"Te prometí que la siguiente vez que nos viéramos tu también podrías hablar y preguntar". "¿Quien es usted?". "Créeme, eso no es excesivamente relevante, aunque entiendo que sientas curiosidad. Yo cambié tu vida. Aunque he descubierto cuando he llegado aquí que no ha sido para mejor". Suspiró, estiró sus largas piernas y adoptó una postura más cómoda. "Sí, lo has captado bien, siento culpabilidad. Creí haberte rescatado de un infierno y te he llevado a otro peor. Y no vale que el empedrado de esté hecho de buenas intenciones". Echó mano a un bolsillo y extrajo una caja pequeña, y de ella una especie de cilindro de papel. "Sí, soy eso que llamas un fénix, aunque en realidad no sepas realmente que significa. Pero es lógico, nunca habías visto uno, sólo habías oído extrañas habladurías. Además, yo lo soy y sigo en fase de aprender lo que significa". "¿Son ustedes inmortales?". "Bueno, nadie ha tocado con los dedos de su vida la eternidad para saberlo. En el confín de los tiempos lo sabremos, supongo. En todo caso, muchos de nosotros murieron y ninguno de los primeros que lo fueron están ya con nosotros. Así que usaría un no como respuesta a tu pregunta". "¿Dirigen ustedes el mundo?". "Algún día sabrás que ningún hombre gobierna realmente, por mucho poder que tenga, que lo hacen las circunstancias, que le obligan a tomar decisiones, muchas veces erróneas, o acertadas y excesivas, o correctas pero sencillamente inoperantes". "¿Por qué dice que algún día lo sabré?". "Porque te voy a sacar de aquí para que seas uno de los nuestros". "¿Cómo se llama?". "Philip, mi tiempo es limitado, tengo muchas otros asuntos que atender, no perdamos el poco del que disponemos con minucias. He cambiado mi nombre muchas veces. Poca gente lo usa, el que tengo ahora, y al oirlo tan poco muchas veces me cuesta recordarlo". "¿Y es?". "Gabriel. Es un chiste. Hay quien nos llama arcángeles. me lo puso hace medio siglo alguien que llegué a apreciar mucho". "¿Esta ella con usted ahora?". "No, no era un fénix".
Soltó humo blanco por su boca y sus fosas nasales. "El tabaco es un hábito antiguo. Lo mantengo. De vez en cuando me permito fumar un cigarrillo porque no me perjudica. Bueno, corrijo, sí lo hace, pero el mal que me causa tiene remedio". Volvió a adoptar la postura rígida de antes. Hasta su tono cambio. "¿Es usted telépata?". "Sí, desde luego. Y te diré que es una característica que se agudiza con los años. Por eso no puedes leerme bien, sólo intuir lo que pienso. Y apenas notas cuando yo te leo a tí". "¿Por qué ha venido?". "Ya te lo he dicho. Para llevarte de aquí. Me contaron este proyecto de otra forma. O tal vez yo no presté la debida atención cuando me lo explicaron. Según he leído en el informe, aunque para mí ha pasado un año desde la última vez que te ví, para tí ha transcurrido una década. Vale que el tiempo para un fénix es algo muy relativo, pero se apreciar la diferencia. En las minas de Júpiter hay otros que te pueden suplir aquí, has marcado la pauta a seguir, pero eres insustituible para hacer el que te toca a partir de ahora". "¿Dominar el mundo?". "Digamos que sí, pero ya comprobarás que el mundo se deja domar muy a regañadientes". "¿Y qué es lo que he hecho aquí? Nunca lo he sabido realmente".
El silencio duró bastante. Hace mucho tiempo dejé de ser una persona impaciente. Cuando la muerte es lo más probable es lógico que no tengas especial predilección porque los hechos ocurran con más rapidez que lo que su naturaleza demanda. "Hace unos años este centro hizo un hallazgo sorprendente. Sí, más aun incluso que la falsedad en ciertas circunstancias, energéticas realmente, del principio de Pauli". Leyó mi curiosidad, aunque mi mirada estaba muerta. Ante aquel ser todas mis técnicas defensivas, de camuflaje, se volvían inútiles. "Lo llaman engarce. Es un bonito disparate que se le ocurrió a alguien hace 10 años y que tus viajes a universos paralelos han rescatado del olvido". Hizo una pausa para apagar el cilindro de papel ardiente. El olor del humo que desprendía no me pareció desagradable. Me recordó el de las cabinas de las jaulas mineras, que fueron mi hogar tanto tiempo. El funcionamiento forzado de la maquinaria extraía calor de la atmósfera encerrada. "Yo supervisé la creación de este complejo. Fue un verdadero dolor de cabeza en sus comienzos. Planearlo y ejecutarlo supuso un esfuerzo ingente. Cuando el tiempo está de tu parte, no es tu enemigo, las cosas se ejecutan sacando el máximo provecho a la posibilidad de aplicar los plazos más largos posibles. Por eso el complejo solo lo podía dirigir un fénix. Puede que la teoría del engarce sea el primer logro trascendente. Me ha hecho ganar muchos puntos, ascender en el escalafón. Tanto que ni siquiera tengo que pedir permiso a nadie para sacarte de esta pesadilla. Y es una suerte, para tí sobre todo. Porque lo indicado, el proceder lógico sería dejarte aquí y aprovechar hasta tu última migaja de vida en ahondar en el logro". "No entiendo". "Verás, lo que ha probado que la teoría es cierta, y despertado la la curiosidad en quienes deciden de algunas de sus posibles implicaciones, es lo que te ha sucedido a tí". "¿Se refiere a mis viajes?". "Me refiero al relicto de alma de otro mundo que comparte tu existencia es este". "Se refiere a ella". Me volví a mirarla. El podía hacerlo a través de un monitor que tenía sobre la mesa. Una terminal del cerebro central del laboratorio. "La información que te voy a dar no la saben ni quienes te han dirigido aquí. Deberás guardar secreto sobre ella".
"Verás, hace 10 años me dieron una versión resumida del asunto. Ocupaba 12 mil páginas. Equivocaron la estrategia, pensaron que proporcionándome el máximo caudal de información captarían mi atención, aunque también creyeron que enterrándome literalmente en él no captaría los posibles fallos. Lógicamente, pedí una versión más resumida. Sólo atiendo a los asuntos que estimo importantes. Una vez lo hago es cuando pido información detallada. Es lo que los antiguos llamaban burocracia. Quienes decidimos somos esclavos de ella". Me extendió una carpeta que había sobre la mesa. "Esa que estás ojeando es la versión, la cuarta, que captó por fin plenamente mi atención. Déjame que te haga una pregunta: ¿Sabes algo de cosmología?". "No creo saber nada especialmente relevante". "Bueno, basta con que sepas que cada universo tiene unas determinadas características. Algunas las adquiere en su evolución y otras las tiene desde que existe. Son lo que se llama condiciones iniciales. Valores de una serie de variables, que son los que son sin explicación alguna. Algunas personas la buscan en la voluntad de un ser superior, responsable de la existencia de todo. ¿Me sigues hasta ahora?". Me dio tiempo para responder. Era evidente que buscaba con sumo cuidado sus palabras. Le imagino desentrenado en el sutil arte de dar explicaciones. Seguramente era algo inusual para él. "Esas condiciones iniciales son las que son de forma aleatoria cuando un universo es creado y comienza a evolucionar. Su evolución, su alcance, por así decir, dependen completamente de ellas. Lo cierto, y aquí viene lo bueno, es que las de nuestro universo son imperfectas. Pero, no te aflijas, no se sabe de ningún universo que tenga las ideales". "¿Qué se supone que debo entender por ideal?". "Es una gran pregunta. Para quienes me mandan. Sí, no pongas esa cara -yo también recibo órdenes, aunque no muy a menudo, eso te lo concedo-, un universo ideal sería aquel que fuera eterno, estable y manejable. Todos los que conocemos tienen una esperanza de vida finita, aunque disparatadamente larga". "¿Y que tiene que ver ella con todo esto que me está contando?". "Me aseguran en el informe que los universos pueden compartir valores en las variables. Cuando lo hacen alcanzan algún tipo de resonancia. A medida que se unen más universos a este estado la vibración se acentúa, hasta que llega un momento que el proceso progresa de forma espontánea e implica cada vez a más universos. Llegados a un cierto estado las variables son manipulables". "No le entiendo". "Pues que si engarzas las suficientes cuentas en el collar de universos te conviertes en dios, puedes decidir unas condiciones iniciales después de desacople y conseguir tu mundo perfecto". Su boca esbozo una sonrisa. "Vale, a tí esto no te dice mucho, pero a mi gente les hicieron chiribitas los ojos cuando lo oyeron. Que compartas tu alma con ella es algún tipo de resonancia residual entre universos, prueba que es posible el acople y, por tanto, el engarce". "Viajarás otra vez a su mundo y harás aquello para lo que te han entrenado y entonces te librarás de la sombre de esa mujer y rendirás al grupo un enorme servicio".
Querían que dejaras de existir, eso es la única conclusión que saque de todas sus palabras, y querían que fuese yo quien te eliminara. Cuando se despidió me hizo saber que volveríamos a vernos pronto. Para él quizá, pero mi misión me iba a llevar varios años desde mi particular punto de vista.
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miércoles, 13 de febrero de 2013
sábado, 10 de noviembre de 2012
Comando ejecutivo 7
Comando ejecutivo 7
La primera generación de habitantes de Ariadna 13 construyó el acelerador de partículas tras calcular las fuerzas gravitatorias implicadas y estructurar su sistema solar. La segunda lo uso de forma sistemática e ininterrumpida durante décadas, e hizo hallazgos que revolucionaron el conocimiento de la física, penetrando en la zona de sombras de la mente del creador, si es que hay tal en alguna parte -A mi no me consta. He tratado de conectar muchas veces con ella con mi mente de telépata para descifrar su voluntad sin encontrar nunca vestigios de ella-. La tercera trató de encajar lo descubierto en la realidad tal como se sospechaba que era, en el paradigma de la ciencia, para sacarle todo el provecho teórico, económico, tecnológico y cosmo-estratégico posible. Y encontró que ese paradigma estaba superado, que había que buscar otro alternativo, más eficiente y amplio, que englobara los nuevos saberes, hasta entonces más allá incluso del alcance de la imaginación más calenturienta. Hubo que tirar algún tabique, incluso algún muro de carga que otro, reconstruir algunos de los pabellones del conocimiento, pero el edificio resultante fue soberbio. Y solo habitado por el personal de la corporación, que disfrutaba de él sin compartirlo con ningún otro colectivo, político o empresarial.
Cierta promoción recién graduada en la Universidad de Harvard, allá en la Tierra, fue pionera en el desarrollo de teoría de los multiuniversos. Por algún motivo, tal vez una eficiente inducción sobre los nuevos licenciados superiores por parte de sus profesores, o a través suyo de quienes gobernaban a éstos desde instancias políticas, casi todos ellos decidieron orientar su carrera hacia este novedoso campo. Sus primeros avances en la creación de un campo matemático para la expresión de la multiplicidad de realidades y para la creación de algoritmos de cálculo para infinidad de aplicaciones, llegó a la consideración del consejo de administración de la Corporación y 42 de aquellos ex-alumnos de Harvard desaparecieron, sin más, durante un vuelo transoceánico, en el espacio aéreo de Portugal, a la altura de las Azores, camino de una convención de Cosmología y Física Cuántica en Londres. Evento al que habían sido invitados todos ellos, junto a otros 14 compañeros más, que excusaron su presencia por distintos motivos. Todos ellos dolorosamente ciertos, a pesar de que aparentemente salvaran sus vidas, porque la convención iba a suponer un hito muy importante en sus carreras. Los supervivientes fueron quienes desarrollaron una versión más pobre y bastante menos útil del nuevo paradigma, que ahora maneja de forma exclusiva el gobierno de los EE.UU., aunque sea consciente de que lleva un retraso de décadas en el conocimiento de la teoría respecto a la Corporación, y de que la brecha se agranda con los años. El avión se estrelló en el mar, en algún lugar cerca de la Isla de San Miguel, con sus 592 pasajeros. Los físicos teóricos fueron trasladados sanos y salvos a la división en la que ahora estamos y fueron quienes cimentaron la tecnología que se aplica en este laboratorio. Del resto del pasaje no se sabe nada. Demasiados cabos sueltos, me dijo de forma enigmática quien me contó todo esto, con una expresión en la cara como dando a entender que sabía que yo comprendía a que se refería.
Dos partículas con iguales propiedades cuánticas son indistinguibles entre sí, son una misma cosa para ciertas soluciones del campo matemático, aunque para otras la situación pueda compararse a un solape completo de identidades. Fue el primero de la promoción perdida quien dio con la clave: dos partículas que comparten las mismas propiedades cuánticas y vulneran el principio de exclusión de Pauli duplican el número de universos presentes en el campo de ecuaciones. Durante su corto periodo de vida los dos universos coexisten en un mismo punto, el ocupado por ambas partículas. Esa simple formulación fue el cimiento para la construcción de un ingenio que permite trasladar a una persona a universos alternativos. Sus seis primeros tripulantes acabaron desarrollando exóticas enfermedades o anomalías mentales no conocidas hasta entonces, según me explicaron, para que supiese a que riesgos me enfrentaba. Aunque nunca me dijeron si había un porqué para este problema. Tampoco si había alguna forma de prevenirlo. Los viajeros regresaban disociados de nuestra realidad, o excesivamente sensibles a ella. El segundo de los astronautas del multiverso acabó suicidándose al no poder soportar en exceso en el caudal información al que de repente se veía expuesto. Otro de ellos, aun vivo por lo que se, sabe leer el futuro, aunque no sea consciente de ello y mucho menos sepa como comunicarse con quienes no están en el que cree que es su presente. Una forma menos cabal pero más comprensible de explicarlo es que vive en ese tiempo que es futuro para nosotros, pero presente para él, y que le hace parecer un loco, aunque es posible que desde su punto de vista actúe de forma cuerda y coherente. Permanece encerrado en una cámara acorazada de algún lugar de este complejo. Muy de vez en cuando aporta información útil. A veces incluso en extremo valiosa, por lo que un nutrido equipo de guardias, adiestrado en reconocer patrones en su cháchara y proceder aparentemente incoherentes, lo vigila día y noche para que nada se escape al cedazo de su pesquisa y para que esa información, que es puro diamante en bruto, pueda ser utilizada lo más pronto posible, antes de que prescriba su utilidad. De los otros cuatro no tengo información concreta. Aunque sospecho que dos de ellos murieron durante alguno de sus viajes y los otros dos viven de alguna forma en nuestra realidad, prestando de por vida a la Corporación extraños pero valiosos servicios.
Me eligieron para este trabajo, según me dijeron, por mi dureza mental, mi capacidad telepática y mi impermeabilidad a la intrusión de otras mentes en la mía. Fue el fénix quien me propuso y el equipo encargado de los experimentos en el multiverso estuvo de acuerdo en que reunía las cualidades que consideraban básicas. Ser prescindible es la primera de ellas, aunque no lo mencionasen en la primera toma de contacto que tuve en el despacho del director del proyecto, el primogénito del máximo impulsor de la Teoría de Multiplicidades. Mi primer viaje siguió los pasos de uno de mis predecesores. Estuve dos años viviendo la vida de un químico, un analista de aguas en una central depuradora de lo que podría considerarse una versión alternativa de Seattle. Viví aquella vida como un robot. Como un parásito secreto pero inofensivo en la mente de mi huésped. Las cosas sucedían más allá de mi voluntad. Podía incluso abstraerme de la realidad que experimentaba y aun así seguir moviéndome, hablando, sintiendo. Actuaba como la marioneta de un titiritero. Mi regreso aquí se produjo solo un instante después de mi partida. El tiempo de otros universos no está asociado al nuestro, no describe trayectorias paralelas. Habían elegido aquella vida para entrenamiento de viajeros porque la supusieron lo suficiente rutinaria y anodina como para que fuera instructiva sin ser peligrosa. Máquinas sonda permiten poner ojos y oídos en universos alternativos para auscultarlos. Un equipo concienzudo integrado por 200 personas se dedica desde hace 7 años a cartografiar universos alternativos distintos. Es un trabajo que jamás acabará porque las soluciones alternativas del campo de ecuaciones son infinitas, como infinita es la duración del tiempo en cualquiera de esas soluciones.
En mi segunda experiencia, que repetí hasta tres veces, y que abarcaba dos años y siete meses de la vida de un combatiente de las guerras del Peloponeso, alguien que murió luego de ese periodo por la misma plaga de peste que se llevó por delante al mismísimo Pericles, aprendí a interferir en una realidad alternativa. Se requería más de un viaje para lograrlo, puesto que había que anticipar el momento, conocerlo previamente, estar prevenido para poder concentrar toda la fuerza de voluntad en una acción concreta. Esta posibilidad, que yo iba a ser el primero en lograr, se circunscribía a acciones muy simples del ser parasitado, cuya trascendencia sobre el futuro de esa realidad quedaba a expensas de la capacidad para agrandar la injerencia de la acción de ese proceso que suele nombrarse como el efecto mariposa. Según me dijeron mi capacidad para variar el comportamiento de mi huésped, de intervenir en alguna de sus decisiones, se veía reforzada por mi capacidad telepática. 9 años necesité para lograr que la mente que parasitaba aplicara más o menos fuerza a un lanzamiento de su lanza, o cambiara de objetivo, que alzara una mano de forma involuntaria. En una reunión en la asamblea a la que asistía le hice votar lo contrario de lo que había decidido ante su propia extrañeza. Un logro ínfimo, que no altero el sentido global de la votación de los que allí se reunían, pero que al volver a esta realidad me valió un aplauso eufórico de todo el equipo. Lo que ellos no comprendieron es que entre mi acción y el premio por ella mediaban 7 meses de mi tiempo subjetivo.
La primera generación de habitantes de Ariadna 13 construyó el acelerador de partículas tras calcular las fuerzas gravitatorias implicadas y estructurar su sistema solar. La segunda lo uso de forma sistemática e ininterrumpida durante décadas, e hizo hallazgos que revolucionaron el conocimiento de la física, penetrando en la zona de sombras de la mente del creador, si es que hay tal en alguna parte -A mi no me consta. He tratado de conectar muchas veces con ella con mi mente de telépata para descifrar su voluntad sin encontrar nunca vestigios de ella-. La tercera trató de encajar lo descubierto en la realidad tal como se sospechaba que era, en el paradigma de la ciencia, para sacarle todo el provecho teórico, económico, tecnológico y cosmo-estratégico posible. Y encontró que ese paradigma estaba superado, que había que buscar otro alternativo, más eficiente y amplio, que englobara los nuevos saberes, hasta entonces más allá incluso del alcance de la imaginación más calenturienta. Hubo que tirar algún tabique, incluso algún muro de carga que otro, reconstruir algunos de los pabellones del conocimiento, pero el edificio resultante fue soberbio. Y solo habitado por el personal de la corporación, que disfrutaba de él sin compartirlo con ningún otro colectivo, político o empresarial.
Cierta promoción recién graduada en la Universidad de Harvard, allá en la Tierra, fue pionera en el desarrollo de teoría de los multiuniversos. Por algún motivo, tal vez una eficiente inducción sobre los nuevos licenciados superiores por parte de sus profesores, o a través suyo de quienes gobernaban a éstos desde instancias políticas, casi todos ellos decidieron orientar su carrera hacia este novedoso campo. Sus primeros avances en la creación de un campo matemático para la expresión de la multiplicidad de realidades y para la creación de algoritmos de cálculo para infinidad de aplicaciones, llegó a la consideración del consejo de administración de la Corporación y 42 de aquellos ex-alumnos de Harvard desaparecieron, sin más, durante un vuelo transoceánico, en el espacio aéreo de Portugal, a la altura de las Azores, camino de una convención de Cosmología y Física Cuántica en Londres. Evento al que habían sido invitados todos ellos, junto a otros 14 compañeros más, que excusaron su presencia por distintos motivos. Todos ellos dolorosamente ciertos, a pesar de que aparentemente salvaran sus vidas, porque la convención iba a suponer un hito muy importante en sus carreras. Los supervivientes fueron quienes desarrollaron una versión más pobre y bastante menos útil del nuevo paradigma, que ahora maneja de forma exclusiva el gobierno de los EE.UU., aunque sea consciente de que lleva un retraso de décadas en el conocimiento de la teoría respecto a la Corporación, y de que la brecha se agranda con los años. El avión se estrelló en el mar, en algún lugar cerca de la Isla de San Miguel, con sus 592 pasajeros. Los físicos teóricos fueron trasladados sanos y salvos a la división en la que ahora estamos y fueron quienes cimentaron la tecnología que se aplica en este laboratorio. Del resto del pasaje no se sabe nada. Demasiados cabos sueltos, me dijo de forma enigmática quien me contó todo esto, con una expresión en la cara como dando a entender que sabía que yo comprendía a que se refería.
