sábado, 14 de diciembre de 2013

Rescates de Twitter (20) - El general Torrijos




Cuando tengas tiempo(si tienes),haz una recopilación de los tuices que has escrito sobre esto.

 El general Torrijos

1.-Hace dos días mi amiga @revolera83 me retó a escribir algo sobre el cuadro de Antonio Gisbert sobre el fusilamiento de Torrijos en Málaga

2.- El cuadro es obra maestra del Prado, así que se supone que algo he de saber, y si no me lo invento con garcia. Pero hay un inconveniente.

3.- Cuando iniciaron la ampliación del Prado, la última, decidieron excavar varios sótanos en el edificio del Casón, donde estaba todo el XIX.

4.- El Casón es uno de los relictos, junto al Salón de Reinos, del Palacio del Buen Retiro, el que le construyó el Conde Duque a Felipe IV.

5.- Le creó un lugar mágico donde se divirtiese a diario con sus pinturas y sus teatros mientras él ejercía el poder sin ingerencias.

6.- En sus jardines se representaban la obras de teatro del Siglo de Oro español con un esplendor nunca visto antes ni después.

7.- Dije una vez aquí mismo que en época de Rembrandt la capital mundial de la pintura era Madrid, gracias a Velázquez y a tantos otros.

8.- También lo fue del teatro en época de Shakespeare gracias a las representaciones en el Buen Retiro y en muchas corralas madrileñas.

9.- En el Casón se organizaban los bailes en palacio. Por eso sus techos fueron mandados pintar a Lucas Jordan, el mejor pintor tras Velázquez.

10.- Dicen que el único acierto de Carlos II en todo su reinado fue convencer a Luca Giordano (Lucas Jordán) para que viniese a Madrid.

11.- Había aquí buenos pintores, puede que de los mejores. Por ejemplo, Carreño de Miranda, el discípulo principal del maestro.

12.- Pero no sabían pintar al fresco. Jordán decoró los techos del edificio con lo que se considera una obra maestra.

13.- Pero cuando empezaron a excavar en los cimientos descubrieron algo que no sé si sabe todo el mundo,

14.- Que Madrid es una ciudad sin apenas río pero sostenida sobre el agua. Excavar en Madrid es ariesgarse a encontrar ríos subterráneos.

15.- Los que discurren bajo la castellana tuvieron empantanadas (nunca mejor dicho) las obras del Casón del Buen retiro durante lustros.

16.- No había forma de domar los surtidores de agua que brotaban del suelo excavado. Peligraba el propio edificio y hasta los frescos de Jordán

17.- El resultado de todo esto es que la colección del XIX estuvo sin poder visitarse durante al menos 10 años

18.- Así qué, aunque visité el Prado cientos de veces jamás pude ver el cuadro de Gisbert. Claro, ella no lo sabe. Algo habrá que inventarse.

19.- Con las mujeres solo cabe el postureo fatuo cuando no queda más remedio. Habrá que leer y fingir que no son conocimientos prestados

20.- Y hete aquí que mientras escarbo aquí y allá, sobre todo en los escritos de Fernando García de Cortázar, que siente predilección por Torrijos

21.- Me entero de una anécdota fantástica. El General Torrijos estuvo el dos de mayo de 1808 en Madrid. Vino en socorro de Daoiz y Velarde

22.- En Madrid se sublevó solo el pueblo llano, además de uno solo de los muchos cuarteles militares. La élite se mantuvo al margen.

23.- Preguntados por Torrijos los tenientes de artillería acerca de que podía hacer por ellos, estos le mandaron parlamentar con Gobert.

24.- Torrijos así lo hizo, pero en el interín estalló con crudeza la sublevación en las calles y en el cuartel de artillería de Monteleón.

25.- Torrijos paso de interlocutor a prisionero y solo le salvó de morir fusilado al alba del día siguiente su amistad con Murat.

26.- ¡Torrijos bien podría haber sido uno de los personajes que retrato Goya en el Fusilamiento de Príncipe Pío! ¿Es o no fantástico?

