viernes, 25 de abril de 2014

El Fútbol y sus aledaños (153) - Les Champs Elysees

Les Champs Elysees
(Real Madrid 1 - Bayern de Munich 0 - Semifinales de Champions League 2014)



Inmerso en la marea humana que anegaba el Paseo de Concha Espina una hora antes del encuentro, pude participar de la comunión de almas que unía a todos los presentes. Un solo grito y un solo sentimiento. Ondeaban las bufandas y las banderas como la espuma en la cresta rizada de las olas. Se escuchaban los cánticos como el batir de las aguas en la orilla. Era una inmensa corriente de personas en la desembocadura de la calle Marceliano Santa María, un caudal sin posible desagüe porque las personas agolpadas en la cuesta para ver llegar el autobús del equipo eran muchas más de las que cabían en aquel trozo de aceras y asfalto. Muchos alzaban sus móviles sobre sus cabezas para tomar una instantánea del momento, emocionante, inesperado, imposible de concebir con la imaginación desde dentro, lleno de un fervor como no se recordaba hacía mucho, al menos esta temporada. La gente era el mismo tiempo el espectáculo a contemplar y el público asistente, y alucinaba por estar formando parte de aquello. Tras un rato chapoteando en aquellas aguas vociferantes, sentí algo parecido a un ataque de claustrofobia -no podía avanzar ni retroceder ni un milímetro, y mi amigo Ángel, solo paso a mi derecha, parecía situarse a un universo de distancia, no nos entendíamos ni arrimando boca a oreja al hablar-, así que decidí tomar distancia con el tumulto. Fue entonces, desde una prudente cercanía, justo en el borde de la voluntad colectiva, cuando el mundo me pareció que se asemejaba por un momento al que pintara Joaquim Patinir en "El paso de la Laguna Estigia". El humo de las numerosas bengalas oscureció la tarde trayendo una noche prematura y los fuegos rojos de sus puntas parecieron los del infierno en el lado incorrecto de la laguna. Más allá de la nube blanca se alzaba la mole del estadio y, tras él , los Campos Elíseos, la pradera del Bernabéu. Parecía una premonición de lo que habría de ocurrir más tarde. Olía a chamusquina, a Guardiola quemado por sus pecados.

No traía moneda para el Barquero, y por eso Pep no pudo acceder al paraíso, cruzar las aguas, pisar la pradera de la orilla izquierda con los pies firmes -Robben, su alter ego en el campo, nunca llegó a desembarcar del todo en el área de Casillas-. Un dracma de humildad hubiera bastado para pagar su servicio. Pero se trata de alguien muy rácano en conceder méritos ajenos, en especial al madridismo. Los jugadores blancos no son futbolistas si no atletas griegos, fue su principal conclusión que sacó tras noventa minutos de encuentro y de lección magistral de fútbol. Y que el fútbol solo lo ponen sus equipos en el terreno de juego, sea quien sea quien se les enfrente. "Sed futbolistas, les dije a mis jugadores", nos explico en una rueda de prensa en la que se nos mostró como un alma atormentada, acurrucada en un rincón de la barca, temiendo que la embarcación zozobrase. Profesor pomposo y engreído que por ello nunca podrá ser buen alumno. En el viaje trascendente que suponía su esperado regreso a Madrid, Pep esperaba otro desenlace más arrimado a sus tesis, que solo a él pertenece la gloria. Más allá de la vida y la muerte, donde cree que se sitúa el fútbol que propone, Guardiola se piensa acreedor de un lugar en el paraíso. Dice su principal discípulo, Xavi Hernández, que la Historia del Fútbol solo tiene en la actualidad escribas catalanes. Lo de ayer vino a rebatirlo. Algo grande sucedió anoche y, al margen de lo que pueda ocurrir el próximo martes en Munich, es una hermosa lección que podremos llevar en adelante ya siempre con nosotros. El que quiera aprender, claro. Porque no parece que lo quiera Guardiola en su soberbia disfrazada de ademanes conventuales. Su voz desde el atril de la sala de prensa pareció ayer más que nunca la de un monje que predica la buena nueva, la llegada del salvador. La suya propia.