Dos partículas con iguales propiedades cuánticas son indistinguibles entre sí, son una misma cosa para ciertas soluciones del campo matemático, aunque para otras la situación pueda compararse a un solape completo de identidades. Fue el primero de la promoción perdida quien dio con la clave: dos partículas que comparten las mismas propiedades cuánticas y vulneran el principio de exclusión de Pauli duplican el número de universos presentes en el campo de ecuaciones. Durante su corto periodo de vida los dos universos coexisten en un mismo punto, el ocupado por ambas partículas. Esa simple formulación fue el cimiento para la construcción de un ingenio que permite trasladar a una persona a universos alternativos. Sus seis primeros tripulantes acabaron desarrollando exóticas enfermedades o anomalías mentales no conocidas hasta entonces, según me explicaron, para que supiese a que riesgos me enfrentaba. Aunque nunca me dijeron si había un porqué para este problema. Tampoco si había alguna forma de prevenirlo. Los viajeros regresaban disociados de nuestra realidad, o excesivamente sensibles a ella. El segundo de los astronautas del multiverso acabó suicidándose al no poder soportar en exceso en el caudal información al que de repente se veía expuesto. Otro de ellos, aun vivo por lo que se, sabe leer el futuro, aunque no sea consciente de ello y mucho menos sepa como comunicarse con quienes no están en el que cree que es su presente. Una forma menos cabal pero más comprensible de explicarlo es que vive en ese tiempo que es futuro para nosotros, pero presente para él, y que le hace parecer un loco, aunque es posible que desde su punto de vista actúe de forma cuerda y coherente. Permanece encerrado en una cámara acorazada de algún lugar de este complejo. Muy de vez en cuando aporta información útil. A veces incluso en extremo valiosa, por lo que un nutrido equipo de guardias, adiestrado en reconocer patrones en su cháchara y proceder aparentemente incoherentes, lo vigila día y noche para que nada se escape al cedazo de su pesquisa y para que esa información, que es puro diamante en bruto, pueda ser utilizada lo más pronto posible, antes de que prescriba su utilidad. De los otros cuatro no tengo información concreta. Aunque sospecho que dos de ellos murieron durante alguno de sus viajes y los otros dos viven de alguna forma en nuestra realidad, prestando de por vida a la Corporación extraños pero valiosos servicios.
Me eligieron para este trabajo, según me dijeron, por mi dureza mental, mi capacidad telepática y mi impermeabilidad a la intrusión de otras mentes en la mía. Fue el fénix quien me propuso y el equipo encargado de los experimentos en el multiverso estuvo de acuerdo en que reunía las cualidades que consideraban básicas. Ser prescindible es la primera de ellas, aunque no lo mencionasen en la primera toma de contacto que tuve en el despacho del director del proyecto, el primogénito del máximo impulsor de la Teoría de Multiplicidades. Mi primer viaje siguió los pasos de uno de mis predecesores. Estuve dos años viviendo la vida de un químico, un analista de aguas en una central depuradora de lo que podría considerarse una versión alternativa de Seattle. Viví aquella vida como un robot. Como un parásito secreto pero inofensivo en la mente de mi huésped. Las cosas sucedían más allá de mi voluntad. Podía incluso abstraerme de la realidad que experimentaba y aun así seguir moviéndome, hablando, sintiendo. Actuaba como la marioneta de un titiritero. Mi regreso aquí se produjo solo un instante después de mi partida. El tiempo de otros universos no está asociado al nuestro, no describe trayectorias paralelas. Habían elegido aquella vida para entrenamiento de viajeros porque la supusieron lo suficiente rutinaria y anodina como para que fuera instructiva sin ser peligrosa. Máquinas sonda permiten poner ojos y oídos en universos alternativos para auscultarlos. Un equipo concienzudo integrado por 200 personas se dedica desde hace 7 años a cartografiar universos alternativos distintos. Es un trabajo que jamás acabará porque las soluciones alternativas del campo de ecuaciones son infinitas, como infinita es la duración del tiempo en cualquiera de esas soluciones.
En mi segunda experiencia, que repetí hasta tres veces, y que abarcaba dos años y siete meses de la vida de un combatiente de las guerras del Peloponeso, alguien que murió luego de ese periodo por la misma plaga de peste que se llevó por delante al mismísimo Pericles, aprendí a interferir en una realidad alternativa. Se requería más de un viaje para lograrlo, puesto que había que anticipar el momento, conocerlo previamente, estar prevenido para poder concentrar toda la fuerza de voluntad en una acción concreta. Esta posibilidad, que yo iba a ser el primero en lograr, se circunscribía a acciones muy simples del ser parasitado, cuya trascendencia sobre el futuro de esa realidad quedaba a expensas de la capacidad para agrandar la injerencia de la acción de ese proceso que suele nombrarse como el efecto mariposa. Según me dijeron mi capacidad para variar el comportamiento de mi huésped, de intervenir en alguna de sus decisiones, se veía reforzada por mi capacidad telepática. 9 años necesité para lograr que la mente que parasitaba aplicara más o menos fuerza a un lanzamiento de su lanza, o cambiara de objetivo, que alzara una mano de forma involuntaria. En una reunión en la asamblea a la que asistía le hice votar lo contrario de lo que había decidido ante su propia extrañeza. Un logro ínfimo, que no altero el sentido global de la votación de los que allí se reunían, pero que al volver a esta realidad me valió un aplauso eufórico de todo el equipo. Lo que ellos no comprendieron es que entre mi acción y el premio por ella mediaban 7 meses de mi tiempo subjetivo.
martes, 10 de julio de 2012
Comando ejecutivo 6
Comando ejecutivo 6
Permanecíamos horas a solas, sin decirnos nada, con la mente y el cuerpo desnudos. Yo me sentaba sobre la silla de Castaño y ella sobre mi regazo, dándome la espalda, ensartada en mi pene erecto. Era tan liviana que sus muslos apenas pesaban sobre los míos, tan menuda que encontraba fácil acomodo sobre mi cuerpo. A veces dejaba colgar las piernas a los lados y otras se sentaba con las plantas de los pies sobre mis rodillas. Jugábamos a mantener mi erección el mayor tiempo posible. Le besaba el tatuaje de su nuca mientras su cabeza reposaba sobre mi hombre. El fácil acople entre uno y otro solo podía ser señal de que estábamos hechos para estar juntos, para imbricarnos. Nos adormecíamos en el calor de nuestras pieles ardiendo, lentamente, de forma conjunta. Y cuando ella notaba menor presión acomodaba la postura o la cambiaba ligeramente para volver a estimular mi miembro. Con sumo cuidado para evitar mi orgasmo. El fin del juego era estar en comunión el uno con otro el mayor tiempo posible. Posiblemente ella nunca lo habría creído pero mi erección no obedecía al deseo sino a la devoción. Aquella mujer me había dado un alma y una conciencia, me había dado la chispa que había hecho prender la humanidad dentro de mí. Era mi prometeo y mi Dios. Cuando no podíamos más, que solía ocurrir al mismo tiempo, acabábamos de forma febril, a veces con ella cabalgándome frenética mientras yo al sostenía en vilo entre mis brazos estando de pie.
Se que me amaba a veces, de forma casi continua hacia el final, aunque la mayor parte del tiempo me temiera. Al principio era simple terror mezclado con odio cuando tenía energías para experimentar este sentimiento. La tomé para mi nada más llegar al campo. Era tan menuda, tan frágil, que no hubiera durado más de uno o dos días sin protección. Ni siquiera entiendo como pudo sobrevivir al traslado en los trenes de ganado humano. Creo que tenía el don de sacar lo mejor de los demás, eso debió mantenerla viva, crear un espacio entorno a ella en el que no morir aplastada por sus semejantes, en sentido literal y figurado. Pero en el campo deja de existir cualquier vestigio de humanidad. En los trenes las reses aun se reconocen unas a otras como congéneres, como integrantes de una misma especie. La vi en el andén, en la formación de mujeres, tan chiquitina, aterida de frío dentro de su escasa ropa, con la nieve cayendo en torno a ella, sobre sus hombros breves, y fue entonces cuando me sentí humano por primera vez. Hasta entonces no había sentido compasión por nadie. Fue como un despertar, como abrir los ojos a la luz y dejar que el día me hablara con sus propias palabras. La desnudé allí mismo, a pesar de que tiritaba, delante de todos, porque quise vestir ante mis propios hombres la compasión con lujuria. Nada odiábamos más que el ver rastros de compasión en nuestros camaradas, porque era algo que nos negábamos con fervor a nosotros mismos. Vi su cuerpo, hermoso y con formas de mujer a pesar de su pequeña estatura, de su cara de ninfa adolescente y exhibí una sonrisa de avaricia para que todos la vieran. También la judía que tenía a su derecha, una señora ya casi anciana, que me miró con rencor y escupió sobre mis botas. Le descerrajé un tiro en la sien y bramé algo que no logro recordar, aunque he vivido ese momento tres veces. Ella tenía que morir para que yo viviera, y por tanto para que sobreviviera Ruth. Lamenté hacerlo, aunque había sido totalmente necesario, no podía mostrar debilidad ante nadie, menos en el momento de las presentaciones. De un lado las presas y del otro sus depredadores. Lo lamenté y aquello era raro, casi nuevo, porque nunca antes me había arrepentido de cualquiera de mis pecados.
Supe su nombre leyendo su mente. Tal vez Hans no lo supiera nunca porque apenas nos hablábamos y si lo hacíamos era sobre asuntos triviales, impersonales, rutinarios. Cuando la notaba extraña, con la angustia a flor de labios, le callaba a besos. ¿De qué podíamos hablar?¿Cómo podía explicarle lo que era y lo que hacía? Claro, eran los momentos que estábamos a solas. Con gente delante ella jamás se habría atrevido siquiera a levantar la mirada del suelo. A solas me miraba directamente a los ojos y se sabía más fuerte que yo. Al final de nuestro tiempo juntos se que me quería sin reservas, que me perdonaba lo que era, su verdugo, el asesino de su esperanza. Pero no podía pasar todas la noches con ella. Tenía que alternarla con otras mujeres. Debía quedar fuera de toda posibilidad la mera sospecha de que se supiera lo que sentía por ella. Un capricho todo lo más. Ni siquiera una obsesión. Por eso me llevaba a veces a mi habitación otras judías. A las que no tocaba y dejaba dormir tranquilas, intentado tratarlas con el máximo respeto. No se si era para que llegara a sus oídos que no las había importunado o porque yo ya empezaba a ser una persona. Ruth volvía a veces enfurruñada a mi habitación y yo fingía no advertirlo, disfrazaba nuevamente mis sentimientos, la devoción con la lujuria y al poco ella volvía a ser la de siempre, mi amante muda, carbón ardiendo sobre mis piernas.
Al principio fue fácil amnistiar a los presos. Un día mientras la contemplaba dormir, en la penumbra, junto a mi, mientras sentía su aliento cálido en la cara y escuchaba su respiración tranquila, tuve claro que no era digno de ella. No era ningún descubrimiento, pero nunca lo había llegado a sopesar antes. Había decidido protegerla y a cambio había decidido gozar de ella, como tapadera y como pago. Nada más hacerme cargo de esa idea se me hizo insoportable y decidí hacer algo para intentar paliarlo en la medida de lo posible, de forma tortuosamente secreta. Era tarea imposible, y por eso mismo debía emprenderla. Mi labor era la de ajusticiar a los presos. La mayoría se procuraban la muerte por sus propios medios o con la ayuda de los otros presos, pero siempre quedaba un remanente. En aquellos tiempos en que aun no se habían instalado las cámaras de gas, los que eran sentenciados eran conducidos por mi comando ejecutivo hasta el bosque, fusilados y luego enterrados. Eran matanzas grandes para ahorrar esfuerzos, tiempo y logística. Otro comando conducía al bosque a un grupo de trabajadores para cavar las fosas horas antes. Después de cumplir nuestro cometido otro comando volvía a traer los presos para que taparan las fosas. Aquella rutina se perfeccionó con el tiempo haciendo que los propios presos que iban a morir cavaran sus tumbas. Humor de verdugos lo denominaba el coronel. Eso nos obligaba a alargar las salidas. El segundo comando desnudaba los cadáveres, recogía sus pertenencias y tapaba las tumbas.
Un día, al acercarme a rematar a los heridos omití el tiro de gracia a un hombre joven que consideré que podría escapar de la muerte, tras ajusticiar y procurársela sin remordimientos a una mujer madura y a un niño de unos 8 o 9 años malherido en el vientre y una pierna con un disparo. El hombre me miró más sorprendido que agradecido tras errar el tiro aposta y pasarle rozando la coronilla. Hice un movimiento con los ojos señalando la dirección correcta para la huida. Mis hombres a mis espaldas no podían verlo. Cuando volví con el segundo comando de soldados y presos el hombre ya no estaba. No hubo capturas así que no me queda otra que pensar que logró escapar. Alentado por este éxito aquella noche fui imprudente y repetí con Ruth en mi cama. Le quise regalar algo. Le llevé una muñeca de trapo que le había arrebatado de las manos al cadáver de una niña. La lavé yo mismo para borrar los vestigios de la sangre de los inocentes y cuando se la entregué ella lloró desconsoladamente. Por primera y única vez se derrumbó ante mí. Durante 10 interminables minutos lloro ahogando sus sollozos para no ser oida desde fuera de mi habitación y luego se calmó y actuó a partir de entonces como si nada hubiera ocurrido. No se porque actuó así. Tal vez le dolió admitir que yo tenía sentimientos, porque eso le obligaba a considerar mis atrocidades y ponerlas en la balanza con la que pesaba mi alma, la que ella acababa de darme. Tal vez adivinó la procedencia de la muñeca, descifró el enigma de la humedad en la tela. O simplemente se sintió desgraciada por amar a quien no debía, a quien no la merecía. Ni a ella ni a nadie. Alguien que apenas se distinguía de las fieras que acechan en el borde de la oscuridad, que medran más allá de la frontera de lo que es humano. No se la respuesta porque no me atreví a buscarla en su mente. Luego, cuando ya se calmó volví a escucharla y adiviné el amor en su corazón, por primera vez de forma clara y sin lugar a la duda. Un amor que iluminaba su corazón como las llamas un bosque que arde en la oscuridad de una noche sin estrellas y sin Luna.
Permanecíamos horas a solas, sin decirnos nada, con la mente y el cuerpo desnudos. Yo me sentaba sobre la silla de Castaño y ella sobre mi regazo, dándome la espalda, ensartada en mi pene erecto. Era tan liviana que sus muslos apenas pesaban sobre los míos, tan menuda que encontraba fácil acomodo sobre mi cuerpo. A veces dejaba colgar las piernas a los lados y otras se sentaba con las plantas de los pies sobre mis rodillas. Jugábamos a mantener mi erección el mayor tiempo posible. Le besaba el tatuaje de su nuca mientras su cabeza reposaba sobre mi hombre. El fácil acople entre uno y otro solo podía ser señal de que estábamos hechos para estar juntos, para imbricarnos. Nos adormecíamos en el calor de nuestras pieles ardiendo, lentamente, de forma conjunta. Y cuando ella notaba menor presión acomodaba la postura o la cambiaba ligeramente para volver a estimular mi miembro. Con sumo cuidado para evitar mi orgasmo. El fin del juego era estar en comunión el uno con otro el mayor tiempo posible. Posiblemente ella nunca lo habría creído pero mi erección no obedecía al deseo sino a la devoción. Aquella mujer me había dado un alma y una conciencia, me había dado la chispa que había hecho prender la humanidad dentro de mí. Era mi prometeo y mi Dios. Cuando no podíamos más, que solía ocurrir al mismo tiempo, acabábamos de forma febril, a veces con ella cabalgándome frenética mientras yo al sostenía en vilo entre mis brazos estando de pie.
Se que me amaba a veces, de forma casi continua hacia el final, aunque la mayor parte del tiempo me temiera. Al principio era simple terror mezclado con odio cuando tenía energías para experimentar este sentimiento. La tomé para mi nada más llegar al campo. Era tan menuda, tan frágil, que no hubiera durado más de uno o dos días sin protección. Ni siquiera entiendo como pudo sobrevivir al traslado en los trenes de ganado humano. Creo que tenía el don de sacar lo mejor de los demás, eso debió mantenerla viva, crear un espacio entorno a ella en el que no morir aplastada por sus semejantes, en sentido literal y figurado. Pero en el campo deja de existir cualquier vestigio de humanidad. En los trenes las reses aun se reconocen unas a otras como congéneres, como integrantes de una misma especie. La vi en el andén, en la formación de mujeres, tan chiquitina, aterida de frío dentro de su escasa ropa, con la nieve cayendo en torno a ella, sobre sus hombros breves, y fue entonces cuando me sentí humano por primera vez. Hasta entonces no había sentido compasión por nadie. Fue como un despertar, como abrir los ojos a la luz y dejar que el día me hablara con sus propias palabras. La desnudé allí mismo, a pesar de que tiritaba, delante de todos, porque quise vestir ante mis propios hombres la compasión con lujuria. Nada odiábamos más que el ver rastros de compasión en nuestros camaradas, porque era algo que nos negábamos con fervor a nosotros mismos. Vi su cuerpo, hermoso y con formas de mujer a pesar de su pequeña estatura, de su cara de ninfa adolescente y exhibí una sonrisa de avaricia para que todos la vieran. También la judía que tenía a su derecha, una señora ya casi anciana, que me miró con rencor y escupió sobre mis botas. Le descerrajé un tiro en la sien y bramé algo que no logro recordar, aunque he vivido ese momento tres veces. Ella tenía que morir para que yo viviera, y por tanto para que sobreviviera Ruth. Lamenté hacerlo, aunque había sido totalmente necesario, no podía mostrar debilidad ante nadie, menos en el momento de las presentaciones. De un lado las presas y del otro sus depredadores. Lo lamenté y aquello era raro, casi nuevo, porque nunca antes me había arrepentido de cualquiera de mis pecados.
Supe su nombre leyendo su mente. Tal vez Hans no lo supiera nunca porque apenas nos hablábamos y si lo hacíamos era sobre asuntos triviales, impersonales, rutinarios. Cuando la notaba extraña, con la angustia a flor de labios, le callaba a besos. ¿De qué podíamos hablar?¿Cómo podía explicarle lo que era y lo que hacía? Claro, eran los momentos que estábamos a solas. Con gente delante ella jamás se habría atrevido siquiera a levantar la mirada del suelo. A solas me miraba directamente a los ojos y se sabía más fuerte que yo. Al final de nuestro tiempo juntos se que me quería sin reservas, que me perdonaba lo que era, su verdugo, el asesino de su esperanza. Pero no podía pasar todas la noches con ella. Tenía que alternarla con otras mujeres. Debía quedar fuera de toda posibilidad la mera sospecha de que se supiera lo que sentía por ella. Un capricho todo lo más. Ni siquiera una obsesión. Por eso me llevaba a veces a mi habitación otras judías. A las que no tocaba y dejaba dormir tranquilas, intentado tratarlas con el máximo respeto. No se si era para que llegara a sus oídos que no las había importunado o porque yo ya empezaba a ser una persona. Ruth volvía a veces enfurruñada a mi habitación y yo fingía no advertirlo, disfrazaba nuevamente mis sentimientos, la devoción con la lujuria y al poco ella volvía a ser la de siempre, mi amante muda, carbón ardiendo sobre mis piernas.
Al principio fue fácil amnistiar a los presos. Un día mientras la contemplaba dormir, en la penumbra, junto a mi, mientras sentía su aliento cálido en la cara y escuchaba su respiración tranquila, tuve claro que no era digno de ella. No era ningún descubrimiento, pero nunca lo había llegado a sopesar antes. Había decidido protegerla y a cambio había decidido gozar de ella, como tapadera y como pago. Nada más hacerme cargo de esa idea se me hizo insoportable y decidí hacer algo para intentar paliarlo en la medida de lo posible, de forma tortuosamente secreta. Era tarea imposible, y por eso mismo debía emprenderla. Mi labor era la de ajusticiar a los presos. La mayoría se procuraban la muerte por sus propios medios o con la ayuda de los otros presos, pero siempre quedaba un remanente. En aquellos tiempos en que aun no se habían instalado las cámaras de gas, los que eran sentenciados eran conducidos por mi comando ejecutivo hasta el bosque, fusilados y luego enterrados. Eran matanzas grandes para ahorrar esfuerzos, tiempo y logística. Otro comando conducía al bosque a un grupo de trabajadores para cavar las fosas horas antes. Después de cumplir nuestro cometido otro comando volvía a traer los presos para que taparan las fosas. Aquella rutina se perfeccionó con el tiempo haciendo que los propios presos que iban a morir cavaran sus tumbas. Humor de verdugos lo denominaba el coronel. Eso nos obligaba a alargar las salidas. El segundo comando desnudaba los cadáveres, recogía sus pertenencias y tapaba las tumbas.
