martes, 14 de abril de 2015

Retorno al Prado (7) - Tres horas en el Museo del Prado

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"Noli me tangere" de Correggio (Museo del Prado)

Tres horas en el Museo del Prado

Cifraba la felicidad Eugenio D'Ors en exactamente tres horas, a discurrir en el interior del Museo del Prado, entre sus salas y pasillos. Así titulaba precisamente su libro más célebre. Tiempo del que habría que abastecerse, según su receta, preferiblemente en una mañanita de abril madrileño. Tiene Madrid en esa época unos cielos iluminados de forma dramática, que languidecen hacia el rojo al atardecer como los crepúsculos de Claudio de Lorena, un aire tibio que viste el alma con ropa ligera. Cuando comencé a frecuentar el museo lo hacía acudiendo en el autobús de la línea 27, el que recorre La Castellana de punta a punta, y luego volvía a casa caminando, aprovechando al pasar por La Cibeles esa forma tan dulce que tiene de morir el día tras el edificio Metrópolis. Para disfrutar del museo hace falta tiempo para derrochar, no mucho, apenas unos cuantos ratos, tener la primavera de nuestra parte y tener la cabeza completamente limpia, ser capaz de aislar los problemas más allá del borde de la consciencia.

Al cuándo y al dónde de su plano del paraíoso añadía D'Ors un con quien: un amigo joven al que servir de cicerone. Alguien receptivo a escuchar, exento de vanidad, por tanto. Durante años fantaseé con la idea de ser guía del museo. Profesional o improvisado para las amistades. Pero la timidez y la falta de compañías convirtieron el plan en una quimera. Si algo representa El Prado para mí es la soledad, goce a solas, disfrute que ronda la felicidad en algunos instantes, no tantos como contabilizaba D'Ors, pero en estricta soledad en resumidas cuentas. Puedo ponerle abriles a mis intenciones, distraer el tiempo necesario para cumplir la receta del escritor catalán, pero carezco de la compañía. Siempre que traspaso los límites del museo, ya sea por la puerta de Velázquez, como cuando acudía a las conferencias convocadas en su antiguo salón de actos, por la de la Plaza de Murillo, como cuando me asomaba antes al Jardín Botánico, por la de puerta Goya las más de las veces, o, últimamente, por la que surgió en la calle Montalbán tras la ampliación diseñada por Moneo, lo hago completamente a solas. Y a  veces eso tiene algo de derrota o de renuncia, de tirar la toalla. Así que mi felicidad es siempre agridulce si me detengo a sopesarla.

Si hay alguien con quien quisiera ir al Prado está claro que es contigo. Lo he hecho en la imaginación infinidad de veces, incluso en sueños y relatos escritos que escribí solo para tus ojos, aunque luego ni siquiera los tuyos los leyeran, pero nunca lo he hecho a este lado de la realidad. Y en ese itinerario de exactamente tres horas tengo cronometrado el tiempo que dedicaremos a cada una de las obras que querré mostrarte. Siempre la misma rutina mientras paseamos cogidos de la mano por el interior de la pinacoteca. Primero "Las Meninas", buscando más mi propio lucimiento que tu deleite. Para empezara  lo grande y apuntalando mi ego que amenaza ruína. D'Ors proscribía la vanidad en el acompañante pero no el guía del museo. Después "El descendimiento", para mostrarte un ser que se te asemeja extraordinariamente: las hermana de La Virgen, una de las tres Marías que lucen en los cielos de invierno. La mujer de verde que sostiene a su hermana, que se olvida de su propio dolor, que es capaz de abstraerse de la tragedia que están viviendo todos los personajes del cuadro de van der Weyden, la muerte de Cristo, para socorrer al prójimo, a quien la necesita, en este caso su hermana, que ha caído desmayada a los pies de la cruz mientras descendían a su hijo. La obra es, además de muchas otras cosas, un detallado estudio dle sufrimiento humano, de los gestos que adquiere el rostro humano para expresar el dolor. Únicamente el ángel que viste de verde se olvida de sí mismo para atender el dolor del otro- Algo que tu haces a diario, y que es una de las razones por las que te amo tanto. Tu generosidad y tu fortaleza para anteponer siempre a los otros, en especial a tu hermana, antes que tus propios deseos. En mi imaginación siempre vistes de verde y refulges en el cielo estrellado para adornar el conturón del guerrero, como una gema preciosa. Tienes algo de arma y también de joya, afilada en extremo para hacer el bien, pero roma para causar dolor y suave al tacto, aunque arda la piel al tocarte como si se tocara una estrella. En tu proximidad arden los pulmones como le ocurre a todo aquel que pasea junto a un sol que se quema por dentro y llena el mundo de mediodía.

