. Y claro, oiga, como estamos aburridos de escuchar, o más bien leer, en twitter que el vestuario blanco es un cesto repleto de manzanas podridas, de egoístas primas donas y urgen las limpias con lejía, va a tener que ser necesariamente lo segundo. En definitiva: parece que hay líder. Y es ese tipo que sonríe con timidez continuamente y al que no le hemos visto todavía un mal gesto o le hemos oído una palabra más alta que otra. ¿Se puede ser líder siendo educado y cariñoso? Por lo visto sí.

¿Y ese liderazgo donde lo ha adquirido Zidane? ¿Lo traía de fábrica? Prafraseando la pregunta de Mariano Rajoy a Pablo Iglesias: ¿Es líder de nacimiento, siemrpe lo ha sido, o ha adquirido esa cualidad con el paso del tiempo? Si es lo primero, nadie se lo había advertido antes de entrenar al Real Madrid. Ni siquiera cuando dirigía al Castilla. Es más, los pobres resultados en el filial eran un indicativo para los más agoreros de que se avecinaba el desastre con él en el banquillo. No, vamos a ver, a lo mejor todo es más fácil de lo que parece. Puede que los modos de Zidane sea una sabia mezcla de los modos de los dos entrenadores que le precedieron en el cargo. Me refiero a los que tuvieron éxito. Vamos a obviar a Benítez por mera caridad cristiana. Zidane tiene el mando en tropa que exhibía Mou, aunque con otro estilo y por otros motivos, además de un ascendente humano sobre el grupo, capacidad de diálogo, trato cercano, y con todos, no sólo con los creyentes. Con Mou querer ser acólito y ser aceptado como tal era ganarse el paraíso en la tierra, esto es, en el vestuario. De lo contrario venían mal dadas. Con Ancelotti todo eran sonrisas, trato paternal, vivir a cuerpo de rey, a favor de capricho, auqnue dentro de un orden, algo que a muchos aficionados les repele observar desde lejos que ocurra en su equipo, pero que desde luego no siempre tiene porque dar malos resultados. Los mejores momentos en el Real Madrid de Ronaldo, el verdadero, como diría Mourinho, los vivimos cuando lo entrenaba su abuelo Del Bosque. Las cosas que funcionan con unos no tienen porque hacerlo con otros y saber que conviene en cada caso es una buena cualidad de líder. Firmeza pero sin rigidez, elasticidad sin ceder un ápice, como las varas de sauce, eso es lo que tiene Zidane. Y una falta absoluta de complejos a la hora de tomar decisiones. No tiene ningún reparo en saltarse a la torera supuestas jerarquías a la hora de confeccionar un once. Porque si se trata de jerarquía el la tiene absolutamente toda. En eso pugna con ventaja sobre casi todos sus compañeros de profesión, no digamos ya con sus subordinados en el vestuario que tienen el curriculum aun a medio sofreir.

Zidane está tocado con la gracia. No solo ganó un mundial con su selección, además a la todo poderosa Brasil de aquel entonces, sino que marcó los dos goles de la final. Ambos de cabeza, algo que no parecía ser su fuerte. No solo ganó una Champions con el Real Madrid, la Novena, sino que el gol de la victoria fue también suyo. Gol que ha pasado a la historia como el más hermoso y trascendente de todos los que se hayan visto sobre un terreno de juego. Tiene que ser muy difícil siendo jugador a sus ódenes hacerle un feo, replicarle a una orden, hacerse el remolón cuando te exige algo. Sin necesidad de poner malas caras, de exhibir un mal genio adquirido en las selvas de Vietnam. Y no es que Zidane no haya estado. Es veterano de esa y de muchas otras guerras, pero regreso de todas ellas sin una mancha en el smoking. Su imagen es impoluta. Todo lo más aquel abollón en la calva por culpa del topetazo con Materazzi. Su sonrisa desarma a cualquiera, si es que hay quien quisiera hacerle frente. Asimismo, se percibe un tipo ajeno a las manías, a los ataques de entrenador, a los caprichos. Sus jugadores perciben en él ecuanimidad. Imagino que es por eso por lo que Isco y JJJames han preferido quedarse, porque intuyen que si se lo ganan acabarán jugando. A Zidane no le duelen prendas a la hora de jugarse una final con un imberbe muchacho de 20 años (Supercopa de Europa), o sentar a uno de sus titulares indicutibles para refrescar el medio campo y permitir que continúe al presión sobre el rival (partido de liga contra el Celta). Nunca hace alarde de lo que no tiene sino que sabe poner en valor los recursos de que dispone y eso supongo que eleva la moral de los menos habituales sobre el césped. Habrá que recordar que Benzemá y Ronaldo, el falso, ni siquieran han debutado aun en esta temporada.

A mi me parece que nos hemos topado de bruces, quizá por mera casualidad, con un gran entrenador y, sobre todo, con un gran gestor de grupos. Algo esto último imprescindible para triunfar como entrenador en nuestro equipo. Habrá sido suerte, casualidad tal vez, pero todos convendrán conmigo que el Real Madrid es el destino manifiesto de Zidane, que si había veta de entrenador en el francés la tenía que explotar aquí. Y si la Champions es el destino manifiesto del Real Madrid, el resultado del silogismo es claro: Zidane ya ha ganado una Copa de Europa para el club blanco como jugador (Novena), como segundo (Décima) y como entrenador (Undécima), y hasta ha perdido como rival (Séptima). Imagino que la Octava la disfrutó como hincha merengue, no me cabe duda. todo eso recién aterrizado, como quien dice. Entretando, para que no todo sea cuestión de azar en futuros éxitos, Zidane hace sudar la gota gorda a sus jugadores en los entrenamientos para que sigan in Pintus. Esto es, invictus.

jueves, 25 de agosto de 2016

Mensajeros



Mensajeros

Stefan Zweig lo relata con primor, y si me dejara vencer por la pereza me limitaría a transcribir su prosa y me evitaría así la enojosa tarea de tener que contarlo yo. Primavera de 1453. Una vez las ingentes tropas Mehmet II hubieron cercado Constantinopla, también desde ambos mares, el Bósforo y el Mármara, pues el sultán ordenó acarrear sus barcos de guerra a través de las montañas, la soga pareció apretar por complero la garganta de Bizancio. La desproporción de fuerzas era evidente. Solo la ayuda exterior podía remediar lo que parecía un desastre inevitable. La ciudad se protegía tras unas murallas que tenían fama de inexpugnables desde hacía un milenio, pero cañones de un tamaño hasta entonces nunca visto llevaban días batiendo y cuarteando sus lienzos. El sultán había reclutado los mejores ingenieros militares disponibles. Urgía buscar socorro en el resto de la Europa cristiana. Pero, ¿cómo buscarlo?¿Quien se atrevería a burlar el bloqueo de la flota otomana que llenaba de velas ambas láminas de agua hasta donde alcanzaba la vista? Se decidió escoger a doce valientes. Los suficientes para poder gobernar un bergantín que pudiera burlar el cerco fingiendo pertenecer a la armada del sultán, pero no más de esa cifra para no debilitar las ya exiguas defensas de la ciudad. Doce hombres anónimos cuyos nombres Zweig se lamenta que no conozca la Historia. Doce hombres que bogaron durante horas al amparo de la noche para poder acceder a aguas abiertas, libres de infieles. Una gesta que el novelista austriaco celebra con su prosa a menudo empalagosa, llena de tañidos de bronce, homérica en el sentido más amanerado del término. Ni un solo puerto que quisera darles cobijo, mucho menos dar socorro a Bizancio, encontraron estos doce hombres durante su estéril singladura de veintitantos días. Al cabo de ese tiempo decidieron regresar a Constantinopla y volver a burlar el bloqueo de la flota otomana, para entonces ya avisada. Una vez descubiertos, los doce hombres hubieron de remar los últimos metros hasta puerto seguro entre lso vítores de la población asediada, con toda la flota otomana persiguiéndoles con rabia. Raro que nadie haya reivindicado esta hazaña como origen de las regatas de remo olímpicas, del mismo modo que siemrpe se alude a la gesta de Filípides para explicar la Maratón de atletismo.

Pero hay que saber que los mensajeros ni siempre quedan anónimos ni siempre es reconocido su esfuerzo. Media infancia la pasé traumatizado por la injusticia cometida sobre Glenn Ford en el western de Budd Boetticher "El desertor de El Álamo". Prisionero de facto, como el resto de sus compañeros, del ejército de Santana en la vieja misión española de El Álamo, ve en el ejército que se despliega al otro lado de los muros de la ermita no tanto un peligro para si mismo como para su familia, cuya casa no se encuentra demasiado lejos. Algunos granjeros del territorio allí reunidos a su pesar, deciden que alguien ha de dar aviso a sus familias de la llegada de los soldados mejicanos. Solo puede ser uno, por la misma razón que ya adujimos para los valientes de Constantinopla. Y ese uno, elegido en base a la suerte, adversa tal como el la recibe, resultará ser Glenn Ford. A pesar de que logra sortear el cerco de los sitiadores, su misión deviene en fracaso. No logra llegar a tiempo para salvar a nadie, si quiera a su propia familia. Peor aun, es horrorizado testigo de como quienes han asesinado a su esposa e hijos son tan yankees como los hérores del álamo. A partir de ahí la historia deviene en calvario personal del personaje, al que todos le reprochan ser el cobarde que se convirtió en el único superviviente de la mítica batalla. Pero tal vez haya exagerado antes. No viví martirizado media infancia por esta historia, todo lo más media película. Porque lo cierto es que al final del metraje Glenn Ford adquiere plena satisfacción a todas sus demandas: Logra limpiar su nombre, que se le reconozca su valía; Logra vengar la muerte de su familia dando matarile a sus verdugos; Y hasta consigue una esposa de recambio que le mira con los ojitos llenitos de orgullo. Y no una esposa cualquiera, sino nada menos que Julia Adams, una de las morenas más cautivadoras del cine de los cincuenta. Mujer que sabía destilar ternura y confianza de su belleza, sensación de equilibrio más que de peligro o felina agresividad, como lograban otras quizás más hermosas y más agrestes, feraces en sus encantos. Julia adams sabía encarnar en el cine el papel de esposa perfecta sobre la que poder edificar los cimientos de una relación. No era una amante con la que compensar durante la noche los sinsabores del día, sino más bien alguien con la que querer amanecer todos los días del resto de una vida.