Un día, al acercarme a rematar a los heridos omití el tiro de gracia a un hombre joven que consideré que podría escapar de la muerte, tras ajusticiar y procurársela sin remordimientos a una mujer madura y a un niño de unos 8 o 9 años malherido en el vientre y una pierna con un disparo. El hombre me miró más sorprendido que agradecido tras errar el tiro aposta y pasarle rozando la coronilla. Hice un movimiento con los ojos señalando la dirección correcta para la huida. Mis hombres a mis espaldas no podían verlo. Cuando volví con el segundo comando de soldados y presos el hombre ya no estaba. No hubo capturas así que no me queda otra que pensar que logró escapar. Alentado por este éxito aquella noche fui imprudente y repetí con Ruth en mi cama. Le quise regalar algo. Le llevé una muñeca de trapo que le había arrebatado de las manos al cadáver de una niña. La lavé yo mismo para borrar los vestigios de la sangre de los inocentes y cuando se la entregué ella lloró desconsoladamente. Por primera y única vez se derrumbó ante mí. Durante 10 interminables minutos lloro ahogando sus sollozos para no ser oida desde fuera de mi habitación y luego se calmó y actuó a partir de entonces como si nada hubiera ocurrido. No se porque actuó así. Tal vez le dolió admitir que yo tenía sentimientos, porque eso le obligaba a considerar mis atrocidades y ponerlas en la balanza con la que pesaba mi alma, la que ella acababa de darme. Tal vez adivinó la procedencia de la muñeca, descifró el enigma de la humedad en la tela. O simplemente se sintió desgraciada por amar a quien no debía, a quien no la merecía. Ni a ella ni a nadie. Alguien que apenas se distinguía de las fieras que acechan en el borde de la oscuridad, que medran más allá de la frontera de lo que es humano. No se la respuesta porque no me atreví a buscarla en su mente. Luego, cuando ya se calmó volví a escucharla y adiviné el amor en su corazón, por primera vez de forma clara y sin lugar a la duda. Un amor que iluminaba su corazón como las llamas un bosque que arde en la oscuridad de una noche sin estrellas y sin Luna.
sábado, 30 de junio de 2012
La niña y el oso / 12.- El futuro (Conclusión)
La niña y el oso / 12.- El futuro
Las más de las veces se quedaba allí tumbado viendo pasar las nubes, imaginando siluetas de rostros en los contornos redondeados. Tenía poco que hacer cada día y mucho tiempo para realizarlo. Ni siquiera la comida era un problema. Los lobos le subían provisiones una vez al mes y ni solía ver a quien se las acercaba, así que ni vida social le era impuesta. Descansar, cerrar los ojos y abrirlos solo para lo bello. La nieve, que cubría el prado de alta montaña tres cuartas partes del año. Los pinos moldeados por el viento, con su porte en bandera, como estatuas vivientes con posturas forzadas en pedestales de piedra. Aquel azul tan oscuro del cielo porque apenas había aire que lo difuminara. El verde húmedo cuando el manto de nieve se derretía sobre la hierba en la corta primavera y la explosión de flores que venía después. Miraba el mundo desde la entrada de su cueva, en la pared de la montaña, y cuando el sol adquiría algo de fuerza se tumbada bajo la luz en algún lugar sin sombra para poder calentar sus huesos, y cerca del borde de la terraza en la que se extendía el prado que era su casa.
Aquel último que acababa de superar había sido su cuarto invierno en la montaña. Puede que el más duro. Una cabra montés, que vaya a saber usted a saber de donde procedía y como había podido llegar hasta allí, se asomó una atardecer al umbral de su guarida en mitad de una ventisca. Tal era la densidad con la que caía la nieve que la cellisca no dejaba ver al aterido animal a pocos centímetros. Medio muerto accedió a la casa y tan cansado estaba que no hizo el más mínimo reproche a tener que compartir intimidad con un oso seguramente muerto de hambre tras llevar días sin comer. No se dirigieron la palabra en toda la velada. Cada uno a lo suyo, a sobrevivir hasta el alba. Luego se marchó en una tregua en la tormenta mientras Phil dormía. Le hubiera gustado oir la voz de un semejante. Incluso la suya, que no la utilizaba desde hacía casi un año cuando agradeció un envío de provisiones a uno de los súbditos de Lou. En realidad no había pasado apuros serios en aquellos años. Alguna vez notó la presencia en el entorno de algún lobo, que subía a cerciorarse de que aun andaba entre los vivos. Respetaban su aislamiento como si fuera un monje venerable. Cada montaña su loco. Cada loco su amor malogrado.
La primavera había llegado un poco más tarde esta vez, pero a él le daba igual, no miraba nunca el calendario de las estrellas. Solo si acaso para ver sus ilustraciones. En especial las dos osas, porque le gustaba creer que la menor era un calco de Ruth cuando reía. Como le gustaba que se burlara de él, ser el motivo de su alegría. Tanto que tenía que fingir enojo para no verse delatado. Cuando imaginaba su rostro este unas veces era el de una niña cuando sus cuerpos se tocaban sin malicia alguna, jugando como críos, y otros el de una mujer cuando la sabía lejos, quizás en otro mundo ajeno al suyo. Se tumbó panza abajo en el borde de la terraza. El día era claro. Las pocas nubes se situaban por debajo. El valle parecía el tazón humeante del desayuno. El río discurría por debajo de la crema de lluvia. No era mucha. El tazón estaba a medio consumir por el sol, que ya se le notaba audaz y capaz de disipar la niebla. Escuchó el entrechocar de testas de los machos cabríos. Esas disputas entre iguales ya le quedaban lejos. Lo cierto es que en su vida había conocido a muy pocos como él, a otros osos. Quizás se soñara así, solitario siempre, porque en la vida real lo era, torpe con el prójimo, tímido a pesar de su tamaño, o quizá por eso mismo. Los osos macho tienden a la soledad, quizá por eso era así en su sueño. En su juventud fue un oso pardo entre lobos, que le aceptaban, a veces sin reservas, pero como a un diferente.
Se notaba muy mayor. La vista era lo que más le fallaba. Aun era capaz de escuchar hasta el último sonido del mundo, incluso el crujir de las hojas al calentarse. Pero la vista huía de sus ojos a la carrera. Por eso ya no jugaba a ver rasgos en las nubes y se contentaba con los contorno. El pelo tan corto de Ruth que dejaba ver el diminuto milagro de sus orejas. Cuando era aun una niña y jugaban a pelearse se las mordía con los labios sin saber porqué y le besaba la nuca. ¿Por qué a los lados de la cara y no en la testa? Le hacía gracia ese detalle de la anatomía humana. Le hacía parecer un peluche a la niña por esa anomalía. Como tenía corto el pelo la nuca siempre la tenía despejada. Se la miraba buscando algo que no encontraba y una extraña melancolía musical se apoderaba de él. Tan raro lo que esa niña le hacía sentir. Nunca quiso que creciera porque sabía que eso acabaría alejándola de él. Quiso encarcelar su infancia con barrotes de ternura para que no escapara jamás. Pero el tiempo pasa e impone su ley, y hasta las condenas de amor tienen una fecha para el perdón y la redención.
Se quedó amodorrado y luego dormido. Soñó con el sonido de pisadas en el nieve y en la hojarasca en las zonas en que estaba ya derretida. Sus sueños cada vez estaban más poblados de sonidos y menos de imágenes. Volvió a ver a Ruth cuando era muy niña, poco después de verla con su pijama de con abejas y panales. De repente sintió frío en el morro y estornudo. Tenía los ojos llenos de lágrimas congeladas. ¿Le habían tirado una bola? Abrió los ojos. Ruth estaba frente a él. No, espera, esa no era Ruth, aunque casi. Se dió una bofetada en la cara por si era un fallo del sueño, como quien quiere arreglar una máquina que no funciona a base de golpes.
- Waaala -dijo la niña. Le estaba señalando mientras miraba a algún lugar más allá de él.
- Es un oso, cariño, es Phil.
- No es blanco.
- Bueno, bastante canoso si que es.
La niña se echo a reir. Tanto que cayó sentada golpeando con el culo el suelo. No había problema, estaba embalada en un gordísimo anorak que le hacía parecer un colchón de acampada enrollado. Phil se incorporó de un salto. tan rápido que salpicó y empapó por completo de nieve y hojarasca a la niña. Esta puso cara seria como si dudase si tenía que reir o llorar. Optó por lo primero con ganas.
- ¿Y ahora de que se ríe?
- Le he contado mil veces lo bobo que eres. Para ella venir aquí y verte ha sido como si le hubiera llevado al circo a ver los payasos. Está encantada.
Oh, Dios, que hermosa estaba. No pudo evitar fijarse en el tatuaje que llevaba en el dorso de la mano derecha a la que acababa de quitar el guante. Una garra de oso con las uñas afiladas.
- Tenéis un día para conoceros y quereros mucho. Justo antes de caer el sol estaré de vuelta para llevaros a casa. Hoy cenas en casa de mi madre. Se acabó esta estupidez de jugar a ser un ermitaño franciscano.
- Es lo que quiero.
- Calla, ya tengo suficiente con criar a una niña para que se me duplique el trabajo.
La niña se había abrazado a su pierna delantera.
- OK, ella ya te quiere, así que parte del trabajo ya está hecho.
- ¿Ella es real?
- Verás cuando te toque hacerle la merienda y proteste sea cual sea el relleno que le pongas en el bocadillo.
- Quiero decirte una cosa...
- Sshhhh, ahora no.
- ¿Quien es la niña?
- Este es tu sueño haz que sea quien quieras... Hablé con Lou... Y un día el hada vino a verme...
- ¿Estás soñando conmigo?
- Te echaba tanto de menos... Además, hoy es tu cumpleaños.
- Te quiero, Ruth. ¿Debo despertar para estar contigo?
- Sshhhhh, calla ya, que lo tienes que complicar todo... Hasta luego.
Y se alejó por el sendero sin darle tiempo a preguntarle nada más. Bajó la mirada para ver a la niña, aun abrazada a su pata. Le sonreía con una sonrisa muy escasa de dientes.
- ¿Sabes lo que es una nuez? -le preguntó, recordando que Ruth siempre llevaba alguna. La niña se sacó una del bolsillo y se la ofreció-. ¿Como te llamas?
- Caro... lina.
- Sí, te entiendo, es un nombre complicado de decir. Pero muy bonito... Jaja, que pequeña eres. Tú nombre es más grande que tú.
- ¿Toy soñando?
- Apuesto a que sí.
- Entonces... polo de "Navida". -La niña lo dijo frunciendo el ceño, como si tratara de usar su fuerza de voluntad.
- ¿Como dices, renacuaja?
Y ante su estupor y la euforia de la niña se convirtió en un oso polar.
****************************************************
Los últimos pasajes del cuentecillo están escritos bajo el influencia de dos canciones, ambas extraídas de sendas películas. Una con una enorme alegría facilona, casi un alarde de la alegría despreocupada de vivir, y la otra justo lo contraria, melancólicamente irresistible. Son estás.
Este cuento es un regalo para alguien a quien quiero mucho, más de lo que permite la lógica. No tiene más objetivo que entretenerla en esos 5 minutos previos al sueño. Ojalá algún día llegue a leerlo.
Las más de las veces se quedaba allí tumbado viendo pasar las nubes, imaginando siluetas de rostros en los contornos redondeados. Tenía poco que hacer cada día y mucho tiempo para realizarlo. Ni siquiera la comida era un problema. Los lobos le subían provisiones una vez al mes y ni solía ver a quien se las acercaba, así que ni vida social le era impuesta. Descansar, cerrar los ojos y abrirlos solo para lo bello. La nieve, que cubría el prado de alta montaña tres cuartas partes del año. Los pinos moldeados por el viento, con su porte en bandera, como estatuas vivientes con posturas forzadas en pedestales de piedra. Aquel azul tan oscuro del cielo porque apenas había aire que lo difuminara. El verde húmedo cuando el manto de nieve se derretía sobre la hierba en la corta primavera y la explosión de flores que venía después. Miraba el mundo desde la entrada de su cueva, en la pared de la montaña, y cuando el sol adquiría algo de fuerza se tumbada bajo la luz en algún lugar sin sombra para poder calentar sus huesos, y cerca del borde de la terraza en la que se extendía el prado que era su casa.
Aquel último que acababa de superar había sido su cuarto invierno en la montaña. Puede que el más duro. Una cabra montés, que vaya a saber usted a saber de donde procedía y como había podido llegar hasta allí, se asomó una atardecer al umbral de su guarida en mitad de una ventisca. Tal era la densidad con la que caía la nieve que la cellisca no dejaba ver al aterido animal a pocos centímetros. Medio muerto accedió a la casa y tan cansado estaba que no hizo el más mínimo reproche a tener que compartir intimidad con un oso seguramente muerto de hambre tras llevar días sin comer. No se dirigieron la palabra en toda la velada. Cada uno a lo suyo, a sobrevivir hasta el alba. Luego se marchó en una tregua en la tormenta mientras Phil dormía. Le hubiera gustado oir la voz de un semejante. Incluso la suya, que no la utilizaba desde hacía casi un año cuando agradeció un envío de provisiones a uno de los súbditos de Lou. En realidad no había pasado apuros serios en aquellos años. Alguna vez notó la presencia en el entorno de algún lobo, que subía a cerciorarse de que aun andaba entre los vivos. Respetaban su aislamiento como si fuera un monje venerable. Cada montaña su loco. Cada loco su amor malogrado.
La primavera había llegado un poco más tarde esta vez, pero a él le daba igual, no miraba nunca el calendario de las estrellas. Solo si acaso para ver sus ilustraciones. En especial las dos osas, porque le gustaba creer que la menor era un calco de Ruth cuando reía. Como le gustaba que se burlara de él, ser el motivo de su alegría. Tanto que tenía que fingir enojo para no verse delatado. Cuando imaginaba su rostro este unas veces era el de una niña cuando sus cuerpos se tocaban sin malicia alguna, jugando como críos, y otros el de una mujer cuando la sabía lejos, quizás en otro mundo ajeno al suyo. Se tumbó panza abajo en el borde de la terraza. El día era claro. Las pocas nubes se situaban por debajo. El valle parecía el tazón humeante del desayuno. El río discurría por debajo de la crema de lluvia. No era mucha. El tazón estaba a medio consumir por el sol, que ya se le notaba audaz y capaz de disipar la niebla. Escuchó el entrechocar de testas de los machos cabríos. Esas disputas entre iguales ya le quedaban lejos. Lo cierto es que en su vida había conocido a muy pocos como él, a otros osos. Quizás se soñara así, solitario siempre, porque en la vida real lo era, torpe con el prójimo, tímido a pesar de su tamaño, o quizá por eso mismo. Los osos macho tienden a la soledad, quizá por eso era así en su sueño. En su juventud fue un oso pardo entre lobos, que le aceptaban, a veces sin reservas, pero como a un diferente.
Se notaba muy mayor. La vista era lo que más le fallaba. Aun era capaz de escuchar hasta el último sonido del mundo, incluso el crujir de las hojas al calentarse. Pero la vista huía de sus ojos a la carrera. Por eso ya no jugaba a ver rasgos en las nubes y se contentaba con los contorno. El pelo tan corto de Ruth que dejaba ver el diminuto milagro de sus orejas. Cuando era aun una niña y jugaban a pelearse se las mordía con los labios sin saber porqué y le besaba la nuca. ¿Por qué a los lados de la cara y no en la testa? Le hacía gracia ese detalle de la anatomía humana. Le hacía parecer un peluche a la niña por esa anomalía. Como tenía corto el pelo la nuca siempre la tenía despejada. Se la miraba buscando algo que no encontraba y una extraña melancolía musical se apoderaba de él. Tan raro lo que esa niña le hacía sentir. Nunca quiso que creciera porque sabía que eso acabaría alejándola de él. Quiso encarcelar su infancia con barrotes de ternura para que no escapara jamás. Pero el tiempo pasa e impone su ley, y hasta las condenas de amor tienen una fecha para el perdón y la redención.
Se quedó amodorrado y luego dormido. Soñó con el sonido de pisadas en el nieve y en la hojarasca en las zonas en que estaba ya derretida. Sus sueños cada vez estaban más poblados de sonidos y menos de imágenes. Volvió a ver a Ruth cuando era muy niña, poco después de verla con su pijama de con abejas y panales. De repente sintió frío en el morro y estornudo. Tenía los ojos llenos de lágrimas congeladas. ¿Le habían tirado una bola? Abrió los ojos. Ruth estaba frente a él. No, espera, esa no era Ruth, aunque casi. Se dió una bofetada en la cara por si era un fallo del sueño, como quien quiere arreglar una máquina que no funciona a base de golpes.
- Waaala -dijo la niña. Le estaba señalando mientras miraba a algún lugar más allá de él.
- Es un oso, cariño, es Phil.
- No es blanco.
- Bueno, bastante canoso si que es.
La niña se echo a reir. Tanto que cayó sentada golpeando con el culo el suelo. No había problema, estaba embalada en un gordísimo anorak que le hacía parecer un colchón de acampada enrollado. Phil se incorporó de un salto. tan rápido que salpicó y empapó por completo de nieve y hojarasca a la niña. Esta puso cara seria como si dudase si tenía que reir o llorar. Optó por lo primero con ganas.
- ¿Y ahora de que se ríe?
- Le he contado mil veces lo bobo que eres. Para ella venir aquí y verte ha sido como si le hubiera llevado al circo a ver los payasos. Está encantada.
Oh, Dios, que hermosa estaba. No pudo evitar fijarse en el tatuaje que llevaba en el dorso de la mano derecha a la que acababa de quitar el guante. Una garra de oso con las uñas afiladas.
- Tenéis un día para conoceros y quereros mucho. Justo antes de caer el sol estaré de vuelta para llevaros a casa. Hoy cenas en casa de mi madre. Se acabó esta estupidez de jugar a ser un ermitaño franciscano.
- Es lo que quiero.
- Calla, ya tengo suficiente con criar a una niña para que se me duplique el trabajo.
La niña se había abrazado a su pierna delantera.
- OK, ella ya te quiere, así que parte del trabajo ya está hecho.
- ¿Ella es real?
- Verás cuando te toque hacerle la merienda y proteste sea cual sea el relleno que le pongas en el bocadillo.
- Quiero decirte una cosa...
- Sshhhh, ahora no.
- ¿Quien es la niña?
- Este es tu sueño haz que sea quien quieras... Hablé con Lou... Y un día el hada vino a verme...
- ¿Estás soñando conmigo?
- Te echaba tanto de menos... Además, hoy es tu cumpleaños.
- Te quiero, Ruth. ¿Debo despertar para estar contigo?
- Sshhhhh, calla ya, que lo tienes que complicar todo... Hasta luego.
Y se alejó por el sendero sin darle tiempo a preguntarle nada más. Bajó la mirada para ver a la niña, aun abrazada a su pata. Le sonreía con una sonrisa muy escasa de dientes.
- ¿Sabes lo que es una nuez? -le preguntó, recordando que Ruth siempre llevaba alguna. La niña se sacó una del bolsillo y se la ofreció-. ¿Como te llamas?
- Caro... lina.
- Sí, te entiendo, es un nombre complicado de decir. Pero muy bonito... Jaja, que pequeña eres. Tú nombre es más grande que tú.
- ¿Toy soñando?
- Apuesto a que sí.
- Entonces... polo de "Navida". -La niña lo dijo frunciendo el ceño, como si tratara de usar su fuerza de voluntad.
- ¿Como dices, renacuaja?
Y ante su estupor y la euforia de la niña se convirtió en un oso polar.
****************************************************
Los últimos pasajes del cuentecillo están escritos bajo el influencia de dos canciones, ambas extraídas de sendas películas. Una con una enorme alegría facilona, casi un alarde de la alegría despreocupada de vivir, y la otra justo lo contraria, melancólicamente irresistible. Son estás.
KC and The Sunshine Band - Boogie Shoes (En la BSO de Boogie Nights)
Bird York - In The Deep (En la BSO de House 2x02 "Autopsy")
Este cuento es un regalo para alguien a quien quiero mucho, más de lo que permite la lógica. No tiene más objetivo que entretenerla en esos 5 minutos previos al sueño. Ojalá algún día llegue a leerlo.
viernes, 29 de junio de 2012
La niña y el oso / 11.- El Pasado
La niña y el oso / 11.- El Pasado
- En mi opinión esa mujer está loca. O lo estás tú que te imaginas verla. Porque no tengo noticia de ningún hada de ojos verdes y te aseguro que muy poquito de lo que ocurre en el bosque se escapa a mi conocimiento.
Phil sorbió de su pajita hasta dejar a la mitad su vaso de zumo.
- ¿Y que es eso de ojos de color serpentina?¿Los mueve en redondo? Las serpentinas son esas cintas enrolladas que los humanos se arrojan en las fiestas los unos a los otros para reventar el careto del prójimo. Y son de todos los colores.
- La serpentina es una roca de color verde que cuando se pule sirve para pavimentos de lujo, como el mármol.
- ¿Una roca? Es que has estudiado geología en la Universidad a Distancia.
- Lou, son cosas que sabe todo el mundo.
- Pues yo no lo había oído en mi vida.
- Ruth me regalaba muchos libros.
- ¿De geología?¿Esa chica tiene gustos muy raros?
Lou bajó el tono de voz que se había elevado un poco por encima de lo que exigen las normas de cortesía, y prosiguió hablando con voz sosegada, eligiendo cuidadosamente las palabras.
- Dices que esa mujer sostiene que solo tú y la niña sois reales.
- Algo así.
- Oye, pues vaya faena. Vas a tener que quedarte para siempre aquí no vaya a ser que me desvanezca en cuanto te vayas. Hasta te lo puedo ordenar ya que soy el rey.
