sábado, 30 de junio de 2012

La niña y el oso / 12.- El futuro (Conclusión)

La niña y el oso / 12.- El futuro

Las más de las veces se quedaba allí tumbado viendo pasar las nubes, imaginando siluetas de rostros en los contornos redondeados. Tenía poco que hacer cada día y mucho tiempo para realizarlo. Ni siquiera la comida era un problema. Los lobos le subían provisiones una vez al mes y ni solía ver a quien se las acercaba, así que ni vida social le era impuesta. Descansar, cerrar los ojos y abrirlos solo para lo bello. La nieve, que cubría el prado de alta montaña tres cuartas partes del año. Los pinos moldeados por el viento, con su porte en bandera, como estatuas vivientes con posturas forzadas en pedestales de piedra. Aquel azul tan oscuro del cielo porque apenas había aire que lo difuminara. El verde húmedo cuando el manto de nieve se derretía sobre la hierba en la corta primavera y la explosión de flores que venía después. Miraba el mundo desde la entrada de su cueva, en la pared de la montaña, y cuando el sol adquiría algo de fuerza se tumbada bajo la luz en algún lugar sin sombra para poder calentar sus huesos, y cerca del borde de la terraza en la que se extendía el prado que era su casa.

Aquel último que acababa de superar había sido su cuarto invierno en la montaña. Puede que el más duro. Una cabra montés, que vaya a saber usted a saber de donde procedía y como había podido llegar hasta allí, se asomó una atardecer al umbral de su guarida en mitad de una ventisca. Tal era la densidad con la que caía la nieve que la cellisca no dejaba ver al aterido animal a pocos centímetros. Medio muerto accedió a la casa y tan cansado estaba que no hizo el más mínimo reproche a tener que compartir intimidad con un oso seguramente muerto de hambre tras llevar días sin comer. No se dirigieron la palabra en toda la velada. Cada uno a lo suyo, a sobrevivir hasta el alba. Luego se marchó en una tregua en la tormenta mientras Phil dormía. Le hubiera gustado oir la voz de un semejante. Incluso la suya, que no la utilizaba desde hacía casi un año cuando agradeció un envío de provisiones a uno de los súbditos de Lou. En realidad no había pasado apuros serios en aquellos años. Alguna vez notó la presencia en el entorno de algún lobo, que subía a cerciorarse de que aun andaba entre los vivos. Respetaban su aislamiento como si fuera un monje venerable. Cada montaña su loco. Cada loco su amor malogrado.

La primavera había llegado un poco más tarde esta vez, pero a él le daba igual, no miraba nunca el calendario de las estrellas. Solo si acaso para ver sus ilustraciones. En especial las dos osas, porque le gustaba creer que la menor era un calco de Ruth cuando reía. Como le gustaba que se burlara de él, ser el motivo de su alegría. Tanto que tenía que fingir enojo para no verse delatado. Cuando imaginaba su rostro este unas veces era el de una niña cuando sus cuerpos se tocaban sin malicia alguna, jugando como críos, y otros el de una mujer cuando la sabía lejos, quizás en otro mundo ajeno al suyo. Se tumbó panza abajo en el borde de la terraza. El día era claro. Las pocas nubes se situaban por debajo. El valle parecía el tazón humeante del desayuno. El río discurría por debajo de la crema de lluvia. No era mucha. El tazón estaba a medio consumir por el sol, que ya se le notaba audaz y capaz de disipar la niebla. Escuchó el entrechocar de testas de los machos cabríos. Esas disputas entre iguales ya le quedaban lejos. Lo cierto es que en su vida había conocido a muy pocos como él, a otros osos. Quizás se soñara así, solitario siempre, porque en la vida real lo era, torpe con el prójimo, tímido a pesar de su tamaño, o quizá por eso mismo. Los osos macho tienden a la soledad, quizá por eso era así en su sueño. En su juventud fue un oso pardo entre lobos, que le aceptaban, a veces sin reservas, pero como a un diferente.

Se notaba muy mayor. La vista era lo que más le fallaba. Aun era capaz de escuchar hasta el último sonido del mundo, incluso el crujir de las hojas al calentarse. Pero la vista huía de sus ojos a la carrera. Por eso ya no jugaba a ver rasgos en las nubes y se contentaba con los contorno. El pelo tan corto de Ruth que dejaba ver el diminuto milagro de sus orejas. Cuando era aun una niña y jugaban a pelearse se las mordía con los labios sin saber porqué y le besaba la nuca. ¿Por qué a los lados de la cara y no en la testa? Le hacía gracia ese detalle de la anatomía humana. Le hacía parecer un peluche a la niña por esa anomalía. Como tenía corto el pelo la nuca siempre la tenía despejada. Se la miraba buscando algo que no encontraba y una extraña melancolía musical se apoderaba de él. Tan raro lo que esa niña le hacía sentir. Nunca quiso que creciera porque sabía que eso acabaría alejándola de él. Quiso encarcelar su infancia con barrotes de ternura para que no escapara jamás. Pero el tiempo pasa e impone su ley, y hasta las condenas de amor tienen una fecha para el perdón y la redención.

