jueves, 2 de diciembre de 2010

Sirenas varadas en archipiélagos de luz (13)

Sirenas varadas en archipiélagos de luz

-TRECE-

Ni principio ni fin, tan solo un círculo que se cierra en sí mismo. Ni siquiera hay posibilidad de cambio, porque la esperanza de avanzar en la continua reiteración de los errores cometidos. Cada pecado tiene su penitencia: la certidumbre de que volverá a ser perpetrado una y otra vez hasta el final de los tiempos. Otra vez era primavera, genistas y brezos, tomillos y jaras, la vida es un paisaje en el que predominan los colores sobre los sonidos. Nunca he podido responderme a la pregunta de si merece la pena tanta constancia si al final ha de ser la muerte la única beneficiaria del testamento de lo vivo.

Necesitaba respuestas, necesitaba saber, la certidumbre de que cada paso dado era el correcto. Pero había de ser yo quien tomara las iniciativas, quien arrancase el conocimiento de su misma fuente. Hacia más de un mes que no tenía noticias de Pablo, el teléfono había enmudecido por completo, ya ni siquiera él se dignaba llamarme. Intuía que el viaje que en otro tiempo me anunciara ya se había iniciado y que me había dejado atrás sin siquiera despedirse o dar explicaciones. Ya no podía admitir como correcto aquel modo de proceder. Consideraba que el verdadero problema no era el de que no se me permitiese reprochar lo que consideraba que había sido un modo injusto de tratarme. No, no era esa la cuestión, aunque el daño hubiera sido grande. Se trataba simplemente de poder actuar en defensa propia, de poder que aquello iba en contra de mis expectativas de supervivencia y que no tenía derecho a luchar contra ello, porque este es un derecho que se le concede hasta a la más miserable de las alimañas. Necesitaba saber, me sentía morir en aquel sumidero de ignorancia.

Había tomado la decisión de entrar en la casa de Pablo, de tomarla al asalto si ello era preciso, como si de una fortaleza se tratase, de echar abajo su puente levadizo y quebrantar su clausura. Me dirigí hacia allí a pie. Se que sonará gracioso al decirlo, pero pensé que no tomar un taxi era una forma de evitar dejar un posible rastro acusatorio tras de mí. Hasta hubiese pensado en una coartada para aquella noche si mi mente hubiera estado lo suficientemente despejada como para funcionar con coherencia.

Puso mi mano en el pomo de la puerta y lo hice girar sin dificultad. ¡Qué ironía!, no estaba cerrada; había permanecido abierta todas aquellas semanas aguardando a que llegase el tiempo de mi regreso.

Todo estaba a oscuras, pero podía reconocer la silueta de las cosas allí donde las tinieblas eran más densas e irremediables. Crucé el vestíbulo a tientas, tropezando con todo de un modo estruendoso. Tal vez debí haber encendido la luz desde un principio, no tenía sentido caminar a ciegas por una casa deshabitada, pero tenía el convencimiento, irracional si se quiere, de que la oscuridad era un escudo impenetrable para la culpabilidad, que la invisibilidad era un posible atenuante para el delito que estaba cometiendo.

Entre en la biblioteca, un mundo dibujado con lápiz de sombras. Levanté las persianas de todas las ventanas; quería que la luz penetrase en la estancia y la inundase con ella; era otro rito de expiación, de purificación. No sabía por donde iniciar la búsqueda, la habitación era muy grande y registrarla por completo suponía mucho más tiempo del que disponía. Eso partiendo del supuesto de que lo que buscaba estuviera allí. No fue hasta transcurridas dos horas que me convencí de lo inútil de mi empresa. Había mirado tan sólo en una ínfima parte del total de cajones y armarios que allí había, y todo esto sin hallar nada digno de interés, había mirado en los cajones del escritorio, en los de las alacenas de la pared opuesta a la de las estanterías, en los armarios que se hallaban bajo éstas. El suelo estaba cubierto de papeles, de legajos, carpetas, libros y manuscritos, no me había molestado siquiera en volver a llenar los cajones tras cada registro. Quizá aquel desorden deliberadamente causado me ayudaba a desahogar toda la rabia y la frustración acumuladas. No se, el caso es que cuando quise darme cuenta ya había consumido casi dos horas sin más logro que el de multiplicar los escondrijos. Si algo se me había pasado por alto iba a ser muy difícil encontrarlo bajo aquella montaña de escombros.