Quince fueron los minutos duró el discurso de Guardiola antes de que le rebatiesen punto por punto, el primer tramo complero del encuentro. Mareaban la pelota los muniqueses, trayéndola de aquí para allá, con lentitud, casi con desplicencia -son jugadores muy grandes, no como aquellos de los que disponía en can Barça-, y todas las rutas por intrincados o inesperados que fuesen los vericuetos por los que discurriese la pelota, acababan en el mimo lugar. Todos los caminos conducían a Robben, que con su testa medio calva, como la de César, es como el monte capitolino del Bayern de Guardiola. Si los primeros minutos de partido me sumieron en la angustia porque el Real Madrid asistía al monólogo alemán casi como un convidado de piedra, pronto aprendí que era superfluo empezar a sufrir hasta que el extremo holandés no entraba en contacto con la pelota. Era entonces cuando se iniciaba la jugada de ataque y había que empezar a preocuparse, no antes. Eso en el peor de los casos, porque nunca Coentrao había tenido un efecto tan balsámico para el madridismo. Aroma de eucalipto portugués fue lo que nos trajo anoche, para abrir los pulmones, para sellar a Robben, el única arma de Guardiola, el único concepto de su interminable y reiterativo monólogo. Y lo sorprendente es que bastaron algunas frases cortas para rebatir un cuarto de hora de insoportable cháchara insustancial: un pase de Isco a Cristiano, junto a la cal de la banda, donde parecía no haber salida, un desmarque en profundidad de Coentrao señalando a su compatriota con el brazo el vector de fuga y la cabalgada de Benzemá por el centro del área de Neuer. Les Champs Elysses que ya no caminará nunca Guardiola. Luego la misma historia repetida en capítulos sucesivamente más cortos pero con idéntica narrativa: Un rato de tedio alemán culminado siempre por un relámpago de fútbol madridista. Tormento inútil hasta que el fuego del infierno en el que se asaba Guardiola elevaba su temperatura hasta el blanco incandescente.



Pudieron llegar dos goles más antes del descanso, pero Ronaldo y Di María malograron sus oportunidades. Como un trueno cuyo sonido lo mitigase la distancia. Al primero le habría bastado con mirar al balón en vez de a la portería en el momento de chutar a puerta para no malograr el paso tenso de Benzemá desde la banda izquierda. Al segundo con optar por cualquiera de los otras dos alternativas a la finalmente elegida: Centrar al francés, nuevamente situado en mitad de los Campos Elíseos, o colocar el balón suavemente en el segundo palo, más allá de los dominios de Neuer, con una sútil rosca, sin siquiera elevar la voz. Si a aquel gol tan celebrado logrado por CR7 al culminar un contraataque en la Liga de los Récords se le apodó como la tormenta perfecta, el de Karim de anoche merece ser considerado al menos como un aguacero torrencial con aparato eléctrico. Se vino Guardiola para Madrid sin paraguas y en el chaparrón acabó sufriendo un baño de fútbol. Como ducharse vestido. Luego no es extraño que en la rueda de prensa tras el partido los erectos silenciosos, que son su marca de fábrica cuando predica, apenas le permitieran articular las palabras. Igaul de torpe su equipo jugando que el hablando. Bullía por dentro como un caldero puesto al fuego. Seguramente la fiebre causada por el resfriado. El enojo torpemente disimulado. Las llamas del infierno escenificado en la previa habían sido un premonitorio castigo a un pecado de soberbia.

Porque la duda que nos asaltaba tras el primer tiempo es si el estilo de juego del Barça de Guardiola era realmente trasplantable al Bayern ¿No ha habido pecado de soberbia al querer asemejar el equipo bávaro a su propia persona y no al revés? El Bayern de Munich del que llevamos hablando ya casi dos años tenía un ímpetu y un dinamismo la pasada temporada del que ya no se vio anoche ningún rastro. Pep ha castrado al toro para hacerle dócil a sus órdenes y lo que tiene ahora entre manos es un inmenso buey que solo es capaz de ganar si aplasta al rival con su inmensa mole. Es perfecto para arar el campo, si no se lo discute nadie, uncido con la yunta del tiqui-taca, pero no para trotar libremente sobre él y embestir con energía. Fueron 45 minutos de inmensas sorpresas lo que nos deparó el primer tiempo: ¿Dónde estaba el ogro alemán que tanto miedo nos daba?¿No era Guardiola el hombre del saco?¿No había matado Ancelotti, según bramaban los custodios del sepulcro de Mourinho, el contraataque del mejor Real Madrid de todo los tiempos?¿Dónde había quedado esa debilidad por los flancos en la defensa blanca que tanto mortificaba las carnes de la portería al principio de la temporada? Carvajal y Coentrao no solo sellaban a sus oponentes -nada menos que Robben y Ribery, casi nadie al aparato-, si no que atacaban con eficacia cuando les llegaba su turno. Benzemá, que es el dios de las pequeñas cosas, y Modric -que es capaz de adentrarse en laberinto edificado por el medios rivales, matar al Minotauro y salir indemne gracias al hilo de Ariadna, su inmensa clase, completaban la terna de destacados. Todos ellos bajo el generalato de Pepe, que es el alma del equipo esta temporada más que en ninguna otra. Inmenso en el juego aéreo, capaz de paliar con su generosidad en el esfuerzo los excesos de Ramos, especialmente acelerado todo el encuentro.

