martes, 8 de octubre de 2013

El Fútbol y sus aledaños (141) - ¡Viva Zapata!


Viva Zapata!

Al líder revolucionario lo encarna en la película de Elia Kazan, "Viva, Zapata!" -en español en el original, aquí no me puedo tirar el pisto, como en el anterior escrito. Bueno, un poco sólo, quitándole a la exclamación el signo de admiración inicial, pero apenas se va a notar y voy a necesitar un paréntesis bien largo para advertir a los lectores poco atentos a los detalles- un Marlon Brando de rasgos tirando a asiáticos, con los ojillos algo achinados, quizá por ese truco de maquillaje que consistía en estirar la piel de las sienes con esparadrapo para arrastrar en el empuje de tracción la comisura de los ojos. La revolución de Zapata, ese tirarse al monte en desorden y desbandada para poder disparar desde arriba a los caciques y los poderosos, un arriba que se quiere ver también en clave moral, no solo desde lo orográfico, tiene un cierto parentesco con la revolución yihadista en Twitter. Con lo que ahora se quiere denominar Madridismo Underground. Para mi gusto con cierta mojigatería y cometiendo una sucesión de errores en tropel. Por lo pronto con este nombre perdemos la posición elevada, salvo que en vez de pensar en el suburbano de Madrid o el de Londres, el otro alma mater ahora mismo del Mourinhismo, lo estemos haciendo en el de Chicago, por ejemplo, pero los USA no es territorio futbolístico, ni siquiera sus aledaños, y lo veo un poco rebuscado, como este inicio de mi articulillo.

La película de Kazan tiene pedigree en lo que al relato se refiere: guión de John Steinbeck, que reescribe la novela de otro, y a la que el director sabe darle pulso narrativo en imágenes, a veces demasiado pausado, pero siempre cargado de tensión y simbolismo. los silencios pesan en la película de Kazan. Director que habría hecho las delicias del Tardo-Mourinhismo si se dedicasen también a la debate cinéfilo. Doblemente leyenda del cine, a su extraordinario curriculum, que también avergonzaría a Adán, se suma su vinculación a la comisión del senador McCarthy. Traidor de compañeros, topo del vestuario hollywoodiense, a la polémica que generan por sí mismas sus películas se suma la de su pasado como delator. Es una figura que incomoda, ante la que los analistas cinematográficos tratan de poner distancia, como si manchase, como le ocurre ahora a los que opinamos de fútbol cuando hablamos casi de cualquiera de la plantilla madridista: que si este es un indolente, que si aquel otro es un traidor a la jefatura del clan, que si el de más allá esta gordo y le tiemblan los "michelines" cuando corre, que si este primero es canterano y debería estar picando piedra no jugando de titular. Así ad infinitum -se dice así, ¿no?- y hasta llegar a la náusea por ser merengue.

Zapata antes de huir de su casa pide audiencia al poder. Y mira por donde, se lo conceden. En el palacio presidencial hace oír sus quejas, y quien manda al escucharle, no oye sus palabras, sólo se interesa por su tono, insolente por la indignación que lo consume y por saberse de parte d la razón. Así hemos sido todos los tuiteros yihadistas, un poquito insolentes, a veces directamente maleducados, cuando hemos expuesto nuestras cuitas al poder periodístico. Tenía su gracia eso de poder hablar con el director del periódico cuya lectura nos había provocado un "rebote" de mil pares de... mondongos, por la intención insidiosa de alguna noticia. El resultado era el lógico: bloqueo y a otra cosa. Empezamos a coleccionar bloqueos de periodistas como si fueran medallas que poder lucir en el pecho. Algo parecido le pasa a Zapata en su audiencia. Quien le escucha le pregunta su nombre y cuando se lo dice echa mano de un papel donde están referidos todos los presentes y traza una marca con su pluma junto a Emiliano Zapata. El revolucionario será sentenciado a muerte en lo que tarda en secarse la tinta. Al poder no le interesa impartir justicia si no que no se subvierta el orden, aquel que se tenga y le permita perpetuarse en su posición de privilegio, aunque produzca frutos amargos, abusos y atrocidades morales. Al final, Brando, Zapata, ha de echarse al monte fusil en mano, se le ha antojado la mujer que ha de ser para otro, el cacique de su pueblo. Ya sea la justicia social o la lujuria la que la promueva, la llamada de la conciencia o de la carne, es igual, el caso es que su revolución logra sobrevivir de forma  precaria, primero, y luego imponerse a quienes se le oponen. En otro momento de la película es a Zapata a quien le toca, ya instalado en la cima del poder, recibir en audiencia a los campesinos con cuitas que expresar y, como en un juego de imágenes que devuelven espejos enfrentados, como los de las barberías, se ve en una situación que ya ha vivido, como en un retorcido deja vú, aunque ahora en el otro lado, de espaldas a la razón, y todo pierde sentido, su lucha sobre todo, cuando se escucha a sí mismo preguntarle a quien se le insolenta cual es su nombre y luego le coloca un aspa en el papel con la relación de los presentes que un ujier le ha pasado. Es en ese momento cuando decide abandonar lo que tanto le ha costado conseguir -en tiempo y energías, y hasta en sangre-: el poder.