Más tarde, una vez te tararée el stabat mater dolorosa cuyas notas dibujó van der Weyden sobre un pentagrama imaginario con los pies, las manos y las cabezas de sus personajes, cancioncilla cuya identidad tendré que camuflar seguramente entre los acordes de alguna obra sacra de Vivaldi, autor que tanto significa para los dos, por haberle puesto banda sonora a nuestro primer encuentro, íremos a  la sala que alberga los manieristas. Tendré que mentirte un poco porque carezco del dato exacto acerca de la identidad de la melodía codificada en el cuadro, y dudo mucho que pudiera capturarlo buceando en mi biblioteca o en internet. Tratar de buscarlo en la red sería como tratar de encontrar perlas cazando ostras de los mares del trópico. Querer hacerlo en mi biblioteca sería como adentrarse en una jungla de papel, donde otras veces ya me perdiera y me quedara atrapado al adentrarme en el denso sotobosque desprovisto de machete. "Noli me tangere" de Correggio será esa tercera estación, mientras aun vibren las últimas notas de Vivaldi. Un dramático silencio de unas pocas corcheas me servirá de prólogo a la explicación más arriesgada. Porque en esta obra creo que hay dicho mucho de lo que existe entre nosotros. Un amor que es sacro y, por tanto, puro, pero que al mismo tiempo es intensamente carnal. Tal vez sea sacrilegio el decirlo, pero miro a Cristo, tal como Correggio lo pinta en el momento de aparecerse a la Magdalena, y veo a un funanbulista que camina por el alambre temeroso de caerse al abismo. Ese precipicio llamado deseo y que le está vedado por ser quien es. Esa forma de colocar un pie delante del otro, dubitativamente, como si sintiera flojedad en los tobillos, como quien recorre un sendero incierto o demasiado estrecho, donde es fácil perder el equilibrio, ese señalar el cielo con una mano y hacer un gesto que conmina a la templanza con la otra. Pero para la Magdalena no parece haber contención posible. Se arodilla en el suelo y suplica ese contacto imposible que sabe prohibido. "No me puedes tocar", le dice el Cristo resucitado, que ella misma ha visto muerto hace muy pocos días, y no solo es el deseo el que se agolpa en su corazón como el oleaje del mar en el malecón de un puerto en día de tormenta, también la necesidad de hacer corpóreo el espíritu, de convertir el materia que pueda palparse aquello que percoló en la piel y arraigó en el hueso. Necesidad imperiosa de experimentar con todos sus sentidos la prueba de su amor inondicional. No le basta con mirarle, también quiere tocarle. Pero el la frena con esas pocas palabras: "Noli me tangere". Hay un azadón apoyado en el suelo en la margen derecha del cuadro, una herramienta de jardinero para abrir surcos en la tierra. Parece un símil demasiado atrevido y contundente para una obra religiosa donde el tabú es tan poderoso. En la relación entre ambos el sexo no solo está prohibido sino que no existe, es un imposible metafísico, casi un dogma teológico que se demuestra por reducción al absurdo. Como ocurre entre nosotros. Arder sin tocarte, con solo presentirte en mis sueños. Tus ojos oscuros como el carbón consumido a fuego lento, tu melena negra como chorros de fuego que se derraman sobre tus hombros desde tu rostro incandescente. Es un jardín que arde cada vez que te sueño. Y en mi caso, en mi relato, el azadón lo uso para abrir cortafuegos en la maleza y así evitar que las llamas se propaguen a la realidad una vez despierte.

La mitad al menos de esas tres horas arderíamos ante el dulce cuadrito de Correggio, hasta quedar calcinados por el imposible: la proximidad entre los amantes que en la obra del italiano es una imposición divina mientras en nuestro caso es un imperativo de las circunstancias. No habitamos el mismo universo. El mío aun no ha escuchado su primer latido, aun no ha eclosionado desde lo infinitamnete pequeño. El tuyo es infinito y diverso y hace eones que tuvo su big-bang. Luego, el tiempo que nos reste de felicidad lo dedicaremos a "La anunciación" de Fra Angelico, para que puedas ser otra vez mi logondrina, mi pajarillo de plumón moreno, y volveré a explicarte porque Dios amaba tanto a esa avecilla que se posa en el tirante de la fachada de la casa de María: porque cuenta la leyenda castellana que una golondrina que revoloteaba en el Monte del Calvario vino a posarse en la testud de la cruz para poder arrancarle al Cristo moribundo las espinas clavadas en su frente. Que ese poquito de dolor restado a tanto sufrimiento fue recompensado con la posibilidad de asistir al momento culminante de la historia humana según los Evangelios, y que seguramente lo será también con el cielo. Una gracia que se hubiera dicho imposible para un ser que por ser animal y, por tanto, suponersele carente de alma.

