jueves, 28 de septiembre de 2017

Quinto Horacio Flaco vs. Roxy Music




Quinto Horacio Flaco vs. Roxy Music

Escuchar música en bucle es en mí una costumbre, repetir una y otra vez una determinada pieza, hasta que todo acaba abruptamente, el chapuzón musical, me refiero, porque no queda tiempo para otro bis. Aunque con la sensación, a veces, también es verdad, de que en ese acabarse todo podría ir implícito el final de la propia vida. Porque instalado en el núcleo acogedor de algunas canciones, en ese vientre maternal y sonoro, la sensación que me abruma es la de no querer emerger ya nunca a la superficie, la de no querer romper su yugo, con su influencia anímica. Porque se trata de eso, de que determinadas canciones hacen que mi alma entre en resonancia con determinados estados de ánimo, cuya amplitud de vibración en mí se incrementa notablemente, volviéndose adictivos, necesarios, suficientes, convirtiéndose en la consecuencia que es su propia causa, en el sumidero que nunca se sacia pero nunca rebosa y que no para de absorberlo todo, en la máquina del movimiento perpetuo, fabricada con sentimientos y emociones en vez de tuercas y rodamientos.

Por si no hubiera sido suficiente que mi una iniciación en el pop se produjera justamente en los ochenta, década en la que eclosionó la banda Roxy Music, antes solo escuchaba música clásica, en la que la repetición sin variaciones de corte hipnótico está proscrita, “More than this” quedó indeleblemente tatuada en de mi psique gracias a algunos bizarros fotogramas de “Lost in traslation”, película en cuya banda sonora estaba incluida. Inevitable ver a Scarlett Johansson, sentada en el alfeizar de la ventana del hotel, sola y en silencio mientras contempla la ciudad de Tokio a vista de pájaro -no sé si mencionar que solo viste una bragas y una camiseta en la escena es relevante para lo que digo-, y no querer ser ese poco más que anhela, lo leemos en su mirada, y que tal vez pueda darle sentido a la árida vida del personaje que interpreta... Perdón, un momento, que tengo que poner otra vez la canción en marcha... ¿Por dónde iba? Ah, sí, por esa sensación de que las raciones que nos proporciona la vida son como las de un comedor en la mili, quien la haya hecho entenderá el símil, que siempre parecen exiguas, como denunciaba Woody Allen en no recuerdo cual de sus comedias. Y por malo que sea el chef, no es el paladar quien se queja, sino el estómago. Dame más de esto aunque me cueste trasegarlo. A todo esto, ¿de qué se queja Bryan Ferry al recitar la letra de “More than this” como si estuviera declamando una elegía, de las cantidades o de las calidades? Es algo que me pregunto cada vez que la oigo. Y ya va la media docena veces solo en esta tacada.

Había algo decadente en la imagen de los Roxy Music. Eso que luego llamaron look. Esos tipos nos parecían demasiado mayores a los chicos de entonces -que inconscientes éramos, como si la edad no acabase siendo un asunto de todos-, maduritos disfrazados de poperos para tratar de parecer más jóvenes, pero que no podían renunciar a los refinamientos que solo se adquieren cuando ya tienes nómina. Gomina en el pelo y tendencia a la ropa de marca. Representaban el melancólico resplandor del ocaso, al que ponían la justa melodía sus canciones, ese fuego que arde en el cielo cuando el día toca a su término, el dorado de la fronda cuando regresa el otoño a la foresta... (Nueva pausa para pinchar de nuevo el vinilo)... Me releo y me sorprendo a mi mismo plagiando con descaro a Quinto Horacio Flaco, la actual lectura que descansa sobre mi mesita de noche: El carácter cíclico del tiempo; El que redacta pasando lista a las estaciones como si estuviésemos al comienzo de la clase de meteorología; La muerte leyendo por encima de mi hombro aquello que escribo. Ya es curioso que en todo lo que componía Horacio la muerte acabara asomando sus orejas de lobo tarde o temprano. Que ya daba lo mismo que hablara de la primavera y de la danza de las Gracias entre las flores, de su queridísima villa en Las Sabinas a las afueras de Roma o de banquetes de buen yantar y mejor compaña, que al final siempre acababa asomando las narices en sus poemas la puerca de la guadaña. Normal que fuera un obseso sexual, como cotilleaba Suetonio en su biografía sobre el poeta romano. Las paredes de su alcoba, aseguraba, estaban forradas de espejos para poder mirarse mientras surfeaba sobre la cresta de la ola. Y las prostitutas eran invitadas permanentes en su morada. Eros y Tanatos van siempre cogidos de la mano. No hay nada como acordarse de que un día moriremos para que acto seguido nos entren unas ganas irresistibles de bajarle esas feas bragas a Scarlett -la belleza de la Johansson se mide por su capacidad para lucir unas bragas tan desafortunadas- y hacer algo Homérico sobre la cama que hay en el mismo encuadre, en el sentido de la expresión que le daba Michaeleen Oge Flynn en el “El hombre tranquilo”, aunque ya haya pasado la camarera del hotel por la habitación, aunque ya se la haya pedido el bueno de Bill Murray.