Su primera parada tras renunciar al liderazgo es ir a ver a su propio hermano, la persona a quien denunciaba el insolente. Tras la revolución, tras tantos años de privaciones, a Eufemio Zapata se le han antojado cosas: el dinero de otro, la hacienda de otro, la mujer de otro. Y, con baals en la recámara del fusil y en la canana, ha visto la forma de apropiárselo de todo eso, hacer un trueque por los servicios prestados. Emiliano trata de razonar con él, pero es en balde. Trata de explicarle que si han sacrificado tanto durante tanto tiempo es para que cesen precisamente esas injusticias, la ley del más fuerte. Pero Eufemio exige su paga, cree que la merece, y Emiliano ha de enfrentarse al reverso de sus propias ideas, ha de aplicarlas en su propia sangre, y será con sangre casi propia como habrá de pagar el dislate de su hermano. Si antes no lo tenía claro, tras la trágica disputa Zapata decidirá abandonar el poder. Se siente más cómodo subvirtiendo el orden que acomodándolo a sus ideales. Zapata sabe oponerse a quien manda, pero no ejercer el poder. Sabe buscar un rumbo desde el caos que le imponen los demás, no desde el orden que el mismo puede procurar. Desde entonces será enemigo de todos los que ocupen o frecuenten los palacios presidenciales y los centros de poder, volviéndose al final incómodo para todos, sobre todo para aquellos que si tuvieron arrestos para conservar lo que él tuvo en su mano y a lo acabó renunciando.

Organizar un ejército es complicado, aunque este a veces surge de manera espontánea cuando hay un enemigo común bien significado, por ejemplo, la prensa. Armarlo con consignas es tarea de ideólogos más que de estrategas. En la pelea ideológica el fin debería ser tener razón, todo lo más convencer a quien discrepa, aunque cuando la discrepancia obedece a cuestiones sentimentales la concordancia es casi artesanía, una de las bellas artes: la buena voluntad, o una tarea de alta precisión si se carece de ella. Tratar de exterminar a la oposición debería estar fuera de lugar, aunque la tentación se entiende que sea grande. Cuando no solo no se desdeña la obtención del poder, su conquista, si no que se convierte en la razón de la lucha, eliminar al enemigo es casi una consecuencia lógica en la dinámica de nuestros actos. A Cincinato, cuentan, le interrumpieron cuando se dedicaba a arar los campos de su villa para que salvara Roma, y tras hacerse de rogar ,y después conceder en la petición y salvar la república, volvió a lo que estaba, que las estaciones avanzan y se ha de sembrar antes de que lleguen las lluvias. Pudo Cincinato aprovechar la ola creada por su propio triunfo para medrar en el poder, pero le pudieron los mismos escrúpulos que al Zapata de Steinbeck y Kazan, u otros parecidos.