- Entonces, ¿no crees que haya nada de cierto en lo que el hada me contó?
- Te conozco hace mucho. Llevo tiempo sin recibir tu visita y cuando al fin te dignas vienes como quien va a la consulta del loquero.
Lou le miró a los ojos y entorno ligeramente los suyos. Estaba tratando de leer en su mirada. Una sonrisita se adivinó en su hocico de lobo. La misma que exhibía cuando cazaba una presa.
- Vaya. Lo acabo de entender. No es visita de cortesía. Vienes a cerciorarte de que tu viejo amigo es real. Quieres ver si eres capaz de adivinar lo que voy a decir o si hay un parpadeo en mi imagen como si hubiera una interferencia en la emisión.
Phil trató de poner cara neutra.
- El que calla otorga.
- Vengo a pedirte un favor.
- Ya es tarde para disimular, te has delatado. Tantas cosas nos han pasado juntos que como me borres de tu vida se te queda coja de una pata.
- A lo mejor eres el reflejo de alguien de la vida real.
- ¿Un humano? Me ofende esa teoría.
En el rostro del lobo afloró una expresión soñadora. Phil se temió lo peor. El pasado estaba a punto de aparecer en la playa como un tsunami.
- ¿Te acuerdas de Mery, la loba de la montaña al otro lado del valle? Tú venías conmigo por las noches a rondar su guarida.
- Sí, la recuerdo. Nunca te hizo caso.
- ¿Que será de ella ahora?
- Estará cuidando a sus nietos.
- Ah, ya, se me olvidaba que a tí solo solo te atraen las cachorras, sobre todo las humanas.
- Eso que dices me ofende. Lo que siento por Ruth es un cariño fraternal.
- Claro, por eso llevas años arrastrando el hocico por el suelo y llorando lágrimas de ámbar. El amor fraternal no se manifiesta de forma tan melodramática.
- He pensado en una cosa. Escúchame. Ya se que no te apetece y que todo te parece un disparate, pero solo escúchame.
- Venga, di lo que sea.
- Pensando sobre todo esto he reparado en algo. La primera vez que estuve en la casa de Dolores entré en la cocina porque me pidieron que llevará el frasco del té al salón. Cuando abrí el armario vi que estaba en el estante superior. Tuve que ponerme de puntillas para alcanzarlo.
- Y acabaste bailando ballet. Qué interesante.
- No, calla. Piénsalo un momento. Ruth es muy pequeñita y su madre no mucho más alta. En todo caso yo soy mucho más grande que ellas. Es más, la casa parecía estar sobre dimensionada para un oso. Aquello se corrigió en posteriores visitas, sin más. No lo pensé mucho entonces pero lo recordé estos días.
- No se a donde quieres llegar.
- ¿Y si soy bajo en esa otra realidad y suelo tener problemas para llegar a los lugares altos en mi guarida? Quizá soñé la casa haciendo caso a mi memoria de la otra realidad y luego corregí la primera versión.
- Phil, lo que dices suena a grillada que tira de espaldas. Si no cortas por lo sano te pasarás las horas muertas elaborando micro teorías descabelladas como la que acabas de exponer.
- No quiero despertar, Lou.
- Vale, lo entiendo. Yo tampoco quiero que lo hagas. Quiero seguir aquí, en esta vida, por mucho tiempo.
- Estoy hablando en serio.
- De acuerdo, perdona, pero es que a veces me asustas de veras y necesito tomármelo a broma.
- Yo lo veo así. Tengo dos opciones. La primera es despertar y afrontar una realidad que no conozco, que no se si me hará infeliz, en la que quizá no podré estar con Ruth. Tal vez ni siquiera verla. La otra es adentrarme en el sueño, dificultar ese despertar.
- Lo voy pillando.... Bueno, la verdad es que no. Pero da igual. Sigue, que quizás se aclare todo al final.
- Quiero que me des permiso para acceder a la cumbre de la montaña.
- Quieres ir a esquiar.
- Que no, Lou. Tómame en serio por una vez. Quiero que me des paso franco hasta los neveros, que se lo digas a los jóvenes de tu clan, que tengo tu permiso y que no deben molestarme. Quiero pasar el tiempo que me quede arriba.
Por primera vez Phil adivinó la tristeza en los ojos de su amigo.
- Nos hacemos viejos, Lou. Yo lo soy de espíritu hace mucho. El hada tenía razón. Es como si mi vida hubiera dado comienzo la primera vez que vi a la niña. Desde que me rehuye nada tiene aliciente para mí. Se que no es el comportamiento adecuado para un oso, que compongo una estampo muy poco digna, pero las cosas han acabado siendo así. Aquí tengo recuerdos. No se si fuera la conozco. Tal vez es alguien con quien nunca haya hablado. Tal vez en la otra realidad solo sea una fiera que la acecha. Prefiero la soledad de la cumbre a la claudicación sea donde sea.
- Tiene mi permiso, Lou. Me advirtieron hace tiempo que vagabas herido por los bosques y no hice caso. Estaba enfadado contigo porque la habías preferido a ella. Me arrepiento ahora.
- Lou, he tenido una buena vida para un oso, no tengo de que quejarme. Menos de tí. Me cuidaste cuando éramos jóvenes, hasta que aprendí a valerme.
- Permiso concedido.
Se abrazaron en silencio.
- Y que sepas que Mary está fantástica. La fuí a ver la primavera pasada. Se emparejó hace tiempo, pero hicimos la vista gorda sobre ese detalle durante una tarde...
- Siempre has sido un sinvergüenza.
- Gracias a Dios. Me gustan las hembras, y si hubiera sido de moral más estricta me habría perdido muchas de las oportunidades que me ha ofrecido la vida.
- Un sinvergüenza redomado.
- Ya, lo ideal es lo tuyo, arrastrando el hocico toda la vida... ¿Que tu vida empezó cuando conociste a Ruth? La de desengaños amorosos tuyos que me he tenido que tragar a palo seco.
- En mi opinión esa mujer está loca. O lo estás tú que te imaginas verla. Porque no tengo noticia de ningún hada de ojos verdes y te aseguro que muy poquito de lo que ocurre en el bosque se escapa a mi conocimiento.
Phil sorbió de su pajita hasta dejar a la mitad su vaso de zumo.
- ¿Y que es eso de ojos de color serpentina?¿Los mueve en redondo? Las serpentinas son esas cintas enrolladas que los humanos se arrojan en las fiestas los unos a los otros para reventar el careto del prójimo. Y son de todos los colores.
- La serpentina es una roca de color verde que cuando se pule sirve para pavimentos de lujo, como el mármol.
- ¿Una roca? Es que has estudiado geología en la Universidad a Distancia.
- Lou, son cosas que sabe todo el mundo.
- Pues yo no lo había oído en mi vida.
- Ruth me regalaba muchos libros.
- ¿De geología?¿Esa chica tiene gustos muy raros?
Lou bajó el tono de voz que se había elevado un poco por encima de lo que exigen las normas de cortesía, y prosiguió hablando con voz sosegada, eligiendo cuidadosamente las palabras.
- Dices que esa mujer sostiene que solo tú y la niña sois reales.
- Algo así.
- Oye, pues vaya faena. Vas a tener que quedarte para siempre aquí no vaya a ser que me desvanezca en cuanto te vayas. Hasta te lo puedo ordenar ya que soy el rey.
- Entonces, ¿no crees que haya nada de cierto en lo que el hada me contó?
- Te conozco hace mucho. Llevo tiempo sin recibir tu visita y cuando al fin te dignas vienes como quien va a la consulta del loquero.
Lou le miró a los ojos y entorno ligeramente los suyos. Estaba tratando de leer en su mirada. Una sonrisita se adivinó en su hocico de lobo. La misma que exhibía cuando cazaba una presa.
- Vaya. Lo acabo de entender. No es visita de cortesía. Vienes a cerciorarte de que tu viejo amigo es real. Quieres ver si eres capaz de adivinar lo que voy a decir o si hay un parpadeo en mi imagen como si hubiera una interferencia en la emisión.
Phil trató de poner cara neutra.
- El que calla otorga.
- Vengo a pedirte un favor.
- Ya es tarde para disimular, te has delatado. Tantas cosas nos han pasado juntos que como me borres de tu vida se te queda coja de una pata.
- A lo mejor eres el reflejo de alguien de la vida real.
- ¿Un humano? Me ofende esa teoría.
En el rostro del lobo afloró una expresión soñadora. Phil se temió lo peor. El pasado estaba a punto de aparecer en la playa como un tsunami.
- ¿Te acuerdas de Mery, la loba de la montaña al otro lado del valle? Tú venías conmigo por las noches a rondar su guarida.
- Sí, la recuerdo. Nunca te hizo caso.
- ¿Que será de ella ahora?
- Estará cuidando a sus nietos.
- Ah, ya, se me olvidaba que a tí solo solo te atraen las cachorras, sobre todo las humanas.
- Eso que dices me ofende. Lo que siento por Ruth es un cariño fraternal.
- Claro, por eso llevas años arrastrando el hocico por el suelo y llorando lágrimas de ámbar. El amor fraternal no se manifiesta de forma tan melodramática.
- He pensado en una cosa. Escúchame. Ya se que no te apetece y que todo te parece un disparate, pero solo escúchame.
- Venga, di lo que sea.
- Pensando sobre todo esto he reparado en algo. La primera vez que estuve en la casa de Dolores entré en la cocina porque me pidieron que llevará el frasco del té al salón. Cuando abrí el armario vi que estaba en el estante superior. Tuve que ponerme de puntillas para alcanzarlo.
- Y acabaste bailando ballet. Qué interesante.
- No, calla. Piénsalo un momento. Ruth es muy pequeñita y su madre no mucho más alta. En todo caso yo soy mucho más grande que ellas. Es más, la casa parecía estar sobre dimensionada para un oso. Aquello se corrigió en posteriores visitas, sin más. No lo pensé mucho entonces pero lo recordé estos días.
- No se a donde quieres llegar.
- ¿Y si soy bajo en esa otra realidad y suelo tener problemas para llegar a los lugares altos en mi guarida? Quizá soñé la casa haciendo caso a mi memoria de la otra realidad y luego corregí la primera versión.
- Phil, lo que dices suena a grillada que tira de espaldas. Si no cortas por lo sano te pasarás las horas muertas elaborando micro teorías descabelladas como la que acabas de exponer.
- No quiero despertar, Lou.
- Vale, lo entiendo. Yo tampoco quiero que lo hagas. Quiero seguir aquí, en esta vida, por mucho tiempo.
- Estoy hablando en serio.
- De acuerdo, perdona, pero es que a veces me asustas de veras y necesito tomármelo a broma.
- Yo lo veo así. Tengo dos opciones. La primera es despertar y afrontar una realidad que no conozco, que no se si me hará infeliz, en la que quizá no podré estar con Ruth. Tal vez ni siquiera verla. La otra es adentrarme en el sueño, dificultar ese despertar.
- Lo voy pillando.... Bueno, la verdad es que no. Pero da igual. Sigue, que quizás se aclare todo al final.
- Quiero que me des permiso para acceder a la cumbre de la montaña.
- Quieres ir a esquiar.
- Que no, Lou. Tómame en serio por una vez. Quiero que me des paso franco hasta los neveros, que se lo digas a los jóvenes de tu clan, que tengo tu permiso y que no deben molestarme. Quiero pasar el tiempo que me quede arriba.
Por primera vez Phil adivinó la tristeza en los ojos de su amigo.
- Nos hacemos viejos, Lou. Yo lo soy de espíritu hace mucho. El hada tenía razón. Es como si mi vida hubiera dado comienzo la primera vez que vi a la niña. Desde que me rehuye nada tiene aliciente para mí. Se que no es el comportamiento adecuado para un oso, que compongo una estampo muy poco digna, pero las cosas han acabado siendo así. Aquí tengo recuerdos. No se si fuera la conozco. Tal vez es alguien con quien nunca haya hablado. Tal vez en la otra realidad solo sea una fiera que la acecha. Prefiero la soledad de la cumbre a la claudicación sea donde sea.
- Tiene mi permiso, Lou. Me advirtieron hace tiempo que vagabas herido por los bosques y no hice caso. Estaba enfadado contigo porque la habías preferido a ella. Me arrepiento ahora.
- Lou, he tenido una buena vida para un oso, no tengo de que quejarme. Menos de tí. Me cuidaste cuando éramos jóvenes, hasta que aprendí a valerme.
- Permiso concedido.
Se abrazaron en silencio.
- Y que sepas que Mary está fantástica. La fuí a ver la primavera pasada. Se emparejó hace tiempo, pero hicimos la vista gorda sobre ese detalle durante una tarde...
- Siempre has sido un sinvergüenza.
- Gracias a Dios. Me gustan las hembras, y si hubiera sido de moral más estricta me habría perdido muchas de las oportunidades que me ha ofrecido la vida.
- Un sinvergüenza redomado.
- Ya, lo ideal es lo tuyo, arrastrando el hocico toda la vida... ¿Que tu vida empezó cuando conociste a Ruth? La de desengaños amorosos tuyos que me he tenido que tragar a palo seco.
lunes, 25 de junio de 2012
La niña y el oso / 10.- El presente
La niña y el oso / 10.- El presente
- ¿Por qué las cosas no podían seguir siendo simples como al principio?
Phil tenía cogida una margarita entre los dedos de la mano derecha. Con la izquierda se apoyaba en el suelo para poder mantenerse sentado con las piernas estiradas.
- Nosotros mismos somos los que las complicamos al cambiar nuestro nivel de exigencia.
El hada estaba sentada frente a él, con la espalda recta. A Phil le dolían los huesos de la columna con solo mirarla. Los hombros rectos, las piernas esbeltas plegadas la una sobre la otra. Sin tensiones aparentes, con una expresión de tranquilidad en el rostro. Aquella mujer tenía que ser gimnasta. Últimamente a él le crujían las articulaciones más de los debido. Se estaba haciendo viejo de veras.
- Yo no pedí nada.
- No es lo que pides sino lo que esperas obtener. Si no esperases más no estarías triste y desilusionado.
- ¿Quien ha dicho que lo esté?
- Si vamos a discutir también lo obvio no arrancaremos nunca.
El silencio que siguió a la afirmación del hada fue un reconocimiento tácito de que habían encontrado un punto de partida para aquella conversación.
- ¿Qué hago aquí, Phil?¿Qué quieres que haga para hacer que desaparezca de tu rostro esa expresión de mártir?
- Requiero tus servicios de hada. Quiero que hagas un hechizo. Me dijiste una vez que tu lo puedes todo.
- Yo solo puedo hacer que lo que es se evidencie, nada más.
- Sonaba más impresionante cuando lo explicaste la otra vez. Solo quiero que me ayudes con tu magia.
- La magia no existe, Phil. Tal vez el pensamiento alternativo.
- Parecen palabras subversivas en labios de un hada. Si la magia no existe tú tampoco.
- No te quito la razón.
Sus ojos verdes eran dulces, le miraban con simpatía. Quizás con un pizca de condescendencia, como se mira a un niño que hace travesuras, pero inofensivas para él mismo y para su entorno y se le puede dejar jugar a sus anchas sin peligro.
- Te lo vuelvo a preguntar, Phil ¿por qué me has convocado?¿Qué es lo que quieres de mí?
- Como si no lo supieras.
- Ya lo creo que lo se, habría que estar ciego para no verlo, pero quiero oírtelo decir. Esto funciona así: Me pides algo de forma clara y explícita, y te lo concedo si es razonable y está en mi mano.
- Quiero que me vuelvas humano.
El hada río con una risa franca. Algunos pájaros que dormían en los árboles abrieron un ojo para ver que pasaba. Luego la risa cesó de forma tan abrupta como empezó y el silencio que siguió se espesó hasta fraguar en una negativa: "No".
- ¿Ya está, hemos acabado la negociación? ¿Por qué no? Te daré la cantidad que quieras de lo que sueles pedirme. Toda mi despensa de frutos del bosque. Además, porque te ríes.
- Me río porque me ha hecho gracia tu expresión de súplica. Ahora entiendo porque eres su juguete preferido. Seguro que ella se lo pasa tan bien como ahora yo resistiéndose al principio a darme gusto. Pero lo que pides es absurdo, aunque previsible.
- Te equivocas, tiene mucho sentido y será una total sorpresa para ella. Si me convierto en humano podremos estar juntos para siempre, podré vivir en la ciudad, ella me querrá como se quiere a una persona, no a un juguete.
- No puede ser, Phil.
- No me quieres ayudar. Siempre me dió la sensación de que estabas a mi lado, que tenía tu simpatía en todo este embrollo.
El hada cerró los ojos como si tratará ahora de descansar. La serpentina pulida desapareció tras sus párpados y por un momento fue como si el mundo dejará de tener colores. Suspiró profundamente, despacio, como si buscara la calma en un pozo demasiado profundo.
- No, no es eso.
- ¿Entonces que es?
- Tú ya eres humano, Phil.
El oso dejó de apoyarse en la mano izquierda y se recostó sobre la yerba. Encogió las piernas para ocupar menos espacio, como un niño que se enrosca tratando de recordar su pasado en el vientre de la madre. Hacía fresco. La madrugada era fría. No había nubes en el cielo. Las estrellas brillaban esplendorosas en aquella penumbra sin luna. Estaba oscuro. Se veían el uno al otro solo como sombras difusas que se fundían en la oscuridad del bosque.
- ¿Me estás hablando de forma alegórica o algo así?
- Aquí no, Phil.
- ¿Aquí no el qué, hada?
- No es aquí donde eres humano.
- Te refieres que lo soy dentro de mi corazón o algo así.
- Bueno, eso también, pero me refiero a este escenario. Aquí eres un oso porque así lo decidiste en su momento.
- Te entiendo cada vez menos y me estoy empezando a angustiar. ¿Quieres pipas?
- Si tienes.
- Necesito hacer algo y tanto estrés me está dando hambre. No puedo comer cosas que engorden, quiero adelgazar para ella. La delgadez les gusta a los humanos.
El hada sonrió y ladeo la cabeza. Aquel oso despertaba su ternura. Tenía que explicárselo todo. Pero si lo hacía todo iba a cambiar para siempre. Y las consecuencias del cambio repercutirían en todos. También en ella. Y no sabía en que forma y en que grado, si sería para bien o para mal. Para mejorar las cosas o para estropearlas para siempre. El equilibrio del que dependía todo era demasiado frágil y abarcaba demasiado poco
- Respóndeme una pregunta: ¿Te acuerdas de tu infancia?
- ¿Debería? La verdad es que no mucho. Bueno, nada en absoluto.
- ¿Recuerdas como conociste a Ruth?
- Como si acabara de ocurrir. De repente estaba ante mí. Y la vi a pesar de que era diminuta.
- ¿Y antes que eso?
- No se, aquello fue como un arranque, un punto de partida. Lo demás no es demasiado importante.
- Exacto. Eso es. En ese momento empezó todo, aunque quizás tengas recuerdos de cosas anteriores. ¿Que hacías justo cuando saliste del bosque y la encontraste ante tí?
- Corría.
- ¿Hacia donde?¿Por qué motivo?
- No se, lo he olvidado. A lo mejor no había motivo o destino. O quizá no era relevante. Si lo fuera lo recordaría. ¿No?
- No lo recuerdas porque todo es un sueño, Phil. En los sueños importa lo que ocurre, lo que nos quiere decir, y no los porqués.
- ¿El que es un sueño?
- Todo. Tú y yo, lo que nos rodea, el lugar en el que estamos. Las estrellas reflejadas en el espejo ahí abajo flotando en la superficie del agua entre los ranúnculos. Nuestras sombras. Lo que decimos y lo que pensamos, que por una vez son lo mismo. Todo es algo que sueñas para no estar despierto y vivir tu vida real, donde eres humano y no puedes tener a Ruth, que es lo único que deseas.
- Que pena no haber tomado notas, ha sido impresionante... ¿Me vas a decir que abra los ojos y voy a aparecer aterido en un tanque de congelación criogénica?
- Escúchate, Phil. Así no hablan los osos. Haces referencia a una película como si en el bosque hubiera cines o televisiones.
- En casa de Dolores hay una bien grande.
- ¿Y recuerdas haberte sentado ante ella?
- Pues creo que no.
- Claro. No se sueña para ver la tele, sería absurdo.
- ¿Piensas que me voy a creer algo tan descabellado?
- Me crees ya porque sientes que es verdad. Pero te da miedo admitirlo, la posibilidad de que tengas que despertar. Ni me voy a esforzar en tratar de convencerte, la claudicación vendrá sola.
Hacia el oriente empezaron a apagarse algunas estrellas. Comenzaba el amanecer. En algo más de una hora el sol asomaría el hocico para husmear el mundo.
- ¿Ella es real? Aquí dentro me refiero.
- Creo que este sitio lo creasteis entre los dos para tener un refugio donde estar juntos. Aquí tú eres un oso porque ella quiere verte así en sus sueños y tú la ves como una niña porque es como más cómodo te sientes.
- Pero ya no lo es.