27.- Se me ocurre que quizá Torrijos vivió aquello como una afrenta. Al ser conminados los tenientes a rendirse, éstos contestaron

28.- lo que el sargento mayor del tercio de Valladolid en Rocroi al enviando del Duque de Enghien:

29.- "Decidle al señor duque que se lo agradecemos, pero este es un tercio español". Tampoco se rindieron en Monteleón

30.- Quizá la temeridad de Torrijos al desembarcar en Málaga se debió a que quería lavar aquella vieja afrenta. Entregar a la causa una vida que vivía prestada.

31.- El dos de mayo fue una sublevación del pueblo que no secundó la élite. La intentona de Málaga justamente lo contrario.

32.- Ninguna tropa amiga aguardaba en las playas de Málaga, sólo las tropas de Fernando VII

33.- Y Torrijos tuvo su fusilamiento heroico. Que no inmortalizó Goya si no Antonio Gisbert, que tampoco es moco de pavo.

34.- Cuando me documente un poco sobre todo esto @revolera83 tendrá su serie de tuits.



lunes, 2 de diciembre de 2013

Cine y TV (55) - La mujer del ukelele


La mujer del ukelele
(Artículo editado originalmente en la web Asiento 23)

Tan icono para la historia del arte es la mujer que sostiene en su regazo un armiño, obra de Da Vinci, como la mujer del uklele que canta Moon River apoyada en el alfeizar de una ventana en "Desayuno con diamantes". El mismo misterio, la misma sensación de intangibilidad, de ideal inalcanzable aterido por la distancia infinita. La mujer que pinta Leonardo no nos mira, elude nuestra mirada. Ni siquiera eso. Tiene su atención fijada en otra cosa que no somos nosotros, que en su presencia apenas existimos. Tampoco nos mira Audrey Hepburn mientras desgrana despacio, una por una, las estrofas de Moon River, la canción que compusiera Henry Mancini para la película, y que le permitió ganar su primer Óscar. Un peinado imposible en ambas, extrañamente recogido en una especie de barbuquejo formado con su propio pelo el de la mujer renacentista, con una tolla blanca, probablemente después de lavárselo en el fregadero de la cocina de su apartamento, Holly Golightly, pero el mismo aire de sofisticación, aunque Audrey tenga por escenario para tratar de embrujarnos con su presencia no un fondo oscuro y neutro, sin detalle alguno, como su rival, si no algo con tan poco glamour como una escalera de evacuación de incendios.

Audrey es esa mujer sin atributos que todos hemos amado alguna vez, si es que hemos sido afortunados y hemos visto sus películas con los ojos completamente limpios. Si resumes el concepto formal de mujer a su mínima expresión, a su formulación más pura, con menos adjetivos y conceptos superfluos, prescindibles, lo que obtienes es el perfil de Audrey, sus hombros mínimos, su busto de colibrí, su rostro de ojos calmos en el que las cejas, negras y plumosas, se apoderan de todo el protagonismo, con esos labios pálidos que caben en un suspiro, en uno cualquiera, como, por ejemplo, el suspiro previo al beso que ya nunca le daremos, que nunca habría estado a nuestro alcance si hubiera podido mirarnos. Holly no nos mira porque tiene la vista fija en el pasado, en su infancia trufada de pobreza. Por eso ahora le gusta desayunar ante los escaparates de Tiffanys, porque el hambre que arrastra desde niña es una hambre de dinero, de diamantes, de lujo y belleza en las cosas. Pero su pecado se redime por las emociones que nos provoca al mirarla, porque nosotros le devolvemos esa mirada que no quiere concedernos mientras canta para que nadie la escuche.