Renunciar al poder es complicado. También desactivar un ejército una vez puesto en marcha. Es juguete tan distraído ese de tener tropa propia, que te escolte permanentemente, que fije tus objetivos como propios y te los proporcione, que se entiende que quien lo tenga no quiera dar por finalizada la hora del recreo, que se resista a acabar los juegos bélicos. Cautivo y desarmado de argumentos el ejército periodístico - Iba a decir el Ejército Rojo, por escribirse con caracteres de este color en portada los nombres de ambos periódicos deportivos madrileños-, apetecen encontrar nuevas metas, que quizás al Barça es demasiado fácil atizarle, fura del terreno de juego, se entiende. Y aquí vine el problema: Que no encontrando nuevos enemigos fuera se tengan que buscar en casa, en la propia afición y hasta en el vestuario. En otras cosas no pareceremos una Yihad, que ya sabemos que el término pude ser motivo de excomunión y convine no abusar de él, pero en lo que a elegir contrincantes para hacerlos víctimas de nuestros ataques, en eso funcionamos igual que la islámica: un doctor experto en la doctrina emite una fatua y todos a una vamos contra el señalado. Ayer, por ejemplo, el enemigo de la fé era la hermana de Antón Meana, pero no nos faltaran otros enemigos más significados y menos rebuscados. Víctimas de fatuas lo han sido Pepe, Ramos, Carvajal, Marcelo y, por supuesto, Casillas, al margen de los principales personajes y personajillos de la prensa. Cualquier día convendrá que lo sea Florentino Pérez o Cristiano Ronaldo y la tropa estará tan bien aleccionada y disciplinada que no habrá titubeos, el señalado será abatido con un tuit haya donde se encuentre y por quien más próximo esté al argumento o sepa desgranarlo más rápido en 140 caracteres. O desarrollarlo en un post de algún blog de la causa.

Me causa extrañeza en que anden por ahí disputándose la autoría del término "Pipero". No recuerdo quien, otro articulista de periódico, creo, se la atribuía al colaborador de ABC Hugues. Y me resulta curioso porque, al margen de la mayor o menor gracia del hallazgo -en manos de mi admirado Ruiz Quintano el manejo del término se convierte en virtuosismo-, es el invento más siniestro del debate futbolístico, al menos en la comarca madridista -en otros lares sus propios problemas y sus soluciones, si las encuentran-. Y lo es porque es arma arrojadiza que se utiliza contra los propios compañeros de trinchera, los que defienden nuestro flanco, contra los que discrepan con el dogma, sea el que sea en un día determinado, porque este cambia, tiene la capacidad de mutar a conveniencia, aunque a quienes se acuse de incoherencia, y hasta de traición, sea a los demás. Los dogmas son incuestionables e incontrovertibles, por eso la discrepancia ofende. También deberían ser inmutables, pero hacemos la vista gorda sin problema. Como decía, yo no quisiera tener tanto ingenio para idear un dardo tan efectivo, que ha tenido además tanto éxito que la gente lo usa sin siquiera entenderlo ni contra quien procede usarlo o es efectivo. Si pipero es el que no anima por estar feliz en su mutismo -la boca llena obliga al silencio por mera urbanidad- y no aplaude por tener las manos ocupadas quitándole la cáscara a las pipas, he de decir que el madridismo tuitero tampoco es que anime mucho. Tiene los dedos muy ocupados también, en su caso haciéndose eco de la maldicencia del día, ayudando a propagar la fatua o a ejecutarla. Si pipero es el que protesta constantemente de los suyos desde la grada y les pita, no sé que otra cosa hace el madridismo tuitero que no ha dejado títere con cabeza en el Real Madrid, salvo al luso Karanka. Pipero creo más bien que significa para quienes gustan de la palabra, todo aquel que habla sin saber, que vienen a ser todos los que no somos nosotros, que sabemos más que nadie. El caso es que hemos sustituido como enemigos del Real Madrid a los periodistas por todos aquellos que viven el madridismo con una sensibilidad distinta a la nuestra. El éxito en la lucha contra Casillas, de la que se intuye que se obtendrá con Pepe y/o Ramos, con Varane en ciernes, a punto de hacer crack -jugador crocanti que aun no tiene enemigos, y unos alaban por su valía y otros por pensar que está en la doctrina mourinhista-, ha despertado el hambre por descubrir y combatir traidores. O la grada, la del estadio y la de Twitter, ya se visualiza como un semillero.