- Has vuelto a dar en el clavo. Tú quieres ser humano y ella crece. Tan raro que en el paraíso las cosas se transformen. La perfección no admite cambios sino para empeorar los principios. Os reveláis contra el sueño, a vuestras respectivas imposiciones.
Phil dejó correr los segundos en silencio un momento. se oyó el sonido de la cáscara de una pipa al quebrarse.
- ¿Y por que esas imposiciones?
- Creo que para eliminar un elemento de la ecuación. Para desterrar un factor que puede corromper las cosas y evitar que perduren para siempre.
- ¿Cual?
- El reclamo de la piel, Phil. La tiranía de los cuerpos. Ese impulso que te lleva a desear que su olor perdure en tus manos tras tocarla.
El oso pareció tubarse. Sacudió uno de sus pies. Dejó de comer pipas. Se levantó y volvió a tumbarse sobre la hierba. Ocultó su rostro con sus manos y tras un profundo suspiro pareció relajarse al fin.
- Ahora mismo tengo sueño, hada. ¿Si me duermo despertaré en el otro sitio distinto a este y lo haré como un humano?
- Quien sabe.
- ¿Hada?.
- Dime.
- ¿Y tú, eres real?.
- Esa pregunta es la más relevante. Al menos para mí. Lo he pensado y creo que sí, así quiero creerlo. Soy aquella a quien contaste el secreto. Tal vez escribiste un cuento y me lo diste a leer. Tal vez hablamos una madrugada como esta allá donde las cosas son de otra forma. Tal vez lo estemos haciendo en este mismo momento y te esté persuadiendo para que hagas algo.
- ¿Algo como que?
- Algo como despertar de tu letargo y que afrontes tus deseos. Que trates de lograr que se hagan realidad o renuncies a ellos definitivamente.
- Parece interesante. Lo meditaré detenidamente cuando me despierte.
El amanecer los sorprendió dormidos y hasta muy avanzado el día no se reincorporaron a la actividad del bosque y sus habitantes.
- ¿Por qué las cosas no podían seguir siendo simples como al principio?
Phil tenía cogida una margarita entre los dedos de la mano derecha. Con la izquierda se apoyaba en el suelo para poder mantenerse sentado con las piernas estiradas.
- Nosotros mismos somos los que las complicamos al cambiar nuestro nivel de exigencia.
El hada estaba sentada frente a él, con la espalda recta. A Phil le dolían los huesos de la columna con solo mirarla. Los hombros rectos, las piernas esbeltas plegadas la una sobre la otra. Sin tensiones aparentes, con una expresión de tranquilidad en el rostro. Aquella mujer tenía que ser gimnasta. Últimamente a él le crujían las articulaciones más de los debido. Se estaba haciendo viejo de veras.
- Yo no pedí nada.
- No es lo que pides sino lo que esperas obtener. Si no esperases más no estarías triste y desilusionado.
- ¿Quien ha dicho que lo esté?
- Si vamos a discutir también lo obvio no arrancaremos nunca.
El silencio que siguió a la afirmación del hada fue un reconocimiento tácito de que habían encontrado un punto de partida para aquella conversación.
- ¿Qué hago aquí, Phil?¿Qué quieres que haga para hacer que desaparezca de tu rostro esa expresión de mártir?
- Requiero tus servicios de hada. Quiero que hagas un hechizo. Me dijiste una vez que tu lo puedes todo.
- Yo solo puedo hacer que lo que es se evidencie, nada más.
- Sonaba más impresionante cuando lo explicaste la otra vez. Solo quiero que me ayudes con tu magia.
- La magia no existe, Phil. Tal vez el pensamiento alternativo.
- Parecen palabras subversivas en labios de un hada. Si la magia no existe tú tampoco.
- No te quito la razón.
Sus ojos verdes eran dulces, le miraban con simpatía. Quizás con un pizca de condescendencia, como se mira a un niño que hace travesuras, pero inofensivas para él mismo y para su entorno y se le puede dejar jugar a sus anchas sin peligro.
- Te lo vuelvo a preguntar, Phil ¿por qué me has convocado?¿Qué es lo que quieres de mí?
- Como si no lo supieras.
- Ya lo creo que lo se, habría que estar ciego para no verlo, pero quiero oírtelo decir. Esto funciona así: Me pides algo de forma clara y explícita, y te lo concedo si es razonable y está en mi mano.
- Quiero que me vuelvas humano.
El hada río con una risa franca. Algunos pájaros que dormían en los árboles abrieron un ojo para ver que pasaba. Luego la risa cesó de forma tan abrupta como empezó y el silencio que siguió se espesó hasta fraguar en una negativa: "No".
- ¿Ya está, hemos acabado la negociación? ¿Por qué no? Te daré la cantidad que quieras de lo que sueles pedirme. Toda mi despensa de frutos del bosque. Además, porque te ríes.
- Me río porque me ha hecho gracia tu expresión de súplica. Ahora entiendo porque eres su juguete preferido. Seguro que ella se lo pasa tan bien como ahora yo resistiéndose al principio a darme gusto. Pero lo que pides es absurdo, aunque previsible.
- Te equivocas, tiene mucho sentido y será una total sorpresa para ella. Si me convierto en humano podremos estar juntos para siempre, podré vivir en la ciudad, ella me querrá como se quiere a una persona, no a un juguete.
- No puede ser, Phil.
- No me quieres ayudar. Siempre me dió la sensación de que estabas a mi lado, que tenía tu simpatía en todo este embrollo.
El hada cerró los ojos como si tratará ahora de descansar. La serpentina pulida desapareció tras sus párpados y por un momento fue como si el mundo dejará de tener colores. Suspiró profundamente, despacio, como si buscara la calma en un pozo demasiado profundo.
- No, no es eso.
- ¿Entonces que es?
- Tú ya eres humano, Phil.
El oso dejó de apoyarse en la mano izquierda y se recostó sobre la yerba. Encogió las piernas para ocupar menos espacio, como un niño que se enrosca tratando de recordar su pasado en el vientre de la madre. Hacía fresco. La madrugada era fría. No había nubes en el cielo. Las estrellas brillaban esplendorosas en aquella penumbra sin luna. Estaba oscuro. Se veían el uno al otro solo como sombras difusas que se fundían en la oscuridad del bosque.
- ¿Me estás hablando de forma alegórica o algo así?
- Aquí no, Phil.
- ¿Aquí no el qué, hada?
- No es aquí donde eres humano.
- Te refieres que lo soy dentro de mi corazón o algo así.
- Bueno, eso también, pero me refiero a este escenario. Aquí eres un oso porque así lo decidiste en su momento.
- Te entiendo cada vez menos y me estoy empezando a angustiar. ¿Quieres pipas?
- Si tienes.
- Necesito hacer algo y tanto estrés me está dando hambre. No puedo comer cosas que engorden, quiero adelgazar para ella. La delgadez les gusta a los humanos.
El hada sonrió y ladeo la cabeza. Aquel oso despertaba su ternura. Tenía que explicárselo todo. Pero si lo hacía todo iba a cambiar para siempre. Y las consecuencias del cambio repercutirían en todos. También en ella. Y no sabía en que forma y en que grado, si sería para bien o para mal. Para mejorar las cosas o para estropearlas para siempre. El equilibrio del que dependía todo era demasiado frágil y abarcaba demasiado poco
- Respóndeme una pregunta: ¿Te acuerdas de tu infancia?
- ¿Debería? La verdad es que no mucho. Bueno, nada en absoluto.
- ¿Recuerdas como conociste a Ruth?
- Como si acabara de ocurrir. De repente estaba ante mí. Y la vi a pesar de que era diminuta.
- ¿Y antes que eso?
- No se, aquello fue como un arranque, un punto de partida. Lo demás no es demasiado importante.
- Exacto. Eso es. En ese momento empezó todo, aunque quizás tengas recuerdos de cosas anteriores. ¿Que hacías justo cuando saliste del bosque y la encontraste ante tí?
- Corría.
- ¿Hacia donde?¿Por qué motivo?
- No se, lo he olvidado. A lo mejor no había motivo o destino. O quizá no era relevante. Si lo fuera lo recordaría. ¿No?
- No lo recuerdas porque todo es un sueño, Phil. En los sueños importa lo que ocurre, lo que nos quiere decir, y no los porqués.
- ¿El que es un sueño?
- Todo. Tú y yo, lo que nos rodea, el lugar en el que estamos. Las estrellas reflejadas en el espejo ahí abajo flotando en la superficie del agua entre los ranúnculos. Nuestras sombras. Lo que decimos y lo que pensamos, que por una vez son lo mismo. Todo es algo que sueñas para no estar despierto y vivir tu vida real, donde eres humano y no puedes tener a Ruth, que es lo único que deseas.
- Que pena no haber tomado notas, ha sido impresionante... ¿Me vas a decir que abra los ojos y voy a aparecer aterido en un tanque de congelación criogénica?
- Escúchate, Phil. Así no hablan los osos. Haces referencia a una película como si en el bosque hubiera cines o televisiones.
- En casa de Dolores hay una bien grande.
- ¿Y recuerdas haberte sentado ante ella?
- Pues creo que no.
- Claro. No se sueña para ver la tele, sería absurdo.
- ¿Piensas que me voy a creer algo tan descabellado?
- Me crees ya porque sientes que es verdad. Pero te da miedo admitirlo, la posibilidad de que tengas que despertar. Ni me voy a esforzar en tratar de convencerte, la claudicación vendrá sola.
Hacia el oriente empezaron a apagarse algunas estrellas. Comenzaba el amanecer. En algo más de una hora el sol asomaría el hocico para husmear el mundo.
- ¿Ella es real? Aquí dentro me refiero.
- Creo que este sitio lo creasteis entre los dos para tener un refugio donde estar juntos. Aquí tú eres un oso porque ella quiere verte así en sus sueños y tú la ves como una niña porque es como más cómodo te sientes.
- Pero ya no lo es.
- Has vuelto a dar en el clavo. Tú quieres ser humano y ella crece. Tan raro que en el paraíso las cosas se transformen. La perfección no admite cambios sino para empeorar los principios. Os reveláis contra el sueño, a vuestras respectivas imposiciones.
Phil dejó correr los segundos en silencio un momento. se oyó el sonido de la cáscara de una pipa al quebrarse.
- ¿Y por que esas imposiciones?
- Creo que para eliminar un elemento de la ecuación. Para desterrar un factor que puede corromper las cosas y evitar que perduren para siempre.
- ¿Cual?
- El reclamo de la piel, Phil. La tiranía de los cuerpos. Ese impulso que te lleva a desear que su olor perdure en tus manos tras tocarla.
El oso pareció tubarse. Sacudió uno de sus pies. Dejó de comer pipas. Se levantó y volvió a tumbarse sobre la hierba. Ocultó su rostro con sus manos y tras un profundo suspiro pareció relajarse al fin.
- Ahora mismo tengo sueño, hada. ¿Si me duermo despertaré en el otro sitio distinto a este y lo haré como un humano?
- Quien sabe.
- ¿Hada?.
- Dime.
- ¿Y tú, eres real?.
- Esa pregunta es la más relevante. Al menos para mí. Lo he pensado y creo que sí, así quiero creerlo. Soy aquella a quien contaste el secreto. Tal vez escribiste un cuento y me lo diste a leer. Tal vez hablamos una madrugada como esta allá donde las cosas son de otra forma. Tal vez lo estemos haciendo en este mismo momento y te esté persuadiendo para que hagas algo.
- ¿Algo como que?
- Algo como despertar de tu letargo y que afrontes tus deseos. Que trates de lograr que se hagan realidad o renuncies a ellos definitivamente.
- Parece interesante. Lo meditaré detenidamente cuando me despierte.
El amanecer los sorprendió dormidos y hasta muy avanzado el día no se reincorporaron a la actividad del bosque y sus habitantes.
viernes, 22 de junio de 2012
La niña y el oso / 9.- La Navidad
La niña y el oso / 9.- La Navidad
- ¿Y te acuerdas como arrugaba su naricilla diminuta cuando se enfadaba muy de niña?
- Puff. Tan pequeña no es. -Protestó Ruth, pero ninguno de los dos le hizo caso. Casi se diría que no se daban cuenta de que también estaba sentada a la mesa de la cena-.
- Ya lo creo, daba miedo mirarla. Toda esa furia contenida a punto de desatarse sobre uno. Bueno, miedo no, respeto.
- No, estaba bien expresado. Siempre te ha mantenido a raya por ese pavor que la tienes. Siempre has sido su juguete.
- Yo no lo expresaría así. Es bien sabido que los osos...
- Eeeeeoooooo... ¿Hay alguien ahí? Me parece oir voces en ese lado de la mesa.- A Ruth le ponía los nervios de punta que siempre que se juntaban su madre y Phil acabasen hablando de ella. Era una ley inexorable, ineludible, como la de la Gravedad.
- Siempre ha tenido mucho carácter.
- ¿Me lo vas a decir a mi que soy su madre? Con seis o siete años me echaba unas broncas... Y me castigaba sin salir de mi cuarto. Broncas con tono calmado, sin alzar la voz, que son más inquietantes.
- Con lo chiquitina que es, ¿verdad? -A Phil se le enternecieron los ojos al decirlo. La recordó cuando la vió por primera vez, enfundada en su mejor pijama. -Al día siguiente de conocerla fue la primera vez que le vi arrugar la nariz de esa forma. Le dije que no la podía llevar al bosque y como se lo tomo. Parecía la Reina de Corazones de Alicia en el País de las Maravillas a punto de ordenar que le cortaran la cabeza a alguien.
- ¿Y por qué se lo dijiste?
- Mujer, no me constaba que tuviera tu permiso. Lo mismo me denunciabas a la guardería forestal por oso secuestrador.
- Phil, ¿me pasas el salero? El puré de patatas está soso -Ruth ni siquiera se había servido puré, pero fue lo primero que se le ocurrió para tratar de interrumpir aquella conversación. ¿Cómo era posible sentirse excluida de una conversación que la tenía a ella como único tema?
- Nunca me cupo duda de que contigo estaba más segura que en ningún otro lugar del planeta.
- ¿Tú crees?
- Se que jamás le harías daño. Y pobre del que lo intente en tu presencia.
- ¿Quieres que me coma el puré soso, Phil?¿Es algún tipo de retorcido castigo? -El tono que usó Ruth era burlón, casi paródico.
- Las primeras veces la llevé montada sobre mi lomo. No tenía muy claro si a los bebés humanos les convenía andar o no.
- Pues como todos los bebés de todas las especies, Phil.
- Ya. Pero yo no lo sabía, Dolores. Después leí un tratado de puericultura y resolví bastantes de mis dudas. Tu hija siempre ha sido un gran reto para mí. Me ha obligado a crecer como persona.
- Acabáramos... O alguien me pasa un salero o inicio una guerra de guisantes y sabéis que tengo mejor puntería que nadie.
- La verdad es que no sabría decir quien de los dos educó a quien.
- Bueno. Mi aportación habrá sido modesta, pero algo habré contribuido en que se haya convertido en la mujercita hecha y derecha que es ahora.
Al oír esto último Ruth empezó a hacer el gamberro sobre su silla tratando de llamar la atención con la actitud más infantil posible.
- Phil, sabes que estoy bromeando. Te debemos mucho. Las lecciones de natación están pagadas con creces. Jajaja.
- Y ahora se nos va a la universidad. No para de crecer... Bueno, ya me entiendes.
- Le vendrá bien conocer gente nueva. Anda obsesionada ahora con un señor que le dobla la edad. Me dan ganas de encadenarla a la cama de su cuarto, porque es capaz de fugarse a Las Vegas para casarse solo por llevar la contraria.
- Tampoco la edad tiene nada de malo, Dolores. Es el interior de las personas.
- ¿Pero que me estás diciendo?¿Quieres que nuestra niña nos la robe un viejo verde?
- Tan mayor no es... Es más joven que yo.
- No digas tonterías. Tú no andas detrás de la niña, husmeándole el cuerpo todo el rato.
- Debajo cuando era una cría y encima desde que menstrúo. -Ruth había decidido seguir la escalada de hostilidades y decir inconveniencias hasta que alguien la hiciera callar.
- ¿Tú crees que ese tipo hace eso?
- Es una forma de hablar.
- Pero el novio que tenía antes la tenía siempre triste. Siempre recién peleados, la niña con la cara larga y sin poder hacer carrera de ella.
- Desde luego, Phil. Mi madre parece mi madre, y no la vamos a reprochar que parezca lo que es. Pero tu pareces mi abuela eligiéndome novios. Eres patético. Además, fuistes tú quien me animo a conocerlo.
La expresión de Dolores se transformo. Su nariz se arrugo por el disgusto. Un rasgo de familia.
- ¿Cómo?... ¿La has animado tú?
- Verás, Dolores... Déjame que te explique...
Ruth reía a carcajadas. Había ganado. Habían admitido que estaba presente en la mesa.
- Que rico el pavo, mami.
- Lo ha cocinado Phil.
- Pero gazpacho en Navidad...
- Había que organizar una cena en función de los platos que sabe preparar este tarado...
- Oyes, no lo insultos. Solo puedo hacerlo yo. Es mi oso, joder.
- Ni una palabra más que te caliento el culo.
- ¿Tú y cuantas más?
- ¿Tenías que animarla, Phil? Cuanto me has decepcionado.
- Es un don, decepciona a todo el mundo. Ya va teniendo una edad y se sigue comportando como un crío. Demasiado viejo para ser el peluche de una niña. Quiero nuevos juguetes.
Era como si Ruth no se diera cuenta que aquello ya no iba en broma. La expresión en la cara de Phil era reveladora. Bueno, para quien sepa leer el lenguaje gestual en el rostro de un oso. Se daba cuenta de que él mismo se había puesto la soga alrededor del cuello. Aquel tipo la esperaba en la ciudad en la que iba a cursar sus últimos años de carrera. Cuando lo supiera Dolores le sometería a una tortura digna de la Inquisición.
Pero eso daba igual. Era cierto lo que había dicho Ruth para mortificarle en broma. Era demasiado viejo ya para ella. Y, lo que era peor, era un oso. Descartado sin siquiera plantearse como opción para... Y si no fuera un oso, descartado también por su edad.
- Yo no es que la animara, solo le dije que tenía derecho a intentar ser feliz.
- Felicidades, doctor Freud. Eres tan tonto que pensaste que la psicología negativa iba a funcionar.
- Te aseguro que yo no tenía ningún plan...
- Anda calla, que me tienes contenta. Ya puede estar bueno el postre que has preparado.
- Lo he hecho yo. Tarta de nueces. Las tenía guardadas desde la última vez que fue con Phil al bosque, este otoño.
El oso suspiro. Se relajó pensando que es difícil ver en la cara de un oso la tristeza. Se sentía morir. Era cierto, ya casi nunca estaba con Ruth. Pasaba mucho tiempo sin verla, parecía como si le esquivase incluso. Y de repente un día irrumpía de nuevo en su vida como si todo fuera como siempre, como si ellos dos formasen un universo propio. Y al poco tiempo se volvía a marchar, las más de las veces como si fuera una despedida para siempre. Mil veces se había querido morir aquel año que acababa al sentirse abandonado por ella. Pero es que ya era una mujer. Tenía vida propia. Ya no había cabida para los osos de juguete en su cuarto de juegos.
- Más tonto que mandado hacer de encargo, pero es parte de la familia.- Dijo Dolores.
- La abuela. Aunque en Caperucita ese papel se lo trataba de agenciar el lobo y no el oso. -Añadió Ruth riendo a carcajadas.
- ¿Y te acuerdas como arrugaba su naricilla diminuta cuando se enfadaba muy de niña?
- Puff. Tan pequeña no es. -Protestó Ruth, pero ninguno de los dos le hizo caso. Casi se diría que no se daban cuenta de que también estaba sentada a la mesa de la cena-.
- Ya lo creo, daba miedo mirarla. Toda esa furia contenida a punto de desatarse sobre uno. Bueno, miedo no, respeto.
- No, estaba bien expresado. Siempre te ha mantenido a raya por ese pavor que la tienes. Siempre has sido su juguete.
- Yo no lo expresaría así. Es bien sabido que los osos...
- Eeeeeoooooo... ¿Hay alguien ahí? Me parece oir voces en ese lado de la mesa.- A Ruth le ponía los nervios de punta que siempre que se juntaban su madre y Phil acabasen hablando de ella. Era una ley inexorable, ineludible, como la de la Gravedad.
- Siempre ha tenido mucho carácter.
- ¿Me lo vas a decir a mi que soy su madre? Con seis o siete años me echaba unas broncas... Y me castigaba sin salir de mi cuarto. Broncas con tono calmado, sin alzar la voz, que son más inquietantes.
- Con lo chiquitina que es, ¿verdad? -A Phil se le enternecieron los ojos al decirlo. La recordó cuando la vió por primera vez, enfundada en su mejor pijama. -Al día siguiente de conocerla fue la primera vez que le vi arrugar la nariz de esa forma. Le dije que no la podía llevar al bosque y como se lo tomo. Parecía la Reina de Corazones de Alicia en el País de las Maravillas a punto de ordenar que le cortaran la cabeza a alguien.
- ¿Y por qué se lo dijiste?
- Mujer, no me constaba que tuviera tu permiso. Lo mismo me denunciabas a la guardería forestal por oso secuestrador.