Sobrevivir a la gesta se convierte en una afrenta contra quienes ya no están vivos, para sus deudos. Dicen que tras sucumbir los espartanos ante los tebanos en la batalla de Leuctra, en el año 371 antes de Cristo, la primera gran derrota de la infantería lacedemonia, los familiares de aquella mitad que logró sobrevivir al choque se declararon en duelo, se retiraron a sus casas avergonzados de que aun vivieran sus parientes, mientras que los familiares de aquellos que cayeron celebraban con júbilo su recuerdo y mostraban en la calle su orgullo. Aquello supuso el fin de la hegemonia en la Hélade de Esparta y el principio del liderazgo de Tebas, cuyo batallón sagrado, fomado por 150 parejas de amantes, pasó a ser la infantería de referencia. Las fuentes clásicas nos advierten, entre ellas Herodoto, el compañero de viaje habitual de Ryszard Kapuściński, que aquellos que perdieron la vida en la batalla de las Termópilas no fueron 300 hoplitas espartanos sino 298.Un tal Pantites no pudo estar en las Termópilas la mañana del último choque por encontrarse en ese momento en misión diplomática en Tesalia. Con todo y con eso, a pesar de poder dar una excusa más convincente que Glenn Ford, acabó suicidándose al no lograr superar el rechazo de sus iguales y la vergüenza de haber sobrevivido a sus compañeros en la jornada que alcanzaron la gloria. Más vidrioso es el caso de Aristodemo, quien algunas fuentes aseguran que sufrió durante la batalla alguna infección ocular que le ocasionó ceguera temporal. Unos dicen que prefirió retirarse para poder pelear otro día contra los persas en mejores condiciones físicas. Otros, que simplemente desertó del ejército y huyó de la masacre. Sea como fuere, sobre él cayó el escarnió público, el rechazo total de sus conciudadanos, que hasta le retiraron la palabra. Ya sabemos que los espartanos eran gentes de pocas palabras -uno de los gentilicios de la región, Laconia, da nombre a la parquedad en palabras-, pero, quizás por eso mismo, caminar en el silencio entre iguales debía convertirse en algo insoportable. También Aristodemo acabó inmolándose, como Pantites, aunque de forma diferente. En la batalla de Platea, que puso punto y final a las guerras greco-persas, abandonó la falange en la que formaba antes de producirse el primer choque entre ejércitos para arrojarse en solitario contra el enemigo y sucumbir matando con furia asesina. Ni muerto alcanzó la calma de espíritu. Sus compañeros consideraron su gesto suicida como una deserción, como una afrenta a las normas, y está claro el apego de los espartanos a las leyes. Queda perfectamente reflejado en el poema que Simónides compusiera para conmemorar la gesta de Leónidas en "Puertas Calientes":

"Viajero que ante nosotros compareces, ve a la polis y di a los ciudadanos que por cumplir sus leyes aquí yacemos".
En la película "300" el personaje de Aristodemo, aunque con otro nombre y otra anécdota vital más honrosa, es interpretado por el actor David Wenham. En el film de Zack Snyder, el actor galés es Dilios, un hoplita espartano, tan diestro como sus compatriotas en el uso de la lamza, pero que sobresale con respecto a éstos por su don para la palabra. Tras sufrir una herida en uno de sus ojos durante la batalla, una vez ha probado de sobra ya su valía y arrojo, y ante el inmininte final trágico que le espera a los griegos allí reunidos, su comandante Leónidas decide encomendarle la misión más importante de todas: Servir de mensajero ante la posteridad de todo cuanto allí había ocurrido y lo que estaba por venir. Quiere el rey espartano que quede memoria de su gesta y que la fuente de esta sea de primera mano. Y hay que reconocer que Dilios cumple con eficacia su cometido. En la última escena de la película descubrimos que todo lo que se ha narrado hasta entonces durante todo el metraje de la película es en realidad la arenga que Dilios dirige a sus compañeros de armas para enardecer sus ánimos en los instantes previos a la batalla de Platea, discurso en cuyas parrafadas finales no tiene ningún empacho de plagiar al bardo Simónides, para una vez concluído encabezar como un poseso la carga de los hoplitas griegos contra las huestes de Jerjes. Este momento tiene un cierto eco de lo que nos cuenta la tradición literaria griega sobre la muerte de Aristodemo. Está claro que Frank Miller, el autor de la novela gráfica en la que se basa el film, y también guionista del mismo, peinó las fuentes clásicas disponibles, por más que se tomase numerosas licencias a la hora de moldear el relato. Entre ellas, quizá la más significativa para mí, el momento en que se relata el rito de iniciación en la edad adulta del héroe Leónidas. No, los espartanos no mandaban a sus imberbes cachorros a cazar lobos de dimensiones monstriosas con sus manos desnudas para inducirles a que se convirtieran en hombres. La verdad es menos gallarda. Los muchachos espartanos se ganaban su puesto en la falange asesinando indiscriminadamente a esclavos ilotas, de los muchos que servían en condiciones infrahumanas a los hombres libres. La de Esparta fue una sociedad guerrera básicamente por el miedo cerval que les infundía la posibilidad de que se rebelasen contra ellos los pueblos que tenían cruelmente sometidos.



Algunos mensajeros, como Simónides o los anónimos doce de Constantinopla, se incrustan en la eternidad de igual forma que las contelaciones en el firmamento nocturno. Durante años, en una de esas ingenuidades mías que me caracterizan, estuve totalmente persuadido de que cierta constelación del cielo de invierno, por demás inventada por mí, me traía avisos sobre posibles cambios en mi futuro inmediato. Siempre que la veía aparecer en el cielo nocturno la advertía como una señal de al llegada de tiempos de mudanza. Aunque he sido siempre un gran aficionado a la Astrofísica y la Cosmología, lo que sé de Astronomía es menos que nada. Jamás le dediqué tiempo a mirar a las estrellas con un telescopio con un afán científico. Creo que esto da muchas pistas sobre mi auténtica manera de ser y el modo en que encaro la vida. Encerrado en complejos mundos teóricos que pueden abarcarse con la imaginación, por más reales que sean -el funcionamiento del núcleo de un estrella, cuya explicación es uno de los principales logros de la Astrofísica, es más que dudoso que jamás pueda ser observado por los ojos de un ser humano-, he de reconocer que tiendo a desdeñar la contemplación directa de lo que me rodea. Leer antes que vivir, reflexionar antes que hacer, podría ser el equivocado lema que resumiese mi vida. Pero es que aquella constelación parecía tan real... Tenía la forma de un barco vikingo, con cinco estrellas dibujando un casco con forma de trapecio alargado -el que todos dibujaríamos sobre un papel con boli- y sobre él, otras tres más dispuestas en alineación ligeramente oblicua a la cubierta, como si se tratase del travesaño del único mástil. Miraba navegar la noche al barco vikingo desde el arboreto de la escuela de ingenieros de montes, donde cursé estudios hace mucho tiempo, especialmente desde el templete que corona la colina que hay frente a la faculotad de ciencias biológicas. Un lugar que, para mi estupor, no era frecuentado nunca por nadie a pesar de su evidente encanto. En el interior de un círculo de cipreses que servían de cortina vegetal para aislar el lugar, otro círculo concéntrico de rústicos asientos de piedra y losa cerámica orientados hacia el exterior daban al conjunto un inequívoco aire de lugar de encuentro para hipotéticos amantes. Ni que decir tiene que era el sitio donde iba a pensar sobre Susana y a fantasear sobre románticas citas con ella que nunca se produjeron. Para mi vergüenza diré que me cabe el dudoso honor de haber sido el causante de la destrucción de aquel extraño paraje, cuando advertí a mis compañeros de clase, el año que nos tocó crear un insectario, que allí había ejemplares del orden embióptera, un insecto muy escaso en España y con un aspecto muy parecido al de las hormigas, pero con el artejo distal, el más alejado del cuerpo, de sus patas anteriores y posteriores, engrosado más que el resto, como si de los antebrazos de un Popeye artrópodo se tratara. En mi defensa diré que yo solo le dí el soplo a mis más allegados, pero radio macuto hizo el resto. En pocos días el templete se llenó de una turbamulta de entomólogos en ciernes levantando losas de piedra para descubrir los nidos de estos simpáticos bichos.

Pero me desvío del tema. Como trataba de decir, siempre que veía aquella constelación náutica en el cielo nocturno sentía una inquietante opresión en el plexo solar, una inquietud difícil de describir y de origen incierto. Pura emoción si se quiere. Yo sabía... Mejor dicho, yo creía saber que la llegada del barco, verlo arribar a puerto en la noche estrellada, presagiaba acontecimientos trascendentes en el plano emocional. ¡Aquella nave vikinga construida con tablones de estrellas era mi mensajero personal! Pero toda aquella inquietud que yo sentía crecer cuando la nave partía de puerto acababa derivando indefectiblemente en melancolía cuando el invierno se adueñaba de todo. Y he aquí una pista para desenredar el misterio. Las tres estrellas alineadas que yo veía dibujar el travesaño de un mástil eran en realidad el cinturón de Orón, una de las más conocidas constelaciones de invierno. Pero eso lo descubrí muchos años después mientras ojeaba un libro de Astronomía. La explicación era sencilla: Cada curso, con la infalible tozudez de un animal irracional, mi corazón se prendaba de alguna compañera de estudios. Siempre una distinta. Anhelo que siempre acababa en desengaño. Y al crecer poco a poco durante el periodo lectivo la congoja en mi interior frecuentaba cada vez más los paseos nocturnos libando en mi propia tristeza para convertirla en poemas.

Navegan la noche estrellas de cera,
barcas venidas de mares lejanos,
velas henchidas de vientos arcanos,
siempre al soslayo del alba primera.
También hay mensajeros impersonales. Son las señales y los augurios. En la película de Eric Rohmer "El rayo verde", su protagonista, Delphine, encuentra tirados en el suelo a su paso, como si alguien los hubiera dejado a propósito para que ella los descubra, naipes de la baraja francesa que le ayudan a tomar decisiones y a decantarse por una opción cuando se encuentra en una encrucijada vital que la estresa y agobia. Delphine es una mujer indecisa, frágil, con una clara vocación de ser feliz pero pocas armas para lograrlo. El rayo verde al que alude el título del film es el último de los destellos del sol en el crepúsculo, que al llegar al observador tras cruzar de forma oblicua la atmósfera terrestre es visto por éste con una tonalidad verde. Es luz que ha de recorrer más camino para poder llegar a nuestros ojos, luz fatigada por el esfuerzo. Cuando Delphine escucha de forma accidental a alguien la explicación de la existencia del rayo verde convierte en la razón de ser de su vida lograr captarlo en una fotografía. Recuerdo que el programa de mano de los cines Alphaville, dónde vi la película, se explicaba que Rohmer había enviado a la costa francesa una segunda unidad con el encargo específico de filmar una puesta de sol con un rayo verde, y que tras intentarlo en diversas localizaciones logró hacerlo cuando ya había expirado el plazo estipulado para la tarea y estaban por tirar definitivamente la toalla. Los títulos de crédito finales están ilustrados con esa esforzada filmación y son como un mensaje final de esperanza para una narración que navega en todo momento por lugares poco iluminados y anímicamente descoloridos.