Ver la segunda parte del encuentro fue como asistir a esa conferencia que narra Gore Vidal en el arranque de "Creación". La historia redactada y declamada casi en directo. Herodoto en Atenas explicando en el Senado a sus conciudanos las Guerras Médicas que ellos mismos han librado hace poco. Podrá aducir lo contrario Guardiola, negar la evidencia, como el protagonista de la novela, pero lo que vivimos ayer fue una derrota sin paliativos, el ocaso de un imperio, de un modo de entender las cosas, de dominar el mundo como una satrapía. No había más mandamiento que la posesión y todos debíamos ser esclavos de esta idea, rendir sumisión al emperador Jerjes Guardiola. Once valientes primero, hace dos años, en el itsmo de las Termópilas, en el Nou Camp, a las órdenes de Leónidas Mourinho, y la flota del mundo libre desplegada anoche anoche en Salamina, en el Bernabéu, a las órdenes de Temístocles Ancelotti, lograron derrotar al fin la tiranía. Emerge una nueva cultura del fútbol en las costas de la Hélade que ya no tiene porque rendir tributo a Persépolis, la capital de los campanarios. Usar el contraataque es como situar espolones en la quilla de las naves para aprovechar su empuje, su inercia lograda a base del batir de remos, en el momento del choque entre naves, entre estructuras de madera, no tener que supeditarlo todo a la actividad de los arqueros y los hoplitas embarcados. Esto había quedado meridiano en el primer tiempo, pero había llegado el momento de dejar la cosas claras. El Real Madrid adelantó lineas en la segunda parte, presionó cerca del área de Neuer y le discutió la posesión al mismísimo Bayern de Guardiola, administrando con eficacia sus turnos, a veces con cierta retórica, gracias a la perfecta dicción de Xabi y Modric. Alonso emergió junto al otro medio centro para mover el balón con criterio y se obró el milagro: Guardiola fue rebatido con sus propios términos. Una gran victoria moral pero sin el premio de un segundo gol. Aun así, la épica fue completa tras un paradón de Casillas a un disparo a bocajarro de Götze cuando la jornada agonizaba. El único momento real de tensión en el área blanca en todo el encuentro. ¿Disparó el alemán al muñeco? Casi que sí, pero la actitud de Iker ya no es la de antaño, la indolencia se ha trocado en nervio, el abatimiento en reflejos. Poco trabajo le deja por hacer su defensa, pero el que le llega lo solventa con prontitud y ángel. Esa mano que desvió el trallazo de Götze sus detractores la seguirán identificando como la divina providencia. Es una causa perdida. Del odio no se vuelve si no es arrastrándose, y la soberbia nunca se humilla, nunca se aviene a caminar de rodillas. Precisamente el mismo pecado que Guardiola.