- Phil, ¿me pasas el salero? El puré de patatas está soso -Ruth ni siquiera se había servido puré, pero fue lo primero que se le ocurrió para tratar de interrumpir aquella conversación. ¿Cómo era posible sentirse excluida de una conversación que la tenía a ella como único tema?
- Nunca me cupo duda de que contigo estaba más segura que en ningún otro lugar del planeta.
- ¿Tú crees?
- Se que jamás le harías daño. Y pobre del que lo intente en tu presencia.
- ¿Quieres que me coma el puré soso, Phil?¿Es algún tipo de retorcido castigo? -El tono que usó Ruth era burlón, casi paródico.
- Las primeras veces la llevé montada sobre mi lomo. No tenía muy claro si a los bebés humanos les convenía andar o no.
- Pues como todos los bebés de todas las especies, Phil.
- Ya. Pero yo no lo sabía, Dolores. Después leí un tratado de puericultura y resolví bastantes de mis dudas. Tu hija siempre ha sido un gran reto para mí. Me ha obligado a crecer como persona.
- Acabáramos... O alguien me pasa un salero o inicio una guerra de guisantes y sabéis que tengo mejor puntería que nadie.
- La verdad es que no sabría decir quien de los dos educó a quien.
- Bueno. Mi aportación habrá sido modesta, pero algo habré contribuido en que se haya convertido en la mujercita hecha y derecha que es ahora.
Al oír esto último Ruth empezó a hacer el gamberro sobre su silla tratando de llamar la atención con la actitud más infantil posible.
- Phil, sabes que estoy bromeando. Te debemos mucho. Las lecciones de natación están pagadas con creces. Jajaja.
- Y ahora se nos va a la universidad. No para de crecer... Bueno, ya me entiendes.
- Le vendrá bien conocer gente nueva. Anda obsesionada ahora con un señor que le dobla la edad. Me dan ganas de encadenarla a la cama de su cuarto, porque es capaz de fugarse a Las Vegas para casarse solo por llevar la contraria.
- Tampoco la edad tiene nada de malo, Dolores. Es el interior de las personas.
- ¿Pero que me estás diciendo?¿Quieres que nuestra niña nos la robe un viejo verde?
- Tan mayor no es... Es más joven que yo.
- No digas tonterías. Tú no andas detrás de la niña, husmeándole el cuerpo todo el rato.
- Debajo cuando era una cría y encima desde que menstrúo. -Ruth había decidido seguir la escalada de hostilidades y decir inconveniencias hasta que alguien la hiciera callar.
- ¿Tú crees que ese tipo hace eso?
- Es una forma de hablar.
- Pero el novio que tenía antes la tenía siempre triste. Siempre recién peleados, la niña con la cara larga y sin poder hacer carrera de ella.
- Desde luego, Phil. Mi madre parece mi madre, y no la vamos a reprochar que parezca lo que es. Pero tu pareces mi abuela eligiéndome novios. Eres patético. Además, fuistes tú quien me animo a conocerlo.
La expresión de Dolores se transformo. Su nariz se arrugo por el disgusto. Un rasgo de familia.
- ¿Cómo?... ¿La has animado tú?
- Verás, Dolores... Déjame que te explique...
Ruth reía a carcajadas. Había ganado. Habían admitido que estaba presente en la mesa.
- Que rico el pavo, mami.
- Lo ha cocinado Phil.
- Pero gazpacho en Navidad...
- Había que organizar una cena en función de los platos que sabe preparar este tarado...
- Oyes, no lo insultos. Solo puedo hacerlo yo. Es mi oso, joder.
- Ni una palabra más que te caliento el culo.
- ¿Tú y cuantas más?
- ¿Tenías que animarla, Phil? Cuanto me has decepcionado.
- Es un don, decepciona a todo el mundo. Ya va teniendo una edad y se sigue comportando como un crío. Demasiado viejo para ser el peluche de una niña. Quiero nuevos juguetes.
Era como si Ruth no se diera cuenta que aquello ya no iba en broma. La expresión en la cara de Phil era reveladora. Bueno, para quien sepa leer el lenguaje gestual en el rostro de un oso. Se daba cuenta de que él mismo se había puesto la soga alrededor del cuello. Aquel tipo la esperaba en la ciudad en la que iba a cursar sus últimos años de carrera. Cuando lo supiera Dolores le sometería a una tortura digna de la Inquisición.
Pero eso daba igual. Era cierto lo que había dicho Ruth para mortificarle en broma. Era demasiado viejo ya para ella. Y, lo que era peor, era un oso. Descartado sin siquiera plantearse como opción para... Y si no fuera un oso, descartado también por su edad.
- Yo no es que la animara, solo le dije que tenía derecho a intentar ser feliz.
- Felicidades, doctor Freud. Eres tan tonto que pensaste que la psicología negativa iba a funcionar.
- Te aseguro que yo no tenía ningún plan...
- Anda calla, que me tienes contenta. Ya puede estar bueno el postre que has preparado.
- Lo he hecho yo. Tarta de nueces. Las tenía guardadas desde la última vez que fue con Phil al bosque, este otoño.
El oso suspiro. Se relajó pensando que es difícil ver en la cara de un oso la tristeza. Se sentía morir. Era cierto, ya casi nunca estaba con Ruth. Pasaba mucho tiempo sin verla, parecía como si le esquivase incluso. Y de repente un día irrumpía de nuevo en su vida como si todo fuera como siempre, como si ellos dos formasen un universo propio. Y al poco tiempo se volvía a marchar, las más de las veces como si fuera una despedida para siempre. Mil veces se había querido morir aquel año que acababa al sentirse abandonado por ella. Pero es que ya era una mujer. Tenía vida propia. Ya no había cabida para los osos de juguete en su cuarto de juegos.
- Más tonto que mandado hacer de encargo, pero es parte de la familia.- Dijo Dolores.
- La abuela. Aunque en Caperucita ese papel se lo trataba de agenciar el lobo y no el oso. -Añadió Ruth riendo a carcajadas.
viernes, 1 de junio de 2012
La niña y el oso / 8.- El evento
La niña y el oso / 8.- La función
Phil miraba la cara a Ruth y sentía su instinto homicida a flor de piel. El que bullía bajo la felpa y la guata de su pelambrera. Oh, no con ella. Con el soplagaitas que le había esculpido esa expresión de mansa tristeza en la cara. Y mira que las ardillas se estaban esforzando. Sobre todo Lupo, al que había visto ensayar el número de sol a sol. Pero las facciones de Ruth habían fraguado como el cemento horas atrás. Las ardillas recogían y lanzaban las nueces como si fuesen las manos de un malabarista de circo. A Phil le impresionaba lo coordinados que estaban. Sospechaba que Sonia, la hembra del trío, quería extender esa coordinación con Lupo más allá de aquellos momentos lúdicos de show bisness. O volver lúdicos todos los momentos con Lupo. Se le esponjaba la cola cada vez que se rozaba con la de él.
- Tachán-, gritó Lupo en el apoteosis final del número. Pero al apartar la atención del fruto seco, aun en el aire, y mirar la cara ensombrecida de Ruth para ver sus reacciones, se quedó parado y la nuez calló sobre su cabeza partiéndose la cáscara en dos.
Todos rieron pensando que ese era el colofón planeado para el número. Éxito de crítica y público efecto final. Las ranas croaron desaforadas. El mapache se desternillo de risa y empezó a reír panza arriba, y daba gusto ver a los castores entrechocando sus colas como si fueran jugadores de basket tras una canasta. Pero la cara de Ruth seguía cristalizada, congelada en la primera glaciación, con la expresión atrapada en el más crudo de los inviernos.
- Un receso de 15 minutos, -anunció Phil como maestro de ceremonias-. Después las ranas interpretarán "Clavelitos" y rondarán a la cumpleañera. -A estas, gracias a Dios, no las había visto ensayar.
Ruth seguía tumbada sobre la hierba, boca abajo, en la misma postura con la que vió la exhibición de karate del mapache con la que se iniciará la función. Había sido impresionante verle partir ristras de hortigas con el canto de sus manitas, sin rascarse siquiera durante toda la demostración. Aguantarse la comezón requería mucha concentración interior, le había informado a Phil las dos ranas cotorras cuyos nombres nunca recordaba. Parecían un dúo cómico. Podrían haber hecho un número aparte en vez de encuadrarse en el orfeón anfibio. "No des ideas", se dijo el oso a si mismo.
- ¿Que tal ese cumple?
- Fue ayer, Phil, -replicó Ruth con tono un tanto irritado.
- Bueno, pues... ¿qué tal el día después?
- Buuff. Estoy aburrida.
Esta nueva generación siempre aburrida. Habían nacido con el ánimo paralizado. Ni siquiera lloraban si estaban mal, solo se aburrían.
- Mujer, los chicos se han esforzado mucho para organizarte este festival.
- Yo no le pedido. Estoy mirando el festejo muy quietecita y sin rechistar.
- A Lupo le has partido el corazón.
- Pues el chichón le va a salir en la cabeza.
- No tienes ni idea de lo mucho que ha ensayado...
- Buuuffff.
Quiso decirle algo, hacerle un reproche. Es más, sintió que era su deber amonestarla por ser tan desagradecida con quienes querían mostrarle su cariño, pero hacía tiempo que medía mucho sus palabras. Ella ganaba siempre las discusiones, incluso las que no se verbalizaban y transcurrían de forma sorda. Y si no podía ganarlas las cortaba por lo sano. Ella era fuerte a pesar de su diminuto tamaño, como un escarabajo al que no puedes aplastar aunque lo pises.
Clavelitos resultó ser una experiencia mística al borde de la muerte. Ver media docena ranas rascarse el vientre fingiendo ser guitarristas, y a la más gorda revolcarse por el suelo imitando al de la pandereta, era más de lo que Phil podía soportar sin darse a los estupefacientes.
- ¿No podríamos abreviar? -suplicó Ruth.
- Veré lo que se puede hacer.
De todo esto tenía la culpa el novio de Ruth, que no sabía ceder y la llevaba siempre hasta el límite. Tantas peleas no eran normales. Para evitarlas con Ruth bastaba con darle la razón. Él lo llevaba haciendo desde que la conoció. Po el cariño y por el miedo que la tenía. Es decir, miedo a que le volviera la espalda. Las veces que sus enfados con él habían llegado a mayores los había vivido como una insufrible tortura. No concebía la vida, sus días, sin la compañía de ella. Su presencia lo llenaba todo, le daba sentido a los momentos vividos, y su ausencia vacíaba de contenido hasta las más grandes dichas. Si encontraba un panal en un roble, ¿como podía disfrutarlo sino no compartía el dorado tesoro con la chiquitina? Estos machos humanos no sabían el valor de las cosas.
- Las ocas me han dicho que suspenderán su potpourri de piezas de ballet, una de ellas se ha torcido una pata y no tienen sustituta.
- ¿Y entonces que queda?
- Solo mi aportación.
- Como recites el discurso de Enrique V en el día San Crispín, sillazo en la cara. Avisado estás.
Pues iba a ser eso, vaya por Dios. Le gustaba recitarla a su modo. Un oso puede ser jovial y aguerrido a la vez, parecer amistoso y dar miedo a la vez, lo que exigía ese recitado de Shakespeare.
- No, descuida -Y cuando lo dijo una idea cruzó su mente de parte a parte. Aquello requería una solución de emergencia-. Espera dos minutos aquí sin mover un músculo.
Corrió hacia su madriguera, muy próxima al escenario, y allí se disfrazó. Había prometido no volver a ponerse aquellas ropas, pero la ocasión merecía la pena. Cuando Ruth le vió disfrazado de oso mariposa la expresión de su rostro dejó aflorar la niña de 8 años que aun llevaba dentro y que adoraba jugar con peluches. Fue solo un instante de ternura, luego una risa a carcajadas llenó toda la pradera.
- Bate las alas, mariposita -Había la misma cantidad de aprecio que de burla en la petición. Y Phil bailó de forma elegante y parsimoniosa, girando sobre sí mismo, de puntillas, mientras batía las alas ayudado con la mano que no sostenía la varita mágica. Se sentía humillado y feliz al mismo tiempo. Conocía a aquella criatura desde hacía tanto que todos los resortes y mecanismos de sus estados de ánimo habían dejado de ser un secreto. Los conocía. Lástima no tener poder suficiente para influir en ellos.
Todos los animales se quedaron perplejos. Se produjo una epidemia de bocas abiertas por caída de mandíbulas.
- Si llegamos a saber que había una go-go de discoteca disponible la habríamos incorporado a nuestro número musical -Protestó la rana más grande. Phil le enseñó los colmillos y nadie se atrevió a insistir con más bromas en la brecha abierta en su dignidad. Desde luego aquello era embarazoso. Más para un oso que era el rey del bosque. Pero a Phil no le importaba nada más que una cosa: Ruth reía como hacía mucho tiempo nadie la había visto. De hecho había que remontarse a la última vez que Phil había usado aquella solución de emergencia en otro día difícil.
- ¿Que tal ahora? - preguntó Phil.
- Perfecto. ha sido catártico. Aprovecho y me voy, nos vemos mañana -dijo Ruth mientras se levantaba del suelo dando un brinco. -"Yo hago el trabajo y el mequetrefe se aprovecha del resultado", se dijo a si mismo Phil. Sabía que iba para ver a su novio-. Y dile a las ocas que me hagan una prueba.
- ¿Que es lo que sabes tú de ballet?
- Seguro que al menos lo mismo que tú, mariposita -añadió Ruth a gritos ya desde el otro extremo del prado.
Phil miraba la cara a Ruth y sentía su instinto homicida a flor de piel. El que bullía bajo la felpa y la guata de su pelambrera. Oh, no con ella. Con el soplagaitas que le había esculpido esa expresión de mansa tristeza en la cara. Y mira que las ardillas se estaban esforzando. Sobre todo Lupo, al que había visto ensayar el número de sol a sol. Pero las facciones de Ruth habían fraguado como el cemento horas atrás. Las ardillas recogían y lanzaban las nueces como si fuesen las manos de un malabarista de circo. A Phil le impresionaba lo coordinados que estaban. Sospechaba que Sonia, la hembra del trío, quería extender esa coordinación con Lupo más allá de aquellos momentos lúdicos de show bisness. O volver lúdicos todos los momentos con Lupo. Se le esponjaba la cola cada vez que se rozaba con la de él.
- Tachán-, gritó Lupo en el apoteosis final del número. Pero al apartar la atención del fruto seco, aun en el aire, y mirar la cara ensombrecida de Ruth para ver sus reacciones, se quedó parado y la nuez calló sobre su cabeza partiéndose la cáscara en dos.
Todos rieron pensando que ese era el colofón planeado para el número. Éxito de crítica y público efecto final. Las ranas croaron desaforadas. El mapache se desternillo de risa y empezó a reír panza arriba, y daba gusto ver a los castores entrechocando sus colas como si fueran jugadores de basket tras una canasta. Pero la cara de Ruth seguía cristalizada, congelada en la primera glaciación, con la expresión atrapada en el más crudo de los inviernos.
- Un receso de 15 minutos, -anunció Phil como maestro de ceremonias-. Después las ranas interpretarán "Clavelitos" y rondarán a la cumpleañera. -A estas, gracias a Dios, no las había visto ensayar.
Ruth seguía tumbada sobre la hierba, boca abajo, en la misma postura con la que vió la exhibición de karate del mapache con la que se iniciará la función. Había sido impresionante verle partir ristras de hortigas con el canto de sus manitas, sin rascarse siquiera durante toda la demostración. Aguantarse la comezón requería mucha concentración interior, le había informado a Phil las dos ranas cotorras cuyos nombres nunca recordaba. Parecían un dúo cómico. Podrían haber hecho un número aparte en vez de encuadrarse en el orfeón anfibio. "No des ideas", se dijo el oso a si mismo.
- ¿Que tal ese cumple?
- Fue ayer, Phil, -replicó Ruth con tono un tanto irritado.
- Bueno, pues... ¿qué tal el día después?
- Buuff. Estoy aburrida.
Esta nueva generación siempre aburrida. Habían nacido con el ánimo paralizado. Ni siquiera lloraban si estaban mal, solo se aburrían.
- Mujer, los chicos se han esforzado mucho para organizarte este festival.
- Yo no le pedido. Estoy mirando el festejo muy quietecita y sin rechistar.
- A Lupo le has partido el corazón.
- Pues el chichón le va a salir en la cabeza.
- No tienes ni idea de lo mucho que ha ensayado...
- Buuuffff.
Quiso decirle algo, hacerle un reproche. Es más, sintió que era su deber amonestarla por ser tan desagradecida con quienes querían mostrarle su cariño, pero hacía tiempo que medía mucho sus palabras. Ella ganaba siempre las discusiones, incluso las que no se verbalizaban y transcurrían de forma sorda. Y si no podía ganarlas las cortaba por lo sano. Ella era fuerte a pesar de su diminuto tamaño, como un escarabajo al que no puedes aplastar aunque lo pises.
Clavelitos resultó ser una experiencia mística al borde de la muerte. Ver media docena ranas rascarse el vientre fingiendo ser guitarristas, y a la más gorda revolcarse por el suelo imitando al de la pandereta, era más de lo que Phil podía soportar sin darse a los estupefacientes.
- ¿No podríamos abreviar? -suplicó Ruth.
- Veré lo que se puede hacer.
De todo esto tenía la culpa el novio de Ruth, que no sabía ceder y la llevaba siempre hasta el límite. Tantas peleas no eran normales. Para evitarlas con Ruth bastaba con darle la razón. Él lo llevaba haciendo desde que la conoció. Po el cariño y por el miedo que la tenía. Es decir, miedo a que le volviera la espalda. Las veces que sus enfados con él habían llegado a mayores los había vivido como una insufrible tortura. No concebía la vida, sus días, sin la compañía de ella. Su presencia lo llenaba todo, le daba sentido a los momentos vividos, y su ausencia vacíaba de contenido hasta las más grandes dichas. Si encontraba un panal en un roble, ¿como podía disfrutarlo sino no compartía el dorado tesoro con la chiquitina? Estos machos humanos no sabían el valor de las cosas.
- Las ocas me han dicho que suspenderán su potpourri de piezas de ballet, una de ellas se ha torcido una pata y no tienen sustituta.
- ¿Y entonces que queda?
- Solo mi aportación.
- Como recites el discurso de Enrique V en el día San Crispín, sillazo en la cara. Avisado estás.
Pues iba a ser eso, vaya por Dios. Le gustaba recitarla a su modo. Un oso puede ser jovial y aguerrido a la vez, parecer amistoso y dar miedo a la vez, lo que exigía ese recitado de Shakespeare.
- No, descuida -Y cuando lo dijo una idea cruzó su mente de parte a parte. Aquello requería una solución de emergencia-. Espera dos minutos aquí sin mover un músculo.
Corrió hacia su madriguera, muy próxima al escenario, y allí se disfrazó. Había prometido no volver a ponerse aquellas ropas, pero la ocasión merecía la pena. Cuando Ruth le vió disfrazado de oso mariposa la expresión de su rostro dejó aflorar la niña de 8 años que aun llevaba dentro y que adoraba jugar con peluches. Fue solo un instante de ternura, luego una risa a carcajadas llenó toda la pradera.
- Bate las alas, mariposita -Había la misma cantidad de aprecio que de burla en la petición. Y Phil bailó de forma elegante y parsimoniosa, girando sobre sí mismo, de puntillas, mientras batía las alas ayudado con la mano que no sostenía la varita mágica. Se sentía humillado y feliz al mismo tiempo. Conocía a aquella criatura desde hacía tanto que todos los resortes y mecanismos de sus estados de ánimo habían dejado de ser un secreto. Los conocía. Lástima no tener poder suficiente para influir en ellos.
Todos los animales se quedaron perplejos. Se produjo una epidemia de bocas abiertas por caída de mandíbulas.
- Si llegamos a saber que había una go-go de discoteca disponible la habríamos incorporado a nuestro número musical -Protestó la rana más grande. Phil le enseñó los colmillos y nadie se atrevió a insistir con más bromas en la brecha abierta en su dignidad. Desde luego aquello era embarazoso. Más para un oso que era el rey del bosque. Pero a Phil no le importaba nada más que una cosa: Ruth reía como hacía mucho tiempo nadie la había visto. De hecho había que remontarse a la última vez que Phil había usado aquella solución de emergencia en otro día difícil.
- ¿Que tal ahora? - preguntó Phil.
- Perfecto. ha sido catártico. Aprovecho y me voy, nos vemos mañana -dijo Ruth mientras se levantaba del suelo dando un brinco. -"Yo hago el trabajo y el mequetrefe se aprovecha del resultado", se dijo a si mismo Phil. Sabía que iba para ver a su novio-. Y dile a las ocas que me hagan una prueba.
- ¿Que es lo que sabes tú de ballet?
- Seguro que al menos lo mismo que tú, mariposita -añadió Ruth a gritos ya desde el otro extremo del prado.
jueves, 26 de enero de 2012
La niña y el oso / 7.- Los ranúnculos
La niña y el oso / 7.- Los ranúnculos
- No me puedes negar que sean bonitos. Ahora el espejo parece otra cosa, y cuando la Luna recorre la superficie parece como si navegará en un mar lleno de algas.