Me dejé vencer por el abatimiento. Me senté, de pronto me había quedado sin fuerzas. Me daba cuenta de que los nervios eran un lujo que no me podía permitir, así que traté de serenarme.

- Lugares clave –pensé-. Al menos vamos a agotar en este sentido todas las posibilidades. Pero, ¿qué lugares? -No lograba concentrarme. Aún así tuve una idea: los libros de los traductores. Los busqué por todos sitios pero no los hallé. Habían desaparecido.

Fue tras la segunda tentativa cuando sentí por primera vez que el éxito era posible. Me acordé del ensayo. Sabía donde lo guardaba Pablo: en una carpeta de cartón sobre uno de los estantes inferiores del extremo de la estantería, entre los tomos de poesía que yo le ayudara a comprar. Cuando la cogí las manos me sudaban copiosamente, las huellas de mis dedos mojó el blando cartón azul volviéndolo más oscuro. Dentro estaba el escrito, pero con una presentación nueva para mí, Los folios estaban cosidos a unas tapas forradas en tela y el tipo de letra y la calidad de la impresión habían mejorado visiblemente. Algo no encajaba. Las intuiciones de mi corazón puede que nunca me hayan aportado soluciones, pero siempre han constituido excelentes avisos. Fui directo a la segunda página, y en ella, bajo el título de la obra podía leerse:

Autor: José Luis Nieto

No podía salir de mi asombro. Era mi nombre el que figuraba como autor de la obra. Iba por el buen camino, así que lo demás fue fácil de adivinar. Fui hasta el escritorio y tomé la foto con la mano derecha. La miré a los ojos, me encaramé a ellos y me agarre a su mirada como quien se aferra a la pared de un precipicio. La octavilla con el poema seguía pegada en la parte de atrás. Debió de ser un momento de ofuscación, no tengo otra explicación. Cuando recobré el sentido común fue para darme cuenta de que la sangre corría por la palma de mi mano. Había estrellado el cristal, lo había aplastado contra la mesa, y una astilla de vidrio se había incrustado en mi carne. No hice caso al dolor. Quité uno a uno los trozos de cristal que aun quedaban entre el marco y la foto. Tomé ésta última. Detrás de ella había dos papeles, ambos cuidadosamente doblados con el fin de ocupar el menor espacio posible. Desplegué el primero como pude con la mano que tenía vendada con un pañuelo que había hallado de un cajón. Era una carta de Pablo.

Lo daría todo por un minuto de tregua, por que la amistad no tuviera que ser sacrificada. Ignoro si la traición puede ser perdonada, si el dolor que siento puede lavar la ofensa. No hay certidumbre, tú lo sabes, no hay razones que puedan explicar las ocas. La vida es una interminable sucesión de atroces casualidades y hasta una flor y una estrella tienen en común el absurdo de no tener propósito. Por eso, ¿cómo explicarte, cómo hacerte comprender como lo siento?

Me voy con ella. Quizás sea un destino que no me corresponda, que no deba ser mío, pero creo que cuando se lucha por lo que uno quiere hay que renunciar a todo intento de atenerse a lo que está bien o es justo.

Será difícil que volvamos a vernos. Este que ahora comienzo es un viaje en el que rara vez hay un regreso. Me habría gustado que hubiera sido de otra manera.

Pablo

Desdoblé el segundo. Aun tiemblo al recordar su contenido.

Si mido la vida con la regla de tu ausencia no es nada, no vale nada, es solo vacío rasgando el velo de mi frente. Si llamo al futuro con la voz de tu ausencia nadie me escucha, nada me aguarda, solo el eco en el desfiladero de mis ojos cansados. Todo es olvido, todo es silencio, si tú no estás, solo estéril espera. Una daga en mis manos para agredir la carne muerta de la esperanza.

Era el borrador de un poema inacabado, lleno de enmiendas y tachaduras, rudimentario quizás, pero terriblemente explícito. Bajo él había un mensaje.
Solo dos ruegos te hago: que vengas a mí y que tú venida sea pronto, porque la puerta que a mí te conduce no podrá permanecer abierta indefinidamente. Te espero donde ya fuimos nosotros uno.

Ya en el reverso de la foto estaba escrito el mismo poema que en el portafotos, pero por otra mano. Sí, conocía aquella letra, la conocía muy bien. Era la mía.

“Donde ya fuimos uno”.