No sabría decir si directamente inspirado por Delphine, pero hubo un tiempo en que yo también buscaba señales en el suelo a mi paso. En cuanto al firmamento, siempre he sido más devoto de la Luna que del Sol, y a ella ni siquiera he tenido nunca que ir a buscarla, tratar de captar su perfil más sorprendente. Ha venido a mí enseguida, y en todo su esplendor, siempre que la he necesitado. En mi caso el tipo de presa que buscaba era más prosaico: monedas. Empecé cuando la peseta era aun la moneda de curso legal y dejé de hacerlo poco después de que el euro destrozase nuestros patrones personales de contabilidad. La unidad monetaria dejó de ser un concepto inteligible durante un tiempo. Buscar monedas por la calle, además de un pasatiempo con el que distraer mi soledad crónica, era una excusa para caminar siempre unos metros más allá de donde el tedio empezaba a exigírme el retorno a casa. Encontrar monedas en la acera no es fácil. Hay lugares donde es más probable: entorno a las cabinas telefónicas, en los kioskos de prensa, bajo los automóviles aparcados. Pero hay que inspeccionar literalmente cientos de este tipo de lugares para dar con alguna. La frecuencia en los hallazgos parecía ser un buen indicador de las energías intangibles que moldean nuestro destino. Esos días felicísimos en que me encontraba una moneda de cien pesedas, una de esas parecidas a las monedas de chocolate que mi padre nos traía cuando éramos niños, parecían señalados en el calendario por alguna razón que se me habría de desvelar antes del ocaso. En mis paseos me hacía a veces preguntas que consideraba trascendentes. Por ejemplo: ¿podría ser cierto que ella realmente me quisiera?  Y encontrar casi acto seguido un puñado de monedas inadvertido para el resto de transeuntes parecía ser una respuesta claramente afirmativa. Era como un sucedáneo de ese clásico que es heshojar una margarita ¿Qué probabilidades hay de que una casualidad así suceda? Yo creo que una cantidad tan ínfima que a todos los efectos puede considerarse idénticamente nula. A veces tenía la inequívoca sensación de estar estableciendo algún tipo de diálogo, aun con aquel lenguaje tan tortuoso y parco en vocablos, con algún interlocutor inaccesible de otro modo. Como no me imaginaba a Dios hablando en el dialecto de los dineros, por más que la máxima afirme que "pecunia non olet", me persuadí de que quien respondía a mis preguntas y resolvía mis dudas era el espíritu de mi padre, muerto algunos años atrás durante un verano. Mi ángel guardián que solo podía mandarme guasaps durante mis paseos. Lo cierto es que ya no recuerdo el grado de acierto de aquel rocambiolesco oráculo. Tampoco las cuestiones que entonces le planteaba tienen ya especial interés para mí. No es que la vida no de respuestas, a lo mejor lo hace con demasiada profusión, es que con el tiempo las preguntas dejan de importarte y hasta olvidas en qué términos exactos las formulastes.

Los oráculos no siempre nos son favoables. Cuenta Herodoto en su tomo séptimo de su obra "Historia" que los adivinos del Oráculo de Delfos, consagrado al Dios Apolo, vaticinaron que para que los griegos pudieran salir victoriosos en la guerra contra el rey Jerjes debía ser sacrificado uno de los dos reyes de Esparta. Esa, y no otra, sería la razón por la que Leonidas decidió inmolarse junto a su guardia personal en el desfiladero de Puertas Calientes. Escogió entre lo más selecto de la infanteria espartana, siempre hombres con hijos varones para que su linaje no se extinguiese con ellos, toda vez que estaba claro que no iba a haber retorno en aquella expedición militar, y se sacrificó por el bien común, no ya en este caso el de la polis sino el de toda la Hélade. Por otro lado, el alarde de Las Termóplilas suponía también un intento de limpiar el baldón que suponía para Esparta el no haber participado en la Batalla de Maratón diez años atrás. Cuenta el anecdotario olímpico, en concreto el de la carrera de la maratón, que la distancia exacta recorrida en esta prueba, 42 kilómetros y 145 metros, conmemora al gesta del soldado Filípides, al que se le encargó transmitir la buena nueva de la victoria a los ciudadanos de Atenas, y que tras recorrer la distancia que separaba la playa donde tuvo lugar la batalla de la polis en un tiempo record verbalizar el mensaje que le habían encomendado ante sus conciudadanos, cayó exhausto al suelo, para morir a continuación de resultas de la enorme fatiga. lejos de mi intención parecer un marisabidillo, pero siempre me extrañó esta anécdota. ¿Tenían menos aguante los atletas de entonces que los de ahora? Es raro que nadie muera intentando correr una maratón hoy día, incluso los atletas no profesionales. ¿Qué sentido tiene forzar los límites cuando el mensaje que has de transmitir es positivo y no acarrea tanta urgencia hacérselo llegar a su destinatario como podría ser un mensaje de advertencia? Una petición de socorro podría ser más creíble. Y ese es el caso. En realidad el encargo de Filípides no era para Atenas sino para Esparta. La asamblea ateniense decidió enviar un mensaje de socorro a la otra gran polis griega ante el inminente desembarco del ejército persa cerca de sus murallas. La distancia entre ambas ciudades, 150 kilómetros, fue recorrida en 48 horas, un record que solo ha podido ser batido en una fecha relativamente reciente. Pero a Esparta la petición le "pilló" a trasmano. Inmersa en una de sus innumerables fiestas religiosas, creo recordar que una dedicada al dios Apolo, le resultaba del todo inconveniente hacer oídos a la súplica ateniense, aunque prometieron hacer lo posible por sus aliados en cuanto se vieran libres de compromisos. Si es verdad que el mensajero murió al llegar a su destino, y en este caso tiene más sentido por la enorme distancia, imagino que la respuesta la daría otro corredor, o tal vez Filípides fuera el soldado espartano encargado de transmitirla. Porque no queda claro consultando las diversas fuentes disponibles que ciudad representaba el punto de salida en aquella carrera y cual la meta, ni a cual de ellas pertenecía Filípides. El caso es que para cuando los lacedemonios se personaron en la playa de Maratón sus servicios ya no eran requeridos. Los hoplitas atenienses habían hecho literalmente cachitos el ejército de Dario I. La vergüenza es uno de los mensajeros más fiables que existen. Rara es la vez que no logra transmitir su mensaje al futuro y que no obtiene oportuna respuesta.

Con los años llegué a juntar más de veinte mil pesetas en monedita suelta, que fue cambiando a billetes con al paciencia del santo Job. Cómo era caudal escaso para mi primera idea de inversión, a saber: un anillo de compromiso -tampoco llegó a haber nunca un dedo femenino que pudiera lucirlo-, lo acabé empleando en los sueños de otro. Un préstamo que me solicitaron y que nunca me devolvieron. En todo caso el dinero, en sentido estricto, nunca fue mío. Ese es el mensaje que me transmitió la experiencia. Debí invertirlo en libros. Su mensaje es el único realmente imperecedero.

domingo, 14 de agosto de 2016

Coriolis



Coriolis

Nos lo tomábamos a broma. De repente, literalmente de la noche a la mañana, a mi padre le dio por aprender a preparar migas. No en balde se trata de un plato a degustar también en el desayuno. O con huevos fritos en la comida o con café en la primera ingesta matinal, esa es la versatilidad y el poderío de las migas. Y la rechifla que nos provocaba su nueva distracción culinaria no era porque dudáramos del interés de mi padre por el nuevo asunto que se traía entre manos, se había hecho asiduo a los programas de Arguiñano y ya dominaba la teórica sobre la colocación del perejil en el emplatado. No, no era eso. Era que la cocina, me refiero ahora a la cocina como ubicación geográfica, no como tarea o como modo de expresión artístico, siempre había sido para él territorio ignoto, un lugar agreste y peligroso, cuajado de trampas y recovecos en los que poder perderse, como la selva feraz del Darién lo fue para Vasco Núñez de Balboa. Tierra virgen, la purta de acceso a un océano austral. Tal vez pensara después de todo que había un mar en calma al otro lado de esa cordillera. El caso es que si querías verle zozobrar en mar gruesa solo tenías que mandarle a eso de las dos menos cuarto que pusiera la mesa. Hasta para acertar con la ubicación del cajón de los cubiertos necesitaba de un chivatazo. Pero perseveró en el nuevo empeño con voluntad de hierro. Con obstinación y con método. Tras probar diversos tipos de panes en las panaderías de la zona dio con el que más se acercaba a sus exigencias. Aprendió a miguear los chorizos, encargados ex-profeso en la carnicería del super, manejando la espumareda con un toque de muñeca, a saltearlos en la sartén con la intensidad de llama en los quemadores adecuada, a macerar durante horas la miga pulcramente troceada la víspera en la grasa que resbalaba y a voltear con paciencia de chef francés la oleosa y harinosa mezcla. Se convirtió en un auténtico artesano de ese plato inventado por pastores. Siguió habiendo risas, desde luego, pero los desayunos no volvieron a ser los mismos, mejoraron y se volvieron más coloridos. Le animamos a que prendiera a cocinar también ossobuco, "ahora que has cogido carrerilla y sabes donde está la aceitera y los pucheros", le decíamos, "prueba con algo más sofisticado". Pero no hubo manera. Aguantó estoicamente las puyas y siguió ejercitando su toque de muñeca. Era el significado de las migas en sí lo que le arrastraba hacia los quemadores, no un pasatiempo de fin de semana. Dos años después de aquel fervor gastronómico moría mi padre de un derrame inguinal catasfrófico tras una madrugada dantesca de ambulancias y hospitales. Después de aquello, cuando hubo distancia para mirar las cosas con calma, siempre he pensado que aquel arrebato, aquella necesidad de rememorar recuerdos del paladar, fue el tirón de su tierra extremeña en el último tramo de su vida. Lo he visto en otras personas. La tierra de lso ancestros de repente tira de forma irresistible cuando se acerca el desenlace. Los primeros recuerdos son los últimos en desvanecerse. Arden incluso más vivos en la hoguera de la memoria cuando todo lo demás ya es solo ceniza. Lo veo ahora en mi madre que tiene más fresco lo que ocurrió en su niñez hace ochenta años que lo que acaba de pasar hace quince minutos. La vida es meramente cerrar un círculo a mano alzada con una tiza sobre la suñperficie oscura de una pizarra. Es un trazo de arco cuyo punto distal se aproxima tanto más a su punto de arranque cuanto más firme es el pulso de la memoria. La simetría del tiempo es más un ardid geométrico que psicológico.