- Sí, es muy bonito. Pero decírselo a las ranas ha sido un error. Ahora se pasan el día aquí como si estuvieran en la piscina.
- Tu siempre refunfuñando. Ahora que vengo menos necesitas compañía.
- Ah no, antes que con esas prefiero bailar con el Diablo. Además, me gusta estar solo.
- Phil, no digas bobadas, tu no sabes estar solo. Simplemente te resignas. Y de mala gana.
El oso lo pensó un momento. A veces le sorprendía la lucidez de aquella criatura tan chica. Ya cuando era diminuta, hace tantos años, le dejaban del revés esos ramalazos de inteligencia feroz. Ruth había plantado ranúnculos en la orilla más soleada del espejo, y estos habían arraigado. Empezaban a multiplicarse. Había una pequeña colonia de flores rojas en un extremo y otra de hojas amarillas en el otro. Estaban tumbados en su balcón, en su terraza natural que dominaba la laguna.
- El agua está buenísima. ¿No venís? -Grito una de las ranas mientras se zambullía a cámara lenta- ¡Jerónimo!
- Así todo el día. Y bien sabe que yo no me baño con público.
- ¿Por qué eres tan reacio a la alegría, Phil?
- No se a que te refieres. Me gusta verte reir.
- Si, bueno. Me refiero a serlo tú. Siempre tristón, arrastrando los pies. ¿Quién te va a obligar a disfrutar ahora que no voy a estar detrás tuyo? Necesito a las ranas aquí, al pie del cañón, para que te espabilen.
- Pues como esas se instalen aquí, a Dios pongo por testigo que nunca volveré a preguntarme a que saben las ancas de rana, que dicen que son plato de gourmet.
Ruth sonrió a su pesar. Trataba de llevar la conversación hacia cierto terreno que le preocupaba, pero aquel cascarrabias le hacia gracia con sus manías y sus arrebatos de ermitaño huraño.
- Me voy a hacer un largo -Anunció otra de las ranas-. Que alguien me cronometre, que me noto en forma para batir mi record.
- Estoy contando desde ya -le contestó gritando Ruth.
Phil se dió con toda la palma de la mano en la cara. La cachetada se oyó claramente. Luego permaneció con el rostro tapado en un gesto de desesperación.
- Si es que si encima los animas estamos perdidos.
- A mi me divierten, sosainas. Si hubiera sabido que tenías tantos nuevos amigos a lo mejor hubiera venido antes.
- No son mis amigos. Se me pegan en cuanto pueden si hay posibilidad de molestar o gorronear.
Ruth se puso al fin seria. Aquello no iba por donde quería. Había que abordar el asunto.
- No me lo pones fácil, Phil. Necesito saber que cuando vuelva a la universidad estarás bien. Mi novio está allí y no vendré a menudo. Probablemente no antes del verano. Y será por poco tiempo.
- Te recuerdo que ya me manejaba tan ricamente yo solo antes de que nacieras tú.
- Sí, cierto, a veces me pregunto como pudiste sobrevivir hasta que llegué a tu vida.
- Oh, vaya, con suerte sin duda.
- ¿Sabías que ranúnculo significa "pequeña ranita""?
- Pues no. Y saberlo hace más atractivo el cambio de decoración.
- ¿A que sí? Ya verás cuando la superficie del agua se cubra de ranitas amarillas y rojas.
- Con las verdes que tanto alborotan ya voy servido. Gracias.
- Házmelo fácil, Phil. Allí soy feliz. Quiero estar con él. Le quiero.
- Yo no te retengo.
- Pero si no te esfuerzas en estar bien harás que me sepa amargo. Hazlo por mí.
- ¿Cuanto?¿Cuanto? -Grito la rana expectante.
- 48 segundos justos- Le contestó Ruth alzando la voz. la distancia era la suficiente como para que los gritos fueran la única forma de hacerse entender entre ellos.
- Waala. Plusmarca personal.
- Si es que encima son copionas. Te ha calcado la expresión de sorpresa.
- Pero es un halago, tontorrón.-Le beso la mejilla peluda, súbitamente enternecida por su tozudez. Nunca daba un paso atrás. Solo si ella se lo pedía. Tuvo que apartar la mirada para que el no se percatara de sus lágrimas. Cuanto lo iba a echar de menos. Más que a nadie nunca.
- ¿Quieres que me integre? -Dijo Phil poniéndose de pie súbitamente.
Ella le miro con una expresión pintada en la cara que a medias era de sorpresa y a medias desconfianza.
- ¿Que vas a hacer?
- ¿Quieres que lo haga o no?
- Que ya te he dicho que sí, bobó.
- Verás. Lo vi en un episodio de House.
Primero corrió alejándose del precipicio. Luego acercándose a él. Y al llegar al borde dio un brinco tan fuerte que Ruth no lo hubiera podido creer si no lo estuviera contemplando con sus propios ojos.
- Yujujujui -Gritaba mientras trazaba un arco en el cielo de la tarde y caía con un ruido estruendoso sobre la lámina de agua. Fue algo así como un "splash". Litros y litros de agua ascendieron como un surtidor en el lugar del impacto. Y cuando salió a la superficie gritó:
- ¿Quien me echa una carrera?
- Uff, a nosotros se nos ha hecho tarde. Si eso venimos otro día.
Ruth estaba muerta de risa arriba de la rampa.
- Yo te la hecho.
- Ven, enana, si te atreves.
Ella repitió el salto de Phil. Y una vez en el agua, tras causar menos alboroto al llegar, se abrazaron simulando que peleaban. Luego se persiguieron el uno al otro.
- Pues si que te enseñé bien a nadar.
- Anda ya. Soy autodidacta.
- Será cabrón.
- Shush, en el bosque no se dicen palabras feas, niña. Lo sabes porque es lo primero que te enseñé.
- Gilipollas -Dijo ella como toda contestación.
Y todo el resto de la tarde estuvieron echando carreras, jugando a hacerse aguadillas, buceando para explorar los fondos de la laguna. Ruth oyó a las ranas protestar mientras se marchaban: "Vaya forma de tratar a los invitados. pues no te digo que casi me aplasta ese bruto". "Oye, y la niña al menos parecía cuerda. Ese oso es una pésima influencia para ella". Sí, Phil estaría mejor solo. La verdad es que eran unas pesadas. Además, lo quería así, porque él era solo suyo. Su oso.
- No me puedes negar que sean bonitos. Ahora el espejo parece otra cosa, y cuando la Luna recorre la superficie parece como si navegará en un mar lleno de algas.
- Sí, es muy bonito. Pero decírselo a las ranas ha sido un error. Ahora se pasan el día aquí como si estuvieran en la piscina.
- Tu siempre refunfuñando. Ahora que vengo menos necesitas compañía.
- Ah no, antes que con esas prefiero bailar con el Diablo. Además, me gusta estar solo.
- Phil, no digas bobadas, tu no sabes estar solo. Simplemente te resignas. Y de mala gana.
El oso lo pensó un momento. A veces le sorprendía la lucidez de aquella criatura tan chica. Ya cuando era diminuta, hace tantos años, le dejaban del revés esos ramalazos de inteligencia feroz. Ruth había plantado ranúnculos en la orilla más soleada del espejo, y estos habían arraigado. Empezaban a multiplicarse. Había una pequeña colonia de flores rojas en un extremo y otra de hojas amarillas en el otro. Estaban tumbados en su balcón, en su terraza natural que dominaba la laguna.
- El agua está buenísima. ¿No venís? -Grito una de las ranas mientras se zambullía a cámara lenta- ¡Jerónimo!
- Así todo el día. Y bien sabe que yo no me baño con público.
- ¿Por qué eres tan reacio a la alegría, Phil?
- No se a que te refieres. Me gusta verte reir.
- Si, bueno. Me refiero a serlo tú. Siempre tristón, arrastrando los pies. ¿Quién te va a obligar a disfrutar ahora que no voy a estar detrás tuyo? Necesito a las ranas aquí, al pie del cañón, para que te espabilen.
- Pues como esas se instalen aquí, a Dios pongo por testigo que nunca volveré a preguntarme a que saben las ancas de rana, que dicen que son plato de gourmet.
Ruth sonrió a su pesar. Trataba de llevar la conversación hacia cierto terreno que le preocupaba, pero aquel cascarrabias le hacia gracia con sus manías y sus arrebatos de ermitaño huraño.
- Me voy a hacer un largo -Anunció otra de las ranas-. Que alguien me cronometre, que me noto en forma para batir mi record.
- Estoy contando desde ya -le contestó gritando Ruth.
Phil se dió con toda la palma de la mano en la cara. La cachetada se oyó claramente. Luego permaneció con el rostro tapado en un gesto de desesperación.
- Si es que si encima los animas estamos perdidos.
- A mi me divierten, sosainas. Si hubiera sabido que tenías tantos nuevos amigos a lo mejor hubiera venido antes.
- No son mis amigos. Se me pegan en cuanto pueden si hay posibilidad de molestar o gorronear.
Ruth se puso al fin seria. Aquello no iba por donde quería. Había que abordar el asunto.
- No me lo pones fácil, Phil. Necesito saber que cuando vuelva a la universidad estarás bien. Mi novio está allí y no vendré a menudo. Probablemente no antes del verano. Y será por poco tiempo.
- Te recuerdo que ya me manejaba tan ricamente yo solo antes de que nacieras tú.
- Sí, cierto, a veces me pregunto como pudiste sobrevivir hasta que llegué a tu vida.
- Oh, vaya, con suerte sin duda.
- ¿Sabías que ranúnculo significa "pequeña ranita""?
- Pues no. Y saberlo hace más atractivo el cambio de decoración.
- ¿A que sí? Ya verás cuando la superficie del agua se cubra de ranitas amarillas y rojas.
- Con las verdes que tanto alborotan ya voy servido. Gracias.
- Házmelo fácil, Phil. Allí soy feliz. Quiero estar con él. Le quiero.
- Yo no te retengo.
- Pero si no te esfuerzas en estar bien harás que me sepa amargo. Hazlo por mí.
- ¿Cuanto?¿Cuanto? -Grito la rana expectante.
- 48 segundos justos- Le contestó Ruth alzando la voz. la distancia era la suficiente como para que los gritos fueran la única forma de hacerse entender entre ellos.
- Waala. Plusmarca personal.
- Si es que encima son copionas. Te ha calcado la expresión de sorpresa.
- Pero es un halago, tontorrón.-Le beso la mejilla peluda, súbitamente enternecida por su tozudez. Nunca daba un paso atrás. Solo si ella se lo pedía. Tuvo que apartar la mirada para que el no se percatara de sus lágrimas. Cuanto lo iba a echar de menos. Más que a nadie nunca.
- ¿Quieres que me integre? -Dijo Phil poniéndose de pie súbitamente.
Ella le miro con una expresión pintada en la cara que a medias era de sorpresa y a medias desconfianza.
- ¿Que vas a hacer?
- ¿Quieres que lo haga o no?
- Que ya te he dicho que sí, bobó.
- Verás. Lo vi en un episodio de House.
Primero corrió alejándose del precipicio. Luego acercándose a él. Y al llegar al borde dio un brinco tan fuerte que Ruth no lo hubiera podido creer si no lo estuviera contemplando con sus propios ojos.
- Yujujujui -Gritaba mientras trazaba un arco en el cielo de la tarde y caía con un ruido estruendoso sobre la lámina de agua. Fue algo así como un "splash". Litros y litros de agua ascendieron como un surtidor en el lugar del impacto. Y cuando salió a la superficie gritó:
- ¿Quien me echa una carrera?
- Uff, a nosotros se nos ha hecho tarde. Si eso venimos otro día.
Ruth estaba muerta de risa arriba de la rampa.
- Yo te la hecho.
- Ven, enana, si te atreves.
Ella repitió el salto de Phil. Y una vez en el agua, tras causar menos alboroto al llegar, se abrazaron simulando que peleaban. Luego se persiguieron el uno al otro.
- Pues si que te enseñé bien a nadar.
- Anda ya. Soy autodidacta.
- Será cabrón.
- Shush, en el bosque no se dicen palabras feas, niña. Lo sabes porque es lo primero que te enseñé.
- Gilipollas -Dijo ella como toda contestación.
Y todo el resto de la tarde estuvieron echando carreras, jugando a hacerse aguadillas, buceando para explorar los fondos de la laguna. Ruth oyó a las ranas protestar mientras se marchaban: "Vaya forma de tratar a los invitados. pues no te digo que casi me aplasta ese bruto". "Oye, y la niña al menos parecía cuerda. Ese oso es una pésima influencia para ella". Sí, Phil estaría mejor solo. La verdad es que eran unas pesadas. Además, lo quería así, porque él era solo suyo. Su oso.
martes, 24 de enero de 2012
La niña y el oso / 6.- El hada
La niña y el oso / 6.- El hada
- No me dejas pasar.- Dijo la mujer de ojos color serpentina.
- Lo mismo va a ser que no quiero que pase.- Contestó el oso con calma.
- ¿Eres vigilante jurado del bosque?- había una sonrisa burlona en sus labios curvados, a medio grado de arco del sarcasmo.
- No, señora, soy el guardián de mi casa.
La mujer puso sus ojos fijos en los del oso. Aquella cara peluda tenía la expresión del rostro relajada, impasible, como una escultura.
- Solo quiero recolectar algunas frambuesas.
El oso ladeo la cabeza. Movió las aletas de la nariz en un gesto de emoción que a la mujer le enterneció un tanto.
- Esas frambuesas ya tienen destino.
- En realidad no. Hace tiempo que no las recolectas porque te falta la persona a quien regalárselas.
- ¿No me diga? Pues las destinaré a consumó personal.
- Serías incapaz. La última que probaste una, hace tres días, te provocó llantina. Normal, tantos recuerdos...
La expresión de la cara del oso era como la de quien ve llover tras el cristal de una ventana, como la de quien ve pasar el tiempo como el vuelo errático de un insecto, sin ganas de atraparlo, de aprovecharlo en nada útil.
- Necesito las bayas y se pudrirán de todas maneras.
- Es bonito verlas madurar.
- Ay, no finjas ser un mal tipo, que te conozco. Además, puedo pagarte.
- De verdad que no sabría que hacer con el dinero.
- En especias.
- ¿Es consciente de lo mal que suena eso, señora?
- Haciéndote algún trabajito que pueda ser de tu agrado.
- Señora, la entedí a la primera y no estoy interesado.
- No tonto, me refiero a algún trabajito de magia. Soy un hada.
- Acabáramos.
La mujer movió las alas de forma coqueta y el aleteo le permitió despegar los pies del suelo algunos centímetros. Volvió a posarse lentamente. Tomándose su tiempo. Gozando del placer de estar suspendida en el aire.
- ¿Y qué con eso? Conozco un colibrí que hace eso mismo, pero se posa en el suelo boca abajo.
- Mucho los dudo. Los colibris se marean haciendo el pino. ¿Vamos a estar discutiendo toda la mañana?
- ¿Dígamelo usted? Yo no tengo mejor cosa que hacer.
- ¿Qué te gustaría recibir a cambio de tu predisposición a ayudarme? En realidad es una pregunta retórica. Se que es lo que más deseas en el mundo.
- Sorpréndame. Hasta ahora lo está haciendo francamente bien.
- Quieres que alguien retorno a tu vida.
El oso, se rasco una oreja. Era un tic que tenía cuando le pillaban in fraganti en mitad del descampado. Por eso no jugaba al póker con la ardilla y las ranas. ¿Para que tendría que haber alertado a aquella loca? Un acierto en un tiro disparado a ciegas. Eso era todo.
- ¿Y que podría hacer usted al respeto?- Sabía que había caído en su juego, pero aquello era importante. Como si había que bajar a los mismísimos infiernos, o subir a la montaña donde vivían los lobos. Hay propuestas que no pueden despacharse sin ser escuchadas por lo mucho en juego que suponen.
- Yo puedo procurarlo todo.
- Eso es tener surtido, diga usted que sí.
El hada plegó sus alas y se sentó sobre la hojarasca de los robles. La mañana era calurosa y el frescor de las hojas húmedas por el rocío del amanecer reciente era ciertamente agradable.
- Ven aquí conmigo, oso bonito.
- ¿Cómo dice, señora?
- Phil, vamos a llevarnos bien, te conozco desde que naciste, se lo que piensas porque he estado en el interior de tu cabeza innumerables veces. Conozco el interior de tu cráneo como si fuera mi propia casa.
- Osea, que es usted mi hada madrina.
- No, Phil, a ver si nos entendemos. Yo no apadrino animales. A veces tengo alguno como mascota. Procuro estar informada sobre tí porque me caes bien. Del verbo me gustas, pedazo de osazo.
Phil se ruborizó. Su experiencia con féminas se limitaba a aquella osa con la que una vez se cruzó y con la que pasó algo muy embarazoso que no sabía explicar como comenzó ni porque acabó como acabó. Y, por supuesto, Ruth, mucho menos peluda y que le suscitaba sentimientos más claros pero más sutiles.
Colocó sus posaderas junto a la dama de alas doradas. Su corpachón le impedía adoptar la posición del loto que había adquirido ella de forma tan elegante. Le hubiera gustado. Nunca sabía donde poner cada parte de su cuerpo cuando se recostaba en el suelo.
- Lo que tienes que meditar seriamente es si quieres que vuelva, que te la traiga. Ya se que tú crees que sí, pero lo que uno desea si pertenece al pasado no siempre trae la felicidad si se recupera.
- No la entiendo.
- En el tiempo que no la has visto ella ha cambiado. Quizás la forma en que es ahora, como vive su vida y con quien, no te guste, o te hiera.
- Yo nunca le he dicho como tiene que vivirla. Es más bien al revés. Me mangoneaba mucho, ¿sabe? Que si aprende a nadar, que si disfrázate de abeja. Si es que me da igual si vuelve o no. No vea que tranquilidad sin ella poniendo el bosque manga por hombro.
- Phil... Tienes una forma tan adorablemente torpe de mentir...
- Está conversación me parece que no va a ninguna parte. Puede usted llevarse las frambuesas sin más. Tiene usted razón. Van a marchitarse. A mi me sientan mal.
- Si me los pides haré que vuelva.
- ¿Así sin más?
- En cuanto me lo hagas saber.
- Solo por ver como lo hace.
- Por ahí viene.
Efectivamente. Ruth apareció en el linde del prado, al otro extremo de donde estaban. Surgió de entre la fila de fresnos que bordeaban el arroyo, descalza, seguramente para cruzar el cauce y gozar del frescor del agua. Le gustaba hacer esas cosas. Ya en la zona de hierba siguió descalza, esta vez para sentir en la planta de sus pies la suavidad de las hojas de los tréboles y las gramíneas.
- Hola tontorrón- Le dijo. Tras más de un año sin verse le saludaba así. Ya se estaba arrepintiendo de haber deseado su vuelta. Iba a protestar, pero no supo que decir. Estaba abrumado por la visión de ella. Vestía un traje entallado bajo el pecho y que solo le llegaba a las rodillas. Tenía el pelo cortísimo. Ay, su pelo, le dieron ganas de llorar. Esas coletas que ayudaba a trenzar cuanto no despegada más que unos pocos palmos del suelo. Pero así estaba turbadoramente guapa. Trató de improvisar un hola pero su garganta se negó a emitir ningún sonido. Seguía sentado en el suelo. Miró a su derecha para pedir ayuda, pero la mujer de alas doradas y ojos como rocas pulidas había desaparecido.
- ¿No me vas a decir nada? El trecho hasta aquí ha sido muy largo y estoy reventada. Tengo tanto que contarte.
- Ah...- Se le quedo la boca abierta tras el esfuerzo por emitir algún sonido.
- Bobo. Ni siquiera me vas a dar un beso. Qué rencoroso. Te la vas a cargar.
- ... Feliz...
- Cállate, tonti, que me vas a hacer llorar.
Se abalanzo sobre él y se le abrazó como si fuese un gran cojín viejo que poder estrujar. Tras zarandearlo un rato como si fuera un muñeco, mientras se reía como una loca de puro regocijo, se quedó quieta sobre su corpachón, como si se hubiera dormido. El contuvo la respiración para no despertarla. Sintió la humedad de sus pies aun mojados y los envolvió muy despacio con los suyos, grandes y peludos, para abrigarlos y secarlos, para que no sintiera frío. Y así estuvieron, el boca arriba sobre el suelo y ella dormida sobre su regazo, como tantas veces cuando era muy chica, hasta que la Luna vino a darles las buenas noches.
- No me dejas pasar.- Dijo la mujer de ojos color serpentina.
- Lo mismo va a ser que no quiero que pase.- Contestó el oso con calma.
- ¿Eres vigilante jurado del bosque?- había una sonrisa burlona en sus labios curvados, a medio grado de arco del sarcasmo.
- No, señora, soy el guardián de mi casa.
La mujer puso sus ojos fijos en los del oso. Aquella cara peluda tenía la expresión del rostro relajada, impasible, como una escultura.
- Solo quiero recolectar algunas frambuesas.
El oso ladeo la cabeza. Movió las aletas de la nariz en un gesto de emoción que a la mujer le enterneció un tanto.