A Zapata lo matan a tiros en una celada en la escena culminante de la película de Kazan, en una embocada muy parecida a la que organiza La Yihad contra los los que identifica como piperos. Se había vuelto molesto para todos. Traidor a todas las causas, se había vuelto necesario silenciarlo. Pero su caballo escapa, no puede ser abatido en la huida a pesar de ser muchas las armas de fuego, y da paso a la leyenda, una que habla de que se le ve cabalgar al animal algunos atardeceres recortándose su silueta sobre el mismo perfil de la sierra donde se refugiaran Emiliano y Eufeminio, no se sabe si el animal solo o montado por el propio Zapata. ¡Zapata vive!, dicen sus adeptos que crecen ante la desesperación de lps poderosos, porque puede silnciarse al hombre pero no la leyenda que los suple. Y ya sólo nos queda desear, como en el chiste, que viva, pero no tan lejos, que nos gusta su modo de procurar la justicia. Ah, no, espera, que el del chascarrillo es en realidad Pancho Villa, y a ese lo tenemos bien cerca, a todas horas y en todas partes. Y si no es él, algún pariente, que el tenerlos solo es pecado en el caso de los periodistas.

jueves, 26 de septiembre de 2013

El Fútbol y sus aledaños (140) -Thirty Minutes over Tokyo



Thirty Minutes over Tokyo

La anécdota es de sobras conocida, bien que se encargó de ello la propaganda, y se relata en la película "Treinta minutos sobre Tokio -Uso para el título del escrito el nombre original del film solo para "tirarme el pisto"-, de Mervyn LeRoy, uno de los grandes, aunque ahora apenas se le recuerde, y menos aun se le programe en los pases de cine de televisión. El presidente Roosevelt, tras saber del desastre de Pearl Harbor y calibrar su posible repercusión en la moral de su gente, la que le había tocado gobernar en la tómbola de las elecciones, reunió a su estado mayor y les pidió, les exigió con cajas destempladas según las versiones que nos ha dado el cine -en una de ellas se le levanta de la silla de ruedas incluso, de su fiel compañera desde su infancia, en un arranque de ira-, que le dieran una alternativa viable para devolver el golpe a los "japos", para que el emperador en palacio, los samurais en los cuarteles y la gente de a pie en sus casitas de papel con tatamis en vez de parquet encerados, sintieran retumbar el suelo que les sustentase bajo los pies. Y la mejor idea, la más audaz también, se la dio el coronel Doolittle: Bombardear la capital del imperio del sol naciente. ¿Cuanto tiempo? Pues treinta minutos nada más, pero el caso era bombardear, todo lo que se pudiera durante el tiempo disponible. Eso le debió decir el coronel al presidente y a éste le gustó la propuesta, ya que decidió llevarla a cabo y ascendió al promotor de la idea a general de brigada y le otorgó la medalla de Honor del Congreso tras completarse la empresa con éxito. También al país, ya que Doolitle acabó siendo enterrado en el cementerio de Arlington. Y, por supuesto al cine, que nos ha bombardeado en las décadas disponibles desde el fin de la Segunda Guerra Mundial con films relativos al asunto. Hasta hay un episodio de Los Simpson que lo alude de refilón y usa el nombre de la peli de LeRoy para el título. En inglés también, que Matt Groening "se tira el pisto" incluso más que yo.

Hace tanto que no he visto la película de leRoy que hasta me he sorprendido al ver a Robert Mitchum en el cartel. Van Johson como que me pega más. Y de Spencer Tracy claro que me acordaba, su papel en esta película es uno de los iconos del cine, al menos para los americanos, al encarnar la figura madura, digna y firme de de uno de los sobrinos predilectos del Tío Sam en unas horas bajas para la nación. Aquella media hora escasa representó mucho para un país que vivía atemorizado pensando en una posible incursión en sus costas de la flota japonesa. Spielberg reflejó ese estado de histeria colectiva en su película "1941". Doolitle calculó la autonomía de los bombarderos B-25 y del portaaviones USS Hornet que debía lanzarlos al teatro de operaciones -Sí, me estoy volviendo a "tirar el pisto" usando términos de puro #postureo-, y calculó que dispondrían de 30 para hacerse oir en Tokio por Hirohito y sus súbditos. El problema era que los aviones no tendrían combustible para regresar, que los aviones tendrían que seguir el rumbo y las tripulaciones tratar de "buscarse las habichuelas" en China. El cine más que un problema vió en ello un filón para mezclar la épica con el melodrama. Sucesivas generaciones de actores han encarnado la gesta. Bien  conocida, por programarse machaconamente en las teles y por el cúmulo de "guaperas" en el reparto, es la versión del lance del director Michael Bay y el productor Jerry Bruckheimer: "Pearl Harbor". Doolitle es aquí uno de los hermanos Baldwin, creo recordar que el mayor de la saga. Y al compararlo con Tracy, el coronel en la  versión de LeRoy, nos da pistas acerca de como han cambiado los gustos en etos años que medin d una a otra, casi medio siglo. Tracy, su efigie, subraya la voluntad y la salvaguardia de la dignidad en momentos de zozobra. Baldwin es simplemente un macho alfa ya algo entrado en años. Al final Hartnett y Afleck le dejan sin hembras en la función. También es verdad que apenas hay una y está demasiado solicitada: la insulsa pero muy carnal Kate Beckinsale. Carne bien esculpida pero fría, más propicia para componer a vampiras de combate que a novias de aviadores en misiones suicidas.