En Física se conoce como fuerzas ficticias aquellas fuerzas virtuales, esto es, aquellas fuerzas cuya existencia se pacta de forma teórica, aunque no sean reales, para tratar de explicar efectos imprevistos en la dinámica de los cuerpos. Darle nombre a aquello que no se comprende es una forma que tenemos de enfrentarnos a lo que nos rebasa o se nos escurre, como si nominar algo fuese una promesa de poder agarrarlo y domarlo. La fuerza ficticia más conocida de todas es la fuerza centrípeta, ese obtinación que tienen los cuerpos a posicionarse en la periferia de las cosas cuando el mundo rota sobre si mismo. En general, es cuando los cuerpos abandonan las trayectorias rectas y comienzan a trazar curvas es cuando sobrevienen los fenómenos anómalos que hay que neutralizar bautizándolos con nombres extraños. El matemático Gaspard Coriolis le puso nombre a uno de los efectos más extraños causados por la rotación terrestre. Cuando te explican este fenómeno en la universidad te cuentan la anécdota de que la aceleración de coriolis es la causante de que el agua de la bañera al vaciarse rote en el sentido de las agujas de reloj en el remolino que se forma en el agujero del desagüe. Es una propiedad de este hemisferio. En Chile y en el resto del hemisferio austral el agua se retuerce al quitar el tapón del lavabo en sentido contrario, como si quisiera desatornillar una tuerca o retrasar las manecillas del reloj que avanza demasiado presuroso. Pero la aceleración de coriolis no es solo un divertimento de salón, un chascarrillo que exhibir en el aula docente. La atmófera al verse sometida a su impulso genera los vientos terrales que explican todos los desiertos del planeta, desde el Sáhara hasta el de Mongolia, pasando por el de Atacama y el del Kalahari. También los vientos alisios que hicieron posible el descubrimiento de América primero y luego su conquista con naos impulsadas con velas en vez de remos, que era la forma habitual de impulsarse en el mar Mediterráneo. La aceleración de coriolis es una consecuencia del movimiento en espiral que la Tierra traza en torno al sol cada año.

Los desiertos no son un escenario habitual de las historias que nos narra el cine pero, aun así, hay prodigiosas excepciones. Lawrence de Arabia sopla para apagar la cerilla que ha encendido en su oficina de El Cairo y el fogonazo rojo de la llama que se extingue se convierte en la pantalla en un amanecer en algún lugar indeterminado de la Península Arábiga. Tal vez se trate del encadenado más inspirado de la historia del cine. Era una de las especialidades del Director David Lean, que convirtió el desierto cálido de Arabia en una metáfora visual del tormento de su protagonista, al igual que lo hiciera años después con el desierto helado de Siberia para el Doctor Zhivago. Lawrence de Arabia y Yury Zhivago son personajes que en sus respectivas peripecias vitales trazan espirales, rotan constantemente sobre si mismos creando fuerzas ficticias capaces de generar desiertos climáticos y vientos alisios que impulsan la singladura de quienes les rodean. Son al mismo tiempo motor del relato y elementos desertizantes.

"Paris, Texas", de Win Wenders. Opening Scene

Otro director que ha utilizado desiertos fríos y cálidos para sus metáforas es el alemán Wim Wenders. Pero sus personajes podrían considerarse la antétesis de los de David Lean. Si los de este último desbordan actividad, energía psíquica, fuerza vital, los de áquel rezuman pasividad, extravío, desmayo existencial. Los ojos negros de Zhivago, es decir, los de Omar Shariff, refulgen como el carbón de hulla en una caldera. En los de Lawrence incluso se asoma un atisbo de locura. El arranque de "París, Texas" es un prodigio de muda verbosidad. Sobre un paisaje desértico que se asemeja mucho a los exteriores preferidos de John Ford, esto es, a Monument Valley, vemos avanzar a un gombre, una figura diminuta, como fabricada a a una escala inadecuada para tan enorme escenario. Los encuadres de la cámara ni siquiera se mueven y ante la ausencia de vegetación en el suelo o de nubes en el cielo que pueda remover el viento se diría por momentos que lo que vemos es un foto fija. Solo el caminar del hombre, que progresa hacia un horizonte que le empequeñece procura movimiento en la escena, una pauta con la que poder medir el tiempo. La sensación de falta de progreso está subrayada por la insistente música de Ry Cooder, con unos latimeros tañidos de guitarra que repiten una y otra vez en los mismos acordes. Un primer plano delata los rasgos de Harry Dean Stanton en el papel de su vida, el de Travis. Luego le veríamos en situaciones menos airosas como, por ejemplo, ejerciendo de padre de la chica de rosa (Molly Rongwald). La mirada y el perfil del rostro de Travis son idéntivos a los de un halcón que se ha posado en un penacho rocoso cerca de él, como si Wenders quisiera hacer entender que Travis se ha mimetizado con aquel entorno en el que le acabamos de conocer. Apura el último traho de un bidón de agua que lleva como único equipaje y, tras deshacerse de él, sigue su camino, hasta una bar en el borde mismo del desierto, donde tras entrar, guarecerse en su penumbra y masticar hielo para saciar la sed, se desploma desmayado. Durante años me intrigó este arranque cinematográfico por un montón de preguntas legítimas que la escena suscita y que el posterior metraje de la película en absoluto aclara. Sabremos después que Travis desapareció hace cuatro años tras vivir un hecho traumático, que su retorno a la civilización viene acompañado de una amnesia total. ¿Cómo se posible que un hombre que ignora hasta su nombre, que lleva escrito en la cara el extravío emocional, la vacuidad absoluta, que tiene la mirada huera, haya sobrevivido a cuatro años de olvido de sí mismo en mitad de un desierto? Una vez más continente y contenido se identifican. Los años me acabaron por otorgar una explicación plausible. Ha sido tras decidir asumir su pasado que ha sobrevenido el choque emocional, la negación de todo, el quererse extraviar en la misma nada en la que camina por dentro. El desierto es la frontera entre el ayer y el presente, un lugar donde fuerzas fictícias generan vientos terrales que asolan el territorio del ánimo. Treavis ha de atravesar el desierto tejano para dejar atrás el pasado que le atormenta y acceder a un posible futuro partiendo de cero.

Un ya septuagenario Win Wenders acaba de rodar otra pequeña joya, "Todo saldrá bien", que parece una variante del mismo tema abordado en "París, Texas", hace ahora casi cuarenta años. La conexión entre ambos films es evidente. No dejan de ser puntos de vista diferentes de una misma anécdota desencadenante de una trama. En este caso sí somos testigos del hecho traumático que quiebra por dentro al protagonista, narrado además con una sutileza magistral, casi pudorosa. Paul Eldan, un escritor de relativo éxito, lleva una vida ensimismada. Su forma de ser parece hacerle difícil la conexión con la gente que tiene más próxima. Ni en la relación con su mujer ni con su padre parece haber hueco para la ternura, para la complicidad, para la felicidad en definitiva. Un día que vuelve a casa conduciendo en mitad de una tormenta de nieve - Toca ahora que estames en un desierto frío- por un camino vecinal en que la conducción es ciertamente problemática, sufre un percance. Un niño se arroja con su trineo desde una pequeña loma nevada junto a la carretera y aterriza bajo el chasis del todoterreno de Paul. Hemos sentido el golpe, justo en el momento en que el vehículo ha frenado. Aterrado por las previsibles consecuencias de lo que acaba de ocurrir, Paul echa pie a tierra para descubrir a un niño en aparente estado catatónico sentado sobre su trineo, junto a una de las enormes ruedas del coche. Aliviado al ver que el niño apreec compleatmente sano, intenta hablar con él, saber su nombre, donde vive, dónde están sus padres. Pero el niño se ha encerrado en un mutismo total, que quizás nos incomoda porque pone obstaculos en la narración, pero que entendemos. Dócilmente es conducido por Paul hasta una vivienda cercana, que éste supone su casa. Win Wenders se recrea en esta pequeña caminata que narra con una premiosidad y detalle que en ese moemnto no entendemos. Tras llegar a la edificación y llamar al timbre, una mujer le abre la puerta. Allí mismo, en el umbral de la puerta, le trata de eplicar lo sucedido, que todo ha quedado en un simple susto. La mujer, tan ensimismada como los otros dos personajes de la escena, mira a Paul como si en un primer momento no hubiera entendido sus explicaciones, y súbitamente sale de su letargo para preguntar con los ojos anegados de espanto por un segundo niño. Mientras ambos corren aterrorizados hacia la carretera, que cierra el encuadre, todo adquiere sentido, en especial la mudez del niño, que no ha quedado traumatizado por el momento de extremo peligro que acaba de vivir sino porque ha sido testigo del atropello de su hermano pequeño.

Los personajes de Wenders son demasiado livianos comparados con los de Lean -el libertador de Arabia del yugo del imperio otomano, el poeta ruso más relevante durante la Revolución de Octubre- como para que aceptemos que sus visicitudes tengan un peso significativo sobre su entorno. Para que las fuerzas ficticias creadas por sus giros vitales tengan entidad y sean creíbles como motores de cambio han de apoyarse en hechos dramáticos que puedan sacudirnos y conmovernos. La diferencia sustancial entre Paul y Travis es que mientras al primero el hecho traumático le sume en un marasmo emocional, coronado con una amnesia histérica, al segundo en realidad le permite realizar el trayecto contrario, salir de un estancamiento personal y adquirir impulso. Alcanzar una trayectoria rectilínea, por así decir, inercial, aunque no sea muy celérica. Amparado en su condición de escritor, Paul logra sobrellevar el drama y hasta sacerle partido profesional. La memoria de lo vivido al convertirse en palabra escrita se convierte en terapia emocional, al tiempo que le da un tema sobre el que escribir, un argumento cautivador para sus lectors. Incapaz de comunicarse con quines le rodean es a través de la escritura con la que logra establecer un canal de comunicación con sus semejantes, aunque se trate de desconocidos y sus seres queridos más inmediatos queden igual de lejos que siempre de sus palabras. Hay más veneno del que parece en la parábola de Wenders.