Pensaba, pensaba extrañado que una vez hubo un futuro donde ella estuvo conmigo, donde ella estaría junto a mí. Pero, ¿cómo recordar lo que aún no ha sucedido?

miércoles, 1 de diciembre de 2010

El fútbol y sus aledaños (12) - El campo de habas

El campo de habas
Barcelona 5 - R. Madrid 0


El otro día leí en un libro que me compré hace unos meses de Indro Montanelli, ese que narra en pequeños y amenísimos artículos la historia de los griegos, una anécdota que me pareció gloriosa. Anécdota con moraleja que adelanto antes de contar el sucedido por que odio el suspense y no me gusta hacerles a los demás lo que no me gusta que me hagan a mí. A ver si cuela esta declaración de principios, que un 5-0 en el Bernabeu no lo iba a protestar mucho.

El caso es que el pequeño relato explica como la mayoría somos víctimas de nuestras propias manías, de nuestras fobias irracionales, de nuestros miedos absurdos o construidos en nuestras propias cabezas. El protagonista es Pitágoras, un filósofo de los albores de la civilización Griega. Nació en Samos, según cero, donde adquirió fama de docto. Muy merecida dicen los historiadores. Fundo escuela que tuvo mucho éxito. Parece ser que el centro de enseñanza derivó en secta, con culto a la personalidad del fundador incluido. Por lo visto el modelo no es de nuestros días. Los admitidos en la escuela tardaban hasta dos años en serles permitido estar en su presencia. Solo lo más escogido de quienes llenaban las aulas de la escuela eran adoctrinados directamente por Pitágoras, que dejaba a los demás adoctrinados en manos de sus aprendices más antiguos. Como es lógico suponer, endiosado como estaba, Pitágoras no se contentó con enseñarles a los suyos las verdades de la vida, también quiso administrársela. Y como toda secta que se precie regían más las prohibiciones que las recomendaciones para lograr una vida más plena o lograr lo que se consideraba correcto y adecuado. En el recinto de la escuela y en las vidas privadas de quienes siguieran la doctrina del maestro estaba prohibido reír, fornicar y comer habas. ¿A qué es curioso? Las dos primeras prohibiciones ya anticipan esa idea de que el placer y el disfrute son pecaminosos. La tercera es de un raro que no hay por donde cogerlo. Es de suponer que Pitágoras quería imponer sus manías a sus seguidores. Tanto debía odiar las habas, por lo que fuera, por que quizás le obligaran a comerlas demasiado a menudo de niño, o por que las cultivara en sus años mozos y odiara aquella parte de su vida campesina, que no las quería ver en ningún plato de comida, ni en el suyo ni en los que tenía en su entorno. Nada aborrecían tanto los filósofos, salvo Sócrates y algún otro, como el trabajo manual que distraía la mente y la apartaba de los asuntos verdaderamente importantes.

Pitágoras emigró a Italia y se asentó con su séquito de amargados y tristes célibes en la ciudad de Brindisi. Allí tuvo mucho éxito y su escuela no solo ejerció influencia extrema (perdón por el vocablo, en que estaría pensando) sobre la opinión pública y la política en la ciudad, sino que terminó adueñándose de ambas. Acabó instaurando una tiranía de facto, con líderes títeres adoctrinados en sus aulas que difundían la buena nueva del vivir sin fornicar y sin habas tiernas. Ya claro, lo habéis entendido, un mundo sin risas y sin entretenimientos sexuales acabó convirtiéndose en una lata insoportable para aquellas gentes, que decidieron revelarse palos y piedras en mano. Y se reunieron más de 50, prácticamente toda la ciudad, que anduvo un día entero persiguiendo y matando por las calles a todo lo que oliera a o pareciera discípulo de Pitágoras.

Éste logró huir de la ciudad ayudado por sus discípulos más allegados, pero perseguido de cerca. Al llegar al perímetro de tierras agrícolas que rodeaba la ciudad tuvo la mala suerte de encontrarse al borde de un campo de habas. No podía sortearlo. Tampoco quiso cruzarlo o tumbarse en el suelo para ocultarse entre las matas. Tal era su odio a aquella comida que ni siquiera soportaba su cercanía en origen. A ver, ¿cuantos de los que leen que odian las alcachofas o los pimientos sabría distinguir las plantas que los procuran? A Pitágoras le perdió el ser tan sabio, el saber incluso de agricultura. La suya debió de ser una enseñanza multidisciplinar. Detenido en aquel lugar, sin ningún lugar al que moverse por el jaque mate que le acababa de dar la diosa Fortuna, se dejó apresar y murió a estacazos, alguno seguramente propinado por quienes poco antes siguieran a rajatabla sus inspiradas doctrinas. Y luego a casa a alegrar a la parienta, que aun no se había inventado el fútbol y las mujeres aun podían entenderse los fines de semana con sus maridos.