Y, en fin, todo queda pendiente para que el Allianz Arena dicte sentencia. ¿Demasiada euforia quizá?, me preguntaba alguien en Twitter cuando exhibía mi júbilo al acabar la clase de posgrado impartida por Ancelotti. Probablemente. Un 1-0 parece un marcador demasiado exiguo para cruzar el Rin y enfrentarse a las tribus de la ribera norte, sea cual sea el estadio escenario de la batalla. Con más motivo el muniqués, la guarida de nuestra bestia negra. Tantas veces Alemania ha sido para el Real Madrid como el bosque de Teutoburgo para el general romano Varo, el que perdió las tres legiones del emperador Augusto, el ejército guardián del muro norte. ¿Será Ancelotti quien recupere todos los estandartes capturados por los bárbaros? El técnico italiano, tratado muchas veces como el tonto de la clase tanto por prensa como aficionados, le ha demostrado al mundo que de los cuatro técnicos que optan a la Orejona es el único que sabe jugar tanto a la contra como escorado al ataque por al peso de la posesión. Bastaría con apelar al contragolpe para mostrarnos como temibles para los bávaros, pero está claro que no es nuestra única arma. Además, lo exiguo de la ventaja evitará que nos relajemos, el miedo que nos sobreviene siempre en las grandes citas. Hay motivos razonables para la esperanza. El paisaje de la orilla izquierda de la laguna en la pintura de Patinir parece un bosque de tilos ¿La Selva Negra? Pudiera ser. Pero todos sabemos que Benzemá es capaz de abrir un claro en la arboleda para conducirnos de nuevo a los Campos Elíseos -pronunciar en Francés, por favor-. Lo presiento. Es casi una certeza. Y tras la exhibición de clarividencia colectiva durante la comunión de madridismo de la previa en la cuesta de Concha Espina sería de necios no hacer caso a las premoniciones.


viernes, 18 de abril de 2014

El Fútbol y sus aledaños (152) - Oxygene

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Oxygene - R. Madrid 2 - Barcelona 1 (Final de Copa del 2014)

Miraba ayer en Twitter la que posiblemente sea la imagen de la final de este miércoles, esa que te devuelve la sensación de vértigo, de insuficiencia respiratoria, que todos experimentamos durante el encuentro en momentos determinados y me quedaba ensimismado en su contemplación. La había colgado, entre otros, @Paul_Tenorio, para hacer homenaje al fotógrafo que es su autor, Alberto Fernández. Y nada más verla me dije: "Si esta es la imagen del encuentro, la que resume su espíritu, la que capta su momento más vibrante. Entonces ¿cuál sería entonces su posible banda sonora?". En realidad era una de esas preguntas retóricas que te haces porque la respuesta te llega por anticipado, antes siquiera de formularla. En la fotografía hay dos atletas enfrentados en un duelo singular, en una carrera alocada en pos de una meta, en este caso el balón, completamente aislados en una cápsula de soledad, aunque compartida, en mitad de una multitudinaria muchedumbre. Es una carrera entre un gentío, dos entre miles para dirimir una cuestión de honor que concierne a los dos grupos, a las dos tribus que asisten al duelo como meros espectadores, sin capacidad para intervenir, aunque no mudos. La estampa me retrotrajo rápidamente a la carrera que abre la película "Carros de fuego". Ese momento alucinante, hipnótico, captado en la instantánea del reportero de la agencia EFE, eterno a pesar de que dura solo ocho segundos, según nos han explicado en los telediarios de todas la cadenas, parecía pedir a gritos la música de Vangelis. Esa parecía ser la respuesta impuesta de antemano. Pero había errado al hacer la pregunta. Mestalla no es una playa, aunque no diste mucho del mar. Además, seguro que Xavi se nos habría quejado por la falta de hierba que suele haber en la costa, salvo en la del Mar Cantábrico. Por otro lado, la banda sonora que compuso Vangelis para el film de Hugh Hudson está contaminada de imágenes memorizadas por nuestro subconsciente que nos hacen ver enseguida a atletas corriendo descalzos a cámara lenta por donde rompen las olas, chapoteando felices aunque concentrados en el esfuerzo. Pero en el sprint entre Bale y Bartra solo hay tensión, frenesí, locura y drama, a uno de los dos le sobrevendrá el deshonor tras perder y fallarle al grupo. Los atletas que vemos entrenar en el arranque de "Carros de fuego" forman una unidad, un equipo, la selección británica que ha de competir en los Juegos Olímpicos de París en 1924. La distancia entre ellos se cierra a medida que comparten la carrera, mientras que la que dirimen el futbolista catalán y el galés los aleja al uno del otro a cada zancada. Es un duelo a muerte. No habrá un después para el que llegue el último a destino.