Mi pequeña golondrina, mi mujer de verde, mi jardinera, persiguiendo la felicidad puedo ponerle todos los abriles del mundo a una visita al Museo del Prado, pero solo podré lograrla si son tres horas contigo. Una eternidad que cabe en una sola mañana. Y después de salir del museo podré almorzar tus labios para saciar tanta hambre atrasada. El día internacional del beso nos abrá abierto el apetito del uno por el otro. Fuera del templo no será tabú que podamos tocarnos. Aunque dudo mucho que seamos tan reales a la luz de un mediodía de primavera una vez abra los ojos y despierte de mi sueño.

jueves, 9 de abril de 2015

Retorno al Prado (6) - Hipercubos y teseractos

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Hipercubos y teseractos

En la última película del tándem formado por los hermanos Nolan, "Interstellar", una de las últimas escenas, la más decisiva para el desenlace y significado del film porque ata todos los cabos que han ido quedando sueltos a lo largo de la trama, transcurre en el interior de un hipercubo situado no sé si dentro o solo en las proximidades de la singularidad que alberga un agujero negro. La frase que acabo de acabo de escribir requiere demasiadas explicaciones para ser siquiera inteligible y es posible que debiera habérmela ahorrado, pero la que quería expresar en este escrito tiene su germen en la película basada en las ideas del físico teórico Kip Thorne. Al igual que Leonardo Di Caprio implantaba en la cabeza de Cilliam Murphy en la anterior película de los hermanos Nolan, "Inception", la semilla de una idea que acababa engendrando en su pensamiento todo una ideología de vida, Kip Thorne con su imagen del teseracto existente en el estómago de Gargantúa es el culpable de esto que empiezo ahora a escribir.

Un hipercubo es el equivalente en un espacio de n dimensiones al cuadrado bidimensional y al cubo tridimensional. Sería una figura geométrica formada por n lados perpendiculares entre sí y de igual longitud. El teseracto sería el hipercubo de cuatro dimensiones, es decir, solo una más de las existentes en la realidad en la que vivimos. Si esa cuarta dimensión a considerar fuera el tiempo entonces existiríamos en un teseracto con lados de longitud infinita. Quien haya estudiado dibujo técnico, una asignatura habitual, creo que incluso obligatoria, en las carreras de ingeniería, como la que yo cursé en la Universidad Politécnica, se diría que en el principio de la noche de los tiempos por el tiempo transcurrido, sabe que su principal objetivo es poder representar en un espacio de dos dimensiones, la hoja de papel, figuras de tres dimensiones. La perspectiva geométrica no es más que un artificio para poder dibujar de forma precisa y científica en un espacio de dos dimensiones, esto es, en un plano, es decir, en un folio apoyado en una mesa o en un lienzo tensado en el caballete de un pintor, aquello que vemos en el espacio tridimensional dotado de volúmenes. También se puede dibujar en un papel un teseracto tras descender en la escala de dimensiones dos escalones. Su aspecto es muy aproximado al escenario en el que Matthew McConaughey resuelve todos los conflictos científicos y emocionales planteados en "Interestellar". También al que tiene el "Monumento a la Constitución de 1978" situado en los jardines frente al Museo de Ciencias Naturales de Madrid. El agujero negro de "Interestellar" cumple la doble función de autopista entre galaxias y de laboratorio cosmológico. El personaje interpretado por McConaughey es en un principio un piloto espacial para devenir luego en alquimista de la realidad, capaz de convertir el tiempo en un fluido mutable que puede transformarse a voluntad en algo de mucho más valor, en energía emocional.

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"El descendimiento" de Rogier van der Weyden (Museo del Prado)