A Mou le ordenaron que bombardeara el Nou Camp durante 90 minutos y la manada de ñus, ciertamente, sintió retumbar el suelo de la sabana bajo sus pezuñas. Aquel gol de Cristiano cuando el partido se cerraba cayó como una bomba H sobre las redes de la portería de Valdés. Ronaldo fue nuestro Enola Gay en el aquel clásico en que se ganó una liga. Mou el diseñador de la misión suicida: locos contrataques lanzados desde campo propio que hacían prácticamente imposible el retorno, el repliegue tras sobrevolar el área del enemigo. No le condecoramos, es cierto -la prensa sí, con insultos, y reservándole un hueco en su cementerio particular de atrocidades-, pero se ha convertido en perfecto icono del madridismo, con su pelo blanco, como el de la imagen de Spencer Tracy que nos devuelve la memoria cuando le recordamos. 90 minutos durante los cuales el enemigo sintió el mismo temor que nosotros sentimos durante años, tras ese 2 a 6 que fue nuestro Pearl Harbor. Pudo ser peor, como el de los americanos, que les pillo con los portaviones fuera de puerto, de patrulla nadie sabe muy bien por qué. Es un misterio en el que algunos le ven las orejas a la teoría de la conspiración. Nosotros pudimos no encontrar a nuestro Roosevelt y nuestro coronel Doolitle y tener que soportar que los pastos los acaparasen los ñus eternamente. Se da la paradoja de que Mou encarna al mismo tiempo las dos versiones esbozadas de Doolitle, representa al macho alfa de la manada, temperamental, acaparador de liderazgo, pero también la dignidad y la templanza necesarias, imprescindibles para que sobreviva el honor cuando se viene de la derrota sin paliativos. Vale, que sí, que le metió un dedo en el ojo a Tito, no lo niego. Y hasta al Tata y el toto de Shakira también si se hubieran puesto igual de farrucos la babysitter de Messsi y el  Pique tuitero. A los malditos japos ni agua. La del mar en todo caso para que americen son sus Zeros en comportamiento. Hasta me recurda su equipación patriótica a la bandera nipona durante aquella guerra. Vale, delego en Arbeloa estos temas que  mi se me va la olla y me veo incapaz de rematar el párrafo.



De diez minutos dispuso, y mal contados, el bueno de Carvajal, pero algunos los han aprovechado bien para convertir en un paisaje lunar su hoja de servicios. Alguien hacía notar en Twitter esta mañana que el gol del Elche vino por su banda. Fue entrar él y desmoronarse todo, parece ser. Un gol que tiene tropecientos culpables al margen del portero y que por ello haría las delicias de Casillas. Son los goles que quería el capitán y su minipandi de la prensa estos dos años anteriores, y los que ahora quiere la minipandi de Mourinho en Twitter. Para colocar a los suyos, porque siempre se trata de eso. En este caso Coentrao, Diego López y Arbeloa. Los demás son enemigos a los que hacer vibrar el suelo bajo sus pies. Y no todos los patrocinados tieen los mismos merecimientos. Diego López muchos, Casillas ninguno. Arbeloa y Coentrao comsi-comsa, romos como son en ataque. Al primero se le ha olvidado rematar las jugadas por su banda. Aunque le llegue el balón por detrás de su defensor no lo aprovecha para apurar hasta el banderín de córner o enfilar el área, la devuelve casi siempre hacia atrás o hacia el centro, donde más guarnecida está la defensa rival. Arbeloa, en ataque se ha convertido en un funcionario, hace dos años era más audaz, centraba a menudo, no siempre con acierto. Quizás las críticas recibidas como pasador le hayan "cortado" un poco. Echo de menos a aquel Arbeloa que araba el campo por la derecha, creaba superioridad por ese lado, a veces llevaba peligro al área contraria, y luego replegaba con disciplina espartana. Coentrao por su parte genera anarquía, en el ataque enemigo en defensa, lo cual es muy beneficioso, y en la vanguardia propia cuando progresa, que no es frecuente. El Real Madrid no puede resignarse a tener dos laterales que le sirvan solo para enrocarse. Necesita laterales incisivos. Ya sé que predico en el desierto al decirlo, pero una de las razones del atasco de la temporada pasada en el juego fue la ausencia de Marcelo. Ayer se echó en falta a Carvajal, que con lo poquito mostrado en ataque estos meses de arranque liguero, ya se ha convertido en una de la principales vías por las que se derrama el equipo en ataque. Carvajal es el futuro, bombardearlo como opción para favorecer a Arbeloa es como querer detener el tiempo. Vibrará el suelo, podrá carse al suelo el reloj y partirse, pero las manecillas seguirán avanzndo. En todo caso fueron sólo diez minutos. Y ya sé que de lo que se trata es de bombardear durante el tiempo del que se disponga. ¡Pero Carvajal no es Tokio, qué demonios! Alguno de los bombarderos de Twitter tendrá que buscar un lugar para aterrizar en la China de Mao porque como vuelva a sobrevolar el objetivo de vuelta a casa pienso "freirle" con las baterías antiaéreas.