Pitágoras murió victima de sus fantasmas mentales, lo mismo que el Madrid este pasado lunes. Detenido al borde del campo, sin siquiera haber salido del vestuario, se dejó moler a palos por una muchedumbre de blaugranas que, como tales, odian las doctrinas que supuestamente imparte el madridismo. No vi el partido, Vivo tan ajeno a todo últimamente que no me enteró hasta dos días después de que una Corea a atacado a la otra, o soy capaz de sentarme ante el televisor a ver un partido del que se lleva hablando meses sin estar advertido de que solo lo van a retransmitir las televisiones de pago. Ni un solo link decente en la red. Es más, la mayoría ni siquiera se cargaban por que Internet debía estar saturada. Pues eso, que no vi el partido. Peor aun, tuve que escucharlo en la radio. Una amiga me dijo que así era mejor, que verlo hubiera sido un suplicio. Yo le contesté que oírlo sin verlo era ciertamente el peor de los escenarios de guerra, que me hacía sentir como esos tipos que en las películas de portaaviones escuchan en la sala de operaciones la evolución de los pilotos en la batalla. “Xavi a las 9. Repito, Alonso, llevas a Xavi en tu cola”. Pero se conoce que nosotros éramos los rusos por que al final no hubo aplausos generalizados entre el personal de sino una enorme tristeza. Nos derribaron toda la flota aérea. Xavi estuvo a las 9, a las 10 y durante todo el partido dale que te dale. Eso me lo contaron con pelos y señales los locutores de Onda Madrid.

Como decirlo ahora no se me va a echar en cara como palabras de ventajista, como hablar a toro pasado, me reafirmaré en mi idea de que este año el Madrid tiene un equipo equiparable, incluso, ligeramente superior al del Barcelona. ¿Y que es lo que falló? La mente. También lo dije en su día, Mourinho había señalado como su prioridad desde su llegada a Concha Espina el eliminar de las cabezas de sus jugadores el complejo de inferioridad adquirido hace dos años y refrendado el pasado. Empeño en el que está claro que ha fracasado por el momento. Se que hay otras lecturas más apasionantes que hablan de lecciones morales y de la ocupación de las bandas, pero esas no explican como es posible que desde el minuto cero, desde que el Madrid se situó al borde del campo de habas, ya se supiera quien iba a ganar el encuentro. Mucho menos los desplantes de Guardiola y Piqué, a quienes se suponía los modelos morales. Lo de la rotura de lunas del autocar y la rotura de la justicia por parte del árbitro eran cosas más o menos sabidas. Pero ¿por que el Madrid pareció resignarse a ser apaleado en el borde del campo de habas? Para mi la respuesta es clara.

A decir de Xavi, que también estuvo al día siguiente, lo que hizo Piqué fue saludar. Imagino que por ello podremos incluirlo en la lista de los salutadores más odiados, junto a CR7 y Mourinho. A ver que nos dice el Sport de todo esto. Por cierto, fue muy recriminada la actitud del entrenador del Madrid por no salir apenas del banquillo durante el desarrollo de los acontecimientos, previa, partido y epílogo. Hay quien no se salva de que le embista el toro se encarame donde se encarame. Dicen que su actitud fue cobarde, que querrá decir que el Barcelona es la afición más fiera que ha conocido el portugués. No creo que sea para tanto, pero lo mismo el también fue incapaz de pisar el césped. Este hueco en el dramatis personae, en el reparto de protagonistas en esta representación de teatro en que se ha convertido el fútbol, que se lo digan sino a Messi, lo aprovecho Guardiola para hacer por una vez de Mourinho. Arquetipo que se dice que no encaja en su visión del mundo, que se siente incapaz de interpretar por su enorme catadura moral. Pues menos mal, me digo. Lo grave sin duda fue la patada de Sergio Ramos. Una prueba es que se ha llevado mucha menos sanción que los incidentes inocuos ocurridos en el Amsterdam Arena. Las patadas son más rentables sin duda. Para todos menos para quienes las reciben. Alguien que conozco ha incluido en su lista negra al defensa de Camas, y no me veo con fuerza moral para reprochárselo. El fútbol cada vez es más pantomima, que a veces hace reír y otras llorar, como una actuación de Polichinela.