Con los años me ha sido necesario aprender a cocinar. Dicen que a la fuerza ahorcan y la jubilación de mi madre como cocinera familiar, se le había olvidado como preparar la mayoría de lso platos, fue la particular soga de mi cadalso. Desde entonces, con sorpresa, eso sí, he llegado a descubrir que la cocina tiene mucho más de trabajos manuales que de otra cosa. Al menos, la cocina de subsistencia que es la que yo practico. Hacer un gazpacho, pongo por caso, tiene mucho más que ver con los verbos mezclar, triturar, moler y filtrar, o un pisto manchego con los verbos, picar, trocear, remover y mojar, que cualquiera de los dos con los sustantivos inspiración, sensibilidad, paladar o arte. Creo que la dignidad masculina, incluso en la forma tan marcadamente machista en que la entendía la generación de mi padre, queda perfectamente a salvo dentro de las tareas que habitualmente comprende la cocina. No hay excesiva diferencia entre cocinar y practicar el bricolage, algo a lo que, por cierto, era en extremo aficionado mi padre. Entre atornillar y remover el contenido de una cazuela no hay excesiva diferencia. En ambos casos se practican movimientos dextrógiros, los que marca la aceleración de coriolis en el hemisferio en que nos encontramos. Pero ya he dicho que la explicación del arrebvato de mi padre había que buscarla en mi opiníonen una particular aceleración hacia el pasado causado por algún giro emocional repentino. El último trayecto lo concibo en espiral, hacia el centro de lo que uno es. Como desaguar del recipiente que nos contiene hacia algún conducto que no vemos, que discurre por la tramoya de la realidad, tal como las cañerías de desagüe discurren por las paredes de una casa. Lo que es extraño, lo que contradice mi intuición, es que ese movimiento espiralado sea en sentido contrario al de avance de las agujas del reloj, es decir, hacia el pasado. Como si nuestro cerebro supiese que ya no hay futuro y tratase de cerrar el círculo trazado con tiza a mano alzada cobre la pizarra.


domingo, 31 de julio de 2016

Fortuna

Fortuna en el lance de entrar a matar un toro en plena urbe. Foro de Alfonso Sánchez.

Fortuna

Mi tendencia a divagar era algo que sacaba de quicio a mi psiquiatra. Ya desde nuestra primera sesión me mostró algo de hostilidad debido a esta debilidad de carácter o, siendo más precisos, debilidad en mi discurso. Se quejaba de que si me preguntaba sobre algo muy concreto acababa contestándole sobre otra cosa bien distinta y de forma imprecisa, si es que no me acababa perdiendo antes en los intrincados vericuetos de un laberíntico e innnecesario preámbulo que acababa por agotar su paciencia. Pero más que un defecto, que me imagino que por lógica deben detestar aquellos que deban escucharme sin ninguna gana de ello, yo siempre lo he considerado una virtud. Un contrapeso al menos frente a otras carencias. Una cualidad casi irrenunciable para alguien que, como yo, carece de imaginación creativa y que, sin embargo, tiene por principal afición el narrar cosas. Las más de las veces a mi mismo. Porque es bien cierto que con los años cada vez es más reducido mi círculo de oyentes. Apenas si soy capaz de crear sendas nuevas con mi imaginación, pero mi mente está preparada para avanzar a grandes saltos por caminos ya trillados. Como un saltamontes, del que nunca sabemos tras cada impulso cual será su lugar de aterrizaje.

Y, sin embargo, el saltamontes a veces avanza de forma deliberadamente geométrica, con un orden en apariencia aleatorio pero que tiene su lógica interna, hacia un punto determinado. Hay en el periódico de esta mañana, en la sección dedicada a las lecturas veraniegas, un reportaje sobre un fotógrafo. Lo firma Andrés Amorós, que siempre es garantía de amenidad y erudición. Paco Cano, Canito, acaba de morir. Retratista de toda una época o, más bien, de varias, desde la posguerra española hasta ayer mismo, como bien acota en su texto Andrés Amorós, Canito plasmó los acontecimientos sociales de una España, que primero se veía en blanco y negro y que luego se inundó de color. Ciento tres años dan para mucho. Canito aprendió a usar una cámara durante al Guerra Civil, en el Madrid asesiado por los nacionales. Se convirtió así en reportero gráfico. Luego, acabada la contienda, mezcló su nuevo oficio con una de sus vocaciones frustradas, la de  torero, convirtiéndose en fotógrafo taurino. Más de dos millones de imágenes comprendía a su muerte, según nos dice Amoros, el archivo personal de Canito. Entre ellas sobresale una, que le dio fama mundial y casi se diría que la inmortalidad en su profesión: La foto de Manolete el día de su muerte en la Plaza de Linares, justo cuando es conducido por su cuadrilla hacia la enfermería. Aquella tarde Canito se encontraba en el coso casi por casaulidad y era el único reprotero gráfico presente en la corrida. Había sido invitado por Luis Miguel Dominguín. El torero le debía un dinero y le dijo "Vente esta tarde a Linares y saldamos".

Muerte de Manolete en la Plaza de Linares. Fotografía de Paco Cano ("Canito")

El de fotógrafo taurino es uno de tantos desempeños artísticos surgidos en torno al toro. Artes subsidiarias a la de la tauromaquia, cuyos aledaños abarcan todos los modos de expresarse que tiene el alma humana: la pintura, la literatura, la crónica periodística, la fotografía. Leo el texto de Andrés Amoros y mi imaginación se esponja. Pero es una foto de Ava Gardner, incluida en el reportaje, la que espanta al saltamontes de donde permanecía quieto, fascinado por la lectura, y le impele a moverse. En la imagen, Ava ensaya un baile flamenco. Con zapatos de tacón corto, martillea sobre un suelo de baldosas de color claro. Las manos en el regazo como a punto de despegar y volar hacia las alturas, como exigen los cánones flamencos, y la corta melena, tapándole la mitad de su cara de diosa morena, tan espesa que hace innecesario el sombrero cordobés que parece exigir sus rasgos de mujer a lo Julio Romero de Torres. No puedo evitar que la instantánea captada por canito de su amiga y compañera de juergas me recuerde a la foto de una niña, una amiga mía muy querida, que en la imagen que me evoca también parece a punto de iniciar un zapateado flamenco. Tiene menos arte a la hora de colocar las manos -tal vez los pocos años, porque ella si tiene verdadera sangre andaluza-, y el enlosado cerámico quien lo luce es en el estampado del pijama no la superficie para el taconeo.
 

Mi amiga, hace veintitantos años

La coincidencia en realidad es doble, porque mi amiga tiene ahora aproximadamente la misma edad que luce Ava en la foto de canito y ahora, veintetantos años después de que la fotografiasen en pleno arranque de bailadora, en su esplendorosa primera madurez, se parece a la actriz como una gota de agua a otra. Desde que caí en al cuenta de su enorme parecido me es imposible mirar una imagen de Ava Gardner sin recordar de forma inmediata a mi amiga. Tampoco cuando surge el asunto de los toros. Porque mi amiga es taurina y ejerce de forma activa la defensa de la tauromaquia ahora que al parecer tiene tantos enemigos. Pero si Ava está fabricada con el mismo material con el que se forjan los sueños, es puro mito, a veces se diría que fantasía, mi amiga en cambio es de carne y hueso. Gravita sobre mi subconsciente con el peso de lo que es real y lastra mi voluntad en el territorio de los anhelos. Mi amiga es de una belleza perfecta e inaccesible como lo fue la de Ava.

Quizá el personaje de los que interpretó que más se le parece a la actriz, el que la viste con ropajes más pegados a su piel y a su alma, sea el de Pandora. Película maldita, como todas las de la escasísima filmografía de su director, Albert Lewin, "Pandora y el holandés errante" se mueve en la mayoría de sus escenas en el territorio de lo onnírico. Siempre rodeada de un séquito de admiradores, Pandora es capaz de inspirar el amor en todos los hombres pero no alumbrarlo dentro de sí. Pero no se debe a una incapacidad para amar sino a que su amor veradero está varado en otra época. Se enamoró hace mucho de un fantasma que solo de siglo en siglo hace acto de presencia entre los vivos. La escena de la película en que Ava Gardner canta la canción "How Am I To Know", compuesta por la poetisa Dorothy Parker, y que es una de tantas perlas ocultas del film, es muy ilustrativa del tono y la intención narrativa del fin. Algo alienta en el corazón de Pandora pero ni ella misma es capaz de saber el qué y por qué razón.

Ava Gardner - "How Am I To Know"
"Pandora and the Flying Dutchman", de Albert Lewin, 1951.
Letra y música de Jack King & Dorothy Parker

Ví "Pandora y el holandés errante" hace muchos años en los míticos cines Alphaville de la calle Martín de los Heros. En mi etapa de cinéfilo era capaz de resignarme a ver una película en versión subtitulada si no había otra opción y tenía verdaderas ganas de verla. Accedí a la obra de Alan Rudoph, Eric Rohmer, André Techiné, Win Wenders, y tantos otros, por esta para mí tortuosa vía. Nada me fastidia más que pasarme todo el metraje de una película leyendo. Para eso ya tengo los libros. Pero a veces no hay más remedio. Es eso o no ver la película. Al menos en aquellos tiempos. Debió de ser en verano porque la memoria me evoca el frescor de la sala, la sensación de que dicho frescor provenía de la brisa marina en las escenas rodadas junto al mar, en La Costa Brava. A Ava le rondan los toros, como a mi amiga. Albert Lewin visitó la España de la posguerra atendiendo a la sugerencia de un amigo y cautivado por las playas catalanas, aun sin la masiva presencia actual de hormigón y ladrillo, solo poblado por diminutas barcas de pesca y pueblitos diminutos, decide usarlas para rodar los exteriores de su próxima película, "Pandora y el holandés errante", apenas la cuarta de su filmografía y, aun así, una de las últimas. Obligado a desplazarse a España decide incorporar al casting al torero barcelonés Mario Cabré, que se interpreta a sí mismo en el film. Esta elección no es ninguna extravagancia, muy al contrario, es plenamente pertinente, porque el personaje de Pandora se ve irremisiblemente atraido hacia aquellos hombres que coquetean con la muerte, aunque sin ser capaces de consumar ese acercamiento. Es bien sabido que los toreros coquetean con la muerte. Es más un flirteo que un compromiso firme ya que han sido muy pocos, gracias a Dios, los que han muerto ejerciendo su oficio. Las imágenes que Albert Lewin rodara en la playa de Tossa de Mar mientras Mario Cabré daba capotazos a un toro sobre el albero marino son de una fuerza evocadora impactante. Son pura fantasía hecha cine. Como fantasía parece también la instantánea que encabeza este escrito, captada por Alfonso Sánchez García, otro fotógrafo taurino, y que tomara a Diego Mazquiarán, más conocido por su apodo Fortuna, en el trance de entrar a matar. Aquí también hay extrañeza por el escenario en el que tiene lugar el momento, por cuanto parece ser la calle de alguna ciudad. Tal es la intensidad de la imagen, su carácter casi simbólico que a primera vista se diría un montaje, tal vez el producto de algún truco de cámara, efecto espacial cinematográfico o collage. Hay algo extraño en las sombras que el toro arroja sobre el adoquinado de la calzada, en la nitidez de la figura del torero, cuya silueta parece trascender al plano de la imagen. En el análisis detallado de la instantánea tratando de hallar el truco me pareció reconocer uno de los edificios de la otra acera a aquella en la que está situado el fotógrafo. La ligera curvatura de la calle y su suave pendiente me eran familiares. Mi primera hipótesis, la que me dictó la intuición, es que se trataba de La Gran Vía. Con mucha sorpresa mi sospecha se vio confimada cuando acodí a esa inmensa hemeroteza que es Internet. Cierto mañana del año 1926 un toro fue lidiado en plena avenida madrileña. La historia, tal como la califica Raúl Guerra Garrido en uno de sus libros después de narrarla, de no ser cierta, en caso de haber sido inventada, nadie la creería.