Se quedó amodorrado y luego dormido. Soñó con el sonido de pisadas en el nieve y en la hojarasca en las zonas en que estaba ya derretida. Sus sueños cada vez estaban más poblados de sonidos y menos de imágenes. Volvió a ver a Ruth cuando era muy niña, poco después de verla con su pijama de con abejas y panales. De repente sintió frío en el morro y estornudo. Tenía los ojos llenos de lágrimas congeladas. ¿Le habían tirado una bola? Abrió los ojos. Ruth estaba frente a él. No, espera, esa no era Ruth, aunque casi. Se dió una bofetada en la cara por si era un fallo del sueño, como quien quiere arreglar una máquina que no funciona a base de golpes.

- Waaala -dijo la niña. Le estaba señalando mientras miraba a algún lugar más allá de él.

- Es un oso, cariño, es Phil.

- No es blanco.

- Bueno, bastante canoso si que es.

La niña se echo a reir. Tanto que cayó sentada golpeando con el culo el suelo. No había problema, estaba embalada en un gordísimo anorak que le hacía parecer un colchón de acampada enrollado. Phil se incorporó de un salto. tan rápido que salpicó y empapó por completo de nieve y hojarasca a la niña. Esta puso cara seria como si dudase si tenía que reir o llorar. Optó por lo primero con ganas.

- ¿Y ahora de que se ríe?

- Le he contado mil veces lo bobo que eres. Para ella venir aquí y verte ha sido como si le hubiera llevado al circo a ver los payasos. Está encantada.

Oh, Dios, que hermosa estaba. No pudo evitar fijarse en el tatuaje que llevaba en el dorso de la mano derecha a la que acababa de quitar el guante. Una garra de oso con las uñas afiladas.

- Tenéis un día para conoceros y quereros mucho. Justo antes de caer el sol estaré de vuelta para llevaros a casa. Hoy cenas en casa de mi madre. Se acabó esta estupidez de jugar a ser un ermitaño franciscano.

- Es lo que quiero.

- Calla, ya tengo suficiente con criar a una niña para que se me duplique el trabajo.

La niña se había abrazado a su pierna delantera.

- OK, ella ya te quiere, así que parte del trabajo ya está hecho.

- ¿Ella es real?

- Verás cuando te toque hacerle la merienda y proteste sea cual sea el relleno que le pongas en el bocadillo.

- Quiero decirte una cosa...

- Sshhhh, ahora no.

- ¿Quien es la niña?

- Este es tu sueño haz que sea quien quieras... Hablé con Lou... Y un día el hada vino a verme...

- ¿Estás soñando conmigo?

- Te echaba tanto de menos... Además, hoy es tu cumpleaños.

- Te quiero, Ruth. ¿Debo despertar para estar contigo?

- Sshhhhh, calla ya, que lo tienes que complicar todo... Hasta luego.

Y se alejó por el sendero sin darle tiempo a preguntarle nada más. Bajó la mirada para ver a la niña, aun abrazada a su pata. Le sonreía con una sonrisa muy escasa de dientes.

- ¿Sabes lo que es una nuez? -le preguntó, recordando que Ruth siempre llevaba alguna. La niña se sacó una del bolsillo y se la ofreció-. ¿Como te llamas?

- Caro... lina.

- Sí, te entiendo, es un nombre complicado de decir. Pero muy bonito... Jaja, que pequeña eres. Tú nombre es más grande que tú.

- ¿Toy soñando?

- Apuesto a que sí.

- Entonces... polo de "Navida". -La niña lo dijo frunciendo el ceño, como si tratara de usar su fuerza de voluntad.

- ¿Como dices, renacuaja?

Y ante su estupor y la euforia de la niña se convirtió en un oso polar.

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Los últimos pasajes del cuentecillo están escritos bajo el influencia de dos canciones, ambas extraídas de sendas películas. Una con una enorme alegría facilona, casi un alarde de la alegría despreocupada de vivir, y la otra justo lo contraria, melancólicamente irresistible. Son estás.

KC and The Sunshine Band - Boogie Shoes (En la BSO de Boogie Nights)

Bird York - In The Deep (En la BSO de House 2x02 "Autopsy")

Este cuento es un regalo para alguien a quien quiero mucho, más de lo que permite la lógica. No tiene más objetivo que entretenerla en esos 5 minutos previos al sueño. Ojalá algún día llegue a leerlo.

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