Escucho la canción de Roxy Music, y vamos por los tres cuartos de docena en cuanto al número de audiciones, mientras trato de descifrar la prosa de Horacio y me pregunto si no estaré incurriendo en una contradicción en los términos. “Aura mediocritas”, clama el escritor romano en su oda décima del libro segundo. “No desees más de lo que quiera ofrecerte la Fortuna”, podríamos parafrasearlo así, me aconsejan desde el teto escrito. Confórmate, practica la virtud del término medio, como un equilibrista sobre el alambre. Y, mientras tanto, como banda sonora, un Brian Ferry plañidero me pregunta por los auriculares si no hay algo más que esto que vemos, si eso era todo al fin y al cabo, este danzar en el viento de las hojas caídas (ahora quienes plagian son los Roxy Music) y ese subir y bajar la marea, rotando como un derviche, sin un mayor propósito. Y la pregunta es pertinente. No con la lectura, con los recuerdos. Tan solo un poquito de ella aquella vez y las raciones habrían parecido, no digo ya suficientes, abundantes incluso. Hasta sabrosas, si me apuras. Yo creo que por ahí van los tiros de lo canta Brian, de que aquel amor al que no menciona pero al que alude en cada estrofa, mi alma lo escucha claramente aunque con otro nombre, al final quedó solo en agua de borrajas. Y vale que Horacio no quiera darse por enterado, a él con sus putas le basta y le sobra, pero ni Scarlett ni ella, la ella de Brian y mi ella tampoco, se podrán considerar nunca como términos medios, como medianías estadísticas. En el amor se aspira a todo y es por eso que casi siempre la ganancia es cero…

… Venga a repetir que nos contentemos con la verdurita, o con unas habas rehogadas, si es que no hay otra cosa en la despensa, que una cena frugal ayuda a mantener en forma el cuerpo y el espíritu, y luego te enteras de que era un Sancho Panza en toda regla. Suetonio vuelve a ser el chivato. Nos cuenta que en una carta en agradecimiento por un libro que le acababa de dedicar y regalar Horacio, el emperador Augusto bromeaba con su poeta de cabecera acerca del contraste entre lo minúsculo del librito y las dimensiones humanas de quien lo había redactado. “La próxima vez”, le aconseja, “escríbelo en papiro basto para que abulte más y esté de acorde con el tamaño de tu barriga”. Y, sin embargo, por hipócrita que sea, cuan hermosa es su oda: “Mejor vivirás, Licinio, si no buscas siempre el mar abierto ni, por prudente temor a la borrasca, te arrimas demasiado a la insegura orilla. Quien prefiere el término medio, que vale lo que el oro [aurea mediocritas], se libra, seguro, de las miserias de una casa arruinada; y se libra, sobrio, de un palacio que le valga envidias”. Hermoso y sabio: “En la desgracia mantiene la esperanza y teme en la prosperidad la suerte adversa el ánimo que está bien prevenido”. Y qué emocionante, aunque incompresible, es la canción de los Roxy Music. Me la pongo un par de veces más y luego me hago la cena. Ensalada de lechuga, tomate y zanahoria. Por si al destino le da de repente por funcionar por sumas ponderadas y me proporciona más adelante también un poquitito de ella. Si como pasto tal vez Apolo me amenice con la citara en vez de amenazarme con el arco, como diría Horacio. Bueno, acabaré estás líneas y cenaré si es que logro salir del vientre materno. Que esa es otra. Lo mismo acabo alimentándome de placenta, como los cienciólogos.


No hay comentarios:

Publicar un comentario