Rosa Montero narra el sucedido en su novela "La hija del canibal". Una mañana de noviembre, un toro que es conducido al matadero logra escaparse de la vigilancia de los pastores y empieza a corretear libre Gran Vía arriba sembrando el pánico en la vía pública. En la esquina de la calle Fuencarral el animal se topa con el torero Fortuna, como quien se encuentra con un vecino mientras da un paseo. Va Fortuna, como cada mañana, camino del Retiro, donde le gusta gastar el tiempo hasta la hora del vermut, cavilando a solas sobre sus cosas mientras pasea entre el arbolado del parque. Bien entrado en la treintena, Diego Mazquiarán vive por aquel entonces sus últimos años como profesional, una decadencia cada vez más clara, que le relega cada vez más en los carteles. Quiere la suerte, la Fortuna, que es deidad veleidosa, ofrendarle aquella extraordinaria lidia sin que tenga siquiera que gestionarla su apoderado. Los taxistas de Madrid, que entonces conducen los únicos vehículos a motor de la ciudad, improvisan con sus coches, en mitad de la calzada de la rúa, un ruedo, aunque de geometría heterodoxa, esto es, rectangular. Quizá sea a eso a lo que se refieran cuando alguien dice aquello de la cuadratura del círculo. Un camarero del café Pidoux, sito allí mismo, en al acera de los pares, recibe recado de Mazquiarán de llegar hasta su casa, situada en la cercana calle Valverde, para traerle uno de sus estoques de faena. Mientras le llega, improvisa el torero unos pases con su gabardina para entretener al toro y fijarlo en el sitió. No es cosa de que siga avanzando hacia la zona más comercial de Madrid. Una vez tiene el estoque en la mano, Fortuna da muerte al animal con una sola estocada, algo trasera pero suficiciente, momento que queda inmortalizado por el fotógrafo Alfonso Sánchez en una imagen que también dio la vuelta al mundo, como la de canito. Esta anécdota ha sido rescatada recientemente del olvido al cumplirse el primer centenario de la avenida madrileña y escribirse su biografía artística, vital y sentimental en múltiples publicaciones. Uno de mis géneros literarios preferidos es Madrid.


Portada del libro de Raúl Guerra Garrido con la fotografía de Alfonso Sánchez

En el año 2004, poco antes del centenario de la calle, Raúl Guerra Garrido publicó en Alianza Editorial un extraño libro titulado "La Gran Vía es Nueva York", a caballo entre la ficción y el ensayo, la literatura y la crónica periodística, donde lo que sucedió alguna vez se narra como ficción y lo que es ficción creada por el autor es contada como si fuese un reportaje. En la página 162 de este libro se narra la lidia de Fortuna en la Gran Vía, pero tal como se la relató al novelista el fotógrafo Alfonso Sánchez, gran amigo suyo. La versión de los hechos que refiere el cronista gráfico no difiere sustancialmente de la versión canónica de la anécdota, la más extendida y que, a grandes rasgos, es la narrada por Rosa Montero, aunque si corrige dos posibles errores, puntuales pero importantes. Como el novillo y Fortuna, Alfonso Sánchez es un protagonista fortuito de lo sucedido. Toro, torero y fotógrafo coinciden en un momento y en un determinado lugar, a priori insospechado para un encuentro taurino, como pueda serlo una cala, y cada uno se limita a hacer lo que mejor sabe, a desempeñar el cometido para el que han nacido. Pero la situación es apurada, apremiente, y aquí viene la primera corrección. Como puede verse en la instantánea, los curiososestán demasiado cerca del animal. Hay incluso un espontáneo que salta a la calzada, tal vez para buscar una mejor ubicación. La situación es apurada por más que el aplomo de Mazquiarán pueda indicar otra cosa. No hay tiempo para ir a buscar un estoque a su casa. El recadero es enviado al casino militar, mucho más próximo, en busca de cualquier cosa que se le parezca al utilensio de matar de un torero, y lo que le traen es en apariencia una arma militar de hoja más estilazada que la de un estoque y sin la curvatura adecuada para "apuntar" al punto situado entre las dos paletillas del morlaco, que es el lugar donde se ha de asestar la estocada para que sea certera. También hay que señalar, así lo recalca Alfonso Sánchez, que no se trata de un toro escapado en su último viaje hacia el matadero, sino de uno que iba a ser lidiado en el coso madrileño, entonces situado en la plaza de Felipe II, donde ahora se encuentra el Palacio de los Deportes, el Barclay Center en su denominación comercial. No se trata pues de un buey añoso, quizá cansado de guerrear, sino de un toro en pleno forma, lo que da más valor a la hazaña de Fortuna.

"Pandora y el holandés errante" supuso el primer viaje a España de Ava Gardner, en un momento difícil para ella, con su matrimonio con Frank Sinatrá hacíendo aguas por múltiples vías. La leyenda habla de un viaje relámpago en avión del actor a la piel de toro para arrebatar a su esposa de brazos de un torero, aunque en unas versiones el diestro es el propio Mario Cabré y en otras Luis Miguel Dominguín. El de Ava a España para hacer la película es un viaje que cambió su vida para simpre. Se enamoró a primera vista de las gentes y las noches de Madrid. Era un espíritu libre y la capital entonces, no lo olvidemos, distaba lo suficiente de lo que se podía considerar el mundo civilizado, y en concreto de Hollywood, como para que pudiera considerarse territorio agreste y sin ley, donde no era necesario cumplir las normas. El romance con Mario Cabré nunca fue confirmado por ella, solo por él, quien no sabemos si llegó a cobrar la pieza, si logró entrar a matar en el postrer lance, pero sí que debió enamorarse completamente de la belleza morena, como dicen que lo hacen los toreros de los toros con los que logran armonizarse en su baile con la muerte para realizar sus mejores faenas. Imaginaria o no aquella lidia, Mario Cabré rumió su amor durante años, en versos cargados de lírica, recogidos en poemarios ahora olvidados. Ese era el poder de Pandora, como lo es el de mi amiga, enamorar a los hombres, llevarlos hasta la desesperación, a veces para que logren lo mejor de sí mismos, hasta ese lugar en que la inspiración linda con el peligro.

Después de la lidia en la Gran Vía del toro fugitivo Fortuna logró revitalizar su decaída carrera profesional. Tras dos años de reverdecer laureles al calor de la popularidad adquirida reanudó la cuesta abajo. Su último tramo como torero languideció lentamente hasta extinguirse, al igual que la estirpe de toreros vizcaínos a la que pertenecía y que tuvo en él uno de sus últimos exponentes. Canito, tal como dijimos antes, acaba de ingresar hace poco en la academia de inmortales. La alta edad que llegó a alcanzar y la enorme simpatía que inspiraba en todos hizo posible que tuviera en vida los homenajes de los que era merecedor. A la tumba se llevó secretos de centenares de amigos ilustres. La discreción y la modestia fueron siempre su sello. A Alfonso Sánchez lo imagino en el Bar Stop relatando a Raúl Guerra Garrido su aventura, señalando las dos fotografías del suceso que cuelgan en las paredes para advertir de algún detalle. La imagen de momento de la verdad. La otra en la que, como si se tratara de una hilera de cazadores tras un safari, posan ante la pieza cobrada, que llace desvencijada sobre los adoquines del empedrado. Solo Fortuna parece mantener la calma, los hombros relajados y uan mano en el bolsillo del gabán, como si lo que acaba de ocurrir le sucediera todos los días. En cierto modo así es. El de fotógrafo taurino es otro oficio artesanal de tantos que se extingue.

De Mario cabré apenas si queda rastro hoy día. Aunque si alguno. Un redactor del ABC, nada menos que Sergi Doria, afirma en un artículo para el periódico publicado hace unos años haber encontrado en una librería de viejo un ejemplar del "Dietario poético a Ava Gardner", escrito por el torero. Un diario de rodaje en 56 versos. La prosa se le quedaba pequeña. La poesía es la última alternativa siempre para tratar de alcanzar lo imposible cuando lo demás ha fracasado. Por eso el cine a menudo es pura lírica. Sobre todo el de Albert Lewin. En cuanto a mi amiga, tiene ahora más o menos la edad de Pandora, si es que eso puede considerarse un dato significativo, ya que, al igual que ella, es básicamente un ser intemporal. Tiene toda una eternidad por delante para esperar a su holandés errante.


domingo, 24 de julio de 2016

Varykino



Varykino


Hace unos años oí hablar de un concepto, nuevo para mí, que entonces me sorprendió: La arqueología industrial. Ahora empieza a ser algo relativamente habitual. La arqueología industrial vendría a ser la recuperación de instalaciones industriales obsoletas y en desuso con fines culturales, turísticos o científicos. Por poner algunos ejemplos: Minas que se vuelven visitables para el público y se convierten en itinerarios temáticos turísticos; Naves industriales abandonadas que se reciclan para ser sede de eventos culturales (El Matadero de Madrid); Lineas de ferrocarril desmanteladas que se convierten en circuitos para cicloturismo y trekking (vías verdes). Las posibilidades son muy diversas y algunas muy sorprendentes. El solape con la arqueología de toda la vida es relativamente frecuente y no sé si problemático también. Por ejemplo, investigar y tratar de recuperar los vestigios de una antigua pesquería romana en la costa, pongo por caso la de Andalucía, podría considerarse arqueología industrial pero, por el valor intrínseco de los materiales investigados, es una tarea que se deja en manos de la arqueología a secas, sin apellidos.
El caso es que el ABC de ayer incluía un reportaje que literalmente me dejó la cabeza loca. Acababa de descubrir la existencia de un nuevo tipo de arquelogía: la arqueología cinematográfica. Resumo: Un director de cine había descubierto la existencia de una asociación cultural burgalesa empeñada en recuperar el cementerio que sirve de escenario para la última secuencia de la película de Sergio Leone "El bueno, el feo y el malo". La película se rodó en Almería y Madrid, como casi todos los spaguetti western. Esos paisajes llenos de berruecos y salpicados de matas de coscoja y jara pringosa que aparecen en muchas películas del oeste de serie B de los años 60s y 70s se corresponden con los primeros escalones de la vertiente sur de la Sierra de Guadarra. Lo sé bien porque buena parte de mi infancia, más o menos por aquellos mismos años, la invertí (la invirtieron por mí mis padres) en pasear por el entorno de localidades serranas como Galapagar, Villalba o Torrelodones, donde hasta tuve una vez casa. Entonces la sierra no tenía nada que ver con lo que es ahora. Eran pueblos con marcado sabor rural y aun no habían empezado a proliferar las urbanizaciones y los centros comerciales. El cementerio que se construyó para la película era completamente de atrezzo, aunque en extremo original y visualmente espectacular. Pues bien, una asociación burgalesa trata de recuperarlo tal como fue durante los escasos días que sirvió para rodar las escenas en que se enfrentan en duelo a muerte Clint Eastwood, Lee van Cleef y Eli Wallach. No es arqueología propiamente dicha puesto que no se trata de recuperar los vestigios de algo que existió sino de crear una réplica en el mismo lugar, pero es al menos un concepto muy emparentado.