Arranque de la película "Carros de fuego", con música de Vangelis

La carrera que me venía a la mente al contemplar la fotografía de Alberto Fernández es el desafío  entre Harold Abrahams y Eric Liddell que narra la película, ocurrido en 1919, en el Trinity College de Cambridge, cuando ambos atletas aun son estudiantes. Un primer enfrentamiento cuando apenas se conocen los que luego serán campeones olímpicos, Harold de los 100 metros lisos y Liddell de los 400 metros. Una carrera de una milla d longitud por un circuito irregular, donde las calles no están definidas, se han improvisado en un patio del campus escolar, y el público entorpece el avance de los corredores, como si se tratase de la ascensión a un puerto en el Tour de Francia. Yerran los que se empeñan en comparar el duelo entre Bartra y Bale con una carrera de velocidad pura. Tiene lugar en el minuto 84 de partido. Es claro que se trata del sprint final de una carrera de medio fondo. La posición del cuerpo de ambos en la foto, escorados claramente hacia la izquierda, sobre todo el de Bale que es el que más impulso lleva, hace que parezca que están negociando la curva antes de la recta principal del estadio. Coe contra Ovett, Cacho contra Morceli, El Guerrouj contra Lagat. Nunca Bolt contra Gatlin. No dudo de que el jamaicano represente la velocidad en estado puro, que es lo que nos evoca la exhibición de Bale, pero nos olvidamos de los 84 minutos previos de carrera sostenida. En realidad Bekele contra Gebrselassie sería el símil más aproximado. El Tata Martino arenga a su pupilo y señala algo con el dedo, como la estatua de Colón barcelonesa. Pero ese nuevo mundo que indica, probablemente la portería de que defiende Pinto, será al final Bale quien lo descubra y lo conquiste, no la hueste azulgrana. Illarramendi parece que protesta algo con el gesto de sus brazos -"Pero, hombre", parece decir-. Seguramente el intento de Bartra de hacer descarrilar al expreso galés interponiéndose en su trayectoria y empujándolo con el cuerpo. El juez de línea, el hombre al que nombra Asier con su gesto mudo, se desentiende de la falta, más que evidente, absorto como nosotros completamente en el momento al que ya se le empieza a adivinar un desenlace épico, y con su error evita cometer otro mucho más grave. Es un momento sublime, sin apenas reglas, como la carrera en el college británico de "Carros de Fuego", cargado de significado, de solemnidad y trascendencia, preñado de futuro, y que ahora sabemos que marca un antes y un después para los contendientes y los grupos a quienes representan. Pero esa escena carece de música en su banda sonora del film. Así que es el momento de reconocer que he errado con la pregunta, o puede que incluso con la respuesta amañada de antemano.

Carrera de la milla en el Trinity College de Cambridge. 1919. Escena de "Carros de Fuego"

No, en realidad no fueron los acordes de Vangelis los que sonaron en mi cabeza al ver al imagen de Alberto Fernández, sino los de otra melodía igual de hipnótica y que colorea de sonido una escena cinematográfica más dramática que la del bipoic sobre los dos atletas olímpicos británicos. "Si hubiera sido Puyol...", decía Carme Barceló la misma noche de la final, "...habría sacado a Bale del Campo a garrotazos". Apreciación con la que coincidía Jorge D'alessandro. Años de aleccionamiento sobre valores y ética futbolística de la escuela culé desmentidos con una sola frase tras la primera derrota con verdadero calado. Es fácil teorizar y moralizar desde la victoria, merecida o no, incluso tras la derrota susceptible de ser justificada o matizada, pero cuan difícil es aferrarse a la doctrina cuando vienen mal dadas, cuando somos derrotados sin paliativos. El Real Madrid dominó el encuentro de cabo a rabo, salvo en sus últimos 10 minutos, y toda la rabia que se deriva de comprender que entramos en una nueva era, menos feliz para lo blaugrana, quedó reflejada en estas chocantes palabras. ¿En serio que Puyol habría hecho eso? Le tengo por el jugador del Barça menos contaminado por el espíritu que se insufla en sus jóvenes inquilinos en la Massia. El mismo Bartra, el mejor de su equipo en la final, manchó su casi impecable actuación con un momento a lo pájaro cuco al más puto estilo Busquets, tras fingir una agresión de Coentrao. Al final, como sospechábamos desde antes de la era Guardiola, el fútbol tiene que ver más con la guerra, incruenta si se quiere, que con un enfrentamiento entre caballeros que si pierden darán la mano, como dice el himno del Real Madrid. No han faltado quejas entre los madridistas por los gestos de consuelo con los caídos de los jugadores del Real Madrid, en especial hacia Casillas, el más vulnerable a los ataques gratuitos de los aficionados, aunque otros también los tuvieran, como Ronaldo, que ni siquiera estuvo inmerso en la batalla y no podía aducir el espíritu de camaradería que a veces surge entre los que se cruzan disparos en una línea del frente. Ni siquiera la victoria ennoblece o da para gestos de buena voluntad, aunque sean siquiera de cara a la galería.