La exposición sobre Rogier van der Weyden que se inaugura estos días en el Museo del Prado me ha recordado la condición también de alquimista del tiempo y del espacio del pintor homenajeado, así como de Diego Velázquez. Quisiera llamar la atención sobre la doble condición de "Las Meninas" como portal entre mundos, concretamente entre el nuestro y el del autor de la obra, y como teseracto, en el que un cuerpo de cuatro dimensiones queda reflejado en el espacio aproximadamente cuadrado de una tela. "El descendimiento" es un artefacto menos complejo que "Las Meninas", aunque no está exento de trampas dimensionales y acertijos visuales. Lo más fascinante de la obra maestra del pintor de Tournai es que obliga a ser admirada en vivo para entenderla. En una fotografía que pudiéramos consultar en un libro, por cuidada que fuera la edición, sería imposible apreciar que se trata de una representación en tres dimensiones. El manto de la virgen es la llave que permite abrir la puerta hacia una dimensión adicional. Basta con contemplar ese pliegue que se adelanta al pie izquierdo de Nicodemo, el personaje que sostiene en sus brazos a Cristo, para que la escena adquiera relieve, para que en la herida recién abierta por el centurión Longinos pueda meter sus dedos un santo Tomás ávido de evidencias, para que la madera de la cruz y la escalera tengan una rugosidad que podamos advertir con el tacto. Van der Weyden dotó a su obra de propiedades estereoscópicas tratando de competir con el gremio de esultores que robaba al de pintores los mejores encargos. Sus personajes se recortan sobre el fondo dorado y neutro como figuras de madera policromada talladas por el mejor de los imagineros, invadiendo el espacio entre el cuadro y el espectador.

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"Las Meninas" ("La Familia de Felipe IV") de Diego Velázquez (Museo del Prado)

Y si "El descendimiento" es un artefacto de tres dimensiones representado en un espacio plano, en de la tabla pintada al óleo, en "Las Meninas" se añade una cuarta dimensión a lo representado en la tela, el tiempo, para conformar un auténtico teseracto. Quizá incluso un hipercubo si se tiene en cuenta lo inabordable de todos los aspectos aludidos en la obra, que nunca se agota por más que vuelva a mirarse una y otra vez, a analizarse con la paciencia de un entomólogo y la precisión de un cirujano. Ojo como bisturí, pintura de intrincada y delicada trama como el del ala de una libélula. Lo que dibujara Velázquez para el despacho privado de Felipe IV es un suceso detenido en el tiempo, que lleva ocurriendo sin lograr concluirse desde que se pintara hace aproximadamente tres siglos y medio. Una de las meninas de la infanta nos mira mientras la otra aun no ha advertido nuestra presencia. Lo mismo ocurre con los enanos. Mari Bárbola nos clava la mirada, mientras Nicolasillo Pertusato anda absorto en sus juegos, tratando de molestar al enorme mastín, suponemos que para entretener a la infanta Margarita, para hacerle más llevaderas tanta rigidez en las formas y tanta etiqueta. Todo ocurre en un instante que no acaba de completarse. Esa mirada de Velazquez desde el otro lado del caballete es la de alguien que lo comprende todo porque ha experimentado la eternidad que encierra el presente y es más que probable que cuando la acción se reanude su siguiente pincelada será un pleno acierto. Pero no solo el presente ha quedado atrapado en "Las Meninas", también el antes y el después. El reflejo en el espejo, la llegada de sus majestades Felipe IV y Mariana de Austria, que va a desencadenar las reacciones de los personajes, es el momento justamente anterior, mientras que la presencia de José Nieto Velázquez, el aposentador de la reina, al fondo de la estancia seria ese futuro inminente a lo que se nos narra. Si hemos de suponer que este servidor va precediendo a los reyes en su periplo por el Alcázar Real de Madrid para ir abriéndoles camino, eliminando obstáculos, encendiendo luces, trazando una ruta, para poder acceder a donde está habrá tenido que cruzar entre los personajes de "Las Meninas". En cuyo caso la sorpresa de unos y la ignorancia todavía de otros  acerca de la presencia de los reyes deja de tener sentido. Creo más bien que en la obra está contenida una secuencia de momentos, que "Las Meninas" es un teseracto en el que un cuerpo con tres dimensiones espaciales y una temporal está representado sobre un plano de solo dos.

Velázquez pintó "Las Meninas" para la estancia privada de Felipe IV. Para su despacho en un ala retirada del alcázar. En aquellos tiempos, al menos nominalmente, había recuperado las riendas del gobierno tras ser amonestado severamente por sor Ágreda, la monja soriana de clausura, que le había reprochado agriamente en su diálogo epistolar su indolencia, su desentenderse completamente de los asuntos del reino. Se dice que con esta obra trataba de solicitar la merced a su señor de que le permitiera desempeñar su oficio, que no era otro que el de retratista del rey. Cada miembro de "La familia", el auténtico título de la obra, desempeña en la escena su labor: Las meninas sirven a la infanta. Ësta deslumbra con su gracia. El aposentador de la reina hace más llevadera su vida cotidiana a su majestad. La guardadamas supervisa mientras cotillea con otro miembro del servicio. Los bufones alborotan y entretienen a la niña. Hasta el perro cumple su labor mostrando su mansedumbre y su nobleza, completamente ajeno al intento de mortificación de Nicosasillo. Años llevaba Velázquez sin hacer lo que hace en el cuadro: retratar a los reyes. Cada vez que Felipe IV accedía a sus aposentos el cuadro reaccionaba ante él, cobraba vida por unos instantes: La menina de la derecha, María Sarmiento, iniciaba una graciosa reverencia; Mari Bárbola le clavaba la mirada; La infanta Margarita le sonreía tímidamente tratando de distinguir al padre del rey planeta; El pintor medía sus hechuras a ojo de buen cubero para traducirlas al lienzo.