Lo se, divago. Con mis digresiones me alejo del punto al que quería llegar. La alineación inicial planteada por Mourinho. Ahí había un gran debate. Claro, a priori, que ahora mismo da la sensación que es tema baladí en vista de que un huracán se llevó hasta el tejado de la dignidad madridista. Pues para mi no lo es, entra de lleno en el aspecto que para mi era el más relevante, el psicológico. ¿Cuál era el planteamiento mejor, sacrificar a Özil para que Alonso jugase más arropado y la batalla en el medio campo fuese sobre el papel más equilibrada, u optar por la alineación teóricamente titular? Vamos a obviar el asunto de Higuain. No hubo más remedio que sustituirlo por Benzemá, ahora lo sabemos. Por cierto, oí muchas quejas sobre el francés durante el partido, pero, me digo, si había tantos jugadores, lo mismo todos, que se decía que estaban desaparecidos, algunos con pedigrí de muy luchadores, como es el caso de Alonso, ¿cómo vamos a exigirle garra a Benzemá en el Nou Camp? Por mera ley de proporcionalidad su actuación ha de considerarse coherente. Si los que normalmente trabajan a destajo nada hacían, llevado por la mentalidad colectiva es lógico que en el transcurso del partido llegase a ser un desaparecido en combate. ¿Cabía otra? No, Benzemá no es desde luego el culpable.

¿Lo es acaso Mourinho por no querer ser conservador? Creo que tampoco. Lo escribí en algún sitio, variar el esquema habitual hubiera sido lanzar un mensaje de debilidad, de no creer en ellos, a sus propios jugadores. Para mi la clave del partido estuvo en ese complejo de inferioridad que ha cristalizado en la mente de los jugadores, que se ha hecho tan fuerte que hasta cambiando media plantilla y fichando al entrenador-psicólogo por excelencia subsiste en el colectivo. Tema peliagudo, tanto para quienes lo sufren como para quienes me leen. Lo se, molesta a todos por igual, a unos les ofende que les diga que los suyos son unos acomplejados y a los otros les hurta la posibilidad de glosar sobre los suyos utilizando versos alejandrinos. A estos últimos diré que ese complejo tiene causa, un año glorioso barcelonista, con un 2-6 en el Bernabeu.

Dice Xavi que esté 5-0 supera incluso al que los barcelonistas consideraban como séptimo trofeo. Pues claro, quiere ahondar en la brecha. Se dice que el Sporting de Preciado opuso más resistencia con suplentes que el Madrid de Mourinho. Lo siento por ellos pero me dan la razón, aunque ellos quieran hacer un chiste para mofarse del madridismo, yo incluido. Quizás el no tener ni idea de fútbol me haga verlo más claro, me evite distraerme con cosas como si en el centro del campo había un rombo o en el ataque un tridente o un palo tronchado.

A los míos, para terminar les diré que tengan paciencia. Tras la época de la Quinta del Buitre llegaron 4 años de dominio barcelonista. El primero fue sorprendente, por que aquel Madrid venía, bajo la dirección de Toshack, de batir el récord de goles marcados, así que extraño mucho que no se presentará el la línea de salida de la competición liguera la temporada siguiente. Por cierto, aquel Madrid de Shuster, Martín Vázquez y demás tropa me aburría soberanamente, acostumbrado a los pases de Gordillo y Míchel a Santillana y luego Hugo Sánchez, que se yo, había algo rutinario y mecánico en esos 5-0 de todos los domingos. Y esto lo digo por que a muchos extraña que el fútbol que propone el Barcelona aburra en los días de a diario. Claro, el lunes divirtió a todos.

Yo también creo en Mourinho, no en que sea capaz de lograr la victoria, que ya se vera, sino que es el mejor entrenador en el planeta fútbol. Nos quieren hacer creer lo contrario, y de paso engranar esta discusión particular en el gran esquema del bien y el mal encarnados respectivamente por el Barcelona y el Madrid. Luego llega Piqué, saluda, y la foto sale borrosa. Habrá que renovar ilusiones, tal vez ya sea tarea para el verano que viene. Y les oiremos reírse por que no lo entienden, que el Madrid sea ilusión, mirarse en lo propio y quererse, no correrse, eyacular en los calzones de deporte mientras ganas al que odias, Xavi y Piqué dixit. ¿Cómo lo van a entender? De necios es reírse de lo que no se comprende. En estos tiempos de zozobra es cuando me reafirmo como madridista.