Bale no corre por la gloria, que también, corre en realidad para salvar la vida de sus compañeros, para evitarles una muerte deportiva horrible, una derrota ante el Barcelona. ¿Qué se estaría diciendo ahora sobre lso jugadores, sobre Ancelotti si hubiese entrado el disparo de Neymar y hubieramos llegado a la prórroga? Seguro que nada bueno. Lo que se dirimía el miércoles era mucho más que un título. Semana de pasión. Viernes de soledad, este en el que escribo, y domingo de resurrección antes de la jornada de Champions que se avecina. Al combinado culé no habrá ya quien le resucite esta temporada tras su enésimo descalabro en muy poco tiempo. Bale corre jugándose la vida, como Mel Gibson en "Gallipoli", sin un solo atisbo de duda cuando tiene que cruzar la línea de tiro de la trinchera enemiga. Martino queda atrás en las primeras zancadas, pero todo el banquillo culé es testigo en primera fila de su derrapada para superar a Bartra. Traza alocadas diagonales para vencer la fuerza centrífuga causada al correr en curva y neutralizar la carga ilegal del central. Luego, cuando entre de nuevo en contacto con el balón mucho metros más adelante, la falta de oxígeno le hará errar en el primer autopase, que desplazará el balón más hacia la trayectoria de Marc que hacia la suya propia, obligándole a un nuevo viraje para recuperar la posesión. Oxígeno, esa es la palabra clave que me hizo recordar que la melodía que sonaba en mi cabeza no era del compositor griego, como en un principio había pensado, sino de Jean Michele Jarre. Y como una rebelación me acordé de la dramática secuencia de la película del director australiano Peter Weir. El film narra la amistad de dos jóvenes australianos, corredores de velocidad ambos, que se enrolan en el ejército al entrar su país en la primera Guerra Mundial. Acaban destinados en el frente de Gallipoli, una operación militar que Churchil siempre reconoció como el mayor error de su carrera. El mando británico hizo desembarcar todo un ejército en la península turca porque se situaba a un tiro de piedra de la capital enemiga en el frente asiático, Estambul. Había prisa por sellar el frente abierto con los turcos para centrar esfuerzos en otros teatros de operaciones en el interior de Europa. Pero los otomanos se limitaron a atrincherarse y a defender su tierra, masacrando oleada tras oleada de ataques aliados.

"Oxygene", de Jean Michele Jarre. Banda sonora de "Gallipoli"

El personaje que encarna Mel Gibson, Frank Dunne, sigue los pasos de Archy Hamilton -interpretado por el actor Marc Lee- y cruza el desierto australiano hasta recalar en la mismísima guerra, fascinado por el arrojo de su compañero, el único que ha sido capaz de vencerle en una carrera de 100 metros lisos. Archy está llamado a ser el vencedor de esta prueba en los próximos juegos olímpicos, pero su corazón está imbuido de valores, ese concepto que tan mala prensa tiene últimamente entre el madridismo. No cree que deba quedarse de brazos cruzados cuando su país entra en guerra. Ambos son encuadrados en el cuerpo de caballería australiano, aunque Frank no haya montado jamás a caballo. Archy logra persuadir a sus mandos para que le permitan tener a su amigo cerca, seducidos por su nombre, pero la gloria que se le avecina. En realidad da igual, en una guerra de trincheras los caballos son un elemento superfluo. Frank intenta convencer a Archy de que una vez en el frente, con el deber patriótico cumplido, es lícito buscar la tarea más sencilla o que reporte menos peligro. Obtiene un puesto como enlace, como correo humano entre el alto mando y el de su batallón, gracias a su extraordinario velocidad y trata de que su amigo haga lo mismo. Pero Archy, aun más veloz que él, rehusa este privilegio que en realidad le pertenece más a él, porque cree que su deber está en la línea dl frente no en la retaguardia . Durante uno de sus servicios rutinarios, Frank se entera en la tienda en la que los generales deciden el destino de las tropas que se ha planeado un ataque del regimiento de caballería sobre la línea turca. Se trata de un suicidio. Muy pocos son los soldados que consiguen completar vivos siquiera el tramo de escalera que permite salvar el desnivel entre el fondo de la trinchera y el terreno de nadie. Y aquellos que lo consiguen son rápidamente abatidos en los primero metros de carga por la fusilería turca. Todos los ataques anteriores han resultado un absoluto fracaso, sin apenas supervivientes, solo los que han podido reptar por el suelo malheridos hasta alcanzar la retaguardia. Frank sabe que a su amigo le quedan apenas unos minutos de vida. Está encuadrado en la tercera oleada de ataque. Los miembros de las dos primeras ya siembran de cadáveres el terreno que media entre los británicos y los turcos. Logra convencer al mando del ejército australiano tras una tensa discusión de que suspender la última carga solo ahorrará que se produzcan más bajas innecesarias. La carrera de vuelta para transmitir la orden que ha logrado arrancar al general apelando a su conciencia dormida a los mandos de su regimiento se convierte en una cuestión de vida o muerte, como la que sostiene Bale con Bartra.

