lunes, 16 de noviembre de 2015

Album de fotos (10)



11 de noviembre de 2015

Soy reincidente. Reincido en la ruta de ayer y en el objetivo. Voy en busca de otro museo, como ayer. Tengo planeadas hasta las fotos que voy a  hacer en el camino. Más de tres me temo. De repente las imágenes son importantes por sí mismas, dejan de ser una excusa, como hasta ahora, para no quedarme a solas con mis pensamientos. Como cuando trabajaba, que las fotografías se convirtieron en la parte divertida de la tarea. Debía visitar emplazamientos donde iban a realizarse obras públicas, identificar los posibles impactos ambientales y diseñar las medidas preventivas o correctoras adecuadas. El informe había que acompañarlo con un reportaje fotográfico, una coartada para camuflar el tipo de literatura empleada en el documento: El más estricto "recortapega". Nadie se llevaba a engaño. Las imágenes de la addenda eran una forma hipócrita de exclamar: "Eh, que no me lo invento ni lo copio de otro informe similar. Estuve allí y se de lo que hablo". Con esta premisa tan pobre lo cierto es que logré viajar por toda España de punta a punta, desde Finisterre al Cabo de Gata, como decía Pepe Da Rosa en su canción sobre J.R. Desde Cádiz en el extremo sur, hasta la frontera con Francia en el norte en Navarra, Huesca y Gerona. Desde la Playa del Trabucador en la desembocadura del Ebro al Este, hasta las playas de Huelva en la desembocadura del Río Tinto al oeste lindando con Portugal. A todas las islas de ambos archipiélagos. A todos los ríos, montañas y valles mencionados en los libros de geografía, y si no a todos a casi todos. El día que visité la decimoséptima Comunidad Autónoma y completé el puzzle federal me sentí grande, aventurero, un Marco Polo castizo, pero lo cierto es que luego llegué a conocer España por completo, provincia a provincia, y para cuando dejé el trabajo ya comenzaba a hacerlo comarca a comarca, en verdadero detalle. tenía que mirar el mapa con lupa. Conozco los silencios y las soledades de toda la piel de toro, mi coche acumuló polvo en sus ruedas y en los resquicios de su carrocería de todo tipo de caminos. Autopistas, carreteras nacionales, caminos comarcales de asfalto y de cemento, senderos de tierra, canchales, lechos de río, vías pecuarias y hasta trochas forestales y senderos imaginarios que trazaba sobre el terreno más que mi ojo mi optimismo. Una vez obligué a mi Peugeot 206 a seguir un cortafuegos en la Sierra de Gata, en Cáceres, sin estar muy seguro de si podría dar la vuelta y desandar lo recorrido. Cuando encontré un lugar en el que poder girar en redondo y vi asegurada la huída me apeé del coche y me dediqué a ver atardecer sobree el mar de brezo que se extendía por la empinada ladera que tenía a mis pies. Era el fin de mi jornada laboral, una bien apretada de objetivos y ya solo me quedaba el viaje de regreso a Madrid. Rojo en levante, violeta en el suelo con los brezos en flor y amarillo en la testa del sol que aun asomaba la frente en poniente, la gama de colores que ondeaban ante mí a la cálida brisa de la primavera parecían los de la bandera republicana. Años después todo lo que alcanzaba mi vista en aquel momento fue pasto de las llamas, hasta dos veces en veranos distintos. Pero no solo fuí preludio del fuego, también fui su epílogo. En cierta ocasión visité una comarca remota de Guadalajara, sin mucha idea de a donde iba -aquella mañana emprendí viaje sin haber hecho los deberes-, y resultó ser aquel bosque que fue devastado por aquel pavoroso incendio en el que pereció toda una brigada forestal. La visión de los pinos calcinados apenas unos meses después de ser abrasados por culpa de la incompetencia es una imagen que jamás olvidaré. No, los bosques calcinados no son nada fotogénicos. Hice decenas de fotografías aquel día de las cicatrices del paisaje sin ser capaz de agregar ninguna al reportaje fotográfico. La muerte no es en absoluto informativa y es la más pobre de las coartadas para realizar un viaje. Pero también he podido celebrar la vida. A las marismas de Santoña llegué una vez justo en la época de cría de las anátidas, con las aguas de la marisma infestadas de patitos de juguete que se zambullían cuando me acercaba a la orilla y que habrían hecho las delicias de un millar de críos en sus bañeras. He visto al sol crepuscular arrancar destellos de plata al Mediterráneo en Ciutadella y desaparecer el Valle del Río Leza entre la niebla, como otro Brigadoon, desde la Sierra de Cameros. He visto desvanecerse los bosques de pinos bajo la nieve en los Pirineos Oscenses y el rastro de la civilización en los desiertos de Almería como si yo mismo fuera un personaje de la saga Mad Max. He visto mares mansos en Cantabria, en la costa de Laredo, donde se diría que siempre está enojado, y mares taciturnos en las costas de Málaga y Levante, dónde se suponen domesticados por  el turismo. Todo eso he visto, y mucho más, y si no lo hubiera fotografiado buena parte d ello tal vez no creyese a mi memoria, porque esos momentos no los compartí con nadie. Tampoco comparto éstos. He de salir a caminar solo por la ciudad para enfrentarme a solas con mis propios pensamientos, para aprender a sofocarlos, a reconducirlos, a dialogar con ellos si eso es posible, a pactar una tregua con mi ira y mi apatía. Y además porque no tengo amigos. Bueno, una sí, pero vive a 600 kilómetros de mi y mis problemas. Esa suerte tiene.