En "Interstellar", Joseph Cooper (Mathew McConaughey), el protagonista del relato, accede al interior del teseracto para poder comunicarse con su hija, terriblemente distante de él en el tiempo y el espacio. Diríamos también que igualmente distante en lo emotivo al sentirse ella herida y traicionada, abandonada por su marcha camino de una distante galaxia. Es un diálogo que se hace posible en cualquiera de los instantes que él elija de su vida, compartida o no. Joseph elije el presente narrativo dentro del film para hablar con su hija cerca del desenlace del metraje. Gracias a este atajo en la lógica Joseph Cooper puede transmitir a Murph (Jessica Chastain) la codificación de la gravedad dentro de la teoría de la unificación de fuerzas, información esencial para que la humanidad pueda viajar a las estrellas y salvarse del exterminio. De igual manera, Felipe IV podía hablar, años después de ser pintada "Las Meninas", con los personajes del cuadro, incluso después de muerto el pintor, apenas cuatro años después, en 1660. Y si alguna vez hubo palabras para Velázquez, por ejemplo, cuando dibujó con su propia mano, en el pecho, sobre la ropilla negra, la cruz roja de caballero de la Orden de Santiago, que le fuera concedida a título póstumo según reza la leyenda y a instancias de la decisión del rey, imaginamos que la mayoría de las palabras serían para su hija, llamada a ser al heredera de la corona en el momento de concretarse la obra. Desde su despacho, convertido en un tesaracto, Felipe IV podía acceder al obrador de Velázquez para dialogar con su familia en un momento concreto, cuando aun parecía haber una solución para los reinos de España en las manos de la infanta Margarita. Hoy ese tesaracto se sitúa en la sala 12 del Prado, donde cuelgan desde la inauguración del museo, hace casi dos siglos, "Las Meninas". Y el diálogo no se ha interrumpido. Somos ahora nosotros quienes conversamos con los personajes del cuadro. Es a nosotros a quien saluda ceremoniosa María Sarmienta. Es a nosotros a quienes mira la enana con ojos llenos de duda, a quienes sonríe la infanta. Y si Cooper logra manifestarse en el dormitorio de su hija a través de las columnas de polvo que flotan en el aire iluminado por los rayos del sol, no nos extrañaríamos demasiado si algún día en el reflejo del espejo de la pared del fondo pudiera llegar a verse nuestro propio reflejo. En "Las Meninas" hay trazas de nuestra propia existencia, de todos aquellos que la hemos contemplado alguna vez. Esa es su magia. Más bien su alquimia. La singularidad que alberga dentro de su horizontre de sucesos.

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miércoles, 8 de abril de 2015

Matemática del amor

Matemática del amor

La amistad se demuestra de forma iterativa, mediante un proceso repetitivo de tanteo, de pueba y error, que nos va acercando a la solución óptima, que suele tener a menudo la forma de abrazo. El amor en cambio se demuestra por reducción al absurdo. Si tratamos de suprimir a la persona amada de nuestro pensamiento, de nuestra realidad cotidiana, como en un ejercicio de esfuerzos virtuales, sobreviene el pánico y el caos, un delirio, un mal del alma que solo es capaz de conjurarse con un beso. El amor tiene también formulación matemática, pero una en la que se precisa del uso de los números imaginarios, cuando no de los irracionales, imposibles de ser expresados como quedrados de números enteros. Yo sín tí, tú sin mí, es como dividir entre cero, como trazar un arco como epresar la esperanza de vida cuya asíntota es tu presencia, y que solo se materializa en el infinito. El mínimo común múltiplo de todas las cifras que cuantifican el amor es la raíz cuadrada de menos uno. Basta la ausencia de tan solo ese alguien para arrancar la felicidad de cuajo desde su raíz. Sin tí soy menos, menos que nada, una cifra imaginaria sin eje de ordenadas, un pulcro desorden sin asidero entre los vivo, solo con eje se abcisas. El amor es al integral de todos esos instantes diferenciales en que hiciste que la vida tuviera sentido