A todos nos falta el oxígeno. A los que dirimen la carrera, por supuesto. Pero también a aquellos que se verán directamente afectados por su desenlace y a los que solo la presenciamos desde una escasa distancia emocional. Y los alocados acordes de Jean Michele Jarre parecen robarnos las escasas bocanadas que nos quedan antes del vacío absoluto se adueñe de nuestros pulmones. Son 70 segundos de frenética melodía según lo datos que aporta Youtube en su archivo, 8 segundos de alocada carrera según los locutores de los telediarios, pero durante ellos cuatro temporadas completas de supremacía blaugrana desfilan ante nuestros ojos febriles mientras Gareth sortea a las personas que se agolpan en la banda junto al terreno de juego de Mestalla para poder seguir vivo en el duelo, mientras Frank sortea los nidos de ametralladoras turcos y traza diagonales mortales, entra voluntariamente en las trampas del entramado de trincheras para acortar el camino hasta su meta. Luego, apenas unos instantes después, su gol supondrá enmendar el fatum trágico que parece desprenderse del frenesí de notas del compositor francés. ¿Es el gol más emocionante que hayamos visto nunca? Quizá no, pero como poco está en el mismo orden de magnitud en cuanto a belleza y/o trascendencia que el que marcó Zidane en Glashgow y que significó La Novena, que el que marcó Zamorano al deportivo de La Coruña en el Bernabéu y certificó la Liga de Valdano, que el que marcó Cristiano Ronaldo tras levitar como un asceta tibetano en el mismo escenario de Mestalla y que supuso atisbar la primera luz en el otro extremo del túnel, que el que no anotó El Buitre en aquella nefasta noche en Eindhoven.

Thomas Edward Lawrence, más conocido como "Lawrence de Arabia"

En resumidas cuentas, la música que mejor parece casar con el gol de Bale, que mejor podría servirle como banda sonora, es "Oxygene", de Jean Michele Jarre, por su carga dramática, su pizca de locura, por lo que su título evoca, y por estar ligada a una escena de un film que parece transmitir parte de su esencia. Pero hay más razones ocultas que ayudan a apuntalar la tesis, como los clavos del ataúd del Barça. Jean Michele es el hijo de Maurice, uno de los grandes compositores de la historia del cine. A su genio creatico debemos algunas obras maestras como, por ejemplo, las partituras de "Doctor Zhivago" y "Lawrence de Arabia". Y es que me resulta extraño que aun nadie haya caído en al cuenta en el extraordinario parecido entre Gareth bale y otro ilustre gales, Thomas Edward Lawrence, el caudillo británico que lideró la independencia de Arabia de los turco y d su propia nación. me refiero al personaje real no al actor que lo encarnó en el bipic de David Lean, esto es, Peter O'Toole. La misma mirada clara y de ojos calmos, el mismo rostro alargado rematado en una mandíbula cuadrada, que imagino debe ser un rasgo racial de los galeses. Orens cruzó el desierto del Nefud para conquistar Aqaba por el lado al que no podían apuntar los cañones costeros turcos, por el lado de tierra. Bale culminó la travesía del desierto que iniciamos con Mourinho para superar la era de dominio azulgrana, por la ruta que sorteaba la superioridad azulgrana en el medio campo -hoy quizá ya en entredicho-, es decir, apelando al contrataque como arma principal. Bien es verdad que el desierto tiene aun menos hierba que la playa, así que es improbable que podamos sortear el enfado de Xavi, pero Oxygene es la melodía perfecta para ilustrar el lance. A todo esto, ¿no existe ninguna imagen de Bale vestido de beduino? ¿No? Pues que pena. Pienso que le quedaría muy propio.