Merece la pena leer el artículo. Es realmente sorprendente. También muy sugerente. Leyendolo recordé la vez en que en un viaje con la gente del último curso de mi carrera nos enseñaron el lugar donde David Lean rodó la escena del apeadero de trenes de "Doctor Zhivago". Pongo en antecedentes narrativos: Omar Shariff (Zhivago), huye de Moscú (que en la película se recreaba en Madrid), de los bolcheviques, con su familia: su mujer (Geraldine Chaplin), su suegro y sus dos hijos. Viajan en el interior de un vagón de tren habilitado para el traslado de ganado, atestado de gente, sin siquiera vívires. El aseo es un cuboq ue han de utilizar por turnos y sin intimidad. El agua para beber la obtienen de los chapiteles de hielo que se forman en el techo del tren. Tras atravesar cientos y cientos de kilómetros de paisajes desolados, deserticos de humanidad, pueblos fantasmas recién saqueados por las tropas bolcheviques o del ejército blanco, que aun arden cuando el tren los atraviesa, acceden a un bosque ya en los Urales. En medio de los pinares el tren se detiene. Nadie sabe por qué. Zhivago se apea del vagón y sale a investigar. Mintras camina se oyen los acordes de la canción de Lara, una melodía recurrente en la banda sonora que le valió una Oscar a Maurice Jarre. Hay otra vía cerca de la que recorre su tren y en ella hay otro convoy, de aspecto amenazador, con una enormes hoz y martillo pintados con rojo sangre en el "fuselaje" de la locomotora, construida con el mismo acero negro con el que se construyó el esqueleto de la noche más sombría. Es el tren de Strelnikov, un sanguinario general del Ejército Rojo. El pueblo que han visto arder unos días antes ha sido atacado por sus tropas. En esa escena, una mujer procedente de una pajar aun en llamas corre hacia el tren, que ha aminorado la marcha, para tratar de alcanzarlo. Lleva algo en los brazos, un paquete con viveres quizá. A pesar de que la velocidad no es excesiva no logra acceder al tren. A pesar de Zhivago y su suegro tratan de auparla la mujer empieza a quedar rezagada. Cuando ve que no hay opción de subir al convoy lanza el paquete que lleva en los brazos con una expresión de suplica en los ojos. Cuando el pasaje se recupera del mal trago de no haber podido salvar a aquella mujer de uan muerte segura se acercan al paquete. Es un bebe muerto.

Yo estuve una vez en ese mismo lugar donde Zhivago y Strelnikov se encuentran y sostienen una extraña conversación. Si la memoria no me falla, todo es posible, han pasado casi treinta años, fue en algún lugar de Covaleda, en Soria, donde crecen los mejores pinares de pino silvestre España, los mejor ordenados. Son pinares además que nunca se incendian, porque el rédito del monte va íntegro a la gente de la zona. Si alguien se le ocurriera prenderles fuego no es muy probable que pudiera vivir para alardear de su hazaña, porque en los pueblos todo se sabe, incluido quienes son los pirómanos y por qué lo hacen. Nuestro guía, el ingeniero a carga de aquel monte, nos mostró un claro entre los árboles y nos explicó que allí habían construido los ténicos den Devid Lean el apeadero ferroviario, con sus tramos de vías y todo, hábiles incluso para poder ser recorridos por una locomotora. Hubo cierta emoción en la fracción cinéfila del grupo, entre al que yo mismo me incluía.
Pero hay lugares aun más míticos en esa película. Varykino, por ejemplo. Zhivago al huir de Moscú decide refugiarse en Varykino, una residencia en el campo que era de su familia y en cuya casita para invitados se enconden durante años. Varykino es un lugar de resonancias mágicas para mí. Crecí bajo el influjo de esas cuatro sílabas. Hasta las utilicé para darle nombre a mi blog. ¿Y si ese lugar aun existiera o pudiera reconstruirse? Veo el fotograma del film en que aparece Varykino y el paisaje que lo circunda me recuerda el de las riberas de Castilla y León, los prados teselados por rodales de chopos que se alimentan del agua de los ríos próximos. Bien podría ser también Soria lo que ven mis ojos. Arqueología cinematográfica. ¡Me parece una gran idea!

Dice el dicho "Cherchez la femme". Si el hombre se comporta de forma extraña y quieres averiguar por qué, sigue a la chica. Strelnikov se ha detenido en el apeadero del bosque porque quiere entrevistarse con Zhivago. Hay un nexo entre ambos: una mujer. a la que ambos aman, si es que se puede consiederar que el verbo amar no tiene tiempo de conjugación. Una mujer de la que Strelnikov huyo en el pasado para poder llegar a ser el monstruo que es. Una mujer a la que Zhivago encontrara y amara en Varykino. Lugares del universo mágico del cine que se materializan y toman cuerpo. Ya dije que me pareec un asunto sumamente sugerente.


domingo, 17 de julio de 2016

El Fútbol y sus aledaños (194) - El Baúl de Milán Piqué



El Baúl de Milán Piqué

El lunes pasado, en uno de esos paseos matutinos que doy con mi madre por el barrio, siempre con promesa de recompensas -un helado a medio periplo a degustar en algún rincón sombreado del parque de la Calle Perón suele ser lo más socorrido-, porque sino es imposible sacar a la buena mujer de casa, al pasar por el quisco, le compre el "¡Hola!". Otro tipo de incentivo. Durante años, más bien décadas, fue su única lectura. Ni siquiera ojeaba el ABC. Ahora no tiene ánimos para leer siquiera la parte impresa de un semanario, pero se entretiene mirando las fotos de las grandes mansiones y de las vacaciones de los famosos. Lo que se dice una auténtica pija. Lo fue quizá de niña cuando vivía en Salamanca cerca de la Plaza de los Bandos. Como la pillen por banda los alegres muchachos de Distrito 14 me la revientan a patadas a la buena mujer y me la dejan sin dentadura. Tampoco les iba a costar mucho la hazaña, a sus 84 años recién cumplidos la mayoría de sus dientes no son suyos, en términos fisiológicos que no económicos. Aunque bien pensado, se les digo que es fan de Sávame quizá me la confundan con una maruja y me la indulten.

Pero, a lo que iba. Ayer por la tarde me aburría y le eché un guipe a la revista. De mozalbete la ojeaba, sobre todo en verano, para ver chicas bien en biquini. El poderío económico se traduce muy a mendudo en poderío fisico. Había un posado muy elegante de Dafne Dernández, una mujer que me encanta. También fotos de Sara Carbonero, que ha recuperado la figura casi de forma inmediata tras su segundo parto. De la chica que descubrió Justin Bierber en las redes sociales y que ha hecho famosa ipso facto al dedicarle un piropo. De Elizabeth Hurley, que seguramente ha de adscribirse ya a la categoría de las MILFs. De Carlota Casiraghi, la enésima generación monegasca que deslumbra. De Helen Swedin, la mujer de Figo. De la nueva novia de Fernando Alonso, no recuerdo el nombre, y muchas más. El ejemplar es todo glamour, colorín y desenfado. Ya en otro registro, hacía el principio, en la zona noble de la revista, entre el reportaje de la mansión en Hong Kong de una diseñadora de postín y el reportaje de la visita de Michelle Obama a Madrid con Letizia Ortiz como protagonista -sin alguna referencia a la Familia Real, por mínima y anecdótica que sea, el "¡Hola!" se vería incompleto-, hay unas cuantas fotos realmente tiernas y curiosas de Milán Piqué haciendo pucheros tras ver perder a su padre en el partido contra Italia. El gesto de la madre es idéntico al del niño. Confrontarlos es un acierto del fotógrafo. No sabemos quien copia a quien. Shakira tiene un aire tan infantil que nos hace creer por un momento que pueda ser ella la creadora del gesto, auqnue da la sensación de estar haciéndole una burla cariñosa  a su retoño. Su desamparo tras ver perder a La Roja casi nos hace perdonarla de su espantada hacia Barcelona. Esta mujer fue durante mucho tiempo una de mis debilidades, porque era algo así como el amor platónico de una novia colombiana que tuve una vez. Amaba en ambas esa dulzura tan femenina que poseen las mujeres de ese país, adherida seguramente a sus genes con el adhesivo de una infinidad de generaciones ejerciendo el arte de seducir hombres que rssuman testosterona. La mujer colombiana es puro azúcar, moreno en el caso de mi ex, aunque no carezcan de carácter. Intenten llevarle la contraria a alguna si no me creen. Atrévanse a negarle un capricho si la tienen por compañera vital. En siete años de relación que duro la mía fui incapaz de logralo una sola vez. Solía decirle a mi chica; "Por favor, no se te ocurra nunca pedirme la Luna porque me obligarás a emprender la carrera de astronauta y ya no tengo años". Gracias a Dios se volvió razonable con el tiempo, al menos hasta cierto punto. No, la mesura no casaba con ella. Tampoco el matrimonio.

"Te dejo, Madrid" (Shakira)

Oi decir a alguien, o quizá lo leí en algún suplemento dominical, que Shakira estaba enamorada de Madrid, incluso que se sentía madridista. Así que le otorgué el beneficio de la duda a pesar de su canción "Te dejo, Madrid", tan llena de aparente contradicción. En una lectura favorable al reo, la tonada parece el canto de alguien que se aleja de aquello que ama y que vilipendia mientras lo deja atrás -negar es a veces una forma de afirmar de forma más rotunda-, para poder soportar mejor el picor de su nostalgia que a veces mortifica la piel desde el primer paso de la huida. En esta ambivalencia de sentimientos me movía al escuchar esta canción, hasta que la cantante colombiana se enamoró de Piqué y nos dejó a madrileños y madridistas con un mohín de extrañeza en nuestra boca de anís. Parecióme a mí entonces aquello como una traición, y dejé de escuchar a Shakira. Aunque en honor a la verdad he de decir que tampoco hice oídos a las chanzas que le dedicaron a partir de entonces los madridistas en Twitter. Valgan las fotos de "¡Hola!" como una disculpa, y no entremos a valorar ya si el disgusto de ambos es por el padre futbolista o por la madre patria. Tampoco creo que haya que exigirsele a un niño de tan pocos años que ahonde en estas cosas. Parece en todo caso que hay voluntad en el matrimonio para que el niño se haga aficionado a la selección española.