La película de Blake Edwards es tan ingenua que provoca la sonrisa. George Peppard es en la película un aspirante a escritor que se gana el sustento como gigoló de una mujer mayor que él, una Patricia Neal algo venida a menos desde los tiempos de "El Manantial", condenada a hacer el papel de la otra en las películas de alto presupuesto. Pero en la trama apenas se nos explica esta embarazosa situación para el héroe de la película, apenas se nos dan pista incluso. El guión juega al despiste. La penuria que ha de soportar Peppard en la historia a veces roza el ridículo, como en ese plano en que vemos que en su apartamento hay incluso una lámpara de araña en miniatura, como si fuera el descansillo de un teatro de la opera o un corredor secundario del metro de Moscú. Siempre con corbata y americana y las camisas impecables, cuesta imaginarse a Peppard con problemas para llegar a fin de mes, para abonar el alquiler a su casero. Lo paga la otra, claro, pero apenas si entendemos nada. El apaño se nos disfraza con una relación exenta de pasión o ternura, las dos columnas que sostienen el amor. Al menos por parte de él. Porque notamos cierto tormento en la mirada de Patricia Neal que no se explica con un simple capricho.

Es una de tantas tardes, mientras trata de concentrarse para arrancarle un párrafo de escritura potable a su aburrimiento, cuando escucha entrar por su ventana el sonido de una voz. Al asomarse descubre a Holly y puede observarla sin que ella lo sepa, mientras canta Moon River, mientras que nos explica, no solo a él, también a nosotros, que hace tiempo que cruzó el Mississippi, junto con su amigo Huckleberry Finn, para vivir la vida, lejos de su hogar, lo más lejos posible de la pobreza, siempre en pos del arco iris, buscando que hay más allá del siguiente meandro del río. Y en ese momento es cuando llega toda la lucidez al corazón de Peppard y también al nuestro. A Holly, Audrey, ya la llevamos dentro de él antes de abrir la ventana, antes incluso de conocerla, porque es una mujer arquetipo, pura definición de lo que nuestra alma anhela, sin un solo atributo que distraiga de lo que de verdad importa: su candor y dulzura, que nos regala porque no sabe que la miramos. Porque si lo supiera no nos devolvería la mirada, probablemente ni siquiera querría que la viésemos. Asistimos a uno de esos momentos íntimos en que el alma se desnuda, como unos vulgares voyeurs. Hay emoción pero no erotismo porque Audrey al cantarnos al oído en los primerísimos planos le habla a nuestro corazón, que acaba de recuperar la lucidez. La mujer sin atributos no busca una reacción en los nuestros.

Truman Capote dibujó en su relato otra Holly menos conveniente para una comedia de Hollywood en los años dominados por la censura, menos inocente, sin un pasado intachable. Como el guionista del film, George Axelrod, también elude ser excesivamente explícito, pero nos queda suficientemente claro al leer "Brakfast at Tiffany's", la nouvellete que escribiera Capote tres años antes de ser adaptada al cine, que el oficio de Holly es el más antiguo del mundo, que en su infancia no solo hay pobreza, también abusos paternos. Pero de ese cenagal emerge Audrey blanca con su toalla liada a la cabeza como una flor de loto. Pura como una virgen. Y casi agradecemos que carezca de atributos para que podamos obviar los nuestros. Con lo que sabemos, con lo poco que hemos podido averiguar de la medrosa trama, datos todos ellos tristes, a pesar de que la película sea pródiga en frivolidad, en superficialidad, en fiestas desenfrenadas -¿qué es una película de Edwards sin un alocado guateque?-, lo último que queremos es escuchar la llamada del deseo al mirar a la mujer del ukelele, a la joven que sostiene el instrumento como quien porta en su regazo una animal exótico. Luego, después, cuando la canción cese, podrá llegar el amor, incluso el sexo, con la mujer sin más atributos que la belleza extrema. Pero no antes de que Holly pueda tener al fin una infancia que merezca tal nombre, aunque tardía, alegre y falta de penuria, frívola y disipada si se quiere, como el cha-cha-cha en que el mago Mancini logra mutar Moon River en la versión instrumental de la tonada.

Moon River - Henry Mancini