- Esas frambuesas ya tienen destino.
- En realidad no. Hace tiempo que no las recolectas porque te falta la persona a quien regalárselas.
- ¿No me diga? Pues las destinaré a consumó personal.
- Serías incapaz. La última que probaste una, hace tres días, te provocó llantina. Normal, tantos recuerdos...
La expresión de la cara del oso era como la de quien ve llover tras el cristal de una ventana, como la de quien ve pasar el tiempo como el vuelo errático de un insecto, sin ganas de atraparlo, de aprovecharlo en nada útil.
- Necesito las bayas y se pudrirán de todas maneras.
- Es bonito verlas madurar.
- Ay, no finjas ser un mal tipo, que te conozco. Además, puedo pagarte.
- De verdad que no sabría que hacer con el dinero.
- En especias.
- ¿Es consciente de lo mal que suena eso, señora?
- Haciéndote algún trabajito que pueda ser de tu agrado.
- Señora, la entedí a la primera y no estoy interesado.
- No tonto, me refiero a algún trabajito de magia. Soy un hada.
- Acabáramos.
La mujer movió las alas de forma coqueta y el aleteo le permitió despegar los pies del suelo algunos centímetros. Volvió a posarse lentamente. Tomándose su tiempo. Gozando del placer de estar suspendida en el aire.
- ¿Y qué con eso? Conozco un colibrí que hace eso mismo, pero se posa en el suelo boca abajo.
- Mucho los dudo. Los colibris se marean haciendo el pino. ¿Vamos a estar discutiendo toda la mañana?
- ¿Dígamelo usted? Yo no tengo mejor cosa que hacer.
- ¿Qué te gustaría recibir a cambio de tu predisposición a ayudarme? En realidad es una pregunta retórica. Se que es lo que más deseas en el mundo.
- Sorpréndame. Hasta ahora lo está haciendo francamente bien.
- Quieres que alguien retorno a tu vida.
El oso, se rasco una oreja. Era un tic que tenía cuando le pillaban in fraganti en mitad del descampado. Por eso no jugaba al póker con la ardilla y las ranas. ¿Para que tendría que haber alertado a aquella loca? Un acierto en un tiro disparado a ciegas. Eso era todo.
- ¿Y que podría hacer usted al respeto?- Sabía que había caído en su juego, pero aquello era importante. Como si había que bajar a los mismísimos infiernos, o subir a la montaña donde vivían los lobos. Hay propuestas que no pueden despacharse sin ser escuchadas por lo mucho en juego que suponen.
- Yo puedo procurarlo todo.
- Eso es tener surtido, diga usted que sí.
El hada plegó sus alas y se sentó sobre la hojarasca de los robles. La mañana era calurosa y el frescor de las hojas húmedas por el rocío del amanecer reciente era ciertamente agradable.
- Ven aquí conmigo, oso bonito.
- ¿Cómo dice, señora?
- Phil, vamos a llevarnos bien, te conozco desde que naciste, se lo que piensas porque he estado en el interior de tu cabeza innumerables veces. Conozco el interior de tu cráneo como si fuera mi propia casa.
- Osea, que es usted mi hada madrina.
- No, Phil, a ver si nos entendemos. Yo no apadrino animales. A veces tengo alguno como mascota. Procuro estar informada sobre tí porque me caes bien. Del verbo me gustas, pedazo de osazo.
Phil se ruborizó. Su experiencia con féminas se limitaba a aquella osa con la que una vez se cruzó y con la que pasó algo muy embarazoso que no sabía explicar como comenzó ni porque acabó como acabó. Y, por supuesto, Ruth, mucho menos peluda y que le suscitaba sentimientos más claros pero más sutiles.
Colocó sus posaderas junto a la dama de alas doradas. Su corpachón le impedía adoptar la posición del loto que había adquirido ella de forma tan elegante. Le hubiera gustado. Nunca sabía donde poner cada parte de su cuerpo cuando se recostaba en el suelo.
- Lo que tienes que meditar seriamente es si quieres que vuelva, que te la traiga. Ya se que tú crees que sí, pero lo que uno desea si pertenece al pasado no siempre trae la felicidad si se recupera.
- No la entiendo.
- En el tiempo que no la has visto ella ha cambiado. Quizás la forma en que es ahora, como vive su vida y con quien, no te guste, o te hiera.
- Yo nunca le he dicho como tiene que vivirla. Es más bien al revés. Me mangoneaba mucho, ¿sabe? Que si aprende a nadar, que si disfrázate de abeja. Si es que me da igual si vuelve o no. No vea que tranquilidad sin ella poniendo el bosque manga por hombro.
- Phil... Tienes una forma tan adorablemente torpe de mentir...
- Está conversación me parece que no va a ninguna parte. Puede usted llevarse las frambuesas sin más. Tiene usted razón. Van a marchitarse. A mi me sientan mal.
- Si me los pides haré que vuelva.
- ¿Así sin más?
- En cuanto me lo hagas saber.
- Solo por ver como lo hace.
- Por ahí viene.
Efectivamente. Ruth apareció en el linde del prado, al otro extremo de donde estaban. Surgió de entre la fila de fresnos que bordeaban el arroyo, descalza, seguramente para cruzar el cauce y gozar del frescor del agua. Le gustaba hacer esas cosas. Ya en la zona de hierba siguió descalza, esta vez para sentir en la planta de sus pies la suavidad de las hojas de los tréboles y las gramíneas.
- Hola tontorrón- Le dijo. Tras más de un año sin verse le saludaba así. Ya se estaba arrepintiendo de haber deseado su vuelta. Iba a protestar, pero no supo que decir. Estaba abrumado por la visión de ella. Vestía un traje entallado bajo el pecho y que solo le llegaba a las rodillas. Tenía el pelo cortísimo. Ay, su pelo, le dieron ganas de llorar. Esas coletas que ayudaba a trenzar cuanto no despegada más que unos pocos palmos del suelo. Pero así estaba turbadoramente guapa. Trató de improvisar un hola pero su garganta se negó a emitir ningún sonido. Seguía sentado en el suelo. Miró a su derecha para pedir ayuda, pero la mujer de alas doradas y ojos como rocas pulidas había desaparecido.
- ¿No me vas a decir nada? El trecho hasta aquí ha sido muy largo y estoy reventada. Tengo tanto que contarte.
- Ah...- Se le quedo la boca abierta tras el esfuerzo por emitir algún sonido.
- Bobo. Ni siquiera me vas a dar un beso. Qué rencoroso. Te la vas a cargar.
- ... Feliz...
- Cállate, tonti, que me vas a hacer llorar.
Se abalanzo sobre él y se le abrazó como si fuese un gran cojín viejo que poder estrujar. Tras zarandearlo un rato como si fuera un muñeco, mientras se reía como una loca de puro regocijo, se quedó quieta sobre su corpachón, como si se hubiera dormido. El contuvo la respiración para no despertarla. Sintió la humedad de sus pies aun mojados y los envolvió muy despacio con los suyos, grandes y peludos, para abrigarlos y secarlos, para que no sintiera frío. Y así estuvieron, el boca arriba sobre el suelo y ella dormida sobre su regazo, como tantas veces cuando era muy chica, hasta que la Luna vino a darles las buenas noches.
viernes, 9 de diciembre de 2011
La niña y el oso / 5.- La corona
La niña y el oso / 5.- La corona
-¿Y no cree que antes de decir las cosas debería pensarlas, don Phil?- La ardilla sostenía su mirada con las cejas enarcadas mientras él, algo avergonzado, trataba de esquivar sus ojos diminutos.
- Bah.- Agitó la mano como si espantara un mosquito- Si no dije nada.
- A usted le parece eso, pero quien tiene los pareceres que importan no es usted.- La ardilla estaba remarcando cada una de sus palabras dándole golpecitos con el dedo en la rodilla. Los sentimientos del oso fluctuaban entre el asombro y la vergüenza. ¿Cuando había sido que habían empezado a dejarse amonestar por niñas y ardillas?- ... Quien imparte justicia es Ruth...- Sumido en sus propios pensamientos se estaba perdiendo parte del discurso de Lupo. Gracias a Dios- ... Y aquí andamos los dos sentenciados, quien sabe si por vida.
- De verdad que no estoy para sermones... Y, vamos, pensar que no me vuelva a dirigir la palabra por esa nimiedad... Además, contigo no va todo esto.
Uff, vaya escalofrío le acababa de recorrer la espalda de norte a sur. Hace pocos días andaba quejándose de lo pesada que era la chica. Siempre pidiendo favores. Que si disfrázate de abeja, que si haz de colchoneta para mis amigos en la piscina, que si límate las uñas que parecen garras. Pues claro. Y ahora la sola idea de que no le volviera a hablarle jamás... Ay... ¿Estamos locos?
- ¿Como que no va conmigo? Si la princesa no quiere ver a su oso y siervo no sube al bosque. Y si no sube al bosque la ardilla, un servidor, se queda sin poder disfrutar de su presencia.- Hizo una pausa dramática. Le encantaba el melodrama.- Usted... Usted no tiene posibilidades, es muy mayor, muy grande y muy feo.- La indignación hizo que su voz se volviera hasta chillona.- Pero yo albergo mis esperanzas intactas. Tengo mucho que ofrecer. Ese dedo empezaba a golpear fuerte de veras en su rótula.
- ¿Mucho que ofrecer a quien?
- A la señorita.
- Tú lo único que tienes son nueces. Sobre todo en la cabeza. Quizás podáis vivir juntos, ella en su habitación y tú en una jaula sobre su mesita de noche, con una de esas con una ruedas que giran sin moverse para que te pases el día dándole vueltas a tus ideas locas mientras correteas tras ella sin acercarte ni un milímetro.
- Sí eso. Después de ser cruel con ella séalo ahora conmigo.
- Tsk...
- Usted no entiende el amor y sus misterios. Cuando hay afecto sincero...
- He accedido a hacer lo que me pedías, -le interrumpió Phil-, pero como sigas dándome la murga cojo, me levanto y me voy.
Estaban los dos sentados en el prado del abrevadero, un precioso campo al pie de la montaña lleno de flores. Trenzaban margaritas para hacer guirnaldas. Contra todo pronóstico por la diferencia de tamaños, Lupo era mucho más rápido que Phil. Pero tanto hablar le distraía de la tarea. El resultado era que llevaban varias horas y la empresa quedaba lejos aun de cumplir su objetivo.
- Repíteme el plan, Lupo, que empiezo a ver borrosa la visión de conjunto.
- A ver. Cuando tengamos varias guirnaldas de margaritas las ataremos entre sí con tallos de amapolas, con las corolas bien visibles para que parezcan rubís engarzados en una corona de oro.
- A quien se lo cuente... ¿De verdad que crees que esto va a servir para algo?
- Oh, don Phil, no desprecie tan rápido mis enseñanzas. Le será muy útil en su relación con las féminas.
- Si yo le regalo una corona de flores a una osa lo mismo es lo último que hago.
- Siempre minusvalorando a las damas. No me extraña que Ruth le retirará la palabra.
El oso gruñó y la ardilla bajó la cabeza y se aplicó a trenzar la guirnalda que tenía entre manos. Estuvieron un rato callados. Luego un rato más. Dos ranas llegaron saltando desde una charca cercana.
- Estas son las cosas que cuentas y nadie te cree. -Dijo la más grande de las dos con su voz grave- Cuidado que la imagen es curiosa. Un oso haciendo pulseras de flores. Vivir para creer.
- No son pulseras. Son los hilos de oro de una corona.
- Lupo, no les des conversación.
- ¿Van a coronar a alguien en palacio y no nos hemos enterado?- Dijo la más pequeña con una sonrisa maliciosa de anca a anca.
- Es para una princesa.- explicó de modo muy solemne Lupo.
- ¿La que suele ir con este palurdo?- La expresión de la cara de Frank cambió por completo mientras interpelaba a Lupo. Se había vuelto soñadora.
- Sí, esa.
- Lleva días sin venir, ¿verdad Ray? Antes pasaba por aquí todos los días de camino a la osera del palurdo. Ya decía yo que esa chica era de sangre real. Oh, lo que me gustaría ser un príncipe encantado a veces.
- La chica ya está comprometida.
- Anda ya... ¿Con el palurdo?
- No digas disparates. Conmigo.
La sonrisa de Ray se tensó aun más, como un arco a punto de disparar. Pero prefirió callarse la chanza. A Frank se le cayó el labio de abajo unos milímetros por el asombro, pero también se abstuvo de comentar nada.
- ¿Y la vais a coronar reina?
- En realidad es un regalo para hacernos perdonar, para hacerla ver que ella es quien manda. Nuestra soberana.
- ¿Haceros perdonar por qué?- Preguntó Ray, que aun conservaba tensa esa sonrisa irónica que a Phil empezaba a ponerle nervioso.
- Bueno, yo no. Él.- El dedo de la ardilla había dejado de martillear su rodilla y ahora le señalaba acusador. El oso no pudo reprimir un gesto de los brazos, como si se protegiese de un disparo de ballesta-. Ha sido muy grosero y cruel con ella.
- ¿Que yo qué...? Me encanta cuando hablan de mi estando como si no estuviera presente.
- ¿Y si tenéis éxito volverá a pasar por aquí? Va para cinco días que no la vemos.
- En eso confiamos.
Ray y Frank se miraron y hablaron entre ellos sin palabras.
- ¿Aceptáis ayuda?
- ¿Qué me dices? Con este como única tropa no acabaré nunca. ¿Te puedes creer que no sabe trenzar una guirnalda? Se lo he tenido que explicar.
- Todo el mundo sabe que los osos no sirven para nada, solo para aplastar a los demás.
- ¿Y por qué no añadís violetas y nenúfares amarillos a la corona? Yo se donde hay.
- Oh, por fin empiezo a ver un claro entre las nubes. Venga, ve a por ellas.
"Dios, esto empeora a cada rato", pensó Phil mientras oía parlotear a aquellos tres renacuajos. Ninguneado en su propio cuento. Otro escalofrío recorrió su espalda. Esta vez de sur a norte. ¿Y si no volvía a hablarle?¿Y si no había más capítulos? Una lágrima se le formó en el ojo derecho, grande, luminosa, trasnparente. Después Lupo la usaría como brillante para adornar el frontal de la corona.
-¿Y no cree que antes de decir las cosas debería pensarlas, don Phil?- La ardilla sostenía su mirada con las cejas enarcadas mientras él, algo avergonzado, trataba de esquivar sus ojos diminutos.
- Bah.- Agitó la mano como si espantara un mosquito- Si no dije nada.
- A usted le parece eso, pero quien tiene los pareceres que importan no es usted.- La ardilla estaba remarcando cada una de sus palabras dándole golpecitos con el dedo en la rodilla. Los sentimientos del oso fluctuaban entre el asombro y la vergüenza. ¿Cuando había sido que habían empezado a dejarse amonestar por niñas y ardillas?- ... Quien imparte justicia es Ruth...- Sumido en sus propios pensamientos se estaba perdiendo parte del discurso de Lupo. Gracias a Dios- ... Y aquí andamos los dos sentenciados, quien sabe si por vida.
- De verdad que no estoy para sermones... Y, vamos, pensar que no me vuelva a dirigir la palabra por esa nimiedad... Además, contigo no va todo esto.
Uff, vaya escalofrío le acababa de recorrer la espalda de norte a sur. Hace pocos días andaba quejándose de lo pesada que era la chica. Siempre pidiendo favores. Que si disfrázate de abeja, que si haz de colchoneta para mis amigos en la piscina, que si límate las uñas que parecen garras. Pues claro. Y ahora la sola idea de que no le volviera a hablarle jamás... Ay... ¿Estamos locos?
- ¿Como que no va conmigo? Si la princesa no quiere ver a su oso y siervo no sube al bosque. Y si no sube al bosque la ardilla, un servidor, se queda sin poder disfrutar de su presencia.- Hizo una pausa dramática. Le encantaba el melodrama.- Usted... Usted no tiene posibilidades, es muy mayor, muy grande y muy feo.- La indignación hizo que su voz se volviera hasta chillona.- Pero yo albergo mis esperanzas intactas. Tengo mucho que ofrecer. Ese dedo empezaba a golpear fuerte de veras en su rótula.
- ¿Mucho que ofrecer a quien?
- A la señorita.
- Tú lo único que tienes son nueces. Sobre todo en la cabeza. Quizás podáis vivir juntos, ella en su habitación y tú en una jaula sobre su mesita de noche, con una de esas con una ruedas que giran sin moverse para que te pases el día dándole vueltas a tus ideas locas mientras correteas tras ella sin acercarte ni un milímetro.
- Sí eso. Después de ser cruel con ella séalo ahora conmigo.
- Tsk...
- Usted no entiende el amor y sus misterios. Cuando hay afecto sincero...
- He accedido a hacer lo que me pedías, -le interrumpió Phil-, pero como sigas dándome la murga cojo, me levanto y me voy.
Estaban los dos sentados en el prado del abrevadero, un precioso campo al pie de la montaña lleno de flores. Trenzaban margaritas para hacer guirnaldas. Contra todo pronóstico por la diferencia de tamaños, Lupo era mucho más rápido que Phil. Pero tanto hablar le distraía de la tarea. El resultado era que llevaban varias horas y la empresa quedaba lejos aun de cumplir su objetivo.
- Repíteme el plan, Lupo, que empiezo a ver borrosa la visión de conjunto.
- A ver. Cuando tengamos varias guirnaldas de margaritas las ataremos entre sí con tallos de amapolas, con las corolas bien visibles para que parezcan rubís engarzados en una corona de oro.
- A quien se lo cuente... ¿De verdad que crees que esto va a servir para algo?
- Oh, don Phil, no desprecie tan rápido mis enseñanzas. Le será muy útil en su relación con las féminas.
- Si yo le regalo una corona de flores a una osa lo mismo es lo último que hago.
- Siempre minusvalorando a las damas. No me extraña que Ruth le retirará la palabra.
El oso gruñó y la ardilla bajó la cabeza y se aplicó a trenzar la guirnalda que tenía entre manos. Estuvieron un rato callados. Luego un rato más. Dos ranas llegaron saltando desde una charca cercana.
- Estas son las cosas que cuentas y nadie te cree. -Dijo la más grande de las dos con su voz grave- Cuidado que la imagen es curiosa. Un oso haciendo pulseras de flores. Vivir para creer.
- No son pulseras. Son los hilos de oro de una corona.
- Lupo, no les des conversación.
- ¿Van a coronar a alguien en palacio y no nos hemos enterado?- Dijo la más pequeña con una sonrisa maliciosa de anca a anca.
- Es para una princesa.- explicó de modo muy solemne Lupo.
- ¿La que suele ir con este palurdo?- La expresión de la cara de Frank cambió por completo mientras interpelaba a Lupo. Se había vuelto soñadora.
- Sí, esa.
- Lleva días sin venir, ¿verdad Ray? Antes pasaba por aquí todos los días de camino a la osera del palurdo. Ya decía yo que esa chica era de sangre real. Oh, lo que me gustaría ser un príncipe encantado a veces.
- La chica ya está comprometida.
- Anda ya... ¿Con el palurdo?
- No digas disparates. Conmigo.
La sonrisa de Ray se tensó aun más, como un arco a punto de disparar. Pero prefirió callarse la chanza. A Frank se le cayó el labio de abajo unos milímetros por el asombro, pero también se abstuvo de comentar nada.
- ¿Y la vais a coronar reina?
- En realidad es un regalo para hacernos perdonar, para hacerla ver que ella es quien manda. Nuestra soberana.
- ¿Haceros perdonar por qué?- Preguntó Ray, que aun conservaba tensa esa sonrisa irónica que a Phil empezaba a ponerle nervioso.
- Bueno, yo no. Él.- El dedo de la ardilla había dejado de martillear su rodilla y ahora le señalaba acusador. El oso no pudo reprimir un gesto de los brazos, como si se protegiese de un disparo de ballesta-. Ha sido muy grosero y cruel con ella.
- ¿Que yo qué...? Me encanta cuando hablan de mi estando como si no estuviera presente.
- ¿Y si tenéis éxito volverá a pasar por aquí? Va para cinco días que no la vemos.
- En eso confiamos.
Ray y Frank se miraron y hablaron entre ellos sin palabras.
- ¿Aceptáis ayuda?
- ¿Qué me dices? Con este como única tropa no acabaré nunca. ¿Te puedes creer que no sabe trenzar una guirnalda? Se lo he tenido que explicar.
- Todo el mundo sabe que los osos no sirven para nada, solo para aplastar a los demás.
- ¿Y por qué no añadís violetas y nenúfares amarillos a la corona? Yo se donde hay.
- Oh, por fin empiezo a ver un claro entre las nubes. Venga, ve a por ellas.
"Dios, esto empeora a cada rato", pensó Phil mientras oía parlotear a aquellos tres renacuajos. Ninguneado en su propio cuento. Otro escalofrío recorrió su espalda. Esta vez de sur a norte. ¿Y si no volvía a hablarle?¿Y si no había más capítulos? Una lágrima se le formó en el ojo derecho, grande, luminosa, trasnparente. Después Lupo la usaría como brillante para adornar el frontal de la corona.
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