¿Alguien le explicará a Milán cuando sea mayor quien era Raúl González? ¿Volverá a hacer pucheros cuando le narren lo de aquella vez que logró silenciar al Camp Nou siendo su padre un adolescente aficionado culé?¿Los habría hecho de haber vivido su ignominiosa salida de la Selección Española? El mundial de Corea fue el primer gran torneo de selecciones nacionales de fútbol que debió ganar España después de aquel lejano y anecdótico triunfo en la Eurocopa de 1964. Entre la alineación española estándar durante el mundial de Corea y el de Sudáfrica hay muy pocas variaciones y, si me apuras, en mi opinión al menos, a favor en todo caso de la del primero en cuanto a calidad y potencial futbolístico. La gran diferencia estriba en su capitán. En Corea lo fue Raúl González, en Sudáfrica Casillas. Cuando Luis Aragonés decidió jubilar a Raúl de la selección muchos estuvieron de acuerdo con su iniciativa. Que españa tuviera un éxito inmediato en su primer compromiso de selecciones pareció darle completamente la razón. Parte del madridismo se sumó a esta corriente de opinión y quiso que se aplicase también en el Real Madrid. Para ellos Raúl se había convertido en un lastre. Sea acuñó el término de "baulificación" para identificar el mal y sus nefastas consecuencias en el vestuario. Porque lo que se cuestionaba de Raúl no era su fútbol sino su ética. Tuvo un éxito indudable esta nueva dialéctica de teóricos de salón, de predicadores de cuarto de estar, a la hora de tratar la actualidad del Real Madrid. Raúl fue el primero en ser atacado de forma coordinada por sectores más o menos amplios de la afición, pero desde luego no fue el último. Era demadiado divertido el juego, adrenalínico, como para que no enganchara a sus participantes. La siguiente víctima fue Casillas, otro madridista emblema de la Selección Española, y creo que no es una casualidad. Porque el siguiente en la lista es Ramos, es quien heredará el brazalete de Iker. Está claro que Milan Piqué siente por la Selección Española bastante más afecto que los detractores madrisdistas de Raúl y Casillas. Raúl priorizaba la selección por encima del Real Madrid porque es lo lógico, aparte de que son ámbitos que solo entran en conflicto de forma artificial, sólo si se retuercen las posturas y se fuerzan y estiran los argumentos hasta poder tañerlos con los dedos como quien ejecuta un pizzicato. ¿Alguien puede censurarle a CR7 que adoptara riesgos durante la final de la pasada Eurocopa y que intentará continuar jugando el partido aun estando visiblemente lesionado? Sólo cuando vio que no podía correr, que era un lastre más que una ayuda para sus compañeros dio su brazo a torcer, y lo hizo haciendo pucheros, como Milan. Sentir tu país en el corazón creo que es de bien nacidos. ¿En qué cabeza cabe que sea preferible el bien de la empresa que te contrata al de tu país? Raúl lo tenía claro pero tuvo la suerte de no evidenciarlo ante los intransigentes. Incluso, su decición de renunciar a la selección pudo ser traducida como un beneficio para el Real Madrid, porque a partir ya no tuvo otro dueño. Otra cosa es que los intransigentes lo quisieran también fuera del club. Menos suerte tuvo Casillas, que además tuvo que soportar la animadversión de ese agitador de masas que es Mourinho. Al entrenador portugués le molestó que Casillas se reconciliase con Xavi Hernández vía telefónica. Al margen de otras consideraciones, esa decisión rindió como fruto que España ganase un Mundial y una segunda Eurocopa. A toro pasado y con la perspectiva de los años no parece que fuese una decisión tan desacertada y, sobre todo, tan pecaminosa.

Fue justo tras ojear el "¡Hola!" cuando vi la portada de AS de aquel día. Alfredo Relaño es un tipo muy ladino, dicho en el mejor sentido del término, como sinónimo de tipo inteligente que sabe arrimar el ascua a su sardina al tiempo que suscita el negocio, así que no es extraño que el titular de la entrevista a Raúl, que era el contenido estrella de aquel ejemplar del diario, invitara a leerla en detalle porque se atisbaba la sangre de los flancos de Florentino en las palabras entrecomilladas. Y eso es lo que hice, para comprobar que en las palabras estractadas no había intención alguna de irritar a andie, menos aun al presidente del Real Madrid. Raúl es el rey de la diplomacia. Es otra cualidad que le echan en cara los intransigentes, en cuyo manual de estilo se indica que es menester embestir a tu interlocutor antes incluso de que te de los buenos días, considerar un enemigo mientras no se demuestre lo contrario. A veces ni siquiera ser canterano permite el acceso a la emblemática -y mafiosilla- categoría de uno di noi. Dice Raúl en ese titular estractado para la portada: "En mi modelo de club hay director deportivo", y no solo parece que realiza una crítica velada al modo de gestionar de Florentino Pérez, sino que se está postulando como abanderado de alguna nueva corriente de opinión dentro del madridismo. Tampoco la crítica sería muy novedosa. Los asalariados en Twitter del Real Madrid nos dicen que aunque no se vea ningún director deportivo en el club haberlos haylos, y hay quien se deja hechizar por el embrujo de los oráculos y se bebe de un sorbo la queimada sin rechistar. En la forma de confeccionar la plantilla cada año se intuye en todo caso má la mano de un director económico que la de un director deportivo, pero cualquiera se atreve a desmentir a los enteradillos. Lo saben todo proque se lo acaba de soplar un topo con corbata. Por otro lado, parece dentro del curso natural de las cosas que Raúl intentara algún día introducirse en el organigrama directivo del club, quien sabe si incluso para presidirlo. Supongo que a Florentino no debe inquietarle en exceso este escenario porque parece una posibilidad factible en todo caso a medio o largo plazo. Ahí es donde Relaño deja segregar su veneno haciendonos creer que tal vez se trate de algo inminente. Ya digo que si tal cosa es cierta no se desprende de la lectura de la entrevista, en la que Raúl dice una cosa y también su contraria para evitar dentro de lo posible no quedar mal con nadie.

¿Y que hace Raúl viviendo en Nueva York? ¿Cómo es que no se le ha ofrecido algún puesto ya en el staff técnico del Real Madrid? Como la paranoia se contagia, y la de Relaño es especialmente contagiosa, se propaga a través del aire, ni siquiera requiere del contacto directo, cuando le leo a Raúl que se está preparando concienzudamente en los aspectos económico y de gestión financiera, me digo, "Este quiere seguir la estela de Floper. Lo mismo hasta pisarla mientras aquel la crea". Es raro que Raúl no haya tenido ya algún desempeño en el club. De los grandes nombres del pasado inmediato, aquellos que no lo han tenido han pasado a engrosar la lista de personas non gratas, esos cuyas fotografías se han convertido en diana para los dardos que se lanzan desde Twitter. Michel y Sanchis son dos buenos ejemplos. Hierro, del que siempre se dijo que había acabado muy mal con el presidente, pasó de ser muñequito del pim-pam-pam para lso francotiradores de Twitter -hay mucho veterano del golfo en las redes sociales, o mucho golfo directamente- a ser elogiado en cuanto se le nombró segundo de Ancelotti. Todos aquellos que tienen púlpito en la prensa son captados por el club. Hablo de Guti, Morientes o Álvaro benito, por ejemplo, perfectamente arropados hoy día por el aparato del estado y cuya imagen de cara a la afición ha mejorado sustancialmente tras el entente con el club, cuando no se ha tornado incluso de mala en buena en algún caso. ¿Realmente somos tan manipulables? En lo que a mí respecta al menos reconozco que sí, y tampoco veo indicios de mucha firmeza de carácter en quienes me rodean en al nube de Matrix. Muchas voces, algunas que uno mismo juzga con criterio, opinando en un mismo sentido es como una poderosa marejada que te puede llevar mar adentro o a hacer encallar en los bajíos. Me permito la osadía de darle un consejo a Raúl. Si quiere lavar completamente su imagen de cara a poder lograr ciertas aspiraciones, que su apodo caiga en desuso, que su recuerdo en la memoria de la afición retorne a ser inmaculado, como cuando aun estaba fresca en nuestra memoria la anécdota, relataba por valdano, de su siesta en el autobús del equipo el día de su debut, tal vez sería bueno que le dedicase una o dos temporadas al club, en plan voluntario de ONG, por así decir, como entrenador de la cantera, por ejemplo, o como busto parlante en alguna de las televisiones propias o afines. Puede ser mano de santo, la terapia radiológica ideal para hacer que remita ese cáncer para el Madrid que decían algunos tuitstars que representaba su figura para el club. Quien sabe, quizá incluso Casillas podría someterse a la terapia. Aunque no sé, que su mujer haya elegido Mediaset en vez de Atresmedia para intentar su programa de moda y tendencias tiene en estado de alerta mi sentido arácnido.

Oigo muy a menudo en los podcast madridistas, casi todos, por no decir que todos, de inspiración decididamente mourinhista, que los nuevos tiempos han traído un nuevo tipo de aficionado al fútbol inédito hasta ahora: aquel que es forofo sólo de un determinado jugador, cuyos triunfos antepone con mucho a los del equipo. Me parece en todo caso una figura inofensiva, que no ahonda en el fútbol sino que surfea sobre su superficie y cuyo interés por el deporte y sus practicantes suele ser pasajero. Lo que si me parece una auténtica novedad, en mi casi medio siglo de madridista, es la figura del hater acérrimo practicante del fuego amigo. Esas ganas de despellejar a los propios jugadores no las había visto nunca hasta que alunicé -y aluciné- un día en la cara oculta de Twitter. Raúl les mostró el camino a los haters profesionales, cuya verdadera obra de aliño fue Casillas, y que ahora se preparan para mayores empresas. Léase Ramos, o el propio CR7, al que le quedan dos telediarios antes de que lo baulifiquen. Yquien sabe quien podrá ser el siguiente. Cuando Milan Piqué sea ya adulto un escenario más que factible es que viva en un mundo en que el Real Madrid esté presidido por Raúl González. Si así fuera, Dios lo quiera, lo ideal sería que los apodos despectivos se los pusiera la afición barcelonista por su buen hacer, y no la madridista para desahogar sus rabias, sus ansias insatisfechas de limpias de vestuario. Tampoco estaría mal que le viéramos hacer pucheros al ver perder a su otro equipo.