Avanzo hacia el sur por la calle Modesto Lafuente. Es la calle donde estaba la clínica en que nací, el gran paritorio de al ciudad cuando yo era niño. No nací en la paz como lo hacen casi todos ahora pero sí resucie una vez en su UVI. Paso ante el cuartel en el que vivía mi abuelo paterno cuando murió. Era general de brigada en la reserva entonces y le recuerdo postrado en una cama inmensa en aquella casa, enchufado a una bombona de oxígeno para ayudarle a respirar. Me parecía un astronauta flotando en el espacio. Me planteo hacer una foto pero no quiero alertar al centinela de la garita, fastidiar su guardia. Se lo que es esperar el relevo rezando para que no haya novedades que declararle al cabo comandante. Todo s vuelve complicado si no es aburrido. Todo esto me da una idea. Altero la ruta que tenía pensada y accedo a la castellana a la altura de la Plaza del Doctor Marañón. Me interesa la estatua ecuestre del General Espartero, cuyo caballo es famoso por su valentía probada por su aparatosidad anatómica. Hago fotos desde todas las isletas de la glorieta para tener para escoger, buscando uan operspectiva que haga evidente lso atributos de la montura. Luego subo por María de Molina hasta Serrano. El edificio que hace esquina es el del Museo Lázaro Galdiano, mi meta. Quiero fotografiar sus jardines, como hice con los de la Casa Sorolla.


Siempre que venía visita de fuera a mi casa, alguien que fuera a ocupar la habitación de huéspedes -en realidad la de mi hermana que era reubicada ante su más que evidente enfado- o a pasar algunas noches de hotel, mi padre organizaba una visita al Lázaro Galdiano. Era su as en la manga para sorprender a los turistas accidentales. José Lázaro Galdiano fue un erudito y potentado decimonónico que logró reunir, como otros próceres de su tiempo, al calor de las desamortizaciones, una impresionante colección de arte, multidisciplinar, caudalosa, intensa y acertada. Es un equivalente a lo que luego fue el Barón Thyssen, pero en ibérico y en polifacético porque no se centró solo en al pintura. A su muerte legó su impresionante colección al Estado que, tras sopesar detenidamente añadirla a la del Prado, decidió crear un museo específico dedicado a estudiar su legado. Este museo es otra de esas joyas desconocidas de Madrid, de sus tesoros enterrados. Esos que denunciaba Dani de Vito que debían estar ocultos bajo el asfalto proque siempre que venía a promocionar una película veía media ciudad con el pavimento levantado. Tesoros en realidad ocultos bajo la ignorancia y la desidia, en especial la de los propios madrileños por conocer los valores de la ciudad que habitan. Un atractivo adicional del Lázaro Galdiano es que se podía ir dando un agradable paseo una mañana de domingo. Paseo al que me sumaba encantado para absorber cualquier cosa que quisiera decir mi padre al invitado. En extremo reservado, mi padre solo se abría en presencia de gente ajena a su día a día, y aunque no contara confidencias era en esos momentos como anfitrión en los que mostraba algo de lo que habitualmente quedaba oculto en sus silencios.


El museo está cerrado. Doy la vuelta a la manzana para ver si hay una entrada alternativa a la que parece la principal en la fachada a Serrano. Justo al final de la inspección del perímetro me doy de bruces con el horario. Según leo las visitas solo se autorizan hasta las cuatro. He llegado tarde. Tendré que salir de casa más pronto. En el camino de regreso paso junto al monumento a los Reyes Católicos, el que hay en el parquecillo de la Plaza de San Juan de la Cruz, ante el Museo de Ciencias Naturales. Quien lo diría, con el plan detallado que llevaba en mente cuando partí, resulta que voy corto de imágenes para el album. Hay que ser muy torpe para no encontrar alguna imagen que merezca la pena en esta zona. Luego paso ante el consulado y la escuela de Italia, en Ríos Rosas. Me fascina la verja que cierra el recinto por la calle Agustín de Bethancourt. Cuando veo la inmensa puerta enrejada me acuerdo de mi padre, de como prestaba especial atención a los enrejados de los interiores de las catedrales, los que cerraban coros o capillas laterales, de como nos explicaba a mis heramnos y a mi que ahí había un arte poco valorado y casi olvidado. Los americanos que saben mucho se llevaron algunos de los mejores en las misma época en que Lázaro Galdiano, el Marqués de Salamanca o el Marqués de Cerralbo creaban sus coleciones de arte, cuando la España histórico-artística estaba en venta y de saldo, y ahora se exhiben en el metropolitan de Nueva York. 95 minutos que se me han hecho cortos y, lo que es peor, que no han sido suficientes para lograr mi objetivo.

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