Los elches era un pueblo del Levante español que externamente parecían musulmanes, ya que vestían y se comportaban como ellos tras muchos años de convivencia y vivir bajo su yugo, pero que interiormente eran cristianos y en favor de la causa de Cristo luchaban llegado el caso. Cristianos y musulmanes, mozárabes y mudéjares, criptojudios y elches, árabes y bereberes, la España de la Reconquista era un mosaico multicolor y multiétnico en el que a menudo era difícil entender una tesela concreta del conjunto y ponerla en relación con el resto. Algo parecido pasa con el madridismo tuitero y quizá por eso andamos continuamente otorgándonos o vetándonos el carnet de madridistas los unos a los otros. Cuesta mucho a veces saber de que lado está quien te cita en un tuit, a veces con ánimo de batirse, cryéndote d la guardia dl Cardenal Richelieu. A mí estos señores que aprovechan todo el tiempo disponible para bombear a los propios como si fuera la capital de los japos reconozco que me desconciertan. Tan contento entre en Twitter tras entrarme de la réplica de Arbeloa a Piqué como me amargué al cuarto de hora tras comprobar como las culpas del desaguisado de ayer se distribuían exclusivamente entre los no mourinhistas del equipo en un labor de alta precisión quijúrjica. Ya quisiera el rey cirujanos así. Pepe, que lo cierto es que hizo un gran encuentro, el mejor junto a Khedira del encuentro, de los que iban de azul al menos; Ramos, que estuvo desastroso; y Carvajal, cuyo concurso fue meramente testimonial, por esa ruta avanzó el escuadrón de bombarderos. Como no cuaje el equipo en las próximas fechas Ancelotti va a ser identificado como otro quiste más a extirpar. Ya se había logrado que le dieran cuartelillo los del ala táctica de Doolitle, pero todo puede venirse abajo en las próximas fechas. La llegada del Atlético nos pilla recogiendo la ropa del tendedero, como a Kate Beckinsale en la mañana de Pearl Harbor. La ropa interior agitada al aire al paso de los bombarderos, que uno ya no sabe si son de los nuestros o del enemigo.

Leo en Wikipedia que Doolitle fue un chico canijo en el colegio, acomplejado y atemorizado por los matones de patio de recreo, y que el boxeo le sirvió como muleta para fortalecer el carácter. Twitter es pura ortopedia para el ego. Por alguna razón, supongo que derivada del anonimato, nuestra combatividad se multiplica dentro del cuadrilatero virtual. Quizá devuelvo golpes que no recibo, pero al igual que algunos, y con razón, les duele el sectarismo de la prensa deportiva, el trato desigual con los personajes analizados según sean objeto de fobias o filias evidentes, a mi también se me desborda la paciencia por esta misma causa en Twitter, esta vez con los que se suponen con los míos, pero que no se si son elches y criptomusulmanes. A veces me siento capaz de levantarme de la silla de ruedas incluso, como Roosevelt. Por cierto, parece que mi memoria me engaña, pero me parecía recordar que a Roosevelt lo encarnaba en la película de LeRoy el extraordinario actor Lionel Barrymore, también paralítico. Por lo visto soy un sentimental.